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Historia 70144 — capítulo 1

Draco Malfoy odiaba a Harry Potter.

No era ningún secreto, todo el mundo en Hogwarts lo sabía, igual que sabían también que la aversión era mutua. Era una constante en la vida en el castillo, rutinaria y esperada como la clase monótona del profesor Binns, o los gruñidos incomprensibles de Filch. Si por casualidad se oía por algún pasillo olvidado sus voces airadas, los niños de primero y segundo sabían que en caso de escuchar el inicio de la retahíla de insultos de Malfoy había que buscar otro camino para llegar a clase antes de que Potter comenzara a lanzar conjuros.

Pero lo que nadie excepto Draco sabía, era lo fuerte que podía llegar a ser ese sentimiento. A veces le costaba conciliar el sueño por su causa.

Cuando todos sus compañeros de habitación ya se habían dormido él permanecía despierto y Potter era el protagonista absoluto de esas horas de vigilia. Con los ronquidos de Crabbe y Goyle como telón de fondo se dedicaba a imaginar toda clase de formas de fastidiarle. Inventaba nuevos insultos para soltarle la próxima vez que se cruzaran en un pasillo, preparaba comentarios hirientes con los que lo humillaría durante la clase de pociones, maquinaba jugarretas que si salían bien terminarían con Potter en el despacho de Filch o de alguno de los profesores.

A veces se le ocurría algo realmente brillante y entonces se quedaba dormido satisfecho, con una sonrisa en los labios, anticipando el éxito de su plan. Aunque después, con frecuencia, venía el viejo caduco y hacía que Potter se fuera de rositas.

El año que Dolores Umbridge llegó al colegio él fue feliz.

Para aquel entonces Draco odiaba a su némesis más que nunca. Una de las razones era la sospecha de que —aunque sin duda Potter también lo detestaba— no ponía en la tarea ni la mitad del esfuerzo y el entusiasmo que él mismo desplegaba, lo que sin duda le situaba en desventaja. La segunda razón era cierta Ravenclaw facilona y de rasgos orientales. A ella también la odiaba, aunque de otra manera.

¡Qué feliz año! Los insultos afloraban solos, tan bien ligados y tan hirientes, un talento digno de alabanza que en cambio no consiguió nada, nada más que la vida y la guerra le pasaran encima. Aún después de que todo terminara siente que algo le falta, cuando se queda solo en la mansión, tendido en su cama y observando el techo sin mirarlo realmente, le gusta imaginar que está eh Hogwarts, que Crabbe no está muerto y que al día siguiente verá a Potter cabizbajo y patoso deambular por el castillo. A veces, cuando está realmente inspirado, tiene una fantasía secreta. Se imagina a Potter estrechando su mano, aceptando su amistad, se imagina que hubieran podido martirizar a los demás conjuntamente, que podrían haber jugado al Quidditch juntos y casi ni le hubiera importado perder el puesto de buscador, que hubieran podido desafiar las reglas juntos, inventar insultos y hechizos desagradables que lanzar a los pequeñajos de primero.

Que tal vez podrían haber hecho cosas que no se pueden mencionar en voz alta, que harían que todos sus antepasados se revolcaran en sus tumbas por estar haciéndolo con un sangre sucia (termino que no utilizaría, al menos enfrente de él). Cuando se pone a imaginarlo con detalle, sus manos donde más las quiere, su cabello negro pegado a su cara con sudor, y el olor de su cuello, termina limpiándose la mano —que Harry Potter nunca estrechó— con las finas sábanas de la mansión.

Sí, Draco Malfoy odiaba a Harry Potter. Lo odiaba casi desde el principio, cuando le tendió la mano para ofrecerle su amistad y él hizo algo impensable, algo que nadie había hecho nunca: Le rechazó.

Y por si eso no fuera bastante humillante, eligió a Ron Weasley en su lugar.

De eso hacía mucho tiempo. Seguramente ya nadie lo recordaba. Nadie, excepto él. Porque a veces, en la intimidad de sus sábanas, llamaba a Potter estúpido por haber rechazado su mano tendida y jugaba a imaginar cómo habrían cambiado sus vidas si en lugar de irse con el pelirrojo hubiera aceptado su oferta.

De madrugada y agotado, cuando sentía que el odio se metamorfoseaba en algo más, algo para lo cual no tenía insultos ni sarcasmo, cerraba los ojos y se esforzaba en dormir. Mañana sería otro día para recordar Hogwarts y cuanto odiaba a Harry Potter.