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Historia 69632 — capítulo 1
Las calles empedradas de Hogsmade se abrían paso ante sus cortas pisadas. Dobby avanzaba con pequeños saltitos, metiéndose por entre los huecos que los estudiantes dejaban entre sí. El elfo doméstico tenía los grandes ojos verdes encendidos de la emoción, y el gran gorro que llevaba en la cabeza le tapaba las enormes orejas, resguardándolas del frío.
Luego de un rato de alegre caminata, Dobby llegó al lugar que quería; empujó con sus pequeñas manos enfundadas en guantes la puerta de cristal, y entró a la florería, caminando algo intimidado por las grandes estanterías que allí se erguían.
―¡Hola! ―saludó con voz chillona; la empleada del lugar miró a ambos lados buscando la fuente de la voz. Dio un exagerado respingo al mirar abajo, y descubrir unos grandes ojos observándola con ansiedad―. Mi nombre es Dobby, y trabajo en las oficinas de Hogwarts, señorita ―sentenció con orgullo. Y luego, sin ser capaz de retener más la emoción que lo embargaba, estalló― ¡Y Dobby le ha pedido permiso al Profesor Dumbledore para venir a hacer una compra para San Valentín, señorita!
―¿Un… regalo de San Valentín? ―preguntó vacilante. Dobby asintió fervientemente con la cabeza.
―Dobby quiere… ―se acercó un poco al mostrador, se puso en puntitas de pie, hablando en voz baja y acalorada― un ramo de calcetines, señorita.
La mujer lo miró durante unos segundos detenidamente, antes de agarrar una escoba que había al lado del mostrador y gritar:
―¡FUERA DE AQUÍ! ¡FUERA!
Dobby se dirigió hacia la puerta, aventado por la escoba y los gritos de la mujer. Las paredes de vidrio del local temblaron cuando la empleada cerró de un portazo. Minutos después, un cartelito apareció en la puerta, con la leyenda "Se prohíbe la entrada de elfos domésticos enamorados"
Dobby bajó la cabeza, y se quitó el gorro. Sumamente entristecido, comenzó a caminar cuesta abajo por las calles de piedra, con las orejas bajas y sus pies arrastrándose contra el piso.
―¡Hey, Dobby!
Dobby alzó la cabeza, y una amplia sonrisa remplazó la mueca triste que se había formado en sus labios.
―¡Harry Potter, señor! ―gritó con alegría.
El joven buscador de Quidditch avanzaba en sentido contrario a donde iba el elfo, enfundado en una bufanda con los colores de Gryffindor.
―¿Cómo estás, Dobby? ―preguntó Harry con cordialidad, agachándose hasta poder estar a la altura del elfo.
―Muy bien, Harry Potter, señor ―afirmó Dobby, sonriendo con todos los dientes―. ¡Dobby se alegra mucho de encontrarlo, Harry Potter! ¿Dónde están la señorita y el señor, Harry Potter, señor?
―Oh... ―Harry se encogió de hombros―, Hermione está esperándome en las tres escobas. Y Ron se quedó en el castillo con su novia ―una mueca burlona acompañó a las palabras del moreno. Miró con curiosidad el paquete que Dobby llevaba en su mano―. ¿A dónde ibas, Dobby?
Dobby volvió a bajar la cabeza.
―Dobby iba a comprar un regalo de San Valentín, Harry Potter, señor.
―¿Ah, sí? ―Harry sonrió―. ¿Para quién, Dobby?
Dobby se ruborizó. Le hizo una seña a Harry para que se acercara un poco más, y le susurró al oído:
―Dobby quería comprarle un regalo a Winky, señor Harry Potter ―se balanceó un poco de atrás hacia adelante―. Dobby fue a preguntar si podían hacerle a Winky un ramo de calcetines, Harry Potter, pero a Dobby lo echaron del local, señor.
Harry frunció el ceño.
―¿Un ramo de calcetines? ―preguntó, y otra sonrisa apareció en sus labios otra vez―. Yo puedo ayudarte si quieres, Dobby.
El elfo doméstico abrió sus ojos cuán grandes eran.
―¿De verdad? ―inquirió asombrado, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Abrazó fuertemente a Harry por la cintura―. ¡Harry Potter es tan noble! ¡Gracias, Harry Potter, gracias!
Horas más tarde, Harry entró a su habitación, seguido por un saltarín Dobby cuyos ojos brillaban ilusionados. Rebuscó en el desorden de su baúl hasta dar con varios pares de calcetines de diferentes colores y modelos, le hizo un nudo a cada uno, y los unió formando un precioso ramo. Sonrió satisfecho con su trabajo y se lo entregó a Dobby.
—Gracias, Harry Potter, señor, Dobby se lo llevará en seguida a Winky.
Al pequeño elfo los ojos no podían brillarle más. Tomó el ramo con emoción y corrió en dirección a las cocinas.
Cuando estaba a mitad de la escalera se detuvo, bajó las orejas y se acercó a Harry.
―Harry Potter, señor, ¿podría Dobby pedirle otro favor? ―preguntó tímidamente con la cabeza baja. Harry hizo un gesto para que continuara―. Verá, señor, es la primera vez que Dobby da un regalo de San Valentín ―confesó avergonzado el elfo― y a Dobby le gustaría que el gran y noble Harry Potter le diera un consejo.
―¿Un consejo?―repitió Harry sorprendido.
―Si no es mucha molestia para Harry Potter, señor.
―Ehh...bueno, no lo sé ―explicó nerviosamente―. Supongo que deberías ser amable y... No soy muy bueno para estas cosas. Quizás deberías pedir ayuda a Hermione, o incluso a Ron.
―Claro, señor Harry Potter. Los amigos del señor deben dar muy buenos consejos ―chilló el elfo, y siguió a Harry en busca de Hermione.
―¿Un regalo para Winky, Dobby? ―sonrió Hermione cuando el elfo le planteó sus dudas ―. Eso es muy tierno. Y a las mujeres les gusta que seas tierno, Dobby
―¿Tierno? ―repitió Ron, al que Harry había convencido de estar junto a Hermione a pesar de su actual situación, simplemente porque la chica estaba dispuesta a ayudar al elfo―. Winky no saldrá con él nunca si es tierno, Hermione.
―¡Ah! Cierto, olvidaba que tú, Ronald Weasley, eres todo un experto dando consejos románticos ―dijo Hermione con sarcasmo.
―Claro que sí.
―¿Y qué tendría que hacer Dobby para que Winky salga con él, según tú, Ronald?
Ron se quedó callado y se sonrojó. Hermione le dirigió una última mirada indignada y se fue de la mesa, dejando a los chicos solos con Dobby.
―Lo que tienes que hacer es equivocarte, parecer idiota ―explicó Ron cuando se aseguró que Hermione no estuviera escuchando―. A las chicas les gusta corregirte, demostrar que son inteligentes―a cualquiera con más cerebro que Harry no se le hubiera pasado desapercibida la mirada que el chico dirigía a su ex mejor amiga castaña al decir esto. A Lavender, que se encontraba en la otra punta de la mesa observando, no se le pasó por alto. Harry los oyó discutir mientras se alejaba con Dobby, para acompañarlo a las cocinas, y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
Dobby llegó jadeante a la puerta de las cocinas, donde Harry le deseó suerte y lo dejó.
Cuando entró, Winky estaba de espaldas a él, fregando los platos con elegancia. Dobby disminuyó el paso, se quitó el sombrero que cubría sus grandes orejas, y ocultó el ramo detrás de su espalda.
―¡Hola, Winky! ―exclamó con la voz chillona por los nervios.
―Hola, Dobby ―se sobresaltó Winky, sin dejar de fregar los platos.
―¡Dobby le trajo un regalo a Winky! ―estalló sin poder guardarse la sorpresa ni un segundo más. Sin vacilar, sacó el ramo de su escondite, y se lo mostró a la elfina―. Dobby quiere darle a Winky este ramo como regalo de día de San Valentín, señorita ―confesó, poniéndose rojo como un tomate.
Winky observó con detenimiento lo que Dobby le ofrecía. Una mueca de horror cruzó sus facciones, y enseguida Winky soltó un grito histérico, dejando caer los platos que tenía en las manos.
—Winky ha sido una mala elfina ―lloriqueó―. ¡Dobby le ha dado calcetines a Winky de parte del profesor Dumblendore! ¿Qué ha hecho Winky para merecer esto? ―gritó, echándose al suelo y rompiendo en histérico llanto.
―¡No! ―exclamó con alegría, tratando de levantar a la elfina del suelo―. Dobby quiso darle a Winky este ramo como regalo de San Valentín, porque… ―se ruborizó―, porque a Dobby le gusta mucho Winky.
Winky cesó su llanto, y se puso de pie, frotándose los ojos con las manitos.
―¿A Dobby le gusta Winky?
―¡A Dobby le gusta mucho Winky! ―chilló Dobby, balanceándose con nerviosismo.
Winky vaciló, secándose el último rastro de lágrimas. Luego se acercó a Dobby, que había bajado la cabeza con tristeza. La elfina se agachó, intentando encontrar los ojos de su amigo.
Dobby alzó la cabeza con tristeza y miró a Winky.
―Winky no quiere a Dobby. Dobby fue a pedir consejos y le hizo un ramo de calcetines, pero Winky no quiere a Dob… ―pero el elfo doméstico no pudo terminar sus palabras, porque en ese instante, Winky le dio un suave besito en los labios.
Y Dobby sintió un calorcito recorrerle el cuerpo, y el rubor de la emoción encenderle las mejillas. Sintió que sus pies se despegaban del suelo, y no le hubiera extrañado estar flotando.
Sí, después de todo, hacerle un ramo de calcetines a una elfina para conquistar su amor, sí servía.