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Historia 58906 — capítulo 2

El cuarto lleno de espejos en el que se encuentra es, ahora, su mundo entero. Ama ver cómo su cuerpo es reflejado millones de veces en ellos, y como la barra de madera en la que se apoya, parece ser su puerto seguro.

Ama estirar lo más que puede sus piernas, ponerse de puntillas y arquear los brazos.

Las zapatillas de ballet rosas que lleva puestas están atadas al comienzo de su pierna por finos listones, que parecen ideados por un ángel.

El salón de baile, ya desierto a causa de la hora, no le atemoriza. El ruido de la lluvia del otro lado de los cristales de las ventanas, es como música para ella.

La melodía perfecta para bailar.

De vez en cuando, gira y da un salto, cayendo sobre su pie derecho en una forma casi angelical. Tan delicada que, a simple vista, pareciera haber sido diseñada por los mismos Dioses.

Cuando se gira y ve el reloj, colgado del único espacio no ocupado por los espejos, sabe que debe irse.

Ya era tarde y la noche avanzaba.

Se cambió la ropa y, metió delicadamente, sus zapatillas rosas en la mochila que había llevado.

Luego, ya con la mochila al hombro, se dirige hacia la puerta de salida.

Da un pequeño empujón y esta se abre dándole paso al mundo exterior.

Había olvidado llevar un paraguas, pero no le importaba mojarse. Le encantaban los escalofríos que sentía cuando caminaba bajo la lluvia y cuando el viento hacía danzar sus cabellos.

El sol ya se había puesto y ella decide apurar la marcha. Sabe que, sino lo hace, su madre se molestará con ella. Y ni hablar de su…Mejor dicho; de John.

Mientras-a grandes zancadas- doblaba la esquina de la calle, un jóven distraído chocó con ella, tirándola al suelo.

La muchacha se levantó rápido y miró a la persona que le había tirado, esperando por una disculpa.

El muchacho era rubio, de ojos grises y su camisa blanca estaba tan mojada que se apegaba a su cuerpo, sobre sus bien formados músculos.

Sin embargo, su pinta era fatal.

Las ojeras debajo de sus ojos estaban muy moradas, haciendo resaltar su piel lechosa.

Cuando ella le miró a los ojos, aún quieta frente a él, se dio cuenta de que algo le sucedía.

Tenía los ojos casi fuera de sus órbitas y parecía que, en cualquier momento, se fuera a morir.

Justo cuando le iba a preguntar si necesitaba ayuda, él se tambaleó un poco y-antes de que la castaña pudiera reaccionar- cayó al suelo con un ruido sordo. Inconsciente.

Las gotas de lluvia caían a borbotones de las nubes negras suspendidas sobre ellos.

La muchacha se dejó caer de rodillas para poder examinarle mejor.

Las calles un poco inundadas parecían a punto de desbordarse y las luces lejanas de las farolas parecían titilar bajo el cielo nublado.

¿Acaso debía irse y dejarle allí tirado? De seguro lo encontrarían por la mañana, ya que al llover tanto nadie saldría de su casa hasta el amanecer del próximo día.

Pero algo pudo más que ella, supuso que era piedad, lástima.

Y muchos sabemos, que tanto ella-la inocente bailarina- como él-el joven que yacía inconsciente, no podían elegir.

¡Y hasta aquí llegamos! Sé que me quedó horrible, súper aburrido y espantoso. Please, no me maten en los comentarios.