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El verde del fin — capítulo 1

— No puedo seguir fingiendo. Tú elegiste tu camino y yo elegí el mío .

Las palabras perforaban mi memoria como puñales de hielo. Era una de las cosas que más me había dolido en la vida… hasta cinco segundos después, cuando traté de explicarme una vez más y ella, la que había sido mi única y verdadera amiga, me soltó palabras que oí, mas no atendí, antes de mirarme con desprecio y darme la espalda.

Y conociéndola, eso sería para siempre.

Hasta ese momento, comprendí lo que me habían costado mis ideas, mis preferencias en cuanto a la magia, las amistades con las que contaba en mi casa. De pronto, todo se me hizo falso, asqueroso, peor que aguantar las estúpidas bromas de Potter y sus amigos. Pero no dejé nada. No hice el más mínimo esfuerzo por demostrarle a mi amiga que estaba equivocada. Porque en sí, en esos retorcidos ideales hallaba un aliciente a superar a quienes me despreciaban, a vengarme de quienes me dañaban… Incluso creí que eso me daría el poder suficiente para alcanzar la gloria.

Todo eso se opacó con un intenso rencor el día que mi amiga (porque para mí seguía siéndolo) mostró, según mi conciencia, haber caído más bajo que yo.

Se juntó con mi peor enemigo. De alguna manera que no comprendo, terminó saliendo con Potter.

¡Con Potter, a quien no había parado de menospreciar y reñir! ¿Por qué con él, de entre todos los magos del mundo? Sintiendo que ya no me quedaba nada, aún menos intenté recuperar su aprecio. Mi amiga había dado a entender que estaba muerto para ella. ¡Bien! Haría lo mismo. Ella estaría muerta y enterrada en mis pensamientos.

¡Tonterías! No podía hacer eso mismo en mi corazón.

&&&

— … Nacido de quienes lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes…

Fue lo último que escuché y con eso pareció bastar, pese a que me echaron de Cabeza de Puerco. Yo tenía que encontrarme con alguien más allí, pero creí que esa información era lo suficientemente buena como para obtener el favor del Señor Tenebroso. Así podría tocar la magnificencia y quedar sobre los demás mediocres que lo seguían.

En cierta forma, fue así. En otra, me equivoqué.

Como bien había creído en mi juventud, mi amiga seguía adherida a mi corazón, marcada en él como un hierro al rojo vivo o, por qué no, como el oscuro símbolo que me conecta con el Señor Tenebroso. Porque al darme cuenta de lo que había desencadenado, era demasiado tarde y sabía que, sin importar cuánto suplicara, no obtendría una positiva respuesta. Así que hice lo único (lo más evidente, pero a la vez lo más osado) que se me vino a la cabeza. Quizá perdería todo en el intento, quizá no. Sin embargo, no me cruzaría de brazos a esperar que por un milagro, el Señor Tenebroso accediera a mis peticiones.

Hice una cita con Dumbledore.

&&&

Toda una vida de pequeños logros, de importantes disputas, de grandes emociones… Todo eso terminó, creo yo, como debía terminar.

Algo muy dentro de mí me decía, desde que había escogido seguir esa senda de muerte y oscuridad, que aquel al que llamaba Amo me mataría o que mandaría matarme, daba igual. El punto era que un vago presentimiento, como una certeza disfrazada de broma, me decía que no saldría vivo de la segunda guerra, de la última batalla entre quienes defendían lo correcto y quienes querían lo mejor y más falso.

Tuve razón, ¿no?

En esos últimos instantes, contemplé a Potter. No al enemigo de mis días de estudiante que me hacía trastadas cada dos por tres. No, contemplé al otro, a su hijo, a ese bebé que el Señor Tenebroso no pudo matar por mi información incompleta. Hice un esfuerzo sobrenatural para darle mis recuerdos, lo único que quizá le podría ayudar a terminar con esa encarnizada lucha sin sentido, para luego pedir algo, cuando ya me estaba quedando sin aliento.

— Mírame…

Y así, obtuve un pequeño consuelo en mi lecho de muerte. Dumbledore tenía razón, eran sus ojos, exactamente los de mi amiga. Ironías de la vida (o de la muerte, dadas las circunstancias) que justo cuando me iba, le estuviera viendo a ese mocoso el parecido con su madre, el que tanto me negué a ver y que siempre estuvo allí.

Iba a alcanzarte por fin, Lily. Y espero que ahora sí puedas perdonarme.