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Vestigios y recuerdos — capítulo 2

No podía moverme. Podía verla a través de mi máscara y sentía cada centímetro de mi piel, helado como témpano. Mi aliento empañaba mi máscara, mientras intentaba respirar. Transpiraba al notar sus acaramelados ojos, sobre mi mirada. Permanecí quieto, como si hubiesen clavado mis piernas al suelo. Ella estaba allí, sin quejarse. Pese a que estaba semi desnuda y rodeada de más adeptos como yo, ella estaba quieta y sin quejarse. Sentí que me torturaban, desde todo punto de vista. ¿Por qué no había premeditado algo así? ¿Por qué no había premeditado que ocurriría? No estaba preparado para verlo, pero tenía que estar allí. Porque cuando ella derrumbara, yo tenía que sostener su cuerpo. Aún recordaba las noches anteriores, su promesa de amor eterno. Y ahora, la recordaba en una mesa de hierro, atada hasta el punto de causarme dolor a mí, en mi cuerpo. Causarme heridas imaginarias. Estaba mi esposa, en aquella mesa. Víctima de aquellos, quienes no se detendrían hasta ver caer la última gota de su sangre. De escucharla sollozosar y pedir clemencia. Me miraba, sabía que me pedía calma. Pero no podía soportarlo. Ella permaneció quieta, mientras una pesada garra de metal, acariciaba su pecho desnudo. Y pensar que mi mano estuvo allí antes. Mi máscara amenazaba con resbalar de mi rostro. no soportaría mirar más. Aquel pasado que quise borrar, me perseguía y yo tenía que fingir que no la conocía. Que no tenía nada que ver con ella. Pero su memoria me carcomía. Y entonces sentí mis tensiones ir, en una pesada lágrima. En una fría carcajada que solté a la nada. Sabía que continuaría haciéndola sufrir. Y aún con aquel hombre entre sus piernas, arrancándole gemidos de dolor, sabía que parte de esa terrible música pronto se apagaría y yo...podría, volver a cuidar de instrumento. Recoger sus trozos rotos y rearmarlo. Rehacer algo que tan frágil, se perdería en el abismo negro. Por eso estaba allí, para evitarlo. Para quedarme con los trozos y para devolverlos a su marco. — Severus ¿quieres participar?— escuché la voz de Lucius. Era él quien liderizaba el movimiento. En castellano, violación. A la que era mi mujer. Y ella no se quejaba, seguía en silencio. ¿Por qué? ¿Por qué pese a que yo estaba allí, no gritaba por mí? ¿No pedía mi auxilio? Ella podía hacer cualquier cosa por mí, incluso no delatarnos ante los muchos aquellos que jugaban con nuestras sangres. No sabía cuánto lo soportaría, pero trataba de hacer mi mejor esfuerzo. — Granger es una mujer hermosa. ¿Por qué no la pruebas? Cuando muera, podrás decir que has probado el cielo que se te ha negado. Quería hacerlo, solo para sostenerla entre mis brazos. Solo para salvarla de aquella locura. Pero no. Ella había aceptado las condiciones de ser mi esposa. Las condiciones de lo que conllevaba, llevar mi vida. La habían capturado por accidente y eso era lo único que podía decir. El resto permanecía siendo un enigma para mí. ¿Qué le veía el señor tenebroso? No lo sabía. Quizá una venganza por ser amiga de Harry Potter. Pero lo que sabía; era que no le permitirían salir de allí. Y si lo hacía, pues tendría que hacerlo sin vida. ¡Cuánto odiaba verla en esa ciscunstancia y tener que mantener mi maldito papel en el juego! Sonreí amargamente al mirar su rostro de dolor. Lucius era poco sutil en el sexo. Era poco cuidadoso. Creía que solo se trataba de penetrar. De entrar y salir. Pero no. Para una mujer, tenía que conllevar otras cosas. Por Cristo Jesus que odiaba tener que verlo, pero tenía que continuar fuerte. Inspiré y continué allí parado. Mucho más cuando aquellos hombres decidieron actuar en conjunto. Cuando le obligaron a realizar las acciones más aberrantes que cruzaron mi cabeza. Intentaba resistir, pero nunca había sido tan fuerte que ella. Y no derramaba ni una sola lágrima. Los vestigios de nuestro matrimonio estaban tan atrás, con estos recuerdos. Estos estigmas que no olvidaría. Pero ella había prometido amarme, en las buenas y en las malas. Ofrecer su cuerpo, si yo lo necesitaba. Hasta que mi máscara cayera al suelo y yo fuese un hombre libre. Pero lo admito, no lo soporté. Cayó antes de tiempo y simplemente empujé a uno de los hombres. Tenían que dejarla. Caminé hasta ella y con la varita, corté aquellas ataduras. Estaba fría, la mesa de hierro la había cortado toda. Toda su espalda estaba herida. Sus muñecas. Ella temblaba mientras no hacía otra cosa, que colgar entre mis brazos. No se abrazaría, no me diría: mi amor. Nada que pudiera delatarla. Aunque yo ya lo había hecho. "Hermione..." me atreví a pronunciar su nombre y sé que aquellos hombres me miraban como enajenados. Miré el hilo de sangre que corría por su entrepierna. ¿Qué le habían hecho a mi esposa? Sentí su respiración sobre mi oído. "¿Por qué te delataste?" "Porque una cosa es la lealtad y otra, el amor. Y siempre he escogido el amor, antes de la lealtad" "Pero...Dumbledore" "Era lealtad por el amor que le tenía a Lily Evans" "Te debo lealtad, por el amor que te tengo" Y cerré los ojos, con las miles de varitas sobre nosotros. Morir o no, no era el dilema. Pero al menos podía decir, que íbamos a morir juntos. Que ella no moriría sola. Porque cuando muriera, esperaba recordar los vestigios del amor y atesorar los recuerdos de su valentía. Y algún día comprender, por qué me había escogido como su esposo.