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Historia 65376 — capítulo 2
Severus permaneció sentado en su despacho. No era porque tuviera mucho que hacer, no, era porque simplemente Hermione había cambiado las cerraduras de la casa y había puesto hechizos contra apariciones y entradas en la chimenea.
"La única entrada que vas a hacer, será con una enorme bolsa de regalos. O más bien, te quedas en el parqueadero, comiendo pasto como el reno que vas a ser."
Se mordió el labio con indiferencia, casi haciendo salir sangre. No iba a ser ningún reno. Ni en esa vida ni en otras.
Aunque su amenaza era muy buena. Divorciarse, quitarle a sus hijos. ¡Solo por haber dicho que santa no era real! ¿Por qué se había metido donde no lo llamaban?
Porque era Snape, el rey de meterse en donde no lo llamaban.
Dejó caer su cabeza sobre el escritorio y se dijo que iba a necesitar ayuda. Y de un momento a otro; pensó en Albus Dumbledore.
Se dio una palmada en la frente y se dijo mil veces, que prefería vestirse de Santa y caminar en medio del gran comedor, que pedirle ayuda a su persona. Bueno, no. Era demasiado.
No volvería a casa jamás.
—¡Hola, Severus! Buenas buenas navidades para ti. — Como siempre, Dumbledore entraba sin anunciarse y con una expresión de estupidez en su rostro. Suspiró y ladeó la cabeza para mirarlo, desde donde estaba apoyado en el escritorio.
—Albus
El director sonrió suavemente. Se le veía peor que cuando le dijeron que Sirius Black se había escapado. Parecía una enorme sábana blanca con dos agujeritos por ojos. Un inferi.
—Muchacho, ¿En qué puedo ayudarte? Tienes una cara que habría espantado a cualquiera. Sin ofenderte.
Eso ofendía más de lo que creía.
—Nada. No hay nada en lo que me puedas ayudar, Albus Dumbledore.
—Pues si lo necesitas, te puedo llevar a ver a Poppy. Ella todo lo puede curar. ¿O es un secreto? Sabes que me encantan los secretos. Me sé muchos. El otro día, Minerva tenía una extraña verruga en el cuello, la parte derecha…sabes allí donde…
Se llevó las manos a la cabeza. Si no se lo decía, iba a acercar a Voldemort a la victoria. Él mismo lo mataría.
—Está bien ¡tú ganas! Ya deja de torturarme. Tengo problemas con Hermione. Hice algo que, para mí, es una estupidez. Ella lo tomó mal y entonces…
Guardó silencio. Si le contaba que tenía que hacer de reno para sus hijos y Hogwarts… podía imaginar la escena. Dumbledore sacaría disfraces de no sabía dónde y terminaría haciendo eso todos los años.
Reprimió un escalofrío.
—Severus, ¿no te expliqué que a las mujeres no le gustan las infidelidades? Veme a mí y a Min. Desde siempre hemos sido compañeros. — Le guiñó un ojo— Minerva es la única mujer en mi vida. Y Hermione debería serlo para ti.
—Yo no engañé a Hermione. Solo le dije algo a los niños, que ella no quería que escucharan. Fue una estupidez, sinceramente. Solo les dije que Santa Claus no existía y muy pronto, hizo una escena ridícula. Me echó de casa y me juró que se divorciaría si no lo solventaba. Ahora debo ser un estúpido reno y encontrar un "Santa" para mañana.
Albus lo miró con la misma expresión que había usado Hermione. Con los ojos de Dobby, que dieron algo de miedo. Se ensancharon de pronto.
—¿Les dijiste que Santa no existía? Severus, solo son unos niños. ¿Qué esperabas?
—Bueno. ¿Y cuándo iban a dejar de creerlo? Todos creen que yo soy adepto y sin embargo, sigo tus órdenes. Por más que lo intento, no dejan de creerlo. ¿Ahora dejan de creer en Santa, por algo que dije?
—Bien, si la orden y Tom fueran niños, dejarían de creerlo con que yo lo dijera. Pero no lo son.
Estúpida psicología inversa. Suspiró abatido, mientras Dumbledore caminaba hasta detenerse tras él y colocar una mano sobre su hombro suavemente.
— Puedo ayudarte si lo deseas. Aunque encontrar un disfraz de reno, no ha de ser muy sencillo. Podría hacerte uno, pero dudo que luzca muy convincente. Aún no aprendo a tejer en dos puntas.
Dumbledore tejiendo. Ya bastaba con haber explicado cómo habían confeccionado los suéteres de sus dos hijos. Y de haber pasado horas hablando con Molly Weasley de eso…De estilos de tejidos.
¿Por qué no tenía una "familia" normal?
—En dado caso. Conozco una forma de volverte un buen reno.
Sonaba terrible esa información. Pero a esas alturas, ya estaba muy desesperado como para ahondar en los detalles. Asintió, mientras Albus abría la puerta y él pasaba primero. ¿Qué le deparaba el futuro?
Jamás volvería a desmentir nada.
Caminaron por un rato, hasta detenerse en el despacho que ya conocía perfectamente. Albus se detuvo junto a su chimenea. Echó un puñado de polvos y observó. Muy pronto, un rostro muy peculiar se conformó entre las llamas verdes y amarillentas.
—¿Qué? ¿Albus? ¿Por qué utilizas la chimenea de la escuela? ¿Es una emergencia?
¡Sirius Black!
—Normalmente no haría esto. Rompería totalmente con las reglas que suelo seguir, pero como es navidad, no creo que importe. Necesito ayuda y mientras más sean de ustedes, mucho mejor ¿Podrías buscar a Remus y a Nymphadora?
—Por supuesto que sí. No me digas que el tonto de Snape está haciendo todo mal otra vez. Solo él podría meter al castillo en problemas, o a alguien.
—Sí, un poco. Pero no tiene nada que ver con Tom. Al contrario, es algo mucho menos complicado.
Snape lo miró. Atónito. ¿Por qué tenía que decírselo a él y al resto de los miembros de la orden?
—Sabes que necesitas su ayuda. Necesitas más "renos" para llevar el trineo. Además, sabes perfectamente que de no conseguirlo, ella no volverá a dejarte entrar en casa ni ver a tus hijos. Y sabes que ella tiene mucha determinación.
Tonto Santa Claus.
Aquella noche, Sirius no dejaba de reírse y él sentía que tenía una enorme nube gris y rayos en su cabeza. De tanto reírse, se atragantó con cerveza de hidromiel y trató de toser. Sin éxito. Remus parecía más retraído, pensativo. Nymphadora no sabía si reírse o quejarse. Le había golpeado un hombro y le había dicho como cinco veces, que sus hijos eran apenas unos niños pequeños. Que era un desconsiderado.
¡Y todos contra él! Porque él era Severus Snape.
—¡Y te dijo que fueses un reno! Oh, Hermione es épica. Tenía que estar allí para verlo. — graznó Sirius, tratando de no reírse más. Los cuadros y fantasmas ya comenzaban a asustarse.
Severus miró a Albus con un gesto de súplica. Por Dios, ya era bastante malo que ella se burlara de él de esa forma. Y ahora tenía que escuchar a Sirius, riéndose a carcajadas y con una gruesa tos por causa de la irritación en su garganta ¡Lo volvía loco!
—No estamos aquí para reírnos de Severus. Es para ayudarle. Muy bien; ¿Quiénes serán los renos?
No, él no sería reno. Mucho menos acompañaría a Snape en una travesía. Sirius negó con la cabeza y Remus asintió.
— Seré reno. Moody podría serlo, aunque si está tuerto, podría asustar a alguien. — dijo, antes de que su compañero hablara.
—¿Qué tal tú, Nymphadora?
—Si no fuera por Hermione, no lo haría. Veré si puedo cambiar de apariencia y ser un reno. Solo James hacía eso y…
Albus sonrió y Snape, lo miró de repente. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué cruzaba por su mente?
—Lo siento Severus. Lo siento, pero creo que tú tendrás que ser Rudolph y tendrás que ser un verdadero reno.
¿Qué?
—Lo haces por venganza. ¿No es cierto? Por como traté a Potter y como trato a su hijo. ¿Por qué tengo que ser reno?
Dumbledore sacaba su varita y con una sonrisa, lo contemplaba mientras que él retrocedía.
¡NO!
No supo más de sí. Su visión periférica se ensombreció y muy pronto, sintió que caía en el suelo. Se sentía delgado y muy flexible. Como si fuera un muñeco de felpa. En unos minutos trató de ponerse de pie y sin embargo, patinó. Sus manos se sentían como dos largas…
Patas. Sí. Patas.
¿Patas?
Abrió los ojos y miró las enormes caras de Albus y compañía. Sirius no podía dejar de reírse. ¿Qué había pasado?
—Te ves lindo, Snape. Como un reno.
¡No podía ser, era un reno de verdad!
—Deberías callarte, Sirius. Porque será el primer trineo que tenga a un perro de compañía.
—Y yo seré Santa, y Min será mi señora Claus — dijo Albus, ignorando los golpes que Snape le daba con las astas. No sabía controlar sus movimientos y hacía cosquillas como un conejo. — Ya basta Severus, no seas infantil. Ahora haces un drama, como si ser reno fuera algo malo.
Era reno. Un bendito reno.
— ¿Todos listos?
Esa noche iba a ser la noche más complicada de todas en su vida. Y mientras, esperaba por Nymphadora y Albus, echado en el suelo. Sirius había comenzado a colgar luces de navidad sobre sus astas. Trató de quitárselas, pero era todo un inútil reno.
—No. Tú nos vas a guiar y necesitamos luces, Quejicus. Y un gorro de Santa para ti.
Al poco tiempo, había siete renos dentro junto a Albus Dumbledore. Gracioso resultaba que Albus ya parecía abultado y el traje de Santa, con todo y su barba natural, le sentaba bien. En cambio Minerva, trataba de entender por qué su traje de*"señora Claus"*era un poco corto.
—Te ves muy bien, Minerva. Te queda.
Pervertido Albus.
—Lo que tenemos que hacer por ti, Snape — dijo Minerva, mientras Albus fingía que la bolsa de regalos era muy pesada. Solo la estaba mirando.
Bien, ya nada podía empeorar.
—¡Empezaremos a repartir regalos por Slytherin!
Empeoraba.
Durante todo el camino, moviendo un pesado trineo junto a un perro negro y un reno que parecía un lobo feroz. Además de tener la nariz roja y oír a Dumbledore haciendo "Jo jo" mientras el trineo rechinaba en el suelo de piedra, por no tener ruedas.
Una tortura china.
Niños gordos, flacos. Draco. Todos recibían un regalo de su boca y todos querían acariciarlo. Algunos, como Crabble y Goyle, pretendían subirse sobre él. Y Albus estaba distraído con la señora Claus.
¡Qué agotador era ser Rudolph y tener que arrastrar el bendito trineo! Si llegaba a existir ese hombre, le elevaría un pedestal. Jadeaba y trataba de continuar su camino, pero le resultaba imposible.
Y en casa, Hermione tenía problemas para calmar a sus hijos. Annet preguntaba por su padre y más le valía que él estuviera ocupado, cumpliendo. Aunque comenzaba a creer que había sido muy dura.
A Snape ¿A él? Le quedaba el día siguiente, noche buena. Para repartir obsequios.
Y el día siguiente llegó y Snape estaba exhausto. Dumbledore había decidido dejarlo como reno o de lo contrario, él se negaría a volverse a convertir. Mientras dormía fuera de la cabaña de Hagrid (sin más opción que esa), miraba el sol que se imponía sobre el cielo.
Iba a ser un largo día.
La noche llegó y los hijos de Hermione no querían acostarse. Annet brincaba en el sofá, mirando a través de la ventana. Su papá iba a regresar ese día y Nicholas esperaba pacientemente, intentando no dormirse. Su madre había dicho que volvería. Y ella ya no quería ver a santa. Quería verlo a él.
—Hora de dormir, mis pequeños.
—No mami. Yo me quedo. Sé que papá viene— dijo su hija, risueña y Hermione sonrió. Quizá había sido muy cruel con su marido.
Pero antes de pensar siquiera en disculparse, escuchó golpes en su tejado. Nicholas ya estaba dormido y no se había percatado.
—¡Albus! ¿Seguro que sabes conducir esto?— chilló Minerva, mientras chocaban con la chimenea, de forma aparatosa y resbalaban, rompiendo las tejas.
—Lo más gracioso de esto, Minerva, es que nunca había volado sobre un trineo.
Ante el alboroto, Annet corrió hacia la puerta, en pijamas. Abrió la misma y miró el enorme trineo que había chocado con un árbol junto a su calle. Miró a un enorme hombre que salía de él y le daba la espalda. Sostenía un enorme paquete de regalo. Y luego dos más. Corrió hacia él y se detuvo ¡Santa!
Y mucho antes de que pudiera alcanzarlo, un gracioso reno de nariz roja, corrió hasta ella y le brincó encima. La lamía muchas veces, mientras Annet reía y trataba de apartarlo de su cuerpo.
— A él le agrada mucho verte. ¡Jo jo jo! Feliz navidad, pequeña Annet Snape. ¡Y feliz navidad para tu madre!
Hermione caminó hasta su hija y miró al reno que se apartaba y alzaba la cabeza para mirarla. Tenía aspecto de ser Albus. Y Minerva era inconfundible.
—No puede ser…Albus y Minerva. Sirius y… ¿el resto?
—Resto de la orden.
—Y ¿Severus?— dijo ella con una sonrisa suave— en realidad fui un poco mala con él. No creí que…
Albus bajó la vista hacia el reno de nariz roja y Hermione quiso reír, pero solo se cubrió la boca con las manos y sollozó. Lo había hecho. Solo para su hija. Se dejó caer en la nieve y se arrastró hasta abrazar al reno.
—Gracias Severus, no creí que lo harías. Acabas de demostrarme algo y salvaste la navidad de tu hija.Me demostraste que me amas, más que nada en este universo.