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Tras el partido — capítulo 1

Sentado en uno de los bancos del vestuario de Gryffindor, Oliver se lamentaba por el partido de quidditch y su desastroso final. La culpa era toda de los malditos dementores. Si aquellos repugnantes seres no hubieran estado de por medio, Potter no se habría desmayado y habrían podido ganar el partido. ¡Con lo cerca que estaban de conseguir la Copa de Quidditch! Se oyó el chirrido de la puerta al cerrarse, el resto del equipo iba corriendo a ver cómo se encontraba Harry, mientras que él se quedaría allí solo.

Pocos minutos después, oyó el sonido de una de las duchas. Se preguntó quién seguiría allí, pero pensó que era mejor esperar a que saliese para darle intimidad, fuera quien fuese.

Oliver estaba sumido en sus pensamientos, todo le parecía horrible en aquellos momentos. Si ese año no conseguía llevar a Gryffindor a la victoria, a conseguir la Copa, jamás podría hacerlo. Su futuro estaba en las manos de su equipo, él quería ser jugador profesional y más derrotas como esa no le ayudarían.

Escaso tiempo después, oyó cómo se cerraba el grifo de la ducha y cómo unos pasos se acercaban hasta donde él se encontraba sentado, levantó la vista y pudo comprobar que se trataba de Katie. Hacía tiempo que la veía como algo más que una simple compañera de equipo, con el paso del tiempo había comenzado a sentir algo más profundo por ella y, poco a poco, había comenzado a hacérselo ver.

—Oliver, ¿te encuentras bien? —preguntó la muchacha acercándose a donde estaba él sentado—. Parece que tienes mala cara.

—Sí, sí, estoy bien. —dijo. Pero tras unos instantes de silencio, decidió que no iba a mentir a Katie—. En realidad, no; no estoy bien. —comenzó contarle todo aquello en lo que había estado pensando, la derrota de quidditch, sus preocupaciones sobre el futuro…

Katie le escuchaba atentamente, sentada muy cerca suyo, a la vez que pensaba en las insinuaciones que le había lanzado Oliver en los últimos tiempos. Al verle así, tan maduro, tan preocupado por su futuro, empezó a darse cuenta de que ella también se había enamorado.

—Creo que te estoy aburriendo. —comentó el capitán de quidditch poco después, al darse cuenta del tiempo que había pasado.

—No —respondió ella saliendo por un momento de sus pensamientos—, la verdad es que no me aburres. De hecho, estás haciendo que me dé cuenta de bastantes cosas.

Oliver la miró inquisitivo, dando a entender que quería saber eso de lo que se había dado cuenta. Ella se percató, pero no sabía cómo expresarlo. Estaba segura de que iba a ser correspondida, las indirectas que le llevaba mandando durante todo el curso no podían ser por nada… pero la timidez de ser el primer chico al que se lo tenía que explicar no dejaba que las palabras salieran de su boca. Acercó su mano a la de Oliver y la agarró, mientras que sus mejillas se enrojecían levemente. Él no tardó mucho en intuir qué era aquello de lo que se había dado cuenta Katie, y mientras apretaba su mano y se acercaba aun más a ella, no pudo —ni quiso— evitar que una enorme sonrisa se dibujase en su cara.

Mientras Oliver acercaba lentamente su cara a la de Katie, dispuesto a cumplir por fin su sueño de besarla, ella se dio cuenta, avergonzada, de que tras la ducha no había tenido tiempo de vestirse y que lo único que cubría su cuerpo era una toalla roja. Su reacción inmediata fue levantarse de un salto sujetando fuertemente aquella toalla, y dejando al pobre Oliver sin entender qué había pasado durante ese último segundo.

— ¿He hecho algo mal? —Preguntó Wood contrariado.

—No, no, es sólo que… ¡estoy desnuda! —Contestó atropelladamente la muchacha mientras recogía su ropa de la taquilla—. Voy a vestirme y ya vuelvo.

Katie salió rápidamente hacia el lugar que tenían las chicas para cambiarse dentro del vestuario, muerta de la vergüenza. Oliver, por su parte, se había estado aguantando una sonrisa. Esa inocencia y timidez era una de las cosas que más le gustaban de ella. Por un instante, había pensado que la había fastidiado, pero no era así. Tal vez, lo que había comenzado siendo un mal día por perder aquel partido, se convirtiese en uno maravilloso.

—Ya estoy… —apenas cinco minutos después, Katie anunció su llegada, esta vez vestida.

—Pues a mí me gustabas más con la toalla. —comentó Oliver mirándola, medio en broma, medio en serio, al verla aparecer.

— ¡Oliver! —le regañó ella, conteniendo una sonrisa. Él no pudo contener la carcajada de felicidad, que pronto fue contagiada a Katie mientras se acercaban el uno al otro.

Oliver agarró firmemente el rostro de la chica, aún con la sonrisa en los labios, imposible de borrarla, y la besó. Ambos se sumergieron en un placer inexplicable, en un torbellino de dispares sensaciones seductoras y agradables. Mordiscos cohibidos y caricias clandestinas. El tiempo pasaba rápido y veloz, se les escapaba entre los dedos de las manos sin que pudieran hacer nada por retenerlo, como la quaffle entre los aros de gol. Ninguno de los dos quería que aquel maravilloso momento terminase, pero sabían que tenía que hacerlo; así que, lentamente y tratando de alargarlo al máximo, se separaron el uno del otro. Se miraban a los ojos, diciéndose con la mirada todo aquello que no se atrevían a plasmar en palabras.

—Te quiero. —murmuró Katie. Dos palabras que, aunque podían parecer típicas, resumían a la perfección lo que ella sentía en ese momento.