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Historia 62448 — capítulo 1

Otro veraniego y caluroso día había llegado para Justin, un día más para jugar, reír y disfrutar antes de tener que volver a la rutina de las clases en su colegio de toda la vida. Él no podía decir que no le gustaran las clases, siempre había sacado unas buenas notas y tenía muchos amigos allí, pero, ¿quién no antepondría la diversión a los estudios?

Parecía ser un día más, un día normal. Pero no sabía todo lo que le depararía.

A eso de las cinco de la tarde, mientras Justin y su familia estaban sentados frente a la televisión, viendo apaciblemente un programa, llamaron al timbre. La madre del chico se levantó apresuradamente preguntándose quién podría ser y se encaminó hacia la puerta. Allí había mujer de aspecto severo, con aspecto de no estar en su lugar y vestida de una manera un tanto histriónica.

-¿Qué desea? -Preguntó amablemente, pese a todo, la madre de Justin.

-¿Es usted la señora Finch-Fletchley? -A lo que la anfitriona asintió con la cabeza-. Mi nombre es Minerva McGonagall -continuó la extraña mujer-, he venido hasta su hogar para explicarle el contenido de esta carta que traigo para su hijo Justin.

-Pase, por favor.

Justin y su padre habían escuchado la conversación y estaban ansiosos por saber lo que pasaba. El muchacho tuvo miedo de que le hubiesen pillado en alguna travesura y ahora vinieran a imponerle un castigo, aunque aquello era bastante improbable: él nunca hacía travesuras. Saludaron a la señora McGonagall, apagaron el televisor y la hicieron sentarse en una cómoda butaca que había junto a la ventana.

La mujer volvió a presentarse, esta vez como la subdirectora del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería y profesora de Transformaciones del mismo. ¿Magia y Hechicería? ¿Transformaciones? Allí había algo que no comprendían, todo sonaba a cachondeo. Por educación, ninguno de los tres abrió la boca mientras la profesora soltaba una extensa perorata sobre la magia en el mundo real. Al parecer, Justin era un mago, aunque él no tenía ni la más mínima noticia de ello. Como procedía de una familia no mágica, o muggle, como le pareció que les había llamado, nunca había sabido dar una explicación racional a todas esas cosas que le ocurrían cuando se encontraba nervioso, asustado o en peligro. Cuando la profesora McGonagall terminó de explicar todas y cada una de las cosas que a su parecer debían saber, y sus padres preguntaron mil cosas más, las miradas de los tres adultos se centraron en Justin, quien no había abierto aún la boca. Él no sabía qué decir, estaba demasiado emocionado e impresionado como para formar una frase coherente. Simplemente acertó a decir:

-¡Soy mago!