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Historia 56459 — capítulo 1

La mañana era clara y fresca. La brisa que corría era la propia del otoño que parecía haberse retrasado unas semanas debido al largo y caluroso verano. Los pájaros comprendían que era el momento de volar al sur, en busca de tierras algo más calurosas para vivir, pues sabían mejor que nadie que en breve las lluvias serían más que frecuentes.

El chico esperaba impaciente enfrente de la verja. Movía el pie con nerviosismo mientras miraba continuamente el reloj. El chaval solamente podía pensar en lo mucho que estaba tardando. No era habitual que se retrasaran de esa manera, algo debía de haber sucedido, y eso le inquietaba. Aunque bien es cierto que no había hablado con esa persona desde hace algo mas de una semana y podía haber sucedido algo después de aquello, pero definitivamente era imposible que no estuviera allí sin al menos haber avisado.

El joven resopló mientras miraba al cielo para ver a los pájaros emigrar a África. La mañana empezaba a nublarse, pero pese a ello la temperatura era agradable. El chico empezó a mirar impaciente de un lado a otro mientras continuaba apoyado en su anticuado Ford Fiesta color negro, todo seguía igual. Enfrente suya el complejo estaba lleno de guardias y las verjas no se habrían, mientras que por la carretera, solo de vez en cuando, pasaba algún solitario coche camino al pueblo cercano o a la autopista que llevaba a la ciudad, a unos 20 kilómetros de allí. El muchacho acabó perdiéndose en sus pensamientos durante unos minutos, pero finalmente un sonido venido del bolsillo le hizo reaccionar.

—No, todavía no ha salido— contestó al móvil antes de dar tiempo a su interlocutor a contestar. Después comenzó a escuchar lo que decía con cara aburrida.

—Si, ya lo sé. En cuanto salga vamos derechos a casa. Todos tenemos ganar de tenerlo allí— dijo el chico finalmente.

—Yo también te quiero— concluyó, para acabar colgando. Justo en ese momento una de las puertas del majestuoso edificio que tenía enfrente se abrió, y un hombre moreno y de complexión fornida salió con una expresión de auténtica felicidad. El chico le sonrió también y se acercó a la verja, que un guardia abrió en unos segundos que para los dos hombres se hicieron eternos. En cuanto consiguieron abrir la puerta, los dos hombres se fundieron en un intenso abrazo. Al separarse, el joven que había estado esperando dijo:

—Que bueno es verte libre, papa.— sonrió el veinteañero.

—Que bueno es poder abrazarte aquí fuera, Alejandro— dijo el cincuentón.— Veo que has traído mi coche- observó el hombre mientras lo tocaba con mimos. El joven asintió. Lo cierto es que ni siquiera se acordaba de que el coche era de su padre, sino que después de la larga temporada que había pasado fuera ya lo trataba como suyo. El padre alargó la mano al hijo para que le diera las llaves, éste, todavía confuso se las dio. El padre se comportaba como un niño con un juguete nuevo ante el destartalado coche.

—Vayámonos. Me muero por volver a conducir— La sonrisa pícara de su padre hijo desconfiar a Alejandro.

—Papa, ¿te acuerdas del camino a casa?— el hombre rió.

—No seas tonto, Alex. Seré tu viejo, pero no estoy senil. Venga, que me muero de ganas de ir a un sitio.— El padre abrió la puerta del piloto y se sentó emocionado mientras palpaba el volante con nostalgia.

—¿Qué? Se supone que debemos ir a casa de inmediato. Mamá nos está esperando.

—A este paso vas a parecerte a tu madre, sólo que con treinta años menos y algo colgando entre tus piernas. Hijo mio, únicamente quiero ir a comer una hamburguesa, ¿es eso un pecado? Quiero saborear una de esas hamburguesas del restaurante al que íbamos hace años. ¿Te acuerdas?. Solamente quiero eso antes de que tu madre empiece a hacerme preguntas sobre si me encuentro bien aquí fuera o a decirme que mis sobrinos quieren verme después de haber estado tanto tiempo encarcelado.- El chico suspiró mientras ponía los ojos en blanco en señal de aprobación. El padre se emocionó todavía más y arrancó el coche para ponerse a toda velocidad.

—¡Papá, frena!— gritó asustado el hijo al ver a la velocidad a la que estaba conduciendo su padre.

—Pero si éste pequeño lo estaba pidiendo a gritos. Conociendo tu forma de conducir como un mariquita seguro que ni siquiera lo has puesto a mas de 120 por hora.

—¡Tampoco hace falta que lo pongas a 200! ¿Que pasa si la poli nos para?— El padre rió. En ese momento el hijo notó el aspecto algo más demacrado del que recordaba cuando entró a la penitenciaria. Sus fracciones más marcadas, las ojeras más profundas y el pelo algo más enmarañado lo delataban, pese a ello, seguía mostrando y trasmitiendo una gran vitalidad.

—Ya hemos llegado— anunció el padre, que usó el freno de mano para detenerse en seco en la puerta del establecimiento. Padre e hijo entraron en el local, ambientado como un restaurante italiano, con manteles a cuadros, sillas de madera y velas decorativas por doquier. Alejandro siempre se había preguntado porqué un restaurante que emulaba ser italiano servía comida americana, por muy buenas que hicieran las hamburguesas.

—Hijo, ves a pedir que yo me sentaré en la mesa. Yo quiero la más grande que tengan. Lo que lleve me da lo mismo.- El chico obedeció. Se acercó a la barra y pidió dos hamburguesas grandes. Cuando le sirvieron fue a la mesa que su padre había buscado, una para dos personas cerca de la ventana que daba a la calle. A esas horas no había mucha gente paseando. Su padre, al ver la jugosa hamburguesa se abalanzó sobre ella y la devoró sin miramientos.

—¿Sabes hijo? Creo que están tan buenas por la cebolla. A mi no me gusta por si sola, es más, la odio, pero ¡por Dios!, cuando se mezcla con el sabor de la carne está exquisita.

—Veo que sigues disfrutando de ellas tanto como cuando trabajábamos juntos— se oyó desde atrás una voz seria. Era de un hombre con cara pálida y semblante inerte, que vestía ropas caras, pero sin grandes excesos. Alejandro lo reconoció enseguida, era el mafioso para el que su padre había trabajado.

—¡Lladró!, Cuando tiempo, hermano— sonrió el padre de Alejandro mientras se levantaba para abrazar efusivamente a su antiguo jefe.

—Alejandro Rojas, me alegro de verte. Y a tu hijo también. ¿Como se llamaba?— sonrió con discreción mientras miraba plácidamente al muchacho.

—Alejandro también, así en casa no se equivocan— respondió el padre. Alejandro Jr miraba seriamente la escena, estaba claro que su padre había planeado encontrarse allí con Lladró desde un principio.

—¿Que estudias, Alejandro?- preguntó al chico. Su padre contestó por él.

—El chico estudia Derecho. Le va bastante bien. Alex, por favor, saluda al señor Lladró— El joven estrechó con frialdad la mano del mafioso sin decir ni una palabra. Si pudiera le hubiera dado un puñetazo en ese momento, pues su padre había estado en la cárcel por encubrirle, pero sabía que si lo hacía al día siguiente amanecería en el rió con unos zapatos de cemento.

—Lladró, siéntate con nosotros, por favor— El hombre negó con la cabeza, pese a que sonreía tímidamente.

—Me temo que es imposible, tengo asuntos que atender. Solamente pasaba para ver como estabas después de haber pasado por la cárcel.

—Pues ya ves que fenomenal. Nadie se atrevió allí dentro a tocar a uno de tus hombres.

—¿Uno de mis hombres? No sabia que aun trabajabas para mi. Aun que si quieres volver...

—Es la costumbre, perdona. Aunque ya no trabaje para tí han sido muchos años. Y gracias por la oferta, pero prefiero llevar una vida, digamos, más honrada.— Lladró asintió, y después de una despedida formal se acabó yendo.

—Es un gran hombre— dijo sencillamente el padre cuando Lladró se fue. Su hijo Alex hizo un gesto de desaprobación que el padre prefirió obviar.

—Deberíamos irnos a casa ya— dijo el joven. El padre asintió mientras sacaba un sobre de su chaqueta.

—Espera un momento, hijo mio. Siéntate otra vez.— Alex no sabía que pasaba, pero su padre le hizo gestos tranquilizadores con la mano para que se calmara.

—Verás, me gustaría invitarte a un crucero— sonrió Alejandro Sr. Su hijo se quedó estupefacto.

—Se que suena raro, pero escucha. El caso es que de alguna forma gané una especie de sorteo entre los presos de la cárcel, ya sabes, una de las cosas que hacen por buena conducta, aunque la verdad, cuando lo gané fue cuando me enteré de su existencia. El caso es que yo no pienso ir, he estado demasiado tiempo encerrado en un sitio con gente de todas las calañas para ahora desaparecer otra temporada, aunque sea un viaje de placer. Tu madre no se merece eso. Y he pensado que ya que no pienso usarlo, que menos que dárselo a mi único hijo— Pese a que seguía sonriendo, la expresión de Rojas era más seria de lo que a lo largo de la jornada había sido.

—¿Que dices hijo? ¿Aceptas o no?— El chico no sabía que contestar, así que antes de abrir la boca cogió el sobre, que contenía un billete. Al parecer era un crucero por todo el mundo en un transatlantico de lujo, el Caronte. La foto del barco que salía demostraba una majestuosidad imponente. Según el billete, ese barco tenía los servicios propios de un hotel de cinco estrellas o más. Era para dentro de dos semanas.

—Papá, claro que acepto— sonrió el chico.

—Perfecto. Ahora nos tenemos que ir, tu madre estará preocupándose por nosotros.