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Historia 76927 — capítulo 1
"¿Sabes guardar un secreto?"
Desde pequeño no me gustaban los secretos. ¿Quieren saber por qué? La respuesta puede resultarles sencilla y un poco estúpida, pero todo mi rechazo a dichos secretos se basa en una vieja experiencia de la infancia. Todos tendrán alguna memoria inservible guardada en la parte más profunda de su ocioso y estúpido cerebro. De esas memorias que no sirven para absolutamente nada, y te hacen preguntarte una y otra vez porque las recuerdas. En lugar de recordar detalles importantes, hechos notorios, factores determinantes en mi desgraciada vida; yo he de recordar con tanta nitidez aquél extraño recuerdo. Lo recuerdo tal como si fuera una película aprendida de memoria, un libro leído cientos de veces, un primer beso…lo recuerdo tal y como si hubiera sido ayer.
Pero no fue ayer. Ese evento tuvo lugar hace muchos años, cuando yo era un niño. Si, este viejo decrepito fue en algún momento un niño idiota con cara rosada e ilusiones estúpidas. Cuesta creerlo. La vida me ha dejado el rostro lleno de cicatrices imborrables, que aunque me lime la piel y el alma hasta desgarrarlas, seguirán ahí como un tatuaje. Mis cicatrices son tatuajes. Hechos por Dios, por Satanás. Yo que sé. Para mí que son la misma persona.
No tenía idea de lo que era vivir. ¿Entienden? Era estúpido. Seguía creyendo en superhéroes. Pensaba que el mundo se regía por el bien y el mal, y que el bien siempre ganaba. Ideas estúpidas. Todo en este mundo es mal, recuérdenlo, y sean realistas. No se dejen llevar por la imaginación o terminarán siendo unos mediocres vagabundos. Se los dice un viejo moribundo que sabe, porque ha vivido hasta lo más inimaginable. Yo creía en ese entonces en esas estupideces de Dios, y el amor y todas esas cosas que no existen. Era un niño tonto e inocente. Y por ser tan tonto e inocente, la vida me hizo mierda. Así es como funciona esto: sé bueno, y jódete. Se malo y sobrevive a este infierno.
El mundo tiene la culpa de lo que me pasó. Desde pequeño Dios me dio la espalda. Quizás porque mi familia era muy pobre. ¡Bah! Y ustedes se creen pobres por no tener la televisión más moderna. ¡Al Diablo con eso! La pobreza de verdad nunca la han sentido. Durábamos días sin comer. Semanas incluso. Comíamos como unos mendigos. Pan, legumbres y queso, un pedazo asqueroso de carne si teníamos suerte. En invierno… dormíamos empalmados con toda la ropa que teníamos para sobrevivir a la noche, y de todas maneras amanecíamos con las puntas de los dedos de los pies morados. No había dinero para ir a la escuela. Ni siquiera podíamos comprarnos el uniforme o los zapatos. Menos una mochila, ni siquiera un cuaderno. Éramos unos niños llenos de mocos verdes, sucios, con el cabello lleno de tierra, con gusanos entre los dedos de los pies, siempre rodeados de moscas, como si fuéramos carne muerta. Así es la pobreza.
Esa noche de verano nos cuidaba el idiota de mi tío, un imbécil borracho que no servía para absolutamente nada. ¡Ojalá se esté quemando en el mismo infierno, el maldito! Maldito sea mil veces aquél hombre. Mi madre había salido a trabajar, como todas las noches. El tío dormía en el suelo, con una botella de whiskey medio vacía en la mano. Sólo quedábamos mi hermano, el perro flaco, que parecía más bien un saco de huesos que un animal; y yo. Nadie más.
Ese día, mi hermano y yo habíamos oído en el viejo y casi inútil radio de mi madre un programa de superhéroes. No recuerdo el nombre del programa, ni me interesa. Es uno de esos datos innecesarios que sólo ocupan espacio en el cerebro. El caso es que como los chiquillos estúpidos que éramos, nos traumatizamos con la idea del "bien" y de "salvar al mundo". Ya se imaginarán el ridículo que hicimos: nos pusimos los calzones de mi madre como si fueran un traje increíble, como ese que trae ese tipejo tan famoso que le llaman "Superman" o Dios sabrá cómo; nos colgamos las sábanas como si fueran capas, tomamos unos palos y los convertimos en espadas o pistolas.
¿Suena divertido, no? Ah, no lo fue. Bueno, en ese entonces, mi hermano y yo estábamos atacados de risa, excitados de tan felicidad, vomitando diversión. Fue divertido en su momento, lo he de admitir. Eran tiempos dónde ambos éramos ignorantes. Y la ignorancia es igual a felicidad, todos lo saben. Por eso éramos felices.
Mi madre era en ese entonces una mujer severa. Nos había ordenado que bajo ninguna circunstancia entráramos a su habitación. Ya nos había advertido que nos pondría la peor tunda de nuestra vida si lo hacíamos. Pero ya se imaginarán, perdidos en nuestra gran imaginación, causante de tantos males, nos olvidamos de la regla. Ni siquiera nos dimos cuenta cuando abrimos la puerta. No recuerdo bien como era el cuarto de mi madre, pero a mi mente vienen imágenes de origen desconocido que podrían ser la descripción, archivada inconscientemente por mi mente de niño de dicha habitación. Mi madre, a pesar de nuestra pobreza, era una mujer que adoraba la ropa. Creo que en su habitación tenía vestidos de brillantes colores, ajustados y cortos como a ella le gustaban, faldas brillosas, blusas escotadas: toda esa ropa para ejercer sus oficios, con los cuales traía comida a la mesa por la ausencia de un padre, un esposo, una figura masculina que guiara a aquella familia correctamente. Una mesa de descolorida madera en un rincón llena de maquillaje, y ciertos "objetos" que en ese momento no pude clasificar, y un solo perfume.
Era un perfume caro, de esos que usan las mujeres ricas y gordas cuando quieren presumir su dinero frente a los pobres como yo. Ridículamente pequeño, en un botecito de vidrio rojo que daba la apariencia de ser un rubí, con unas letras escritas con plateados diamantitos. Tenía un olor maravilloso, eso sí recuerdo. Penetrante, fresco, dulce, floral, seductor. Jamás he encontrado una mujer que use el mismo perfume. Todas las mujeres de hoy tienen el mismo aroma: el aroma de una zorra, una mujerzuela. Mi madre se ponía una gota en el cuello todos los días, y con esa pequeña cantidad, nuestra mugrienta casa se aromatizaba con un olor asombroso por el resto del día.
Recuerdo lúcidamente como pasó todo. Mi hermano y yo nos atacábamos con palos, con empujones, gritando palabras de guerra, con una sonrisita en el rostro, dejando brotar de repente carcajadas alegres. Él me estaba acorralando, dirigiéndome sin darme cuenta a la mesa donde descansaba el mencionado perfume. De un empujón me hizo chocar contra la mesa, la cual se tambaleó peligrosamente. No nos dimos cuenta, estábamos en medio de la "fragante batalla".
Un ruido estrepitoso nos hizo volver a la realidad. Por eso digo que la imaginación sólo trae problemas. A mí me arruinó la vida. A la mesa, tan vieja y frágil, impulsada por la fuerza del brusco empujón, se le había roto una pata. El efecto fue, naturalmente, la desgracia de que todo lo que estaba sobre ella fue a parar directamente al suelo.
El sonido del cristal romperse nos hizo despertar totalmente a mi hermano y a mí.
El perfume se había roto. El líquido se extendía entre el mar de cristales rotos, maquillajes derramados, plumas empapadas de delineador o crema. Bien parecía una zona de desastre.
La primera reacción que tuvo mi hermano fue echarse a llorar. Yo, inteligente como siempre he sido, agudicé el oído para escuchar algún sonido proveniente del ebrio de mi tío. El inútil seguía dormido, perdido en la bebida. Suspiré, el corazón me latía a mil.
Hice callar a mi hermano. Siempre he sido listo. Podíamos mentirle a mi madre. Inventarle que el perro había roto su perfume y entrado a su habitación. Limpiar el desastre, fingir inocencia. Cualquier excusa serviría. No era necesario decirle la verdad. La idea no era tan buena, pero era tan sólo un niño tonto. No sabía engañar como sé ahora. Hice a mi hermano prometer que seguiría mi plan al pie de la letra, y que guardaría para siempre el secreto del incidente. Lo hizo mientras moqueaba y se limpiaba unas mugrientas lágrimas con el dorso de la mano. Lo juró.
Puse manos a la obra. Entre los dos recogimos los cristales , los llevamos afuera, y en la oscuridad los enterramos. Con trapos y telas limpiamos el perfume derramado, y no quedó evidencia visible del incidente. Hubo un detalle que no detectamos, y fue el intenso olor a perfume que estaba en toda la casa. Mis sentidos estaban tan infestado de dicho aroma que no lo noté.
Creía que mi plan era perfecto, y tenía la excusa perfecta para salvarnos el pellejo a los dos, a mi hermano y a mí. Todo pudo haber salido bien.
Pero en ese momento la suerte y Dios me abandonaron. Y a partir de ese momento, jamás volvió ninguno de los dos. Jamás.
Mi madre llegó furiosa en la madrugada. Mi hermano y yo dormíamos, con un sueño tranquilo. A ella le había sucedido algo terrible en el trabajo, de ello estoy seguro. Su ropa usualmente impecable estaba rota, sucia y arrugada. Su cabello largo, negro y sedoso era una maraña despeinada y llena de nudos. Tenía un ojo morado, y sus labios no tenían el intenso color rojo de siempre: estaban pálidos e hinchados. Su rostro estaba manchado por el maquillaje corrido: negro, azul, rojo…Su mirada era la ira misma, la materialización de la furia en un par de ojos azules.
Escuché como azotó la puerta de nuestra habitación al entrar. El aroma a alcohol era intenso, pero no superior al olor del perfume. Mi hermano se levantó de golpe, y miró aterrado a mi madre antes de echarse a llorar, como si supiera lo que nos esperaba. Es un defecto que siempre tuvo, no es un hombre que pueda contener las lágrimas. Jamás lo fue. Yo, en cambio, la miré tranquilo, esforzándome por lucir indiferente, de acuerdo al plan.
De una bofetada nos dejó tendidos sobre la cama a mi hermano y a mí. Gritaba cosas que no recuerdo, pero hablaba de su perfume. Su preciado perfume. Seguramente adoraba más a ese perfume a sus propios hijos. Mi hermano estaba asustado, y sollozaba audiblemente. Eso causó más ira en mi madre. Se volvió una bestia.
Nos lo preguntó una vez. "¿Quién rompió mi perfume?" Su aliento olía a cerveza y medicamentos. Había en su boca, dónde debería de haber un diente, un hueco de dónde brotaba sangre.
Mi hermano no respondió. Me tocó a mí decir las palabras previstas: fue el perro, fue el perro.
Me abofeteó. Caí sobre la cama. Mi mejilla ardía como si estuviera en las llamas del infierno.
¡No me mientas! Había gritado enloquecida. Nos lo preguntó una vez más. "¿Quién rompió mi perfume?" Esta vez encontré más prudente callar. La miré. "¡Si no me dicen quién fue, les voy a dar la peor paliza de toda su vida!"
Mi hermano soltó un grito. Le dirigí una mirada de advertencia, pero parecía que él ya había tomado su decisión. "¡No! ¡No le digas!" traté de decirle por medio de mis ojos. Él pareció dudar esta vez. Lo había prometido, el muy cobarde. No decírselo a nadie, a pesar de todo. Callar, esa era la promesa. Ese era el secreto.
"¡Fue el perro!" insistí. Un golpe en la boca me hizo callar inmediatamente. Mi madre se volvió hacia mi hermano, con la mano levantada, lista para dar otro golpe. Mi hermano negaba con la cabeza frenéticamente. Me miró. Y supe por su mirada lo que iba a hacer.
"¡Fue mi hermano!"
Sus palabras fueran el detonante. La chispa que encendió los explosivos.
El muy cobarde rompió su palabra.
"¿Fuiste tú?" me preguntó mi madre. Sus labios estaban apretados en una fina línea. No me quedó de otra que sacrificarme para salvar el pellejo de mi hermano. Fui yo la buena alma que se sacrificó por él. Y por ser bueno, sólo por tener un buen corazón, por tener el valor del sacrificio, por sentir tanto aprecio hacia mi hermano; sólo por eso la vida me despedazó. Pieza por pieza. Es así de injusto.
"Sí, fui yo."
Mi madre me cruzó el rostro de otra bofetada. Y siguieron más. Muchas más.
Así fue como empezó todo. Primero un secreto roto. Luego vinieron más. Muchos más.