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Historia 75871 — capítulo 1
Conociendo a Reese Redfern
Aquel día, exactamente el veintinueve de diciembre, las monjas de un antiguo orfanato llamado Children's Hope, al apenas levantarse al amanecer, ya tuvieron el presentimiento de que algo iba a suceder.
El Orfanato Children's Hopese encontraba en pleno centro de la capital: Londres. Albergaba a doscientos cuatro niños, de los cuales ciento diecinueve era niñas y ochenta y cinco niños.
La Hermana Bernardette fue al despacho, y de la caja fuerte sacó un poco de dinero, aquel que le habían donado esas empresas de gaseosas que tantos problemas de obesidad traían a los niños de todo el mundo. Mientras mis niños estén bien, pensó las Hermana Bernardette al mismo tiempo que cerraba la caja fuerte y ponía lo libros para tapar dicha caja.
La mujer compró el diario a su viejo amigo, y fue al supermercado leyendo tranquilamente, ya que el sol no había salido completamente aun, y no había mucha gente en las calles a esa hora por el frio que traía la navidad. La Hermana Bernardette leía el diario solo para fastidiarse, siempre las mismas noticias, guerras civiles en países bajos, masacres, violencia, inseguridad, la misma basura de siempre. ¡Ah, aquí hay algo nuevo! Unos maniáticos torturaron y casi asesinaron a una pareja para robarles a la hija. Esto es nuevo… y muy perturbador. ¿Qué clases de personas torturan a las personas para robarles la bebe? Locos, están todos locos. La mujer terminó tirando el periódico a un tacho de basura, no podía seguir leyendo las barbaridades que sucedían en su país y en el mundo.
-¡Oh! - exclamó un hombre moreno, calvo y con barba al verla esperando que la luz del semáforo cambie para poder cruzar la calle - Veo que usted también está de luto señora. A estos ignorantes debería darles vergüenza, ¿no cree? Festejando cuando dos personas inocentes murieron - sacudió la cabeza en reprobación - y una pequeña bebe quedó huérfana. - el hombre calvo bufó indignado - Veo que usted comprende, hasta luego señora.
La Hermana Bernardette vio como el aquel hombre calvo y de larga barba se iba a grandes pasos, la gran capa negra hacía ruido por el aire. Sus palabras la dejaron muy confundida, ¿Darles vergüenza? ¿Festejaban cuando dos personas murieron? La Hermana creyó entender, según ella, esto sucedió: algún terrorista asesinó a dos pobres inocentes, pero lo atraparon mientras se fugaba. La gente estaba festejando sin pensar en las tres víctimas, los dos fallecidos y la niña que no conocerá a sus padres.
Ella estaba bastante cerca, hubo tres víctimas: Valerie y Christopher Redfern, los fallecidos, y la hija a quienes dejaron huérfana. Con la diferencia de que Valerie y Christopher Redfern no fueron asesinados por terroristas. La Hermana Bernardette no tenía ni idea.
Estando ya a tres calles del orfanato, sin querer tropezó con una jovencita con un raro cabello anaranjado. Al chocar con ella, a la Hermana Bernardette se le cayeron las bolsas de las compras.
-Lo lamento señora. Espero no estropear su día con esto, - decía la chica atropelladamente mientras levantaba las bolsas del suelo - ¡bah! De seguro usted también está feliz. Los ataparon al fin, pobre niñita, es una lástima, con los buenos que eran Redfern. - suspiró de nostalgia - Pero estoy segura de que ella estará bien. El Ministerio le dará lo mejor, estoy segura de ello porque el ministro Kingsley se está haciendo cargo personalmente. - La muchacha se levanto y le dio las bolsas a la Hermana Bernardette, a quien dejó muy desconcertada.
Ya en el orfanato, la monja puso cada comestible en su lugar y fue al patio, donde estaban los niños jugando y las otras hermanas cuidando de ellos. Bueno, las hermanas estaban mirando el cielo con curiosidad.
-¡Ahí va otro! ¡Miren, allí! - apunto el cielo con su dedo. Sus hermanas miraron hacía allí.
La Hermana Bernarette miró hacia arriba, y vio pasar volando a un grupo de aves de diferentes colores… blanco, canela, gris, marrón oscuro… eran lechuzas. Cinco minutos después, vio otra cosa que le confundió mucho más. Era como un caballo… pero la cosa tenía alas. Y era gris… y tenía algo montado.
La Hermana Bernardette no se preocupó por las cosas raras que vio en el cielo, ni por los dos extraños que le hablaron del mismo tema. No, ella tenía cosas más importantes por las cuales preocuparse, debía manejar un orfanato, su deber eran los niños, el bienestar de los niños. Así que luego de que terminaran de cenar todos, les dejo ir al patio para descansar y luego irse a dormir.
Las otras monjas no pudieron evitar echar un vistazo al cielo, ahora oscuro y con estrellas. No había rastro de lechuzas de animales con cuatro patas volando.
-¡Una luz roja! - exclamó una niña de siete años.
En el cielo nocturno había chispas rojas, que desaparecieron al cabo de segundos, para luego aparecer chipas azules. En cuanto las chispas azules ya no estaban, en el cielo apareció una letra "R" en rojo.
La Hermana Bernardette tuvo que obligar a niños y adultos a entrar a la casa.
-Queremos ver los fuegos artificiales hermana - protestó un niño de diez años.
-¡No! Ya es muy tarde, todos deben ir a dormir. - Todos los niños soltaron un aaaww de decepción. - De inmediato.
La monja se aseguro de que todos hubieran subido la escalera hacia sus habitaciones, cerró todas las puertas, y antes de cerrar la del patio, no pudo evitar mirar el cielo, la R aun seguía allí, menos nítida que antes, pero seguía allí.
El ruido del timbre la sobresaltó, ¿quién podría ser a las nueve de la noche? Estuvo por un buen rato viendo por la mirilla de la puerta, pero no había nadie, así que abrió cuando se sintió segura de que fue una broma de un niño maleducado.
En el suelo había una canasta grande. La Hermana Bernardette no necesitó pensar mucho para saber qué era, más bien, qué contenía la canasta, no era la primera vez que sucedía eso. Con mucho cuidado, levanto la canasta del suelo, y la llevó adentro.
Una bonita bebe dormía plácidamente dentro, tapada con una manta. No era una niña recién nacida, pero tampoco llegaba al primer año de vida. A un lado de la canasta había un sobre. La Hermana lo abrió y leyó:
Reese Redfern, nacida el 4 de septiembre de este mismo año, quedó huérfana el 20 de diciembre al fallecer sus padres Valerie Caterpole y Christopher Wilfrid Redfern en un injusto atentado contra ellos.
Al no tener ningún familiar, Reese Redfern queda a cargo de las autoridades del Orfanato Children's Hope, - cuya jefa es la señora Bernardette Solange Curie, Orfanato Children's Hope, 57 de la Calle Buckinham, Londres - hasta cumplir la mayoría de edad.
Atenta y cordialmente,
Kingsley Shacklebolt.
La Hermana Bernardette dejo la carta en la mesa y sacó a la niña de cabello rubio plateado de la canasta, la pequeña de tres meses despertó y empezó a gimotear.
Reese Redfern creció. Tenía ocho años cuando descubrió que era rara. Primero que todo, había un mechón de cabello que no era rubio, era… bueno, cambiaba de color. Punto. A veces era rosa, a veces purpura, a veces negro, a veces rojo, a veces azul eléctrico, a veces amarillo chillón, había muchos colores. Ah, y a veces era natural, o sea el rubio que tenía el resto de su cabello. En muy pocas ocasiones, cuando estaba completamente embargada por un sentimiento fuerte, su cabello cambiaba de color totalmente.
Segundo: ¿qué niña rompía todos los vidrios al sentirse enoja o decepcionada? Sucedió solo una vez, cuandoMarilyn - una niña detestable -, al sentir envidia del mechón de cabello celeste de Reese, intentó arrancárselo a tirones. Reese, al intentar defenderse, empujo a la otra, haciendo que se cayera y se golpeara la cabeza contra el suelo. Las monjas no dejaron que Reese explicara lo que sucedió y la castigaron de inmediato, ella se enfureció al instante, lo que provocó que todos los vidrios de la habitación estallaran en pedazos. Ninguna persona supo cómo pasó eso, pero a ninguno se le ocurrió pensar que pudo haber sido Reese.
Tercero y último: A los diez años, casi once, Reese Redfern recibió la carta del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. A la hermana Bernardette casi le da un infarto al leer las palabras Magia y Hechicería. Recibir la carta de Hogwarts te hace muy especial, significa que uno es mago, en el caso de Reese Redfern, una bruja.
Señorita R. Redfern
Habitación Seis a la Derecha
Orfanato Children's Hope, 57 de la Calle Buckinham
Londres
La carta decía lo siguiente:
Colegio Hogwarts
Directora: Minerva McGonagall
Querida señorita Redfern:
Tenemos el placer de informarle que tiene un lugar reservado en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista de materiales necesarios y obligatorios.
Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su respuesta antes del 31 de julio.
Atentamente, Pomona Sprout
Directora adjunta
Reese pensó que le iban a llamar para decirle que estaba castigada cuando la hermana Bernardette la mandó a llamar. Al entrar al despacho, vio a la monja charlando con un hombre adulto alto, de cara redonda y expresión bondadosa.
-Reese, este es Neville Long… - la monja no supo como pronunciar el apellido.
-Longbottom.
-Si, eso. El es profesor de Botanica en el Colegio Hog… como sea. Tu estas inscripta allí. El profesor vino a explicarte como iras y que necesitar comprar.
El señor Neville Longbottom le explico todo sobre la magia a la niña - desde la escuela hasta que llamaban muggles a la gente <> -, que no se creía ni media palabra, el profesor se dio cuenta de ello, y sacó un largo palito de madera. Dijo una palabra rara, algo que sonó como Lumos o Lumus, y al instante, de la punta del palito apareció una luz blanca. Reese no le creyó y dijo que esa cosa debía tener una linterna microscópica dentro. (Neville se preguntó que era una linterna, y qué quería decir microscópica). Así que el profesor Longbottom pronuncio otra palabra, y un chorro de agua salió disparada de la varita hacia el rostro de la niña.
-¿Pero… es enserio? ¿Es real? Siempre pensé que todo era pura imaginación. Nadie cree en esas cosas aquí, ¿sabe? La gente no me creería si le dijera esto.
-Los muggles no deben saberlo - se adelantó Neville -. Es una de las leyes más importantes. Tampoco debes hacer magia fuera del colegio, pero eso no importa ahora, porque no tienes varita aun.
°
°
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-¡Reese!
La niña pensó que iba a ir al despacho para ver a algún mago otra vez, desde que había visto a Neville Longbottom hacer diferentes cosas con el palito de madera - aunque ahora ya le podía llamar varita - no podía dejar de contar los días que faltaban para ir a Hogwarts.
-Dígame, Hermana Berna. - musitó Reese algo intimidada, ya que a ella la Hermana Bernardette le inspiraba mucho respeto.
-Siéntate por favor. Bien, escucha, desde que supiste que eres… - la monja no necesito pronunciar la palabra "bruja" para referirse a ella - hubo muchos cambios, y lo van a seguir habiendo, para ti. Te irás, Reese.
La niña estaba confundida.
-No comprendo, ¿A dónde iré? Esta es mi casa.
La Hermana Bernardette se mostró enternecida al oír esas palabras.
-Una pareja de… - la Hermana no pronunció "magos" - te adoptara, vivirás con ellos hasta ser mayor. Tengo entendido que uno es oficialmente adulto a los diecisiete.
-¿Pero porqué? - Reese tenía los ojos llenos de lágrimas que intentaba contener, bajó la mirada para que la monja no lo notara. La perspectiva de dejar el orfanatono le gustaba, ese era su primer y único hogar, ¿A dónde iría al volver de Hogwarts?
-Porque allí es donde perteneces. Ese es tu mundo, Reese. Debes estar allí. Tú eres demasiado especial para estar aquí.
Como la hermana Berna dijo, una pareja de magos adoptaron a Reese unos días despues. Ellos se llamaban Daisy y Franco McTaylor.
El matrimonio vivía en las afueras de un pueblo llamado Ottery St. Cappole. Daisy le contaba todo sobre cada cosa mágica que veían, aunque Reese no le prestaba mucha atención, ella solo pensaba que se había ido del orfanato, ya no estaba en su hogar. Daisy dejo de hablar al ver que la niña no se preocupaba por mantener viva la conversación. Franco no dijo ni una palabra, él solo mantenía la vista en el camino por el que conducía.
Llegaron a una casa color verde claro, que tenía tres pisos. Por dentro todo era color crema, muy despejado, no habían nada en el suelo excepto los muebles, todo era muy espacioso. Una escalera en caracol llevaba a los pisos superiores.
Reese no tuvo tiempo de acostumbrarse a vivir allí. Ni siquiera desempaco todas sus cosas - muy pocas, nunca había tenido mucha ropa -. Daisy McTaylor le tuvo de un lado a otro comprándole de todo.
-Dai… Daisy - la niña se sentía insolente al llamarla por su nombre, pero no se le antojaba llamarla de otra forma, señora McTaylor quedaba muy mal. - ¿Estas cosas para quien son?
Daisy le miro con las cejas levantadas.
-Para ti, ¿Para quién más?
Reese miró horrorizada la cantidad de bolsas con ropa - muggle según Daisy -que la mujer tenía en sus manos.
-¿Pero cómo lo voy a pagar?
-Yo lo hare. - contestó ella tranquilamente y con una risa en el rostro.
-No deberías, no es para ti. Y todo eso cuesta mucho, lo mejor sería devolverlo o si no…
-Como tu tutora, yo pagare, no se diga más.
-Pero…
-Ah ah. Nada de peros.
Franco McTaylor trabajaba en el ministerio.En el Departamento de Aurors. Se le podía contar entre los más calificados, junto con Seamus Finnigan, Dean Thomas, Harry Potter y Ronald Weasley.
Los cinco hombres estaban almorzando en el rato libre que tenían.
-Todas las chicas mueren por Teddy - afirmaba Ron - ¡Si lo hubieran visto en Hogwarts!
-Aunque a Teddy parece interesarle una chica en particular, a Bill no le gustara nada. - insinuó Harry.
-¿Eh?
-¡Vamos Ron! Hasta yo me di cuenta - decía Dean dándole un codazo en las costillas a Ron - En el cumpleaños de Lorcan, ¿recuerdan? Tenían que ver como miraba Teddy a la pequeña Victoire, que ya no es tan pequeña.
-Bueno. Si es así, Fleur estará contenta. Bill terminara aceptándolo si o si. - terció el pelirrojo.
Seamus no prestaba atención a la conversación, al igual que Franco que no comía nada. Este ultimo estaba pensando en cómo irían las cosas con la niña Redfern. Él había aceptado la propuesta por Daisy, solamente porque ella quiso, él haría todo por Daisy. Pero Franco no tenía idea de cómo criar a los niños, ¿cómo haría con una de diez años? Cierto que la niña pasaría casi todo el año en el colegio, pero aun así él debía de hacer de padre, por más que no lo fuera, él debía cumplir con el rol de padre, o al menos lo más cercano a uno, ya que Reese Redfern era consciente de que era huérfana.
-¿Qué te sucede?
La pregunta de Seamus le sacó de sus pensamientos. Los otros tres escuchaban con suma atención.
-Daisy y yo hemos adoptado a una niña - contestó con la cabeza gacha.
-¡Oh qué bien!
-Felicidades amigo.
-¿Y…? - insistió Seamus al notar que eso no era lo que preocupaba a Franco.
-Es Reese Redfern.
Harry se quedó petrificado, Dean dejó caer su sándwich, Seamus se quedó con la boca abierta, y Ron escupió el jugo de calabaza.
-¿Redfern? - preguntaron los cuatro al unisonó. Franco asintió con la cabeza.
-Kingsley tenía que elegir entre los Malfoy o los Scamander, pero en cuanto Daisy se entero fue corriendo a hablar con Kingsley y le rogó que le dejaran poder adoptarla. Bueno, Kingsley aceptó, ya saben que Daisy fue la mejor amiga de Valerie. ¿Quién mejor que ella?
-¿Y cuál es el problema? - quiso saber Seamus.
-No sé, siento que no estoy listo. Yo no sé cómo educar a los niños, y Reese ya tiene casi once. Es muy buena por lo que vi… solo no se si se me aceptara como padre.
-Pues tú no te esfuerzas mucho en que te acepte Frank. Adoptaste a una niña, ¿explica que estás haciendo aquí y no en tu casa con tu hija y esposa?
Franco miró desconcertado, de hecho, los cuatro miraron a Ron de la misma manera.
-No te entiendo Ron…
-¡Deberías estar con tu familia! Mira, llegara el día en que la niña sabrá lo que le sucedió a sus padres.
-Si, pero no entiendo a que…
-Es mejor que lo sepa de ti y de Daisy antes que de un desconocido.
-O sea que tengo que... - pensó por unos largos segundos hasta decir: - comportarme como un padre para ser un verdadero padre para ella.Eso tiene sentido. ¿Creen que me darán unos días libres.
-Si - contestaron los cuatro al unisonó.
-Bueno, me cuentan las novedades. - dijo a modo de despido.
Franco se fue a la casa, pero luego recordó que Daisy le había avisado que se iba a comprarle todo a Reese. De seguro ya estaban en el Callejón Diagon.
En efecto así era. Las dos estaban descansando de tanto caminar por el Londres Muggle, y habían ido al Callejón Diagon donde estaban sentadas tomando un helado. Luego siguieron con las compras, fueron a la tienda de túnicas, y calderos…
-En la carta no decían los utiles - recordó Reese.
-Ahora lo dice. - dijo la mujer mientras daba suaves palmadas a su bolsillo.
… y libros.
En cuanto Daisy mencionó que faltaba una tienda más, Reese gimió.
-Esto será lo mejor de todo.
Entraron a una tienda llamada Ollivander. Al abrir la puerta, el tintineo de una campanita alertó al vendedor, un anciano.
-Buen día señor Ollivander.
-Buenos días querida, ¿en qué puedo servirle? ¡Ah! Una nueva, ¿cómo se llama señorita?
Daisy le dio un leve empujoncito a Reese para que esta hablara.
-Reese Redfern, señor - contestó ella cabizbaja, aunque levantó la mirada al ver que unas cintas volaban hacía ella para medirle el brazo y las manos.
El fabricante de varitas vio las medidas, se fue y volvió con cinco cajitas negras que dejó encima del mostrador. Con un gesto, le dijo a Reese que agarrara una varita.
-Nogal, pelo de unicornio, veintinueve centímetros, rigida, pruébela, señorita.
Reese miró a Daisy buscando ayuda, ¿a que se refería con probar la varita? ¿Cómo se probaba una varita?
El señor Ollivander hizo un movimiento con la mano, y esperó a que la niña hiciera lo mismo. Cuando Reese lo imitó, apuntó hacia la pared. De la varita salió un pequeño destello de luz y la pared, con el sonido de un balazo, se agrieto alrededor del agujero que dejó Reese.
-Y… yo… lo siento muchísimo, no quise romper su pared, señor. - Reese tenía los ojos llenos de lágrimas, dejó la varita encima del mostrador y se preparo para recibir algún castigo.
-No, esta no. Bueno intente con esta, señorita Redfern. Sauco, pluma de fénix, treinta y cuatro centímetros.
-No creo que sea buena idea - susurro Reese por miedo a destruir toda la tienda. Pero el señor Ollivander insistió.
La niña tomó la varita con mucho cuidado, apunto hacía donde no estuvieran Daisy y el fabricante, movió levemente la mano, pero termino rompiendo la vidriera y partiendo en dos la puerta.
Luego de probar otras siete varitas, el señor Ollivander dio con la indicada.
- Caoba, treinta y nueve centimetros. Buena para hechizos y transformaciones. Anda, pruebala.
Reese se aseguro de no apuntar a nadie ni nada en especifico.
- Diga Lumus.
Reese le hizo caso. dijo esa palabra, y en la punta de la varita salió una luz muy debil.
- Mmm, bastante bien. Ahora diga Nox. - la niña dijo eso y la luz desapareció. - Perfecto. Es esta.
Daisy pago la varita, pero antes de irse recordó algo.
- ¿Cual es el nucleo, señor Ollivander?
El anciano sonrió y dijo:
- Eso lo debe saber su propietaria.
Indico a la niña que se acercara,y le susurro algo. Ella se mostro sorprendida, miró fascinada ala varita, sonrio a Olivander y se fue.
Mi primera historia sobre el mundo de Harry Potter, asi que tengan piedad, y opinen.. que es gratis.
Eli