Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← LA SECRETARIA DEL PIRNCIPE · de

LA SECRETARIA DEL PIRNCIPE — capítulo 13

el se limito a sacidir la cabeza sin responder.

—¿Draco?

—Toda esta charla… No es lo que querría estar haciendo en estos momentos.

—Quieres bañarte conmigo.

—Sí.

—Y yo me estoy poniendo muy pesada.

—Es un peso que soportaré con gusto el tiempo que sea.

—Qué cosas tan bonitas me dices…

—Las digo en serio.

—Eso es lo que las hace tan bonitas.

—¿Te parece bonito que te diga que quiero verte desnuda?

—No lo sé, pero me produce un hormigueo por todo el cuerpo.

—Eso es bueno.

—Creo que sí.

Él la posó lentamente en el suelo de mármol, dejando que sus cuerpos se rozaran mientras la descendía.

—Déjame quitarte la ropa…

—Nadie me ha desnudado nunca, al menos que yo recuerde —en una familia tan numerosa como la suya había que aprender el valor de la autosuficiencia a una edad muy temprana.

—Esta noche vamos a hacer muchas cosas que nunca has hecho, gatita.

Ella sonrió. Aquel apelativo le gustaba tanto como «Mione».

—¿Me permites? —le preguntó él, llevando los dedos al botón superior de su blusa.

—Sí.

Empezó a desabrocharle la blusa, muy lentamente. El dorso de sus manos le rozaba la piel y le provocaba un estremecimiento delicioso.

—Draco…

—¿Sí,aziza?

¿Qué la había llamado? ¿«Amor», tal vez?

Fuera lo que fuera, sus pensamientos saltaron en pedazos cuando las manos de Draco le abrieron la blusa y se posaron sobre sus pechos. No sólo era el tacto de sus manos en una parte inexplorada de su cuerpo, sino también la expresión de sus ojos. Estaba tan impresionado como ella.

—Draco, por favor…

—¿Qué deseas, gatita? Dímelo.

—No lo sé.

—Yo creo que sí —le quitó la blusa y le rodeó el torso para desabrocharle el sujetador. Le bajó los tirantes por los brazos y la prenda cayó al suelo.

Los pezones se endurecieron aún más por el aire, rodeados por sus aureolas rosadas.

—Yo…

—¿Qué?

—No lo sé…

Draco se rió suavemente.

—Déjate llevar, Hermione, y abandónate a las sensaciones.

—Sssssí… —volvió a estremecerse por el tacto de sus manos.

—Eso es, gatita. Deléitate con mis caricias. Permítete sentirlo por completo.

—Me gusta —susurró ella.

—Sólo es el principio.

—No podré aguantar…

—Sí que podrás —y la besó para corroborar su promesa.

Hermione le dedicó una sonrisa.

—Eres muy bueno en esto.

—¿Lo dudabas?

—No, mi príncipe. No lo dudaba.

—Me gusta que me consideres tu príncipe.

—Por ahora es lo que eres —y con suerte para siempre.

—El ahora es lo que importa,aziza.

—Estoy de acuerdo.

Las manos de Draco bajaron por su piel desnuda, dejando un reguero de placer a su paso.

—Eres perfecta…

Ella no podía hablar, de modo que ni siquiera lo intentó. Por su parte, Draco le desabrochó la falda y dejó que cayera al suelo, revelando el liguero y las braguitas.

Dio un paso atrás y la contempló con una expresión que Hermione nunca le había visto. No era sólo deseo, pero no sabía reconocerla. Era algo increíblemente intenso.

—¿Draco? —se cubrió los pechos con los brazos, pero él la agarró por las muñecas para volver a exponerla a su mirada.

—Déjame mirarte, por favor. Eres demasiado bonita para mí.

—Soy normal —se sintió obligada a decir. La sinceridad no siempre era una virtud…

—Te aseguro que no lo eres. Tal vez hubo un tiempo en el que yo también creía que eras como muchas otras mujeres, pero mi cuerpo siempre ha sabido que eres única.

—Pero la princesa Kate es una diosa…

—Y está casada con otro hombre, de lo cual yo me alegro. Tú eres elegante y muy sexy, y tus piernas hacen que me hierva la sangre… —de nuevo la miró con aquella extraña expresión—. Eres todo lo que yo deseo, gatita.

Si Hermione no lo conociera tan bien habría pensado que intentaba decirle que la amaba. Pero aun así, sus palabras eran muy especiales para ella.

—Lo dices en serio… —susurró.

—Nunca te mentiría, Hermione.

—No, siempre has sido sincero… salvo cuando ocultaste tu deseo por mí.

—Mi deseo era evidente por debajo de la cintura.

—Me habría muerto de vergüenza si me hubieras sorprendido mirando ahí.

—Ahora puedes mirar cuanto quieras.

Y eso hizo. Bajó la mirada y se encontró con un bulto impresionante en sus pantalones holgados. No era extraño que hubiera sentido la erección a través de tanta ropa…

—¿Quieres verlo? —le preguntó él.

—Sí —respondió sin dudarlo.

—Pues aquí la tienes —se quitó la camisa y se bajó los jean, revelando el cuerpo más perfecto que Hermione podría haber imaginado—. ¿Te gusta?

—Mu… —carraspeó—. Mucho.

—Bien… Y ahora vamos a terminar de desnudarte.

Se arrodilló y se puso uno de sus pies sobre la rodilla para quitarle el zapato. Ella tuvo que agarrarse a sus hombros para no caer, y sintió el calor ardiente de su piel.

Él se inclinó hacia delante y la besó justo debajo del ombligo, y ella emitió un ruidito que lo hizo sonreír.

—Eso es, gatita…

Oh, Dios. Su príncipe era letal.

Le clavó los dedos en sus fuertes hombros mientras él le iba recogiendo la media desde el muslo hasta el pie. Al terminar, le puso el pie en el suelo y repitió el proceso con la otra pierna.

Cuando tiró de sus braguitas hacia abajo Hermione no era más que un manojo de nervios, y dejó escapar un pequeño grito cuando él la besó en los rizos que cubrían el pubis.

Y entonces se inclinó para hundir la lengua entre sus labios inferiores y buscar el punto más sensible de todo su cuerpo, y ella se deshizo en jadeos y gemidos felinos. El placer fue ascendiendo a una velocidad vertiginosa, imparable, hasta que Hermione sintió que le temblaban las rodillas y que estaba a punto de desplomarse.

—No tengas miedo,aziza. Yo estoy aquí para sujetarte…

La convulsión fue tan poderosa que Hermione habría caído al suelo de no ser por las fuertes manos de Draco, quien la levantó en brazos y la llevó a la bañera.

Al sumergirse en el agua caliente y burbujeante, descubrió que la bañera era en realidad un manantial interior en el que flotaba un manto de pétalos.

Era la primera vez que alguien bañaba su cuerpo de mujer adulta, la primera vez que ella bañaba a otra persona, la primera vez que tocaba un miembro viril y se fascinaba con su grosor, dureza y suavidad aterciopelada.

—Quiero que seas mía —dijo él mientras la acariciaba de la forma más íntima posible.

—Sí…

—¿Dejarás que nuestros cuerpos se fundan en uno solo?

—Sí —al decirlo le pareció un juramento, y descubrió que efectivamente lo era.

No importaba lo que él sintiera por ella. Ella iba a entregarle algo más que su cuerpo. Iba a entregarle su corazón, su alma y todo lo que él quisiera aceptar. No podría ser de otra manera. Lo amaba con todo su ser.

Draco la llevó al dormitorio y la tendió con cuidado en la cama. Acto seguido, empezó a besarla y acariciarla por todo el cuerpo, y cuando se colocó entre sus piernas ella estaba rogándole en silencio que la hiciera suya. Pero, en vez de penetrarla con su impresionante miembro, le introdujo un dedo y luego otro. La sensación era tan natural que Hermione ni siquiera se avergonzó.

—¿Por qué lo haces? —le preguntó.

—Te estoy preparando para lo siguiente. No soy pequeño y es tu primera vez.

—¿Cómo es que sabes tanto? —jadeó cuando los dedos de Draco le tocaron un punto en su interior que la hizo vibrar de placer—. Creía que no salías con vírgenes.

—Y no lo hago. Todos los hombres en mi familia aprenden los secretos del cuerpo femenino, igual que aprendemos a usar la espada.

—Benditos sean tus antepasados —dijo ella, y unos segundos después sintió la punta del miembro de Draco en la entrada de su sexo.

Por un instante la invadió el pánico al pensar en su enorme tamaño, pero él se movió muy despacio y el dolor inicial fue mínimo. Sin embargo, sabía que el verdadero dolor llegaría cuando atravesara la barrera de su virginidad.

Pero no le importaba.

—Hazlo.

Él la besó al tiempo que le acariciaba el clítoris con el pulgar, y justo cuando ella estaba a punto de explotar en un millón de fragmentos, traspasó el último obstáculo de una sola embestida. Hubo dolor, sí, pero también un placer indescriptible.

Draco se pegó a ella por completo e imprimió un ritmo frenético a sus movimientos. El orgasmo no tardó en sacudir a Hermione, y unos segundos después Draco soltó un grito de liberación y se derrumbó sobre ella, completamente exhausto.

—Lo siento —murmuró, enterrando la cara en su cuello.

—¿Por qué?

—No podía contenerme por más tiempo…

—¿Quieres decir que puede ser aún mejor? —preguntó con escepticismo.

—Te lo garantizo.

—Entonces no creo que sobreviva…

Pero sobrevivió. Durante los tres días que duró su idílico retiro aprendió múltiples maneras de recibir y dar placer. Haciendo el amor en la cama, en la bañera, frente al crepitante fuego de la chimenea, sobre mullidos almohadones en la arena del desierto… Sin hablar del futuro, y sin que éste importara.

Pero mientras volvían al palacio, Hermione empezó a preocuparse por lo que pasaría a partir de ese momento.

—Mañana regresaremos a Nueva York —la informó él mientras aparcaba detrás el edificio donde habían cambiado de vehículo tres días antes.

—En ese caso no desharé el equipaje cuando lleguemos a palacio.

—Mi Hermione siempre tan eficiente. No sé qué haría sin ti…

¿Lo diría con el sentido que ella necesitaba oír? Intentó reunir el valor para preguntárselo, pero guardó silencio hasta que llegaron al palacio.

—Tenemos que hablar de la lista de candidatas —dijo él mientras la ayudaba a bajar.

Antes de que Hermione pudiera responder apareció el rey en persona.

—Ven conmigo, Draco.

—Antes tengo que hablar con Hermione.

—No te lo estoy pidiendo sólo como padre —dijo el rey en un tono que no admitía discusión.

—Ve con él —dijo Hermione al ver que Draco parecía dispuesto a protestar. Además, lo último que quería era hablar de aquella estúpida lista.

¿Cómo podía Draco sacar el tema, después de haber pasado juntos tres días maravillosos?

—Tenemos que hablar, Hermione —insistió él.

—Hablaremos después. Ahora ve con tu padre.

Draco asintió y se dio la vuelta para seguir al rey al interior del palacio. Por su parte, Hermione se quedó inmóvil en la puerta, aturdida por lo que acababa de hacer. Era la primera vez que le mentía a Draco, porque no sólo no tenía intención de hablar con él sobre la lista de candidatas, sino que no pensaba estar allí para hablar de nada más.

Había tomado la decisión en el mismo momento que se le partió el corazón, cuando se dio cuenta de que los tres últimos días no significaban nada para Draco.

Habían estado más unidos que nunca, y no sólo físicamente. Habían hecho el amor, pero también habían hablado, reído y compartido silencios muy especiales. No era la primera vez que Draco la llevaba al desierto, pero en aquella ocasión le había hecho ver lo que sentía por su amada tierra.

Y a pesar de todo quería seguir hablando de la lista de candidatas…

No podía seguir allí por más tiempo, con el corazón destrozado y sin más ilusiones que albergar. Se obligó a subir a su habitación y llamó al aeropuerto privado para que preparasen el avión inmediatamente. Una de las ventajas de ser la secretaria de Draco era que nadie cuestionaba sus órdenes, pues todos pensaban que procedían del príncipe.

Lo único que tenía que hacer era recoger sus cosas y pedir que la llevaran al aeródromo. En cuanto se subiera al avión estaría fuera de la vida de Draco.

Para siempre.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

—No puedo tolerar este comportamiento, hijo.

—No he hecho nada malo.

—Te llevaste a la señorita Grager al refugio de caza. Es tu empleada y está bajo tu protección —la severa expresión del rey parecía labrada en piedra.

Pero Draco descubrió que no se sentía intimidado en absoluto. Su recién descubierto amor por Hermione lo había liberado de cualquier temor y trauma, y por fin se sentía lo bastante fuerte para hacer lo que fuera, incluso enfrentarse a su padre y rey.

—Es mucho más que mi empleada.

—Ah, al fin te has dado cuenta —dijo Harry, que estaba al lado de su padre.

—Tú lo sabías… —lo acusó Draco, fulminándolo con la mirada.

—Me sorprende que tú no —repuso su hermano mayor con una sonrisa.

—No quería ver la verdad. He estado ciego durante cinco años —admitió, sintiéndose arrepentido y al mismo tiempo agradecido por su larga ceguera. Si hubiera descubierto antes que amaba a Hermione la habría echado de su vida para protegerse. Pero también se lamentaba por los años que había perdido con otras mujeres en vez de con ella.

—¿Y ya no lo estás? —le preguntó su padre en un tono ligeramente más suave.

—No. Ya no lo estoy.

El rey miró a Harry y suspiró.

—Tenías razón.

—Me debes un camello —le dijo Harry.

Draco rompió a reír. Debería sentirse ofendido, pero la situación era demasiado cómica.

—¿Os apostasteis un camello a ver si descubría lo que siento por Hermione?

—La apuesta era a ver si lo descubrirías antes de que ella te dejara —dijo su hermano, al tiempo que sonaba su teléfono móvil.

—Hermione no va a ir a ninguna parte —declaró Draco.

Harry cerró su teléfono a los pocos segundos.

—Siento discrepar contigo. Acaba de ordenar que preparen el avión.

La carcajada de su hermano acompañó a Draco de camino a la puerta, mientras su padre exigía saber cuándo sería la boda.

—Tan pronto como Hermione me acepte —respondió por encima del hombro, antes de lanzarse escaleras abajo.

Entró en el dormitorio de Hermione sin llamar a la puerta, y la encontró guardando su ordenador portátil y con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—Estos viajes no programados sin mí tienen que acabar —dijo él.

Ella levantó la cabeza y lo miró con unos ojos cargados de dolor. Draco sabía que tendría que habérselo dicho en el refugio, pero cada vez que se disponía a hacerlo las palabras morían en su garganta. Era el último obstáculo que le dejó la muerte de Astronia.

—¿Ya has hablado con tu padre? —le preguntó Hermione en voz baja.

—Hemos llegado a un acuerdo.

—¿Qué acuerdo? —le preguntó con recelo.

—Quiere una fecha para la boda. Le he dicho que tendrá que esperar a que tú aceptes.

—Entonces tendrá que esperar mucho tiempo —dijo ella, y se volvió hacia su equipaje.

Draco se merecía aquellas palabras, pero aun así le dolieron.

—Mione, tenemos que hablar de esa lista que hiciste para mí.

—¿Y qué?

—Dijiste que lo discutiríamos más tarde.

—Mentí.

—Debo insistir en ello.

Ella se giró para encararlo.

—Muy bien. ¿Qué quieres saber?

—Quiero saber por qué falta la única candidata que podría servir.

—Es una lista exhaustiva —protestó ella.

—Y sin embargo le falta el único nombre que importa.

—¿Qué nombre? —preguntó ella en tono agresivo, secándose las lágrimas de las mejillas.

—El tuyo, gatita. Hermione Grager.

—No has leído la lista —lo acusó ella, pero parecía tan sorprendida como complacida.

—Es cierto, no la he leído. ¿Pero cómo lo sabes?

—Porque mi nombre está en la lista. Lo incluí como una broma, pero ahí está.

Draco sonrió.

—Siempre has sido la secretaria perfecta.

—No puedo casarme contigo, Draco.

—¿Por qué no? —preguntó, sintiendo un nudo en la garganta.

—Tú quieres un matrimonio de conveniencia, y eso es algo que no puedo aceptar de ti.

Draco no pudo aguantarlo más y avanzó hacia ella para estrecharla entre sus brazos.

—Puede que seas la mejor secretaria del mundo, Hermione, pero nunca podrías ser una esposa de conveniencia.

—Lo digo en serio, Draco.

—¿Lo dices porque eres una romántica?

—Porque te quiero.

—Menos mal, porque no me gustaría amarte más que a mi país, más que a la voluntad de mi padre, más que a mi propia vida y que tú no sintieras lo mismo.

Los ojos de Hermione se abrieron como platos.

—No puedes amarme…

—Gatita, puede que me conozcas mejor que nadie, pero ni siquiera tú puedes ver el interior de mi corazón. Te aseguro que sí te amo —le resultó increíblemente fácil pronunciar las palabras, ahora que habían conseguido traspasar la última barrera que se interponía entre él y su felicidad—. Más de lo que nunca amé a Astronia, y quizá por eso me resistía a admitirlo. Perderla me sumió en la tristeza más profunda, pero si te perdiera a ti estaría perdido para siempre.

—Sólo me lo dices porque tu padre insiste en que te cases conmigo —replicó ella, aunque sin mucha convicción.

Él sonrió y la besó en la nariz y en los labios, antes de mirarla fijamente a los ojos.

—Te lo digo porque mientras estabas en Grecia me di cuenta de que no podía vivir sin ti. Intenté convencerme de que podíamos mantener una relación puramente física, sin arriesgarme a perder el corazón. Pero era inútil, porque ya había perdido mi corazón hace años, Mione. Desde que te convertiste en el centro de mi mundo.

—Igual que las otras mujeres.

—Me pasaré el resto de mi vida compensando esos errores.

—¿Cuándo te diste cuenta de que me amabas?

—Me avergüenza decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque tardé mucho en descubrirlo.

—¿Fue cuando hicimos el amor?

Él negó con la cabeza.

—Fue la primera vez que te vi desnuda en el cuarto de baño, cuando te ofreciste a mí desinteresadamente y supe que merecías todo lo que pudiera darte. Y también supe que lo único de lo que había intentado protegerme había ocurrido. Te amaba, y no podía soportar la idea de perderte.

—No.

—Sí.

—Pero no me dijiste nada… y hemos estado tres días juntos…

—Me resultó muy difícil —admitió él—. Pero tenía pensado una cena especial para esta noche, donde pudiera confesarte mis sentimientos y declararme.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Pues lo quiero.

—¿La cena especial?

—Y la declaración romántica.

—En ese caso… la tendrás —haría cuanto fuera posible por cumplir todos sus deseos.

El deseo de la declaración fue fácil de cumplir.

En esa ocasión su madre había sido partícipe de sus planes, y mientras Hermione y él estaban en el refugio de caza ella se había encargado de organizar la velada perfecta para una declaración de amor, incluyendo un espléndido banquete donde los dos enamorados estuvieron dándose de comer mutuamente entre beso y beso.

Después de la cena Draco la llevó a la terraza, donde se habían congregado las familias de ambos. Hermione se giró hacia él con lágrimas en los ojos.

—¿Qué es todo esto, Draco?

En vez de responder, él se arrodilló ante ella y delante de todos.

—Hermione.

—¿Sí? —preguntó con voz ahogada.

—Tengo un puesto que ofrecerte.

—¿Un puesto?

—Es un trabajo permanente que exige las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, sin vacaciones ni bajas por enfermedad. De hecho, si aceptas estarás conmigo tanto en la salud como en la enfermedad. El salario no es gran cosa, pero espero que las otras ventajas puedan compensarlo…

Ella se echó a reír y a llorar al mismo tiempo.

—¿Es ésta tu idea de una proposición romántica?

—Te amo, gatita. ¿Quieres casarte conmigo y llenar mi vida de esa alegría única y especial que sólo tú puedes darme?

Ella asintió y abrió la boca, sin poder articular sonido alguno. Pero Draco no necesitaba una respuesta más elaborada. Se levantó y la estrechó en sus brazos para besarla con todo el amor de su corazón.

Y todo el mundo a su alrededor rompió a aplaudir.