A través de tu mirada — capítulo 1
Llovía sobre la ciudad. El agua se había apoderado de todo lo que allí había. Sin embargo, las calles, empapadas, se encontraban llenas de gente que caminaba de un lado a otro. Todas las personas que podían, se refugiaban en sus hogares y algunos autos, presurosos, recorrían las esquinas seguramente buscando un lugar donde estacionar. Los niños habían salido corriendo desde el parque, sorprendidos por el cambiante clima y habían dejado tras de sí la poca alegría que invadía en ese día a la ciudad.
Esa mañana nadie hubiese anunciado que una lluvia torrencial atacaría cerca del mediodía. Ni siquiera Jacqueline se lo había imaginado cuando salió esa mañana de su casa. Eran en momentos como éste, cuando debía darle las gracias a su madre y a sus incesantes consejos maternales. Para su suerte, llevaba un paraguas plegable en su bolso y, a pesar de que no era demasiado grande, el objeto logró mantenerla seca hasta llegar hasta al lugar donde vivía.
La joven tenía los zapatos y los pies húmedos, y esto también ayudó a que su mal humor se incrementara. Traspasó el umbral de la puerta y resopló con pesadumbre. Sacudió su paraguas y, luego de cerrarlo, lo colocó violentamente dentro del paragüero. Se sacó el saco color marrón que llevaba y lo colgó desprolijamente sobre el perchero que reposaba al lado de la puerta.
Con un grito ensordecedor le anunció a su familia que ya estaba en casa. La esperanza con qué había abandonado su hogar hacía unas horas, la había abandonado completamente y ahora sólo sentía frustración. Se quitó los zapatosy los calcetines de forma apresurada, mientras se sostenía con un pie y luego, con ambos pares en sus manos, caminó descalza hacia la escalera que tenía delante. Subió los escalones de dos en dos y cuando llegó a la primera puerta, la abrió y se metió en la habitación.
Un portazo estridente le indicó a la madre que nada había salido según lo planeado y se convenció de que su hija no bajaría a almorzar. Si había algo que caracterizaba a Jacqueline, era su orgullo y testarudez.
La muchacha arrojó su bolso y sus zapatos a alguna parte de su habitación y se recostó en su cama. Estaba segura de que, esta vez, ni siquiera su música o un buen libro calmaría la furia y los nervios que sentía. Por eso, sólo se limitó a cerrar sus ojos y permitirse escuchar el sonido del silencio que se extendía en el cuarto. Ya estaba harta, le había pasado lo mismo tantas veces que ya había perdido la cuenta de las oportunidades en las que había regresado a su casa con el mismo sentimiento de pérdida.
Oyó unos débiles golpes en su puerta y se arrepintió de no haberse colocado sus auriculares unos segundos antes. Su madre asomó su cabeza con suavidad y a la chica no le quedó otra opción que abrir sus ojos y sentarse en su cama mientras observaba a la mujer ingresar al cuarto.
-¿Sucedió algo malo?
Jacqueline miró incrédula a su madre. La pregunta había sido un poco redundante, ya que con sólo ver la cara de la joven, se podía comprender que las cosas no andaban muy bien.
-Nada nuevo -le respondió en susurro casi inaudible.
Bajó la mirada y empezó a pasearla por todos lados, menos por los ojos de la mujer que tenía enfrente. Ninguna de las dos dijo nada, habían hablado muchas veces del tema y era algo que lastimaba a Jacqueline. Su madre nunca había sido su gran compañera, para ello estaban sus amigas, pero siempre que necesitaba su ayuda, la mujer estaba a su lado. Ya sea para darle unas palabras de apoyo o para brindarle un hombro en el que llorar, la madre de Jacqueline estaba allí.
-No me aceptaron -confesó la chica de repente.
Su madre movió la cabeza hacia ambos lados mientras pronunciaba algunas cosas indescifrables. Ella sabía muy bien que esto pasaría, pero se guardó muchas opiniones para no seguir hiriendo a su hija. Sin embargo, parecía que la muchacha le hubiese leído el pensamiento, porque con una mirada suspicaz añadió:
-Ya sé lo que piensas, pero no creo que tengan nada en contra mío.
-¿Puedes decirme por qué no buscas empleo en otro lugar? -inquirió su madre provocando que se sonrojara.
Jacqueline no estaba lista para revelarle todo lo que sentía por aquel chico a su madre. Era eso lo que la estaba atormentando hace unos meses. No podía explicar con las palabras lo que sucedía dentro suyo cada vez que lo tenía cerca, pero de algo estaba convencida. Tenía metido en su cabeza la idea de que lograría que el dueño de aquella cafetería consintiera que trabajara de camarera para él. Iría tantas veces fuese necesario y le ganaría por cansancio.
El joven por el cual se sentía atraída era un camarero. El muchacho de piel morena, tenía el cabello castaño y los ojos verdes. Al parecer, siempre estaba contento y no dejaba de mostrar su radiante sonrisa en ningún momento.
Sin darse cuenta, se había quedado pensando en él de nuevo y miró a su madre que ya se había rendido en el hecho de que su hija le confesara lo qué estaba pasando por su cabeza. La mujer se puso de pie y salió rápidamente de la habitación sin la intención de seguir discutiendo el por qué de que Jacqueline no tuviera el propósito de almorzar.
Había pasado una semana del desafortunado hecho y a Jacqueline le quedaban cada vez menos expectativas para lograr su cometido. Se prometió a sí misma que no rebajaría más su orgullo y que sería la última vez que rogaría el puesto. Ese día era diferente, el sol brillaba cómo nunca y la chica tenía un presentimiento de algo bueno.
Caminó decidida hacia la cafetería, ésta no estaba muy lejos de su casa y además le gustaba hacerlo. Cuando llegó a la esquina a la que se dirigía, un escalofrío recorrió su cuerpo. El muchacho de ojos verdes, del que ni siquiera conocía el nombre, ingresaba en ese momento al bar. Sintió cómo, sin proponérselo, sus pies se clavaban al suelo; intentó moverlos, pero no lo logró. No se atrevía a rogar el empleo si el joven estaba presente. Miró hacia todos lados en busca de una salida y pronto la encontró.
Justo enfrente de donde el chico había entrado, una pequeña heladería estaba abriendo sus puertas. Pudo apreciar cómo sus pies se despegaban lentamente de las baldosas de la vereda y, casi sin darse cuenta, cruzó la calle con paso apresurado.
Una llama de felicidad se incendió dentro suyo, cuando notó que sus instintos no la habían engañado. En el vidrio del local se podía leer perfectamente un cartel de papel blanco que decía: "Sebusca personal". No lo dudó ni un segundo, y tras mostrar en su rostro una sonrisa, empujó la pesada puerta de vidrio para luego traspasar el umbral.
La sorpresa se la llevó su madre cuando, una hora después, su hija entraba en su casa con una gran noticia, a diferencia de las otras ocasiones en que las había llegado con muy mal humor. Jacqueline no tardó mucho en poner al tanto a su madre de todo lo bueno que le había pasado en el día y la alegría que la mujer mostró, logró que la joven se sintiera aún mejor.
Jacqueline había conseguido el empleo en la heladería y había una cosa que haría que las cosas mejoraran, vería cada día al joven de los ojos verdes. Eso la alegraba profundamente y lograba que no pensara continuamente en el temor que le provocaba enfrentarse al trabajo por primera vez.
Así pasaron días y semanas, y cada vez que Jacqueline llegaba a la heladería, veía cómo el muchacho de piel morena entraba a la cafetería de enfrente. Podía observar cada movimiento que el chico hacía. Apreciaba cuando el joven servía las mesas y atendía a los clientes mientras mostraba su característica sonrisa. La joven creía que ya se estaba obsesionando con él, pero lejos de preocuparse, continuó con su insistente investigación acerca del joven de ojos verdes. Jacqueline ya se sabía de memoria los horarios del chico, y hasta era capaz de cambiar sus turnos, sólo para coincidir con él.
Ese día se cumplían precisamente dos semanas y media desde que había conseguido el puesto y cuando Jacqueline salió de su casa para dirigirse hacia su trabajo, supo que no saldría el sol ese día. Unas enormes nubes grises habían cubierto el cielo y mostraban un aire de tristeza y desolación. Resultó que gracias al terrible clima, no fueron muchas las personas que se acercaron a degustar un dulce helado y, de esta forma, el trabajo no fue demasiado duro.
La hora de salida llegó antes de que se diera cuenta de ello y, luego de agarrar su bolso y echárselo en un hombro, asomó su cabeza por la puerta del local. Maldijo en voz baja. La ciudad volvía a estar empapada otra vez y nada se había salvado del agua.
Desvió su mirada hacia la vereda de enfrente y sus ojos irradiaron un brillo especial, al ver al joven moreno aguardando bajo un enorme paraguas. El chico miraba a la calle ya su reloj, alternativamente, y Jacqueline comprendió que esperaba a que vinieran por él. La joven supuso que tendría que darse prisa, así que a regañadientes, comenzó a caminar bajo su paraguas, mientras la lluvia golpeteaba con más fuerza.
No llevaba hechos demasiados pasos, cuando vislumbró un auto rojo que transitó a su lado. Logró ver a través de la ventanilla mojada del coche cómo, dos familiares ojos verdes, no la perdían de vista. Emocionada le dirigió una tímida sonrisa y el chico se la devolvió. El auto rojo se alejó rápidamente, justo cuando la chica comenzaba a transitar por un parque.
Jacqueline odiaba los días de lluvia y, a pesar de haber visto a aquel chico, éste día no sería la excepción. Apenas había caminado unos segundos por la plaza, cuando enterrósu pie derecho en el pozo que había dejado una baldosa floja. Su zapato quedó más mojado de lo que estaba y completamente sucio con barro. Mostró una mueca de disgusto y al intentar retirar su pie de donde estaba, su paraguas se cerró de golpe. La lluvia comenzó a caerle en el cuerpo y a pegarle el cabello a la cara. Y al pretender volver a abrirlo, se cayó sentada al suelo. Masculló algunos insultos en voz baja mientras se ponía de pie y miró hacia todos lados para comprobar si alguna persona se había percatado de su accidente. No logró ver a nadie, pero cuando dirigió su vista otra vez hacia el frente, distinguió a un auto rojo que se había detenido unos metros más adelante.
Sus mejillas se encendieron profundamente y se olvidó que el agua seguía cayendo sobre ella mojándola más y más. Vio cómo el joven de ojos verdes abría la puerta del automóvil y descendía de él. El chico abrió nuevamente su paraguas y caminó apresurado hacia ella. A Jacqueline se le dibujó una sonrisa espléndida en el rostro y se imaginó lo que vendría a continuación. El joven se estaba acercando y ella pudo percibir el brillo que desprendían sus hermosos ojos verdes. Jamás lo había tenido tan de cerca y pudo apreciar su belleza con más detenimiento.
El muchacho se aproximó, pero, cuando llegó a su lado, la esquivó. Caminó por el lateral de Jacqueline, mientras fijaba su vista en un punto fijo. La joven dio media vuelta y logró descubrir qué era lo que miraba el chico con tanta devoción. Una bella joven de cabellera rubia lo esperaba bajo su paraguas y también le sonreía. Cuando el chico llegó a su lado, ella se arrojó a sus brazos y, luego de separarse, ambos regresaron al vehículo y se marcharon de allí.
Jacqueline no creía lo que estaba sucediendo a su alrededor, sus lágrimas se mezclaron con las gotas de lluvia que continuaban cayendo. Estaba tan sumida en sus pensamientos, que no notó cuando un enorme paraguas se colocó encima de su cabeza y la protegió. Miró hacia un lado y se encontró con dos ojos castaños que ya había admirado más de una vez. Su mejor amigo había llegado junto a ella y había compartido su paraguas. Él le sonrió.
-¿Qué estás haciendoaquí? -le preguntó Jacqueline.
-Salí a dar un paseo -explicó el muchacho.
-¿Con ésta lluvia? -inquirió levantando las cejas.
El chico se encogió de hombros y comenzó a caminar junto a Jacqueline, ambos bajo un solo paraguas. Transitaron el camino hacia la casa de la chica, en silencio y, de vez en cuando, alguno le echaba miradas inquietas al otro. La chica jamás había notado el atractivo del muchacho y pudo apreciar que, más de una vez, había barajado la posibilidad de obtener más que una amistad de su parte.
Sin darse cuenta, llegaron al hogar de la chica. Los dos se refugiaron bajo el pequeño porche que allí había.
-¿Quieres entrary esperar a qué pare la lluvia? -le preguntó al muchacho de ojos castaños.
-Te lo agradezco, pero están esperándome en casa.
-¿Estás seguro? -insistió la joven
-Sí, no te preocupes. Mi casa no está lejos de aquí.
Luego de saludarla con un beso en la mejilla, se giró y se alejó con paso lento por la vereda. La lluvia comenzó a caer con más fortaleza y desdibujó su silueta hasta hacerlo desaparecer de vista. Jacqueline nunca se enteró de que su mejor amigo salía cada tarde a verla caminar desde la heladería hasta su casa.
Entró a su hogar y, olvidándose del desengaño amoroso que había vivido, subió hasta su habitación y se dio un largo baño caliente. Después, sin sentirse mojada, bajó al comedor dónde su familia cenaba. Todos se disculparon al verla llegar y le hicieron un lugar en la mesa. La chica no recordó nada de lo malo que había estado su día y degustó de la comida que había preparado su madre con mucho esfuerzo. Luego, agotada, regresó a su cuarto.
Se recostó en su cama mirando el techo blanco de su habitación. Poco a poco, fue cerrando sus ojos mientras repasaba en su memoria cada detalle del día que había vivido. Intentó acordarse de todo lo que había pasado, pero algunos segmentos no acudieron. No recordaba qué era lo que sentía cuando veía o estaba cerca de aquel joven de ojos verdes, piel morena y sonrisa radiante. Dos ojos castaños similares a los suyos, una tez blanca y una sonrisa tímida, pero sincera se habían colado en su corazón y comenzaron a ocupar lentamente, el lugar que habían perdido.