← Historia 69870 · de
Historia 69870 — capítulo 1
Narcissa Black, cabello largo y rubio, ondulado, cae por su cintura y te deja hipnotizado por el baile que provoca, postura de princesa, hombros en alto, mirada de superioridad, piel pálida. De manos con dedos alargados y hábiles, piernas largas, algo torneadas, buen busto, buen cuerpo. Prima de Sirius, uno de mis mejores amigos.
Da honor a su apellido, lo muestra con orgullo a quien lo pida, odia a los hijos de muggles, admira a quienes los matan, sueña con ser la reina de una mansión tallada en diamantes. Sus notas vagan entre el supera las expectativas y los aceptables; que importa si puede enseñar su insignia de Slytherin y humillar a los extraordinarios como yo.
Remus Lupin, con sus amigos al lado, miraba lo prohibido de aquella mujer que engatusaba sus sentidos desde hace tiempo.Intentaba atravesar la postura seria y rígida con sus ojos, los lobunos que se despertaban ante la figura de Narcissa Black.
Sus amigos no notaban su transformación diurna, esa en que la Slytherin se convertía en su luna, despertando al animal que ellos no dejaban salir.
Mirar aquella piel pálida lo invitaba a desgarrarse, a cambiar uñas por garras, dientes por colmillos. Su cuerpo se tensaba al observarla caminar; la vigilaba con la audacia de un lobo. No era capaz de controlar aquella extraña metamorfosis al seguir con sus ojos las curvas de Narcissa.
Sentía, eso sí, como si el animal lo derrotara con sólo la silueta de Cissa. Se notaba dominado por el lobo; lo sentía arrancarle la piel y quemarla como cada luna llena.
En su mente, la batalla revivía. Quería morderla, desgarrarle cada pedazo de su piel, y hacerla suya, acabar de una vez por todas con esa ansia animal que le estaba quemando cada célula; mas él no era así, se refugiaba bajo la figura del amigo incondicional, el estudiante perfecto.
Algo había cambiado, dentro de sí, la luna se había apoderado de aquella mujer.
El libro de Defensa escurría entre sus manos, todo para poder observar la figura de la rubia que se levantó a dejar algún libro a un estante. Ella se detuvo, depositó el libro sobre la rendija y juraría que le envió una rápida mirada, llena de lujuria, con mil dudas.
Sus ojos se abrieron más de lo oportuno, tanto como para que el primo de la chica lo notara.
- ¿Te pasa algo, Lunático?
-Nada…- respondió dudando - simplemente necesito ir al baño
Se puso de pie lentamente, les dio una sonrisa a sus amigos, llena de nostalgia y pesadumbre; cargada en secreto de pasión prohibida.
Caminó hasta el baño, debatiéndose entre lo que deseaba y lo que pensarían sus amigos. Se lavo la cara frente al espejo del sanitario, se mordió el labio pensando.
¿Qué pensarían James, Sirius y Peter? ¿Qué harían al verlo con Narcissa Black? ¿Qué pensarían al verlo con aquella mujer que llamaba al instinto animal, que buscaba el gruñido del lobo en lugar del susurro de una palabra cariñosa?
Sin darse cuenta, ya Remus no se mordía el labio con duda, sino con deseo. Lo haría y no importaba lo que pensaran sus amigos.
Regresó a la biblioteca, esta vez mirando a la mujer como si viera a su próxima víctima.
Cuando volteó el rostro a aquella mesa que antes ocupaba con sus amigos, esta se encontraba vacía; ¿dónde se habían metido?, realmente él era el único que los ataba a mantenerse en la biblioteca.
-Los hombres lobos son más complejos de lo que se cree…- en que momento llegó a su mesa, no lo supo; porqué la página del libro hablaba de los licántropos, era más que coincidencia
Por aquellos tiempos, Hogsmade se había convertido en un refugio de besos y caricias prohibidas para los alumnos de Hogwarts.
Narcissa fue separada de sus compañeras por una broma de Sirius y James, que logró que las castigaran y, abusando de la soledad de su presa, Remus la encontró.
En una apartada esquina de Cabeza de Puerco, el licantropo reía junto a su astro lunar.
La mujer disfrutó oír cada broma, cada treta incluso en contra de los Slytherins, en su defensa, alegó lo que los verdes les hicieron pasar a los Merodeadores, pero Remus la callaba diciendo:
-¿Y eso pasó antes o después de que recuperaran por completo sus sentidos?
-Cállate, Lupin- decía entonces Narcissa.
-¿Sabes? Es extraño como mi apellido suena en tus labios- dijo poniendo la cerveza en la mesa e inclinándose un poco.
-¿Ah, sí? ¿Cómo te suena... Lupin?- lo retó ella, obligándolo a morderse los labios
-Suena a que llamas a los míos- dijo él con naturalidad.
-Sólo atrévete a inte...
Remus clavó sus labios en los de ella antes de que pudiera decir nada; y antes de que pudiera separarlos los aprisionó entre sus dientes.
Dejaron el bar, dejaron la ciudad en medio de una carrera de jadeos que, siendo de prisa, querían transformarse en jadeos de placer, de pasión, de una dulzura inexistente en aquella relación llamada cacería.
En un árbol de las afueras, Remus no dudo en golpear la espalda de la chica, no dudo en acallar su grito de dolor con otro beso y tampoco en apartarle bruscamente la blusa. No existía la noción del frío, ni la del amor en aquel encuentro desenfrenado de labios y piel... no aún.
Remus Lupin, de ojos dorados, y más oscuros cuando lo inyecta la pasión; su cabello se enreda entre mis dedos cuando la lluvia lo ha mojado, beso sus labios para quitarle la tristeza de la mirada, temiendo acabar con el chocolate de sus besos; los rasguños de su torso me hacen temer. Es un tipo de Gryffindor, y creo que me ha enamorado.
-Cissa- miró a su hermana, tan inoportuna- feliz cumpleaños- Andromeda, su voz suave, maternal; le recordó que ese día, más que ningún otro quería un regalo especial
-Gracias
Eran hermanas, más no amigas; como ese, muchos saludos le habían retumbado esa mañana en el Gran Comedor, pero no importaba ninguna de esas voces, ella solo quería escuchar la de aquel chico de semblante cansado que sonreía en la mesa de los leones por alguna de las ocurrencias de sus amigos.
A pesar de querer aquellas palabras de los labios de Remus, el momento no llegaba, aunque ella era eso lo que más anciaba.
Sin embargo quería más, quería terminar lo que más de una vez había quedado inconcluso por alguna razón que la obligaban a morderse los labios con desesperación y deseo; y que a él le hacían rabiar hasta que, viéndola a ella, sonreía para despedirse con un beso. Narcissa quería ese momento. Pero lo único que tuvo fue un triste y casi frío:
-Feliz cumpleaños- el hombre se alejó con ojos llenos de deseo, se apartó de ella quien sabe si con frialdad o con anhelo.
-¡Remus, espera!- lo alcanzó- ¿mi regalo?- preguntó con una sonrisa en los labios
-Lo siento- respondió con los ojos inyectados de animal deseo
-Sólo quiero esta noche- susurró ella, pegándose a su oreja- contigo, con tus besos, tus caricias, tu deseo…
-¿Una noche con tu lobo?- ella asintió, ese mote la ponía ansiosa- esta noche mis caricias te pueden matar, mis besos te pueden marcar, mi deseo te hará temblar
-Eso es lo que quiero- susurró ella, mientras un salvaje Remus volteaba a besarla; con toda esa lujuria que la luna llena le enseñaba
Las prendas caían, Cissa no movía ni un músculo sólo sentía las garras de Remus aprisionarla, desgarrando todo para dejarla en la plenitud de su desnudez. En aquella desnudez que él y sólo él compartiría con ella en un vaivén de deseo, en un torbellino de lujuria.
El dolor, el placer, la lujuria, el deseo; miles de sentimientos que salían en forma de gritos desgarradores del crepúsculo. El crepúsculo, ya casi anochecía.
Miró al abismo por donde amenazaba aparecer su enemiga. No tuvo otra opción. Resistiéndose al deseo animal que lo quemaba, dejó de arrancarle a Narcissa aquellos gemidos que tan apetitosos le sabían a sus oídos para tomar su ropa.
El silencio fue apoderándose de la sala mientras la mujer se enteraba de lo que hacía Remus. Indignada, fatigada; le preguntó:
- ¿Qué haces?
-Debo irme- respondió secamente Remus, sin voltear a verla; pues no creía resistir ver ese cuerpo de nuevo.
- ¿Qué dices?- preguntó Narcissa-. No, Remus...
- ¡Debo irme!- gruñó él, más parecido a la bestia que al hombre.
- Te vas a quedar Remus John Lupin- dijo tomándolo del brazo.
Él sólo se movió un poco mientras se abrochaba la camisa.
- ¡Remus, te quedas!- gritó la mujer jalándolo fuertemente del brazo.
- No- dijo simplemente, Remus.
- ¡Remus Lupin!- gritó ella, histérica.
La miró para encararla y gritarle que no entendía, pero aquel desenfreno, aquella ira, aquel cuerpo... La besó.
Ella lo apartó bruscamente. Él la besó impulsado por su propio instinto y la ira de ella.
En aquel beso la tendió de nuevo en un sofá de la estancia, envolvió su piel con sus besos hasta que ella, con los ojos cerrados y olvidándose de todo lo que se alejara de su corazón dijo:
-Te amo...
Él, recordando la caída de la noche, sólo marchó
Ella abrió los ojos de golpe para mirarlo irse...
Cuando se volvieron a ver, existían los estragos de la luna. Remus la aprisionó en el pasillo, aún tenía fresco el recuerdo de aquel lienzo desnudo; besó con necesidad aquellos labios que no le respondían por más que querían.
Narcissa lo abofeteó, tenía los labios rojos, los ojos empañados en lágrimas, y el corazón destrozado. La distancia le permitió escapar, correr; el viento le dejó llorar, amargamente, escupiendo orgullo, maldiciones, brotando cada pedazo de su corazón deshecho en cada lágrima que salía de sus ojos.
Narcissa Black, ha cambiado, ya no sonríe, sólo observa. Es mi último año, y ella lleva en su dedo un anillo, lleva en su corazón el rasguño del lobo; tiene ganas de llorar, por que sabe que en él no me encontrará a mí