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La imagen del muérdago — capítulo 1

La imagen del muérdago

Soltaba la maleta en la entrada de la mansión, la nieve le cubría el cabello azabache; la piel, tostada por el sol de los meses anteriores, estaba tan helada que mostraba unos parches azules alrededor de los pómulos. Los ojos negros brillaban en la oscuridad del recibidor. Se limpió los pies haciendo el mayor ruido posible, se quitó la ya andrajosa chaqueta y la lanzó al suelo sobre la valija.

Unos pasos se escucharon al otro lado de la sala, unos pasos que, con más fuerza cada vez, se dejaron ver al otro lado del vestíbulo. La mujer en uniforme de mucama encendió la luz, dejando ver el decorado navideño que pretendía ser alegre, del vestíbulo. Quizá sí era un hermoso decorado; pero para Tom, las luces sobre los ramos verdes proyectaban una sombra monstruosa de garras, de colmillos, de colas de víbora enroscándose a su alrededor.

Pasó al lado del vestíbulo, evitando mirar a la petrificada mucama y las campanas doradas que se alzaban en las paredes, no quería ver el muérdago. Fue con muérdago; la temporada navideña comenzaba, el pueblo estaba lleno de él…

Entró en la sala de estar, donde el terciopelo verde y rojo resplandecía cálidamente a la luz del fuego. Thomas estaba mirando las llamas, con esa mirada velada que la fuga de su hijo había dejado en él. Mary no estaba allí, pero cuando escuchó la voz de su primogénito, Thomas abrió la boca ligeramente, se volteó para echarle un ojo evaluativo.

¿Qué podría pensar de él, viéndolo así, con las mejillas hundidas y lleno de ojeras, con el rostro cortado en marfil y el cabello negro lleno de nieve y del gris del polvo acumulado? ¿Qué pensaría su padre de él? A pesar de todo, Thomas Ryddle cruzó la habitación a través de los muebles y acercó una mano.

Se veía enjuto, su bigote blanco lo hacía ver débil al reflejar las luces navideñas. Su mano estaba apenas unos centímetros de su rostro, con temor a tocarlo. Miró para arriba. Había un muérdago.

—¿Hijo? —preguntó con un nudo en la garganta—. ¿E-eres tú? ¿Realmente estás aquí?

Lo mismo… el muérdago, las palabras. La mano de su padre se posó en su mejilla y estalló en llanto. Un llanto mudo que entre espasmos lo abrazaba con alegría incontenida. Las lágrimas de Thomas mojaban su hombro ya de por sí mugriento. Cuando lo soltó, sosteniendo sus mejillas con delicadeza para especularlo, con ojos llorosos y buscando una falsificación de su genética…

—Estás muy flaco, hijo —suspiró en un sollozo—. Tu madre… tu madre… iré por tu madre… Quédate aquí… no te muevas…

No parecía querer soltarlo, pero lo hizo; sí, a duras penas, despacito, con delicadeza, soltó a su hijo para subir por su mujer. Tom se sentó en una butaca junto al fuego, codos sobre las rodillas y la mirada perdida. El muérdago, el favorito de su madre, lo que más adoraba de la Navidad. Siempre le contaba la historia del primer beso con Thomas: bajo un muérdago, justo en el pórtico de esa mansión.

—Una noche… —murmuró Tom mirando el muérdago—. Una —repitió.

¿Sería mágico? ¿Debía agradecerle o maldecirle? No quería ver el muérdago, no toleraba verlo. Fue lo primero que vio.

Tomó lentamente uno de los pequeños ramillos de muérdago y lo lanzó al fuego con parsimonia, recordando su primera imagen; seguida de la segunda; seguida del aroma, del sonido, del tacto, del escalofrío. Observó como el fuego consumía las hojillas verdes, como se enroscaban en ellas mismas hasta quedar ennegrecidas y marchitas.

Muérdago. Lo primero que había visto al despertar.

No había tenido que abrir los ojos, pues ya los tenía abiertos; más bien una niebla, una extraña niebla que no lo cegaba del mundo físico se apartó de su rostro. Una mala forma de explicarlo, tan ilógica como su propio estado de vegetal móvil. Pero así fue como aquella venda se separó de él, dándole lucidez. ¿Qué había enfrente? Un muérdago.

Entonces sus músculos; sus músculos sintieron la sangre fría correr por entre ellos. La del cuello le reveló que miraba hacia arriba; bajó la mirada. Una mejilla pálida, grisácea, mugrienta; llena de grasa y polvo… rozando sus labios.

Luego su olfato, ese hermoso perfume de azucenas con las cenizas del papel se había trasformado en pobreza. El aroma de la mujer que tenía junto a él, a la que poco a poco dejaba de tomar con fuerza por las caderas. Frunció la nariz…

—Realmente estás aquí —dijo con alegría en la voz.

Se horrorizó, no podía estar allí. No quería estar allí… ¡¡No se permitiría seguir allí!!

Pero el agarré era fuerte, el escalofrío paralizante, el miedo atenazador. ¿Cómo había llegado hasta allí? Lo último que recordaba era haber visto el rostro de aquella mujer, no había muérdagos, ni siquiera estaban en aquella noche tan fría; al contrario, era una tarde calurosa, tan calurosa que la voz de la joven, jovial y tranquila, le ofreció un vaso de agua. Sin ese tono ridículamente sensual, oscilante entre la súplica y el desenfreno obsesivo.

Tarde calurosa de abril, noche fría de inicios de diciembre. Miró sus ropas con miedo: un abrigo, unos pantalones largos y una camisa llena de agujeros, medianamente desabrochada en la sutil sugerencia de lo que iba a venir a continuación. Con pánico en las venas, notó el profesionalismo de la chica en su cuerpo, como si lo conociera, como si eso hubiera pasado antes.

Lo peor… lo que no había notado en aquel lapso de súper consciencia de sí mismo. Cuando la miró a ella detenidamente y vio la prueba, espantosamente irrefutable, de que sí: había sucedido en el pasado. El vientre de la chica había crecido, albergaba una vida de alguna manera bastarda. Supo que era suyo, pero así, con todo, tampoco lo era.

La frialdad no le alcanzó, y en ese momento sólo pudo decir.

—Estoy cansado…

Patético, se decía ahora, mirando al fuego. Un Ryddle huyendo de aquella manera tan cobarde, en medio del sueño de la andrajosa mujer. ¿El bebé? No le importaba, ¿la mujer? Menos. Su pellejo, eso sí era importante; ¿cómo había logrado aquella pueblerina tenerlo en aquel trance durante todo ese tiempo? ¿Qué diría ahora a los habitantes de Pequeño Hangleton?

Miró al fuego, miró el muérdago. Su primera visión, ¿debía agradecerle o maldecirle?

De aquel episodio hacía ya casi tres semanas, en las cuales viajó, viendo la fecha en los diarios, el lugar en que se hallaba y, con mucha dificultad, encontrando el camino a casa. Pero aún tenía miedo, sí; ¿y si aquella bruja regresaba? ¿qué haría entonces?

La voz de Mary Ryddle llegó desde el arco de la entrada al vestíbulo. Tom volteó con brusquedad la cabeza para mirar a su madre, que no podía contener las lágrimas de los ojos. El muchacho se levantó despacio, se dirigió hacia ella para dejarla examinarlo, tal cual había hecho su padre…

Pero la mujer no lo hizo, sino que señaló arriba, al muérdago. Ofreció la mejilla a su hijo, quien miraba el muérdago con la mirada perdida en alguna visión… Su madre lo miraba con ojos de río, esperando el beso de Navidad, el milagro de la fecha. Pero en lugar de eso, Tom estampó un golpe al muérdago, lo arrancó del techo y lo lanzó al fuego para quemarlo, para olvidar su primera maldita imagen, dejando a su madre aterrorizada, agazapada en el marco…