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Historia 89918 — capítulo 1
El ojo negro
La lluvia empapa el asfalto, y repiquetea contra las ventanas y los techos de las casas. Melina suelta un gruñido cuando, sin querer, mete el pie en un charco de agua.
En la semana del 31 de octubre, ha llovido sin cesar. La lluvia, que parece no morir a pesar de los minutos y las horas, cae con invariable intensidad.
La estación de metro no está a más de dos cuadras, pero a Melina le parecen las cuadras más largas que ha caminado en toda su vida. Hay demasiado viento como para intentar abrir el paraguas, y las personas pasan sin fijarse en nadie por la calle, empujándola y salpicándola con sus estruendosos pasos.
Cuando al fin llega, el calor del metro la inunda de calidez. Melina suspira. Pasa por el molinete y entra a la estación de tren.
Es bien entrada la noche. Melina no se extraña cuando encuentra la estación de metro vacía.
Allí abajo, a pesar de que está a varios metros por debajo de la tierra, la lluvia se sigue escuchando. Su dulce y suave tambor llega a sus oídos distante y casi irreal. Melina se sobresalta cuando el sonido metálico del moliente al girarse, chasquea duramente contra la calma de la estación vacía, ahogando brevemente el sonido de la lluvia.
Es un hombre alto, delgado y moreno. Tiene la cabeza hundida entre los hombros, y las manos enterradas en los bolsillos del saco negro, extrañamente seco.
—Señores pasajeros, la línea Premetro informa que el próximo tren será el último del servicio del día de hoy. Muchas gracias y disculpen las molestias.
Melina se alegra levemente; pobres de aquellos que no llegarán a tomar el tren. Gira la cabeza para ver si alguien más ha llegado a la estación.
Los ojos negros del hombre se clavan en los de ella. No es una mirada curiosa ni simpática; es una mirada que acusa a sus ojos de mirar cuando no debían. Melina deja resbalar la vista, y sus ojos advierten en algo que hasta entonces se le ha pasado desapercibido. El hombre sostiene una bolsa negra de residuos, grande y abultada.
Melina aparta la vista tan rápido como le permiten sus reflejos. El corazón le late con una fuerza arrolladora contra los oídos.
El sonido del subte, que llega finalmente a la estación, hace que Melina reaccione. Se aparta unos centímetros del andén, y toma aire temblorosamente, casi con alivio.
El hombre la sigue mirando. Melina se sube al subte rápidamente, y mira con ojos ansiosos los movimientos de su acompañante. Con pasos elegantes y ágiles, el hombre entra por la misma puerta que Melina.
El corazón se le sube a la garganta. Vuelve a alzar la mirada para enfrentar los ojos negros, intentando obligarlos a bajar la mirada. El hombre no despega sus ojos de los de ella.
—Permiso. —Melina se baja del tren y al hacerlo empuja la bolsa suavemente. Siente algo blando rozarle el brazo, y se contiene de lanzar un grito de terror. Corre unos metros, y se sube por otra puerta.
Las puertas del tren se cierran con un suave pitido de alerta. Melina deja escapar el aire que, sin saberlo, ha estado conteniendo. Cierra los ojos durante un momento y se los frota con cansancio. Tal vez tiene suerte, y su madre se apiadará de ella, y la esperará a la salida del subte para evitar que se ahogue con la tormenta que cae fuera.
Melina deja resbalar las manos por su rostro, soltando un suspiro de cansancio. Abre los ojos. Sus ojos azules se reflejan en la ventana del subte y detrás, clavados firmemente en los de ella, se reflejan los ojos negros.
Solo dos estaciones más. Melina está asustada. Sus manos se cierran compulsivamente alrededor de su paraguas cerrado; tal vez le pueda servir como arma. ¿Cómo arma? El hombre no se mueve, no habla, incluso parece que no respira. Solo la mira.
Melina mira por la ventana, y por el reflejo estudia cuidadosamente la bolsa que el hombre sostiene. No hay nadie más en el tren. Solo ella, el hombre y la bolsa.
Cuando Melina se baja del tren, le tiemblan las piernas. El hombre avanza con agilidad a sus espaldas, pero al parecer la bolsa que sostiene pesa bastante.
Melina deja escapar un silbido de terror. Hecha a correr escaleras arriba. El subterráneo ya está vacío, las boleterías cerradas y algunas luces ya están apagadas.
Ya no lo ve, pero lo siente. Sus pasos, silenciosos y firmes, suben las escaleras a sus espaldas, y su mirada se clava fijamente en su espalda, atormentándola.
Quiere romper a llorar. Cuando sale del subte, la lluvia no tarda en empapar su rostro, y Melina ya no sabe si está llorando o no. Tiembla tanto que no está segura de poder seguir corriendo.
Aún así, corre. La lluvia golpea su rostro con tanta fuerza que la hiere. Sus botas pisan ligeramente el piso empapado. No mira hacia atrás, pero sabe que él la está siguiendo.
¿Y si grita? Lo intenta. Fuerza cada músculo de su cuerpo a tomar aire y expulsarlo en forma de chillido, pero la voz le sale quebrada; el grito no se escucha.
Le falta el aliento, y solo atina a seguir corriendo. La lluvia le inunda los oídos, le empapa la ropa e intensifica el sonido de sus pasos.
Su casa está en la cuadra más oscura de todas. Bajo la insistente lluvia, cualquiera podría no reconocerla. Melina gira las llaves en la cerradura, pero la abre sin problemas; su madre debe de haberla dejado abierta. Cierra rápidamente la puerta con llave. Con una mano temblorosa, busca la tecla de la luz, que titila cuando se prende.
Deja escapar el aire temblorosamente. La cocina está vacía. Melina deja escapar unas lágrimas ahogadas por el miedo.
—¿Mamá?
Nadie contesta. Encima de la mesa de la cocina, su teléfono celular titila. Melina se acerca, lo aferra y se promete a si misma nunca más salir sin él. Tiene un nuevo mensaje de voz.
—Usted tiene un mensaje de voz nuevo. Para escuchar su mensaje de voz no escuchado, marque uno —Melina presiona la tecla con avidez—. "Meli, cielo, te paso a buscar por la parada del metro, así no te mojas con esta lluv… ¡Ah, pero si serás…! ¿Otra vez te dejaste el celular acá, Melina? Yo no sé para qué te lo compré, si-" Fin de el mensaje. Para borrar el mensaje, marque…
Melina cierra la tapa del celular, y respira profundamente. Una risa temblorosa escapa de sus labios, y se imagina explicándole a su mamá que estaba tan asustada que ni se había fijado si había un automóvil esperándola.
Dos golpes secos llaman la puerta. Seguro que es su madre. Melina toma las llaves que dejó encima de la mesa, y nota como las manos le siguen temblando.
Se inclina sobre la puerta, aguantando la respiración; no se oye nada. Se desliza suavemente hacia abajo. Entrecierra los ojos, y echa un vistazo por la cerradura.
Un ojo negro se clava en el suyo.