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Historia 62483 — capítulo 3

Mientras cargaban con las cosas del campamento, notando de reojo que Viktor y Hermione se sonreían intentando no ser vistos, Ron despertó a la realidad, al volver a casa, las cosas iban a cambiar y de entre todas las que lo tenían inquieto, la más presente en su cabeza era Luna; la chica andaba por ahí juntando piedras de formas raras y charlando con su padre (que había aparecido sin avisar) a todo pulmón sobre sus dos noches al lado de Ronald, curiosamente, sobre el beso no había dicho nada. Sin embargo, lo inquietaba no la chica, sino en sí lo que pasaría ahora, en cuanto subieran a los autos se quedaría en blanco, porque en la ciudad, en el trabajo, en casa con su madre, iba a tener que enfrentar dos cosas, primero la "relación" de Hermione y Krum y segundo, el después de esos dos días con Luna.

Tan nervioso y tenso se puso por todo, que terminó corriendo al bosque para volver el estómago, cuando Harry se le acercó y le ofreció una taza con gelatina de bombón que la madre de Hermione había preparado; dando de arcadas y de rodillas en la tierra mojada, tuvo que soportar que Harry le diera consuelo, pensaba el ojiverde que ese malestar era a causa de los recientes acontecimientos con Hermione y aunque tenía parte de razón, cuando Ron se volvió a verlo pálido como una hoja de pergamino y sudoroso, para decirle que no sabía qué hacer con Luna, Potter se desencajó. La narración de los últimos hechos no dejó contento al niño-que-vivió, el moreno consideraba a Luna una niña por la que metería la mano al fuego, estaba dispuesto a partirle la cara a quien fuera que se aprovechara de su excentricidad e inocencia y Ron no quedó bien parado al dejar ver que en principio se había acercado a ella para acallar su sed de venganza contra Hermione; tardaron buenos minutos en dejar las cosas en claro y Harry se presintió que lo que pasaba era que Ron en verdad estaba cediendo al encanto de Luna (cosa que lo hizo ponerse verde del espanto), así que, imposibilitado para hacer algo más, le alentó a no preocuparse.

Cuando todo lo del campamento se hubo levantado, Luna vino a despedirse del pelirrojo, parecía emocionada y a la vez divertida, él estaba traumatizado, en cuanto se despidieran el encanto de esos días se iba a ir, él volvería a ser el de antes que se asustaba con ella y ella, sería una figura lejana, un recuerdo en medio del lago; serio y sin ánimos para nada, ni para mirarla, se quedó callado cuando ella le dijo adiós, dejando apenas salir un gruñido venido de su pecho. Luna se quedó perpleja y debió pensar que algo andaba mal con él, que se arrepentía del beso de la noche anterior o de perderse con ella en el bosque, porque frunció el ceño y se le aguaron los ojos; Ron se quedó sin aire al verla así y se sorprendió enormemente, cuando Luna se paró de puntillas y le besó en los labios, frente a todos, sin el más mínimo pudor.

-Nos vemos mañana para cenar, ¿te parece? -Soltó sonriente, con los ojos aguados pero feliz y Ron se quedó de un palmo, ella le acomodó el cabello de la frente a la par que él asentía sin comprenderlo del todo, lo abrazó con fuerza y susurró. -Volvemos a la realidad, pero podemos llevarnos esto con nosotros, yo me aferro si tú te aferras.

Se alejó un poco y volvió a besarle ahora en la mejilla y cuando él sonrió, se fue dando de saltitos hasta donde su padre la esperaba; Ron le quitó toda la importancia a lo demás, a los ojos sorprendidos de Harry y la sonrisa burlesca de George y Ginny, incluso a la indescriptible mueca de impresión en la cara de Hermione y la de complacencia en la de Neville. Ahora sólo le importaba que tenía una cita para el día siguiente y no podía faltar.

Se volvió a mirarla fijo, ella esperaba una respuesta, Ron no podía pensar en una congruente, cualquiera querría una estrella; entonces se escuchó el puchero y Luna le dio la espalda para ir hasta el moisés que reposaba a pocos pasos también sobre el césped. Era una noche de verano y hacía calor, Luna sacó al bebé de su lecho y se puso a arrullarlo, acariciándole el cabello encendido; Ron se levantó y se quedó mirándola un rato, parecía que había sido ayer cuando fueron a cenar y terminaron empapados en una calle oscura. Parecía mentira que hubieran peleado tanto, que lo asustara tantas veces y que otras tantas, la hiciera quedarse callada sin decir nada.

En el viento de esa noche de verano, cálida y brillante, Ron recordó el día que le propuso matrimonio a Luna, un mismo 26 de octubre, mientras paseaban en escoba y aunque volaban a gran velocidad, sus corazones lo hacían todavía más; cuando el bebé dejó de llorar, él se arrastró, por el pasto hasta situarse junto a ella, mirando por sobre su hombro a ese pequeño que había heredado la nariz de él y la boca de ella. Sonrió, en el amuleto que su hijo llevaba al cuello, la luna en lo alto del cielo se reflejaba, ni una sola estrella hacía lo mismo, entonces tuvo respuesta para la pregunta; se inclinó contra su esposa y lo susurró a su oído.

-Para qué quiero una estrella, si ya es mía la luna. -Le besó la oreja con un tronido que la hizo reírse como pocas veces y cuando se besaron en presencia del pequeño, supieron que eran otros, transmutados en su amor, que nada les hacía falta y el resto de sus vidas, iba a ser tomarse de la mano y volar...

… volar.

"Huye, sube y vuela, el amor coloca y transforma lo que toca"