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Historia 94643 — capítulo 1

—¡Yo me ocuparé!

Ginny volteó la vista hacia Hermione.

—¿De qué hablas?

—Hablo de la cena de Nochebuena. Yo me encargaré de organizarla.

Ginny, que hasta ese momento se hallaba agitando su varita para ordenar la vajilla, suspiró.

—Déjame ver si entendí bien… ¿pretendes hacerte cargo de la cena familiar Weasley-Potter? ¿Estás al tanto de todas las consecuencias que eso podría acarrear?

—¿A qué te refieres? —inquirió Hermione, tomando asiento en una de las sillas de la cocina. Ginny se sentó frente a ella.

—Me refiero a… ¡somos muchos, muchísimos! ¿Cómo harías para mantener todo… "perfecto" con todos los niños corriendo de aquí para allá?

Hermione guardó silencio. Su mirada recorrió la bella y algo desordenada cocina de los Potter. Iba a responder cuando una pequeña figura llegó corriendo hacia los brazos de su madre.

—¡Mamá, mamá, James me quitó mi osito! —lloriqueó Lily, trepando hasta el regazo de Ginny.

—¡James! —llamó su madre—. ¡Ven aquí, James!

No hubo respuesta.

—¡James! —repitió—. ¡Si no vienes aquí en este preciso instante, haré desaparecer tu escoba de juguete nueva hasta nuevo aviso!

Un chico de aproximadamente diez años, cabello negro azabache alborotado y ojos castaños idénticos a los de su madre se presentó en la cocina con aire de derrota y un peluche en las manos.

—Devuélveselo a tu hermana —ordenó Ginny. James suspiró y se lo alcanzó a Lily, que saltó de un brinco del regazo de su madre, abrazó al peluche y comenzó a reír emocionada—. ¿Qué se te está olvidando?

—Lo siento, Lily —entonó James automáticamente—. No lo volveré a hacer.

Lily abrazó fuertemente a su hermano mayor y salió dando saltitos de la cocina, seguida por él.

—Y eso no es nada —advirtió Ginny, retomando laconversación—. Espera a que se reúnan todos los chiquillos Weasley.

Hermione volvió a sumirse en un estado pensativo. Finalmente dijo:

—Veo que será todo un desafío…

Hermione contempló, sumamente satisfecha, su labor. Dos largas mesas colocadas paralelamente en el salón comedor de su casa, con vajilla, bebidas frescas y demás parecían ser suficientes para veintiséis invitados. Había retirado de la zona cualquier cosa que pudiera resultar peligrosa para los más pequeños y había engalanado el salón con motivo navideño.

El gran árbol de Navidad que se encontraba en un rincón, hermosamente decorado e iluminado, era la cereza que coronaba su orgullo. Sólo faltaba la estrella, que sería colocada cuando llegaran todos.

—¡Impresionante! —exclamó una voz a su espalda—. Te luciste, Hermione.

Ella se volteó con una sonrisa radiante a saludar a su esposo, Ron.

—¿Quieres que te ayude en algo? —preguntó él, solícito. Pero ella veía en su cara los signos de cansancio luego de una larga jornada laboral.

—No —replicó—. Tú ve a bañarte y a prepararte. Yo haré lo mismo en cuanto termines, mientras tanto despertaré a Hugo de su siesta y verificaré que Rose haya terminado de prepararse.

Ron estaba tan agotado que no quiso discutir. Rose estaba lista y llevaba puesto un vestidito color celeste largo hasta las rodillas. Además, había peinado su larga cabellera pelirroja. Cuando su madre abrió la puerta, fue hacia ella.

—Buen trabajo, Rosie, estás muy bonita —la felicitó con una sonrisa.

Por toda respuesta, ella le devolvió la sonrisa y pasó a su lado hacia el salón, a esperar a los invitados, con un libro bajo el brazo.

Hermione fue entonces al dormitorio del pequeño Hugo y lo contempló descansar tiernamente durante cinco minutos antes de animarse a despertarlo.

—Mi amor… Hugo… es la hora de despertar… —susurró inclinándose sobre su hijo mientras la acariciaba el cabello.

—¿Ya es Navidad, mami? —preguntó el niño algo adormilado aún.

—No, aún no, cariño. Todavía falta la cena de Nochebuena, y que lleguen los invitados.

—¿Y… —bostezó— traerán regalos?

—Eso lo tendrás que averiguar cuando lleguen —respondió ella, guiñándole un ojo.

Una vez que Hugo estuvo más espabilado, Hermione lo vistió bien elegante y lo peinó con esmero. Cuando estuvo listo se libró de su madre y fue a entretenerse coloreando unos libros especiales en la cocina.

Hermione, por su parte, comenzó a revisar que todo estuviera en perfectas condiciones. Ron hizo su entrada en el salón luciendo muy guapo y ella se apresuró en pedirle:

—Vigila el pavo, voy a prepararme.

Él permaneció en su lugar completamente perplejo durante unos segundos, mientras su esposa pasaba a su lado. Tragó saliva. Todavía no sabía manejar mucho los electrodomésticos, "esos raros aparatos muggles", como él los llamaba. Aunque confiaba en que Hermione no tardara demasiado y que el pavo no se cociera muy pronto.

Hermione se contempló en el espejo. Su cabello estaba peinado, y sin embargo no era gracias a una poción alisadora, sino gracias a luchar armada sólo con un cepillo contra él durante quince minutos.

Vestía una blusa color beige que le había obsequiado Ron en su cumpleaños pasado, una falda larga hasta las rodillas color vino y unos tacos también beige no demasiado altos, para evitar tropezar con cada cosa que los niños dejaran en el suelo.

Al salir de su habitación, una vez satisfecha con su apariencia, sintió un ligero olor a quemado. Se alarmó al instante, pensando que Ron había dejado el pavo abandonado, y se dirigió apresuradamente hacia la cocina. Pero el humo no salía de allí, a pesar de que realmente Ron había descuidado el pavo. Hermione lo sacó del horno y lo dejó reposando sobre la mesada. Aún así seguía llegando, de algún lado, un ahora persistente olor a quemado, y ella comenzó a recorrer la casa en busca de su fuente. Finalmente terminó en el jardín trasero.

—¡Por las barbas de Merlín! ¡Ron! ¿Qué te sucedió?

Ron estaba, en efecto, en muy mal estado. Llevaba su camisa chamuscada, al igual que las puntas de su cabello pelirrojo, y una especie de… cohete en las manos.

—No salió como esperaba —anunció.

—¿Qué…?

—Intenté preparar uno de esos cohetes muggles… por ti. Pero… no salió como esperaba —se explicó.

—¿Y habías leído las instrucciones?

—Bueno, yo…

En ese momento Ron se salvó de tener que dar más explicaciones porque escucharon el timbre sonar. Hermione se sobresaltó y dejó a su esposo, todo chamuscado y en medio de la nieve, en el jardín. Fue a abrir la puerta y los Potter, junto con Teddy Lupin, ingresaron en el salón. Antes de que tuvieran tiempo de terminar de saludarse volvió a sonar el timbre y los abuelos, tíos y sobrinos Weasley entraron también.

Pasadas las presentaciones, los veintiséis invitados tomaron asiento en las mesas: los "grandes" en una, los "pequeños" en la otra. Hermione agitó su varita y la comida comenzó a llegar levitando desde la cocina. Hubo un aplauso general, ya que ésta lucía deliciosa, y todos empezaron a comer.

Las conversaciones no tardaron en iniciarse y el salón se llenó pronto de un agradable y alegre coro de voces. Los niños no tardaron en ensuciarse y las madres tuvieron que levantarse a ayudarlos a limpiarse. Una vez terminada la cena, los platos volaron hacia la cocina y las charlas prosiguieron tranquilamente.

—¡Mamá! —chilló una vocecita desde el baño. Todas las que eran madres se voltearon, pero Hermione era la que estaba siendo llamada por Hugo.

—¿Qué sucede, cariño? —le preguntó a través de la puerta.

—Necesito ayuda —sollozó. Su madre suspiró.

—¡Ron! ¡Hugo te necesita! —llamó. Ron se encaminó socorrer al pequeño y ella regresó al salón, donde las mesas habían desaparecido y dado lugar a unos cuantos sillones, cortesía de Molly. Casi todos estaban sentados en ellos al principio, pero con el correr del tiempo fueron dejando sus lugares. Hermione decidió ir a dar un paseo (por consejo de Ginny) y a tomar aire fresco un rato, mientras los demás se relajaban. Entonces fue cuando, cerca de las once, comenzaron los problemas.

—"En la víspera de Navidad, me hechizaste y te marchaste…"—sonaba Celestina Warbeck en la radio. Molly se hallaba junto a la radio tarareando la canción cuando Fleur se acercó, cautelosa.

—Molly… —comenzó.

—No voy a cambiar de emisora —la atajó su suegra.

—Pego… —Fleur sólo hablaba con el acento francés cuando se ponía tensa—. ¡Pog**favog! Esto suena hogguible…

Por toda respuesta, Molly subió aún más el volumen de la radio agitando su varita.

Cerca de allí, los hermanos Potter discutían:

—¡Te digo que no existe, Albus! —insistió James.

—¡Claro que sí existe, James! Lo que pasa es que la Navidad pasada no te dio todo lo que querías y por eso crees que no es real…—replicó furioso Albus.

—¿Quién no es real, Albus? —preguntó Lily, que en ese momento llegaba para unirse a la discusión.

James estuvo a punto de abrir la boca cuando Albus lo empujó. Comenzaron a forcejear silenciosamente hasta que Albus le pegó un puñetazo en el hombro a su hermano mayor, que gritó:

—¡Santa Claus! ¡No es real, Albus, madura!

En ese momento Lily rompió a llorar desconsoladamente. Mientras Albus intentaba animarla y James se escabullía con un aire culpable, en el otro lado del salón Roxanne, que tenía entonces una edad similar a la de James, echó a correr hacia el baño, que estaba ocupado por Hugo y Ron. Al no conocer el camino hacia el otro baño y no poder aguantar más, vomitó en medio del pasillo. Angelina corrió a socorrerla.

—¡Por todas las bludgers! ¿Qué comiste, Rox?

—La… la ensalada de la tía Audrey… —balbuceó ella.

—¡Audrey! —llamó Angelina. La esposa de Percy llegó a toda prisa.

—¿Sí? ¡Oh, qué asco! Déjenme que las ayude —y con una sacudida de la varita, el vómito desapareció.

—¿Acaso es la primera vez que preparas una ensalada? —le espetó Angelina con brusquedad. Y, entre una respuesta y otra, comenzaron a discutir. Roxanne, agotada, fue a recostarse a uno de los sillones del salón.

—¡Hip! "Caminando sin cesar… en busca de un buen hogar…" —escuchó que alguien cantaba. Buscó con la mirada al dueño de la voz y vislumbró a su tío Charlie, con unas cuantas copas de más, paseándose en círculos por el jardín, cantando una extraña canción—. "Y cuando crees…" ¡Hip! "Que todo acabó…" ¡Hip!

No era el único que se hallaba en el jardín; George estaba sentado en un banco, contemplando absorto las estrellas. Parecía deprimido, y su hijo, Fred, lo había notado, por lo que él también estaba deprimido. ¿Cómo podía entender el pequeño Fred la causa por la cual su padre se deprimía tanto en ocasiones?

Las hijas de Percy, Molly y Lucy, correteaban por todo el salón arrastrando tras de ellas un montón de objetos, y Dominique le gritaba a Louis que dejara de seguirla a todas partes. Por último, la voz de Victoire se oía cada vez más alta por encima de las otras voces.

—¿Qué problema tienes con él, papá?

—¡Es sólo que no me parece el indicado para ti, Victoire! —respondió Bill. Arthur asintió.

—Eh… yo creo que Bill tiene razón, Vic —se entrometió Teddy—. A mí tampoco me cae bien ese chico.

—¡Gracias por tu ayuda, Teddy! —le gritó Victoire, furiosa. Y se marchó hacia el jardín con aire ofendido, no sin antes sacudir su cabellera delante de su padre y mejor amigo.

Entonces sucedió: Hermione entró por la puerta y vio toda la escena: los gritos, las discusiones, el desorden. Harry y Ginny estaban en el jardín paseando, ajenos a todo. Venía de muy buen humor: se había enterado a través de una lechuza que Luna y Rolf, su esposo, estaban de vacaciones en África y que Neville y Hannah les enviaban saludos desde Italia. Pero ese buen humor se esfumó.

—Así que… —comenzó en un tono alto de voz, parada en el umbral. Todos se callaron y la miraron. Quienes estaban fuera entraron—. ¿Así es como quieren pasar la Navidad? ¿Peleándose, discutiendo, borrachos? —Miró a Charlie. —¿Es en serio?

Sin decir nada más, y dejando a todos callados, se volvió a la plaza, y allí rompió a llorar. Su fiesta había sido un fracaso.

Cuando finalmente se decidió a volver, abrió la puerta de la casa y halló todo oscuro. Encendió la luz y:

—¡Feliz Navidad! —gritaron todos. Por pura casualidad, en ese momento habían dado las doce. Pero la sorpresa no fue esa, sino encontrar que todo en el salón se hallaba impecable y que todos los rastros de discusión habían desaparecido de los rostros de la familia.

—Perdón, Hermione —Fue Audrey quien se adelantó. —Pensamos sólo en nosotros y discutimos en vano por bobadas. Olvidamos lo que Navidad significa: amor, tolerancia, paz… —suspiró. Luego la llevó aparte y le dijo— Yo soy una persona sumamente perfeccionista, ¿sabes? Por eso me llevo tan bien con Percy, y sé cómo te sientes. Te comprendo. Relájate. Lo sentimos, realmente —Enseguida volvió a subir la voz. —Nos pusimos de acuerdo y… ¿quieres colocar la estrella? Este año es diferente.

Hermione recibió la estrella. Era grande, brillante, plateada, y llevaba grabados en finas líneas doradas los nombres de toda la familia. Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente. Corrió a abrazar a Ron, quien de improviso la levantó en el aire para que colocara la estrella en la punta del árbol. Cuando terminó, la bajó, la besó y le dijo al oído:

—Feliz Navidad, Hermione. Para mí, y para todos, ésta ha sido la mejor Navidad… gracias a ti.

Ésa fue, definitivamente, una larga, memorable y hermosa fiesta Navidad para todos los Weasley, los Potter… y para quienes los acompañaban desde arriba.