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Una feliz Navidad para Argus — capítulo 1
Septiembre, que hermosa época se avecinaba para todos. Hogwarts abría sus puertas a millones de niños que entraban correteando con sus estúpidas sonrisas y varitas agitándose. ¡Bah!, todo eso empalagaba al celador. Las mejillas sonrosadas y esos ojitos brillantes solo eran el camuflaje de bestias depravadas y sin sentimientos.
Sí, así era como el solitario Argus Filch escondía su tristeza al mundo mágico, con odio. Todos lo miraban como un bicho raro, solo por no tener magia y nunca haber podido traspasar las puertas del colegio con una estúpida sonrisa y su varita agitándose como todos esos mocosos, sino, para ocupar aquel empleo que justificaba su razón de existir. Así era, solitario, pero sumamente deliciosos eran los momentos en los que borraba la felicidad de los niños, solo para adquirir él un poco de aquel sentimiento empalagoso y codiciado.
Este año había comenzado de maravilla, ya había arruinado incontables travesuras de niños pulgosos y colgado más de veinte alumnos por sus pulgares. Todo parecía marchar a la perfección, pero por mucho más que nuestro celador intentase esconder su tristeza y soledad, el esfuerzo era en vano. Su mismo rostro surcado por la vejez denotaba su sentir. Así era Argus, un espejo, siempre podrías adivinar lo que sucedía en su interior, aunque no fuesen muchos los estados de ánimo que sobrellevaba.
Ese mismo día, Filch entró en el Gran Comedor como siempre, sintiendo como aquellas miradas, que si matasen ya varios alumnos habrían sido reportados como homicidas, se clavaban en su figura. Cómo le gustaba aquella sensación de ser temido por el alumnado, le regalaba la felicidad necesaria para sobrellevar su tristeza.
"Oh si Argus, ningún otro esquib del mundo mágico podría haber conseguido mejor empleo que el de celador de Hogwarts, eres afortunado", se decía con frecuencia, al ver a los atemorizados repugnantes niños bajar la vista al sentir su presencia, hasta los de Gryffindor eran aterrorizados por Filch, dejando de lado su tan ostentosa característica de valientes.
"¡Já!, solo son un par de mocosos, todos son iguales sin importar a que maldita casa pertenezcan" se recordaba el hombre.
Ahora bien, volviendo a la entrada del celador al Gran Comedor, pudo ver a aquel grande e imponente árbol que se alzaba en un extremo del lugar, decorado con esferas del color de todas las casas que levitaban en el aire.
"Navidad" pensó Argus, "Dulce y hermosa navidad" se dijo con sarcasmo.
Había olvidado en que día estaba viviendo. Su pasión por el trabajo le había hecho dejar en el tintero que se encontraban en plena víspera de Navidad. Afortunadamente, Filch no tenía nadie a quien poderle regalar un regalo, lo que por cierto, no lo entristecía para nada, más bien lo alegraba. Nunca le había gustado la Navidad, le parecía absurdo hacerles creer a los niños malcriados que un barrigón vestido de rojo y blanco caería por sus chimeneas y les dejaría miles de regalos.
La humanidad podía sobrevivir sin eso, pensándolo bien, el celador nunca había tenido una Navidad en toda su vida, ni siquiera en su infancia, lo cual, no le había resultado nada traumático, se sentía orgulloso de que con tan solo tres años de edad no hubiese creído en duendes verdes que armaban regalos.
Pues entonces, las tarde continuó con normalidad, Argus encontró a un par de niños de Slytherin intentando esconder entre la comida de la Profesora Sprout unas pastillas vomitivas. Como castigo, Filch se encargó de dejarlos sin su salida a Hogsmeade, lo cual aún, le pareció muy poco para semejante acción.
Al otro día, el celador amaneció con una mueca en su rostro. Los cánticos de Navidad lo habían despertado, y al ponerse su ropa, se encontró que algún gracioso le había jugado una broma, cuando el muérdago comenzó a brotar desde los bolsillos de sus pantalones, lo que generó ciertas burlas como, "Filch, el celador planta", o "Vamos todos a besarnos debajo de Filch".
Afortunadamente, las actividades de ese día finalizaron muy temprano, y los alumnos se dirigieron hacia sus casas luego de una ridícula pelea de bolas de nieve, que termino llenando de copos los pantalones de Argus, luego la nieve se derritió y regó al muérdago que creció diez centímetros, antes de ser arrancado ferozmente por Filch.
Este año, el baile de Navidad, que organizaba McGonagall se había corrido para el 25, lo cual era un alivio para el hombre, dándole horas extras de sueño. El celador llegó hacia su cama y se durmió rápidamente, sabiendo con certeza, que a diferencia del resto, su lastimero pino navideño aparecería vació cuando la luz del sol se filtrase por las ventanas.
Muy temprano, Argus abandonó su cama, se vistió, esta vez sin muérdago en sus pantalones, y al pasar por al lado de su pino el mundo se paralizó. Allí lo vio, aquel objeto debajo de la planta, aquella caja envuelta en papel amarillo con una carta sobre él. Primero, pensó que era un espejismo, y frotó su ojos hasta enrojecerlos, luego creyó que podría ser una broma de algún otro mocoso chistoso de Hogwarts, pero finalmente lo tomó, para encontrarse con aquello, que por muy raro que suene, le hizo derramar una lagrima. Filch sintió como su mejilla arrugada se mojaba, probó la lágrima y se reencontró con aquel peculiar gusto salado.
Dentro de la caja, descansaba un animal, una bola de pelos rayada de pelaje marrón sucio y descolorido. El montón peludo se movió, y reveló al celador una cara con los ojos más bonitos que jamás creyó ver, grandes y puros. Argus dejó caer la caja no sin antes tomar a su regalo y colocárselo en el hombro mientras le daba palmaditas en la cola. Sin darse cuenta comenzó a tararear un villancico mientras el animal ronroneaba gustosamente. Por un momento abrió los ojos y vio la carta que aún descansaba sobre la tapa de la caja. Rezaba:
Estimado Argus:
En agradecimiento por todo lo que has hecho por nosotros. Cuida bien de ella, te será una compañera muy leal si sabes cómo tratarla.
Feliz Navidad
Otra lágrima patinó por el rostro del celador, conteniendo todo su agradecimiento a aquella persona desconocida. Era su primer regalo, su primer Navidad feliz.
Tomo a la gata con sus dos manos y le susurró en su puntiaguda oreja:
-Ahora seremos tú y yo pequeña, solo Argus y la Señora Norris- y por primera vez luego de mucho tiempo, Filch sonrió, teniendo pareja para los futuros bailes de Navidad, y sin saber que aquella gata sería tan odiada como su amo.
Nuevamente, otra lágrima bajó pos su rostro, pero esta vez solo de felicidad, y de gratitud tal vez, al haber tenido su primera feliz Navidad.