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Historia 64997 — capítulo 1

Recuerdo el día que morí con muy poca claridad, puesto que el dolor me cegaba y mis súplicas de morir no cesaban. Lo único de lo cual estaba segura era que merecía aquello, lo repetía constantemente. Lo merecía por Marie.

Nunca creí en alguna divinidad. Y cuando ocurrió, me encontré orando y aferrándome a cualquier dios que pudiese salvarme. Prometí ser buena, no crear jamás líos. Incluso llegué a pensar que sería monja si acabara con ello de una buena vez.

Pero el dolor no paró. Se intensificó, casi como si mis huesos se estuviesen consumiendo. Sentí que me retorcía de dolor sin poder contenerme y soltaba un alarido tras otro, sin obtener nada a cambio. Sabía que alguien iba a verme cada que podía, o incluso que era más de una persona. Imploré que me matasen. No me hicieron caso alguno.

Por un momento pensé que yo también había muerto y, que por haber cometido aquel error que marcó mi vida, estaba pagando caro en el infierno. Y estaba arrepentida, recordando el pasado cuantas veces era necesario.

Podrían haber pasado unos minutos de aquel desolado dolor, pero para mí fueron meses; incluso podría haber llegado a los años. Dudaba que algún día pudiese llegar a despertar, y que si lo llegaba a hacer, no volvería a ser la mísma ni física ni mentalmente.

Recuerdo el día que morí como el día en que renací. Mi corazón paró pronto, mis sentidos se volvieron más fuertes y enseguida me sentí fuerte. Aquello no concordaba, pero agradecía que el dolor se hubiese disipado.

Y después... abrí mis nuevos ojos.

Lo primero que veo es el magnífico techo que está a una distancia considerable de mis ojos. Aún así, puedo precisar cualquier detalle en él. Siento mis manos moverse automáticamente hacia el lugar donde antes se encontraba mi corazón. Pero me alarmo al notar que nada vivo está en él; el corazón no palpita, y aún así sigo viva.

Me incorporo por la sorpresa que me extiende el no tener corazón, que ahora estaría desbocado por el susto. Pero no. Nada está ahí. Es como si me lo hubiesen arrancado a propósito.

Observo el techo hasta que escucho un ruido. Parece lejano a mí y sacudo la cabeza. Ahora observo la habitación, que tiene un color neutro; los muebles son modernos y caros. Puedo observar, incluso, átomos de polvo revoloteando a mi alrededor. Me distraigo al escuchar otros sonido, más cercano que el otro.

Son cuatro personas. Todas se caracterizan por la misma belleza despampanante que derraman. Apenas y me doy cuenta de la diferencia que supone sus rasgos y los tonos de cabello, aunque dos sean rubios y las otras dos morenas. Su piel nívea y ojos dorados me confunden. ¿Cómo se pueden parecer tanto?

Pero después de la primera impresión, les veo con más calma. Tienen distintos rasgos, lo puedo comprobar al observar a ambos rubios, uno de aspecto salvaje y feroz, que está junto al pequeño duende que es en realidad una mujer de peculiar aspecto, con sus cabellos cortos y lisos. La otra morena tiene un carisma y belleza asombrosos que se distinguen fácilmente en su expresión. Finalmente el rubio parece preocupado y su cara derrocha cierto dolor que parece haber terminado, justo como yo.

Me incorporo y me encuentro sentada en una cama de dosel con largas cortinas aterciopeladas de color rosa claro.

Un destello de luz solar me aparta del camino. Giro y observo a una niña idéntica a mí. Lleva un vestido de aquel mismo tono. Ríe y da vueltas sobre el verde pasto...

Sacudo la cabeza, intentando quitar de mis pensamientos aquello. Sé que el recuerdo es borroso, a comparación de la vista que ahora disfruto, lo que me cuesta recordar y comprender. Vuelvo mi vista y descubro a otros dos pares de ojos dorados. La mujer es baja de estatura y con la cara en forma de corazón; tiene una expresión tan maternal, que me siento tranquila de solo contar con su presencia. El otro es un joven corpulento, con expresión maliciosa.

—¿Cuál es tu nombre, pequeña? —pregunta el hombre de cabellos dorados, acercandose a mí. Porta una bata blanca. Sé enseguida que es un médico y el pensamiento me hace alejar automáticamente de él.

Escucho pasos. Alguien más se acerca. Es un adolescente de pelo cobrizo y complexión musculosa, aunque no exagerando. Lleva una chaqueta negra y abraza protectoramente a la belleza morena. Se dirige al médico, con tono divertido.

—Ha deducido que eres médico, Carlisle —el mentado también sonrió fugazmente—. Tranquila, no te haremos daño. ¿Cuál es tu nombre?

Aquello hiba dirigido a mí, por lo que relajé mi postura. Sentí que algún extraña aura de tranquilidad me rodeaba. Era como si tuviese que sonreir forzadamente: sabía que era por obligación y que, en cuanto el aura desapareciera, mis verdaderos sentimientos se mostrarían.

Así que respiré varias veces, antes de responder la pregunta del joven. Abrí la boca, pero enseguida supe que algo estaba mal. No recordaba siquiera mi propio nombre. Mis ojos permanecieron en el suelo de madera, sin intentar ocular lo avergonzada que estaba de mí misma.

—Lo lamento —se disculpó el joven. Por un momento le miré con el entrecejo fruncido. ¿Acaso había leído mi mente?

Antes de que nadie pudiese decir algo más, en mi mente se creó la siguiente pregunta: ¿Y qué si era verdad? ¿Y qué si él hubiese leído mi mente? Sabía de sobra que el mundo no parecía tan coherente, pero no le daba importancia alguna. ¿Cómo podía dársela, si jamás podré tener acceso a mis recuerdos o, lo que es más vital en todo momento de mi vida: mi nombre?

El aura desapareció. Me siento desprotegida y sola. Ni siquiera los brazos que me rodean de aquella mujer de aspecto cálido y maternal. Le devuelvo el abrazo simplemente porque siento necesitar el apoyo alguien más. Sollozo, mientras descubro que las lágrimas no brotan de mí.

Y entonces lo siento.

Me arde la garganta. El dolor de hace pocos minutos parece un juego a comparación. Pero ya ni siquiera lo recuerdo, puesto que aquellos momentos parecen lejanos, especialmente el dolor. Sé que si acaso sufrí parte de lo que siento ahora, pero el pasado importa poco. Quiero beber algo, eso lo sé. Conozco que necesito algo para aliviar el dolor que me inunda de pies a cabeza.

La mujer se aparta de mi mientras murmura algo que no llego a entender porque solo tengo mente para una sola cosa. Mi instinto no ayuda. Simplemente me llevo las manos en la garganta, como si hubiese tragado piedras sacadas directamente del fuego; como si me pusiesen una plancha al rojo vivo en ella.

Mis ojos oscurecen al tiempo que me desplomo en la cama. El aura de tranquilidad se desliza lentamente y con precaución, como si fuese una serpiente que se desliza junto a un depredador de mayor rango, con el que no quiere tener problema alguno. Pero le derribo inmediatamente, retorciendome en la cama.

—¡Perderá el control! —grita una voz que no reconozco.

No sé en realidad de quién habla. Pero no me importa. Lo único que quiero es saber cuando terminará todo. Cuando el martirio finalizará para comenzar a preguntar lo que más anhelaba saber, o incluso para estar en soledad y así reorganizar mis pensamientos.

Siento que unas manos fuertes y musculosas me sujetaban. Me doy cuenta que me he levantado rápidamente y he tratado de huir. Giro los ojos y me retuerzo para intentar escapar cuando observo un espejo de cuerpo completo que está frente a mí.

No me reconozco. Sé que lo haría de haber tenido un aspecto humano, pero esa no puede ser yo, aunque me resigno al observar los movimientos tan sincronizados que ambas realizamos. Es delgada, tiene la piel más pálida que la leche y los labios están rosados; la nariz es perfecta, como si me la hubiesen operado. Observo la cascada de cabellos rojos que revolotean levemente; noto que están perfectamente peinados y lisos, como si me los hubiesen arreglado mientras estaba quemandome viva.

Bajo los ojos y descubro mi atuendo. Es un vestido corto; apenas me llega a los muslos. Es de color verde olivo, me sienta bien. Pronto recuerdo porqué mi mirada cambió de dirección pronto. Mis ojos son rojos, del color de la sangre.

*"¡Sangre!"*Mi mente reconoce la palabra y el dolor en mi garganta está aumentando. Me siento desesperada; las encías me duelen. Pienso que puedo morir en cualquier instante.

Alguien me acerca algo a los labios y vierte un líquido que escurre sobre mi garganta. El sabor es lo mejor. Es quizá la cosa más sabrosa que he probado en mi vida, aunque sé que no recuerdo muchas cosas.

Cuando termino deseo más, pero me controlo. Intento enfocar la vista en mis acompañantes, quienes me ven con precaución. Es el rubio de complexión fuerte quien falta. Observo para todos lados, y me doy cuenta de que él me tiene agarrada. Le gruño para que me deje, y observo hacer un gesto al de cabellos cobrizos. Me suelta y yo me agarro las muñecas.

—Lo siento —me encuentro murmurando—. No sé que me ha ocurrido

—Yo si lo sé —contesta el rubio—. Has tenido sed. Pero no te preocupes. Todos pasan por lo mismo.

Observo al rubio. Parece haber cierto triunfo en sus ojos, aunque en realidad no quiero conocer la respuesta. Tengo ya demasiado con éste tipo de cambios como para pensar en otra cosa. Vuelvo a sentarme en la cama, donde me interrogo a mí misma si debo confiar en aquellas personas. Porque algo me habrán hecho.

—Mi nombre es Edward Cullen —dijo el de cabellos cobrizos—. Ella es mi esposa Bella

Observo a la mujer que sostenía. Era la morena que ahora recarga su cabeza en el hombro de él.

—El rubio que tienes al lado es mi hermano Jasper y su esposa, Alice —señala a la pequeña duende, que da saltitos hasta llegar a su marido. Le toma de la mano y sonrien en dirección mía—. El grandulón que ves aquí es Emmett. Y también está Esme, que es la esposa de Carlisle...

Le miro sin comprender. Algo me oculta, puedo sentirlo en lo más profundo de mi ser. El único detalle que no sé, es si algún día podría soportar la respuesta. Me preparo, puesto que Edward parece estar a punto de decirlo.

—...Él te convirtió en lo que ahora eres. Un vampiro.

Reconozco la palabra y me hecho a reir. ¡Un vampiro! Eso no podía ser cierto. No por lo menos en un mundo como éste.

Paro mis risas y pensamientos en seco al recordar los dos pares de ojos rojos que ahora me caracterizan, y salto al espejo. Pero antes de llegar a él, Jasper me sujeta las manos por la espalda, impidiendo hacer cualquier movimiento.

—No, Jasper —musita Edward aunque logro escucharle con perfecta claridad. Me libro de ambas manos y me acerco al espejo.

No hay mentiras ni trucos. Ahí está, la belleza que no consigo recordar de mí en mis oscuros recuerdos. También mis cabellos, que son tonos más leves de rojo. Del mismo tono de una zanahoria, quizá un tono más oscuro, con suerte. Éstos enmarcan mis ojos, que me aterran de solo verlos.

*"¿Es que acaso no volverán a ser los mismos?"*Me pregunto, mientras veo detenidamente en mis recuerdos y saco la conclusión de que mis ojos eran claros. De color azul, o quizá grises. Veo la aprensión que cubre a mi reflejo, y siento ganas de girar la cara. Lo hago y me encuentro cerca de Edward.

—No —responde a una pregunta que no formulé—. Pero puede haber una manera, si así lo deseas. La sangre que te acabamos de suministrar era humana, aunque claro, como Carlisle es médico, solamente ha tenido que comprar sangre. Pero no se puede vivir así, pequeña. Puedes subsistir de sangre animal, como lo hemos hecho todos nosotros a lo largo de varios siglos.

Le observo. Sus ojos son dorados. Pienso que mi moral pasada no me habría dejado siquiera pensar en el asesinato como una forma de vida.

Un barranco, una niña enfadada y gruñona. Está muy cerca de éste; solo un leve empujón dará resultado para deshacerse de ella.

—Si... si —consigo decir al recordarlo. Me afecta. Me afecta de un modo inimaginable. Respiro a bocanadas y observo a los demás.

—¿Pero a quién tenemos aquí? —susurra una voz casi inaudible—. Es la nueva integrante de la familia. Que... felicidad.

—Rosalie —reprende Bella, al tiempo que la belleza femenina aparecía tras las puertas de madera.

Es más bella que todos, y viste para realzar su figura y restregar en la cara de cualquiera su infinita belleza. Rubia y con rasgos perfectos, Rosalie Cullen se acerca a mí con cara de desagrado y observa fijamente mis ojos.

—Y dime... ¿ya has comenzado a alegrarte de tu nueva vida? Porque supongo que comenzarás a dar saltitos diciendo que eres inmortal y todas esas estupideces.

Miro a Edward, preguntándome si está volviendose loca. Él me responde observando al techo y después al suelo. Un sí. Intento no reirme de la rubia, quien me sigue observando, esperando una respuesta.

—¿Por qué estaría feliz? —digo, sin mucha seguridad—. Ni siquiera recuerdo mi propio nombre. Rosalie, ¿Cierto?... ¿Acaso he hecho algo para que me odies?

Rosalie parpadeó, sorprendida

—No te odio. Simplemente me molesta que te hayan convertido. Las últimas dos personas que ví que se convertían comenzaban a hacer eso.

—Eso fue con el clan irlandés, Rose —interviene Emmett y me guiña el ojo—. Además Rosalie siempre está enfadada, no te preocupes.

Ella suspira y desaparece en un segundo. Los otros Cullen se ponen alertas, pero se calman cuando Edward solo dice tres palabras.

—Nessie y Jacob

Todos salen disparados excepto Esme, quien me tiende la mano. Se la cojo y ella me guía. Corremos a una velocidad tan rápida que, seguramente, siendo humana, me habría hecho marear.

Al bajar las escaleras con rapidez, me encuentro en una estancia amueblada modernamente, con colores neutros decorando el lugar, haciéndolo más bello y cálido. Como un hogar.

Huelo el aire automáticamente. Hay dos olores que no reconozco. Y además escucho dos sonidos que parecen el repiqueteo de un reloj, solo que más rápido. Es un corazón, me digo a mí misma.

Dirijo la vista hacia el origen del sonido. Es un hombre que casi alcanza los dos metros de altura; es moreno y posee unos delicados ojos negros. La mujer parece ser la hija de Bella y Edward por la misma belleza de ella, en conjunto de los cabellos y rasgos de él. Tiene un par de ojos marrones, del mismo color que el chocolate.

—Pequeña, éstos son...

—Nessie y Jacob —adivino, mientras Edward asiente, con una sonrisa.

—Y ella es el nuevo vampiro —dice Jacob, acercando su brazo protectoramente en los hombros de Nessie—. Edward, ¿Estás seguro de que no hay problemas?

Tardé dos segundos en comprender que se refería a mí. Le enseño los dientes sin pensarlo, y él me gruñe. Edward le separa antes de que comenzase a temblar incontrolablemente, como convulsiones.

—Me empieza a caer bien —dice Rosalie. La descubro sentada en un sofá, haciendo zapping en la televisión plana.

—Rosalie... —dice Nessie con reproche, a lo que ésta se disculpa con un gesto. Se acerca a mí y me da un fuerte apretón de manos.

Jadeo al notar en mi mente la confusión de la adolescente, que me explica su historia. Es una semivampira hija de Edward y Bella. Ésta última casi muere al dar a luz, por lo cual Nessie —cuyo verdadero nombre es Renesmee—, se sigue sintiendo culpable. Me muestra recuerdos alegres, como el primer día en el que se dio cuenta que Jacob era el indicado para ella; también me explica la historia de los Vulturi, quienes son la realeza vampírica. Son los vampiros más temidos; e incluso llego a temerles, gracias a las imágenes que Nessie me pasa en su mente. Son imágenes que cambian a cada segundo, tan rápidas que agradesco ser vampiro para poder distinguirlas.

Al terminar me siento mareada. Pero Nessie me da otra carga con una última pregunta: ¿Cuál es tu nombre?

Observo el suelo, apenada nuevamente. Edward le explica a Nessie que ni siquiera puedo recordar mi nombre y ella también baja los ojos, con las mejillas ardiendo en un tono rosado.

Tomo una bocanada de aire y noto que la sangre de Nessie huele bien, más no se me antoja en absoluto. También aspiro el aroma de Jacob, cuyo olor hace que arruge la nariz.

—Nessie —comento, vacilante—. Tu novio apesta

Ella rie, sin contenerse.

—Quizá que Carlisle te encontrara fue cosa del destino —comenta—. Quizá debas unirte a la familia.

—¿Cómo hacerlo si ni siquiera se mi propio nombre? —digo, sin mucho convencimiento.

—¡Destino! —salta Esme, sonriente—. Destino... Destiny

Pronto comprendí lo que Esme decía, sin poder siquiera creermelo. ¿Acaso me estaba poniendo un nombre? Parecía ser así, puesto que alguien se acerca por detrás de mí y me dice:

—No te queda mal —me sorprende oír la voz de Bella—. Destiny Cullen