Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← De vuelta a la escuelita, Severus Snape · de

De vuelta a la escuelita, Severus Snape — capítulo 1

Dumbledore estaba parado frente al fuego de una vieja chimenea, junto a los gemelos Fred y George Weasley. Con una sonrisa amplia, ambos escuchaban lo que estaba diciendo Rufus el ministro, sobre la educación de los profesores. Pero eso no era lo gracioso. No. Al contrario. Lo gracioso era haber escuchado el destino de Severus Snape. Eso solo le sucedía a alguien como él. Por ser un asqueroso murciélago y un mal profesor. Un mal hombre que arremetía con todo el mundo según vestían, provenían, e incluso pensaban. Por ello, le pasaban esas cosas malas. George rió con fuerza y Dumbledore se dio la vuelta para mirarlo. Bueno, eran los únicos mensajeros que la orden tenía en ese momento. El resto estaba ocupado con sus asuntos diarios. A Severus Snape, no le iba a gustar el asunto. Se lo imaginaba. Negó con la cabeza y se dijo que mientras más rápido se lo dijera, iba a ser mucho más sencillo. Pues entonces, se tenía que dar a la tarea. — Ni una sola palabra de lo que han visto u oído— dijo Dumbledore y ambos gemelos asintieron, apretando los labios. Los tenían morados. Querían reír y no podían sino hasta que Albus Dumbledore se fuera. Se marchara y los dejara solos. "Por decreto de ley ministerial, ningún profesor de Hogwarts podrá dictar cátedra, sin haber culminado toda su preparación anterior." "Sin excepción alguna" Severus detestaba subir las largas escaleras hacia el despacho del director. Solía hacerlo en casos especiales y sin embargo, parecía que ese era uno de ellos. O tal vez Dumbledore lo llamaba para divagar sobre su vida y ayudarlo a dormir, sentado en la silla del expectador. Al entrar, Dumbledore sostenía un sin fin de pergaminos y muchos otros estaban en la mesa, tapando la visibilidad entre él y el director. Miró por encima y muchos de ellos; tenían su nombre grabado en tinta dorada y brillante, aún después de tantos años. Parecía ser su firma y otras veces, solo su nombre y la firma en blanco. ¿Qué era eso? — Me alegra que vinieras, Severus. Verás que es un llamado muy importante. Esta vez. ¿Lo decía por las tantas veces donde lo citaba, solicitaba y no decía nada más que cuatro estupideces y luego, lo mandaba a la cama? Todo era posible en el despacho de Albus Dumbledore. Nada lo sorprendía ya en sobremanera. Se estaba acostumbrando. Además, si se ponía a hablar de todo lo que había acontecido en su vida, la mayoría de las cosas eran culpa de aquel anciano que ahora lo miraba con una sonrisa. — Vas a tener que volver a estudiar. El ministerio envió tu uniforme y tus utensilios. Ya todo está planificado. Estudiarás en Slytherin que como sabes, es la casa que te corresponde. Un decreto ministerial asegura que si no terminas tus estudios como debe ser, ya no podrás seguir impartiendo clases. ¿Y no se podía quedar sin impartirlas? — Y si...¿no quiero estudiar? — Te necesitamos, Severus. Eres indispensable para la orden del fénix. Snape meditó. Todos se reirían de él y eso no le llamaba la atención. Negó un par de veces con la cabeza, a lo que Dumbledore insistió. ¿Qué tan malo podía ser? Se inclinó para tomar uno de los pergaminos y leyó atentamente. Si no estudiaba, tendría que vivir encerrado en el cuartel como un burdo Sirius Black. Eso no le gustaba. Y sí. Esa era otra de las cosas que casi eran culpa de Albus Dumbledore. Aunque habían sido suyas, primero, por haber dejado los estudios y haberse ido tras su señor tenebroso. Vestirse como estudiante y ser uno a su edad, no resultaba ser algo muy llamativo y estaba en problemas. Todos se reirían. Nada peor podía sucederle.