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Historia 88046 — capítulo 1

-¡Luna corre!- me grita mi hermana desde lejos.

Si embargo yo no lo hago. La espero, agarro su mano y juntas corremos de aquello que nos sigue.

Sol es una de las mejores chicas que he conocido en todos mis años de vida, por ese motivo me siento culpable en estos momentos cuando su existencia corre peligro por mi culpa.

Yo debí decirle que se quedara en el castillo, ¿pero cómo hacerlo? ¿con qué cara?

No podía dejarla ahí, mientras yo me alejaba de eso que nos consumía a las dos.

La poca coincidencia que me quedara, iría a buscarla y terminaríamos las dos peor que antes.

Así que cuando note que ella me rogó para que la dejara irse conmigo, no pude decirle que no.

Eso fue mi gran error.

Como lo supuse, nuestro padre se dio cuenta de nuestra falta una vez que su sueño acabo. Aquella noche fue la peor de toda nuestra existencia.

Aunque ya hayan pasado años de que escapamos, nuestro padre sigue empeñado en que volvamos. Por las malas o las buenas.

Juntas saltamos arriba de un tronco y vemos como aquel rastreador sigue nuestro supuesto camino.

Veo a Sol con ramillas en su rubio cabello y la abrazo.

Siempre me gusta tenerla así, entre mis brazos. Solo con eso me conformo para saber que esta bien.

Por que se que en el mundo no hay un lugar más seguro que entre mis brazos.

Unos minutos después bajamos y seguimos corriendo al lado contrario del bosque.

Las hojas no hacia ni el más mínimo ruido a nuestro rápido pasar.

Cerca de la frontera del bosque, ya casi en la carretera, veo aquello ojos rojos que hace unos segundos nos seguían y jalo la mano de mi hermana para que pare.

-Sol... déjamelo a mí, tú busca un lugar seguro.

-Luna, ten cuidado- dice ella y se aleja como un rayo de mi lado.

El vacío en mi pecho se me hace insoportable.

Yo sabia que no podía encariñarme con ella tan así, el cariño de mi raza es demasiado fuerte. Pero era mi hermana y no podía hacer nada par cambiarlo. Mi corazón le pertenecía.

-Tú padre me ha mandado a buscarte, así que no me lo dejes muy difícil y vamos- me dice aquella criatura.

Su voz ronca y su pestilencia me hacen revolver el estomago y agradezco que no he comido en varios días.

-No dejare que te lleves a mi hermana... mucho menos que nos lleves ahí- le digo entre dientes.

La criatura ruge y se acerca hasta mi en un pestañar, me toma por el cuello y me impulsa hasta una roca.

Ágiles reflejos y caigo de cuclillas.

-Tú hermana no es tan fuerte como tú...- sisea.

Es ahí cuando me doy cuenta que esa criatura no es la única en el bosque.

No me buscan solamente a mí esta vez, también a mi hermana.

Esta vez quieren a alguna de las dos, una... no dos.

Me volteo dispuesta a ubicar el paradero de mi hermana.

Se que ella es tan capas de defenderse como yo, pero no puedo dejar que le pongan un dedo encima. Se lo prometí.

Volteo dispuesta de ir hasta ella, pero algo jala mi pierna y siento como mi piel se quema por el simple toque de agua. No cualquier agua, agua bendita.

Me caigo de rodillas y enseguida siento como alguien salta sobre mí y pega mi torso al húmedo suelo de tierra.

Gimo al ver como a mi lado mi hermana cae atada.

-Luna te quiero- susurra con sus ojos llenos de lágrimas.

-Yo más, Sol- le contesto acariciando su rostro.

Cierro los ojos intentando canalizar mi fuerza e intentar sacar mi animal de adentro, pero se que no puedo, Sol esta cerca y se que puedo lastimarla. Así que me arriesgo a que el destino haga conmigo lo que se le plazca.

Entonce es ahí cuando lo veo, un rayo de luz entre celeste y blanca cae del cielo e impacta en el suelo y aparecen cuatro sombras.

Cuatro chicos de cabellos oscuros, ojos celestes y pieles blancas nos miran.

-Rafael... desátalas- ordena el chico con apariencia mayor.

Entonces los huelo. Una mezcla de vainilla y pino... una presencia celestial. Miro a mi lado a Sol, ella siente lo mismo que yo.

El chico, Rafael, se acerca a nosotras y una de las criaturas le prohíbe el paso.

No lo había notado, eran aproximadamente quince o más.

-Este asunto no les incumbe- gruñe la criatura que nos había perseguido en un principio.

Rafael mira a los otros tres chicos.

-Gabriel... ¿que hago?- pregunta.

El chico de apariencia mayor mira hacia todos lados con sus ojos, notando que varias criaturas los habían rodeado.

-No queremos problemas. Ustedes están en un territorio que esta prohibido para su calaña. Su amo lo sabe perfectamente- dice Gabriel.

Uno de los chico nos observa.

-Ellos ya rompieron su trato. Agarraron humanos- dice.

-Miguel tiene razón- dice Rafael adelantándose a la criatura que estaba sobre nostras- suéltenlas.

-Les repito que esto no es su asunto- gruñe una de las criaturas.

-Samuel- llama Gabriel al cuarto chico.

El aludido lo mira y asiente. En sus manos se esparce un brillo símil al de cuando aparecen, segundos después ese brillo adquiere la forma de un arco de plata.

-Se los pedimos por las buenas- dice Samuel colocando una flecha en su arco- o las dejan o las soltaremos por las malas.

Una de las criaturas ruge y Miguel aparece un revolver de plata en su mano.

-No toquen a mi hermano- dice molesto.

Gabriel aparece una vara extraña en su mano de color plata.

Rafael aparece unas especies de espadines raros, al estilo Ninja.

Todo, extrañamente de plata.

Las criaturas se aventan sobre ellos como una avalancha.

Sol cierra los ojos con fuerza intentado no ver la masacre que de seguro de ara, yo miro hacia otro lado.

Ruidos metálicos se escuchan a lo lejos y luego un PLOOF.

Siento como algo rompe las ataduras que llevo en mi pie.

Sol se levanta a mí lado.

Delante de nosotras están parados los cuatro chicos, mugrientos y con restos de criatura, de seguro, muerta.

-¿Quiénes son, en verdad, ustedes?- pregunta Gabriel.

-Somos Sol y Luna...

Los cuatro se miran.

Es ahí cuando me doy cuenta que ellos conocían nuestra verdadera existencia, nuestro oscuro secreto.

Miro a Sol, ella toma mi mano.

-Vengan con nosotros- dice Gabriel extendiendo su mano.

Sol va a tomarla, pero yo se lo prohíbo.

-No- digo cortante.

-No les haremos daño, vinimos a ayudarlas- nos dice Rafael.

-Eso ya lo he oído muchas veces- digo.

-Lo siento- me dice Gabriel.

Por un momento no entendí a que se refería.

Fue demasiado tarde, Samuel puso una mano sobre nosotras y no supe nada más.