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Historia 8832 — capítulo 1

Ni Hogwarts, ni Dumbledore (si, también el de 17 años), ni otras cosas son mías. (El calamar gigante, las hayas de la orilla, la Sala Común...) Dentro de lo poco que es mío son los dos compañeros de Albus. ¿Ok? Sin más preambulos, los dejo con su lectura

El secreto de los ojos azules

Era una cálida mañana de primavera. El sol brillaba con intensidad, bañando los jardines que pertenecían a un enorme castillo, que se alzaba ante estos. Una figura de un joven de aproximadamente 17 años, se recortaba entre el verde del césped. Vestía una túnica negra y debajo un uniforme, aunque estas prendas no dejaban escapar el detalle de que tenía algún que otro músculo. Era de facciones cálidas y amables, sonrisa comprensiva que denotaba un toque de sabiduría y ojos azules. Su pelo, color caoba, se movía con la brisa cálida, que le rozaba el rostro. Caminaba con lentitud, lo que daba la impresión de que quería que alguien lo alcance, y sus manos, se sujetaban la una a la otra, detrás de su espalda. Recorría la orilla de un protuberante lago, del cual, tentáculos gigantes entraban y salían como abejas de un panal. Con sus ojos, recorría el paisaje. Cuando, al parecer, no quedaba más que recorrer, el joven se fue parando, poco a poco. Se sentó debajo de una de las tantas hayas que se asomaban a las orillas de aquel lago. Se rodeó las piernas con los brazos, sin dejar de mirar, observar, contemplar todos los detalles de ese paisaje, que solo ciertas personas podían ver.

“Es mi último año” suspiró “No me lo puedo creer” De las puertas de roble del castillo, una joven de la misma edad que el, asomó la cabeza, abarcando con la mirada todos los jardines. Su mirada se detuvo en el chico, que seguía contemplando, con embeleso, los tentáculos que salían a intervalos irregulares del agua. Corrió hacia él. Sus ojos color verde brillaban y su pelo castaño hasta algo más debajo de los hombros, y liso, golpeaba contra su espalda cada vez que daba una zancada para alcanzar a su objetivo. Cuando llegó junto a él, el joven ni se inmutó.

  • Hola Janet. ¿Por qué corres? Yo no tengo prisa…- dijo tranquilo y con voz imperturbable.

  • ¡Oh, Albus! ¡Sabes que de una u otra forma tendremos que abandonar el castillo! ¡No seas testarudo!- dijo la chica, frustrada. Sabía que su amigo se resistía a abandonar Hogwarts y que de seguro dejaría una marca de él en el colegio.

  • No. Te equivocas. Yo nunca abandonaré este castillo, Janet. Por lo menos, no hasta que mi rastro se borre- dijo, dibujando una sonrisa en sus labios. Sus ojos azules, comenzaron a brillar con un toque de misterio.

  • Dumbledore… ¿Qué has hecho? Vamos…somos los “Hogwarts-lie-makers”. Por lo menos a Jeff y a mí… ¡nos lo tienes que contar!- dijo una Janet apremiante.

  • Hilgfred… no me llames por mi apellido- dijo Albus. Por primera vez la miró a los ojos.

  • ¿Cómo quieres que no lo haga, si es la única forma que tengo de hacerte hablar?- dijo la chica, mientras se sentaba al lado de su inseparable amigo.

  • Bien, te lo contaré…- dijo un Albus con pesadumbre.

  • ¡SI! Sabía que lo harías, no podías…-

  • …cuando estemos subiendo al tren de vuelta a casa- dijo el joven, con sonrisa enigmática.

  • ¡Oh, Albus! ¡Tú y tus inquietantes enigmas!- dijo la joven, riendo ante la sonrisa de su amigo.


  • Albus ¿Dónde está mi escoba? – dijo un joven de cabellos negros y dos ojos enormes grisáceos.

  • Jeff ¿Cómo quieres que lo sepa, si dejas todo tirado? – dijo Albus, ordenando lentamente túnicas y uniformes en un baúl que llevaban sus iniciales grabadas en la tapa: AD.

  • Bueno… tú eres el ordenado. Es decir, que tú ordenas la habitación. Eso quiere decir que… ¿¡¿¡DONDE ESTA MI ESCOBA?!?! – terminó el chico, con desesperación.

  • Bueno, puedes… -

  • ¡No! ¡Lo tengo! ¡Accio escoba! – una escoba salió volando desde quien sabe donde, y llegó a manos del moreno.

  • Bueno, algo más sencillo – dijo Albus, con una de esas sonrisas satisfechas que solía esbozar cuando estaba orgulloso de algo.

  • Sigamos con el maldito equipaje... – dijo Jeff, metiéndose debajo de la cama, para sacar una caja de madera.

  • ¿Qué…? ¡Ah! – dijo Albus, mientras Jeff desempolvaba la caja y la abría con cuidado.

  • Las últimas bombas fétidas de primero… caramelos picantes para volar, segundo, si no me equivoco… - murmuraba Jeff, contemplando los objetos.

  • Si… chicles infladores, tercero, plumas de pimienta, cuarto, cajas ocultadoras, quinto, gárgaras de carcajadas, sexto… - dijo Albus, enumerando con los dedos.

  • Y nuestro último invento… ¡la mochila sopla-exámenes! Gran idea la tuya, Dumbledore. Greenhood, nunca nos ha pescado y nunca nadie nos pescará – dijo Jeff.

  • Geofrey, NO me llames por mi apellido – dijo Albus, frunciendo el ceño.

  • ¡Ay! Tú y tus inútiles manías… - dijo Jeff, soltando una carcajada.

  • Tú y tus horribles bromitas… - dijo Albus, sarcásticamente.


  • ¡Otro año que se va! Todavía no lo podemos terminar de creer, ¿no es cierto? Si… a los principiantes, los veremos el año que viene, al igual que otros cursos. Los de séptimo… ¡que tengan buen futuro y elijan bien! Los extrañaremos, como cada alumno de cada casa que se marcha. Cuánto tiempo compartido, cuántos momentos vividos… ¿no? Pero tranquilos. Hogwarts vivirá en sus memorias… y también en sus corazones. Recuerden: Siempre que alguien necesite amparo, Hogwarts se lo brindará. Con este pequeño discurso, alumnos, espero que disfruten de su última cena en Hogwarts de este año. ¡Me despido de ustedes, y a comer! – palabras sabias de director fueron estas.

  • ¡Que gran hombre, Everard Saint! – dijo Janet, mirando a sus amigos que, a su vez, miraban la comida aparecida en las fuentes y platos, devorándosela con los ojos.

  • Si, si, lo que quieras, Janet. Come y calla – dijo Jeff, acercándose una de las fuentes repleta de pollo asado.

  • ¡Ay! ¡Ustedes dos siempre pensando en comer! – dijo Janet, sonriente. Desde que se conocieron, lo que más les gustaba a Jeff y a Albus de Hogwarts (además de las travesuras y las clases de Transformaciones y Encantamientos) eran los banquetes.

  • Bueno, ¡que remedio! ¡A comer! – dijo Janet, agarrando cuchillo y tenedor

La cena pasó más rápido que thestrals traspasando la oscuridad de la noche. En el techo del Gran Comedor, las estrellas brillaban más intensamente que nunca y la luna terminaba de coronar el cielo, con un toque… astrológico y mágico. En el ambiente, se podía notar la tristeza, por abandonar el castillo por parte de los alumnos de séptimo. Pero también la alegría del resto de los alumnos, sabiendo que empezaban las vacaciones, el calor, y que el curso acababa… aunque luego volviera a empezar. La gran mayoría del alumnado se fue, como quien dice: “Panza llena, corazón contento” a la cama. Todos, menos los alumnos de séptimo, a quienes se les dio un permiso especial para recorrer el castillo por la noche, a regañadientes del conserje: Greenhood. (N.A: ¿Todos los conserjes son iguales?)

Albus, a penas terminó su cena, echó un vistazo al Gran Comedor y salió sigilosamente, diciendo a sus amigos, Janet y Jeff, que iría a dar un paseo. Lo que no notó, fue que alguien le estaba mirando fijamente con su mirada penetrante. El director de Hogwarts, Everard Saint, que ya bastante lo conocía, le miró toda la cena, con su mirada negra, fija en él. Tenía una intuición. Albus no abandonaría el colegio sin dejar alguna huella de su estancia en Hogwarts. No importaba. Dumbledore era chico tranquilo y alborotador, blanco y negro, día y noche… era un chico excepcional. No estropearía sus planes. Iba a dejar que las cosas siguieran su rumbo, aunque él fácilmente las podía parar. “Everard, te estás haciendo viejo… y muy blando” se dijo para sus adentros. Una sonrisa, esbozada inexplicablemente, apareció en sus labios. Esa noche, dormiría con la complicidad de uno de sus mejores alumnos.


Albus Dumbledore, quizás uno de los más inteligentes, carismáticos, divertidos, lindos, generosos, tolerantes, atrevidos, cuidadosos, ordenados y bromistas alumnos que el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería haya tenido jamás, estaba en este momento, más nervioso que nunca. Se dirigía por los pasillos, hacia otro corredor muy frecuentado por todo el colegio. Lo cubría una capa invisible, tantas veces usada en aquella escuela por sus amigos y él. Tenía su varita en la mano y una tenue luz, amortiguada por la capa, apenas le dejaba ver. La frase “Por aquí pasó un chico excepcional” quedaría grabada para siempre en el rincón en el que sus amigos y el, solían reunirse después de algunas que otras clases opcionales que no habían elegido igual. Al volver de sus pensamientos a la realidad y darse cuenta de que ya estaba allí, el estómago le dio una sacudida. Susurró: ¡Nox! Para apagar la varita y seguir con su plan. Se sacó la capa, para realizar con precisión el encantamiento, y “con el corazón en la boca” pronunció: ¡Grabus nombrus! De la varita del joven, salió un chorro de luz azul muy brillante que se dirigió a la pared. En letras de un tamaño, que se podría considerar normal, la frase “Por aquí pasó un chico excepcional”, quedó plasmada en la superficie de piedra. Una vez más, el chico sonrió satisfecho. Agarrando su capa, tirada con desgana en el suelo, y echándosela por encima de los hombros, comenzó a caminar hacia su sala común. Una de sus últimas visitas a su querida y tan gastada, sala común.


  • Albus… ¡Albus!... ¡ALBUS! Veo que no funciona. ¡Ah! ¡DUMBLEDORE, QUIERES LEVANTARTE DE UNA VEZ!

  • ¿Qué pasa? ¡No me llames por mi apellido! Qué manías que tienen… - dijo el chico, entreabriendo sus ojos azules. Miraba alrededor, intentando ver quien demonios lo había despertado de tal forma.

  • ¡Vamos a perder el tren, Don Premio Anual! – dijo Jeff, peinándose. Estaba vestido y arreglado.

  • Pues que se vaya... ¿Qué problema hay? – dijo Albus con pesadumbre.

  • Muy gracioso el señorito, muy gracioso… - masculló su compañero.

  • ¿Qué hora es? – preguntó el joven, soñoliento.

  • Mmm… las… 6:30 de la mañana… ¿por qué lo preguntas? – dijo el moreno, dejando el peine en el baño, y sentándose a los pies de la cama de su amigo.

  • ¡¡¡Las 6:30 de la mañana!!! ¿¡¿¡Cómo puedes ser tan cruel y levantarme a esta hora?!?! – dijo Albus, dando un salto e incorporándose.

  • Bueno… es que… ¿por qué tengo que darte explicaciones? ¡Vamos, arriba! Si esto es un Premio Anual, yo soy Newt Scamander…

  • ¿Qué? -

  • Nada, que te levantes y te arregles – dijo Jeff, volviendo a encerrarse en el baño.

(2 horas más tarde, en la sala común…)

  • ¡Hola Albus, Jeff! ¿Cómo durmieron? – dijo Janet, sonriente.

  • ¡Oh! Estaba durmiendo de maravilla hasta que este pesado viene y me levanta a las 6:30 de la mañana… ¿Lo puedes creer? ¡6:30 de la mañana! – dijo Albus, haciendo señas, saltos, exagerando y señalando a Jeff como un loco.

  • Bueno… a decir verdad, Kate, Marie y yo nos levantamos a las 6:00… así que no exageres – dijo la joven.

  • Si, pero Justin, Orld y Michael, se levantaron a las 7:30, una hora más tarde que yo… ¡y eso no vale! – dijo Albus, como un niño.

  • Bueno… tendrás que aprender, Albus “niñito de dos años” Dumbledore – dijo Jeff, riendo a carcajadas junto con Janet.

  • Muy graciosos. Mejor será que bajemos a desayunar – dijo el de los ojos zafiros, empezando a caminar hacia el retrato de la Dama Gorda.

  • ¡Adiós Señora! ¡Cuídese! – gritó Albus al retrato.

  • ¡Adiós Sr. Dumbledore! – le respondió, ya desde la lejanía, el cuadro

(Ya en el Gran Comedor)

  • ¿Han visto a Malfoy? Me parece muy raro que no esté en el desayuno… y el del último día – dijo Janet.

  • ¿Preguntabas por mí, amante de los sangres sucias? – dijo una voz que arrastraba las palabras (N.A: Vaya… parece que los Malfoy estorban desde los años… ¿1890? ¿De que época es Dumbledore?) Los 3 amigos se voltearon para encontrarse con la persona que jamás les gustaría ver en un final de curso. Un chico de su misma edad, rubio platino y ojos pardos, los miraba con desdén y con aire de superioridad.

  • Malfoy… solo decía Janet que era muy raro que no vinieras a estorbar… ¿no, Janet? – dijo Jeff, intentando recomponer la situación.

  • Sí. Exactamente. Mi amigo tiene razón. Ahora, por favor, pueden marcharse. Ya hemos comprobado que son moscardones que no nos pueden dejar en paz – dijo Janet, con una sonrisa de suficiencia.

  • ¡Ja, ja, ja! ¿Moscardones? ¡Oh, amante de los sangre sucia…no sabes como te confundes! – dijo el chico de ojos pardos – aquí la que estorba, eres TU

  • ¡El confundido eres tu Malfoy! ¿Te importa apartarte? Creo que no eres transparente, y el director quiere hablar – dijo Albus, señalando al director que se había levantado. A regañadientes, el chico se marchó y el director, Everard Saint, comenzó a hablar otra vez con sus palabras sabias y sus buenos consejos.


  • ¡Ah! ¡Por fin! ¡Creí que nunca íbamos a encontrar un compartimiento vacío! – dijo Jeff, dejándose caer sobre uno de los cómodos asientos del tren.

Janet, se sentó a su lado, con una revista de la última edición de “Corazón de Bruja” entre las manos, tapándole la cara. Albus, pensó que en realidad, lo que quería tapar, eran las lágrimas. El joven, se sentó al lado de la ventana, contemplando por última vez, los jardines y el castillo. Su huella, “Por aquí ha pasado un chico excepcional” quedaría grabada allí… hasta algunos años más. Sabía que extrañaría Hogwarts muchísimo y que sus bromas y chascos, perdurarían en la memoria de cada alumno que halla pasado por allí y que halla compartido tiempo de colegio con él. (N.A: Lo que no sabía era el futuro…jeje) Y se llevaría el secreto. El secreto de aquella frase, que sus amigos habían olvidado preguntar, el secreto que guardarían, para siempre, los ojos azules. Ese sería: “El secreto de los ojos azules”

FIN


Bueno, aquí se termina una de mis invenciones. ¿Que tal? Yo no había leído nada de Dumbledore y me vino la inspiración cuando vi en el recreo a un chico de ojos azules. ¡¡¡DEJEN COMENTARIOS EN EL LIBRO DE VISITAS!!!

Rochy

Miembro de la Orden Siriusana