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Historia 65693 — capítulo 2

Alegando que la abundante comida le había sentado mal se refugió en la soledad de su habitación a la primera oportunidad, algo que no sucedió tan pronto como hubiera deseado, ya que sus tíos, primas y nueva familia política no hicieron acto de presencia hasta bien entrada la tarde, cuando ya faltaba poco para la hora de cenar.

Cuando los primos eran pequeños las dos familias solían comer y pasar la tarde juntas el día de navidad. Su prima Bella había roto más de una vez sus juguetes nuevos por puro capricho, obligándole a recurrir a escondidas a la magia de Kreacher para repararlos sin quedar como un chivato. Pero desde que sus primas se hicieron mayores las cosas habían cambiado mucho. Sus tíos tenían ahora otros compromisos que les obligaban a posponer la visita. En lugar de comer con ellos lo habían hecho con Bellatrix y Rodulphus Lestrange, y después todos ellos pasaron por casa de los Malfoy para felicitarles la navidad antes de recalar definitivamente en Grimmauld Place.

La velada había sido corta y no exenta de tensión. Aunque nadie mencionó a Sirius abiertamente todos pensaban en él. Su tía Druella intentó tratar el tema con fingida naturalidad al decir que ella había pasado por lo mismo cuando Andrómeda se fue de casa, pero Walburga, con furia contenida y nada dispuesta a consentir la actitud compasiva de su cuñada, cortó la conversación de forma seca y abrupta antes de que llegara a pronunciarse el nombre de Sirius. Después habían cambiado de tema. Por suerte la familia estaba inmersa en los preparativos de una boda, lo que facilitó que la conversación fluyera por cauces menos incómodos.

Narcisa pronto se casaría con Lucius Malfoy, lo que le convertiría en el único de los cinco primos cuyo futuro no estaba todavía decidido.Pero eso solo era en apariencia. Los cuchicheos de esa misma tarde entre su madre y Bellatrix, cargados de miradas furtivas dirigidas hacia su persona, no dejaban mucho lugar a dudas. En poco tiempo una marca oscura adornaría su antebrazo izquierdo.

Él ya lo sabía, pero eso no significaba que se sintiese preparado. Algunos de los chicos que conocía se habrían sentido honrados, dominados por la excitación, pero él tenía la madurez suficiente para darse cuenta que a los quince años era demasiado pronto. Lástima que nadie más pareciese notarlo…

Un ruido en la escalera le distrajo. Alguien se acercaba a su habitación, sus pasos eran tímidos y cuando se detuvo ante la puerta la golpeó de forma discreta con los nudillos, casi como si se estuviera disculpando por llamar, algo que ninguno de sus progenitores haría jamás.

—He dicho que no voy a cenar— contestó levemente irritado—. No quiero tomar nada, Kreacher, ni siquiera uno de tus calditos reconstituyentes.

Del otro lado de la puerta se escuchó un carraspeo y una voz titubeante.

—No es eso, amo Regulus…

Resignado cruzó la habitación y abrió la puerta. Parado en el umbral Kreacher sostenía una bandeja con una taza de caldo. Regulus le dedicó una mirada severa.

—No es solo por el caldito amo… —aseguró el elfo con expresión de culpabilidad.

—Está bien, pasa.

El elfo entró y se dirigió hacia una mesita en la que depositó la bandeja, después se giró hacia él y le observó fijamente. Regulus esperaba que le transmitiese algún recado de su madre, o cualquier cosa excepto lo que pasó a continuación, porque Kreacher metió la mano bajo los pliegues del mugroso paño de cocina que utilizaba para taparse y extrajo un pequeño paquete que le tendió con mano temblorosa.

—Esto es para usted, amo.

El paquete estaba envuelto de forma chapucera en un papel de regalo que reconoció como el que envolvía el frasco de perfume que él mismo compró para su madre, y que obviamente Kreacher había recuperado de la basura para volver a utilizar. Se quedó de una pieza, nunca hubiera imaginado encontrarse en tal situación. En toda su vida jamás había visto a un elfo doméstico hacer un regalo. Algo lógico, dado que nada podía dar quien nada poseía.

—Yo no tengo nada para ti —intentó disculparse mientras tomaba el regalo. Kreacher pareció casi ofendido por semejante idea.

—El amo Regulus no necesita hacer ningún regalo a Kreacher— después fijó una mirada ansiosa en el pequeño paquete, como incitándole a abrirlo.

Asombrado por la extraña conducta del elfo, Regulus desenvolvió su regalo y descubrió un sello de plata para lacrar el correo. Inmediatamente le resultó familiar ya que poseía uno prácticamente igual, salvo por una pequeña diferencia. En el suyo su nombre sustituía al de Sirius.

Se los habían regalado cuando eran pequeños, uno para cada uno. En el sello aparecía el escudo de los Black, rodeado por el nombre de su propietario y el emblema de la familia "Toujours pur". Uno de esos obsequios ostentosos e inapropiados para un niño, pero que a pesar de todo algunos familiares se empeñaban en regalar. Él guardaba los suyos como oro en paño, esperando el momento de hacerse mayor y usarlos con orgullo. Sirius en cambio nunca les había concedido ningún valor.

Sin duda su madre lo había tirado junto con el resto de las pertenencias de Sirius que no se había llevado con él o a las que no había tomado la precaución de proteger con un encantamiento de presencia permanente. Y Kreacher lo habría recuperado, Merlín sabría porqué. Posiblemente porque consideraba inaceptable que cualquier cosa que llevase grabado el escudo familiar terminase en el cubo de la basura.

Regulus le dio un par de vueltas en sus manos. Era un objeto inútil, rechazado por su legítimo dueño e inservible para cualquier otro. Rescatarlo de la basura había sido un error, sin embargo se sintió conmovido por el acto de Kreacher. No porque fuese una prueba de lealtad a Sirius, de quien sin duda —al igual que su madre— pensaba que era un traidor aborrecible, pero significaba que a pesar de su edad el viejo elfo seguía siendo atento y observador. Lo suficiente como para ser el único en aquella casa capaz de descubrir lo mal que se sentía y compadecerse de su dolor, aunque no lo compartiera.

Apretó el sello en su mano, cerrando el puño con fuerza. Cuando Sirius se marchó se fijó el firme propósito de aparentar que había desterrado su recuerdo tan pronto como lo hicieron los demás, pero al parecer no logró engañarlos a todos. Sus ojos se humedecieron de forma involuntaria, emocionado como no habría creído posible.

—Gracias.

Kreacher asintió con la cabeza.

—Feliz Navidad— dijo con su vocecita chillona.

Regulus llevaba desde primera hora de la mañana escuchando esas dos palabras, se las habían dicho muchas veces y él las había repetido otras tantas. Sin embargo, por primera vez en todo el día no sonaron vacías y sin contenido, como una mera formalidad que la gente repite sin convicción. Miró al elfo como si lo estuviera viendo por primera vez, como si acabara de descubrir en él a una criatura más inteligente y sensible de lo que nunca hubiera sospechado y sintió que algo había cambiado en la naturaleza de su relación. Le dio una palmadita en el hombro, sellando entre ellos un vínculo nuevo y diferente.

—Feliz Navidad para ti también, Kreacher.