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Lemmon parade: Ron and Hermione's love stories — capítulo 10
A la orilla del río Támesis, en un adosado, se escuchaba la respiración acompasada de una pequeña de cuatro años. Su madre, tras comprobar que su hija estaba dormida, cerró la puerta de la habitación, y se dirigió a lo largo del pasillo hasta su dormitorio. Allí, su marido, veía la tele, medio entretenido. Al verla entrar, sonríe y observa como ella se mete en el pequeño lavabo que equipa su habitación.
-Ya se ha dormido?
-Sí. Conseguí que se le pasara un poco la tos
-Está mejor?
-Quizás mañana no pueda ir a la escuela… pero se le pasará
-Eso espero…
La mujer sale del baño, con su pijama de pantalón corto y tirantes. Se mete en la cama, bajo la atenta y alegre mirada de su marido. Éste sonríe. Siempre lo hace: a cada minuto que la ve, recuerda por qué y cómo era capaz de amar tanto a aquella mujer. Ella lo había sacado del mal camino, cuando en su juventud se tiraba por un camino sin salida. Pero ella lo había guiado. Le había dado una estabilidad con la que nunca había soñado. Ella le aportaba alegría, seguridad, hombría, valentía… ella le había regalado lo mejor de ella misma, le había entregado en sus manos a una pequeña criatura, hecha con el amor de su padre y de su madre, y que jamás dejaría de agradecer tal recompensa a su amor.
-Ocurre algo, Ron?
-Oh, nada… es solo que… estaba pensando…
-Como siempre…
La castaña, sonriente y curiosa, se puso de lado, mirando a su conyugue, apoyando su codo en el colchón, y sobre este, el peso de su cabeza.
-Algún día me contarás qué es eso en lo que siempre piensas?
-Ahora mismo, si quieres…
-Ah sí? Cuéntame entonces…
-Pues…
Un relámpago, los distrajo de su relato. Miraron hacia la ventana.
-Parece que habrá tormenta
-No te desvíes! Cuéntame en qué piensas
-Jaja está bien. Pienso… en cómo has conseguido hacer de mí un hombre
-Eso creo que fue más trabajo de tus padres que mío
-Jaja no, tonta… me refiero… a un hombre de verdad, en el más amplio sentido de la palabra…
-Ahh… bueno, tú también me ayudaste a convertirme en mujer
-Sabes Hermione? Hace unos años, nadie daría un duro por mí… y tú lo hiciste. Y eso es algo en lo que pienso siempre que te veo. En lo mucho que te amo…
-No podía dejarte caer. Yo te amaba, sin remedio alguno. Y tu vida estaba yéndose al vacío, y si lo permitiese… yo te habría seguido
El pelirrojo sonrió emocionado ante su mujer. Esa mujer que le había endulzado hasta límites insospechados. Esa mujer que le había otorgado responsabilidades de manera sencilla y agradable, sin agobios. Esa mujer, que sin saber ni cómo ni por qué, ya era parte de él mismo. Ron adoraba observar a Rose mientras dormía. Era como su madre. Ambas compartían ese sueño profundo, ese esbozo de sonrisa mientras dormían plácidamente. Y él se derretía por Hermione: ella le había llevado hasta el quinto cielo en sus noches de amor placentero, en noches en las que él no conseguía dormir, y ella perdía sus horas de sueño por estar con él. Ella era perfecta. No tenía otra palabra. Si bien era cierto que su carácter podía llegar a ser austero, habían llegado juntos al punto de evitar las peleas iniciales, conocerse tan bien, y respetarse simplemente con la mirada, sabiendo atravesar el corazón del otro sin necesidad de nada más. Y eso era más de lo que él, podría haber soñado jamás.
-Sabes Ron? Cuando era niña, mi madre me leía esos cuentos, donde el caballero salva a la princesa, y se van a un palacio y viven felices… pero ella siempre me recordaba que eso no era real. Que eso no sucedería. Y yo, al crecer sin mi padre, terminé por creerlo
-Eras una niña, amor… yo creía en los dragones, en los fantasmas…
-Pero… lo mejor de todo, es que conseguí convencer a mi madre de que yo tenía razón
-Ah sí?
-Tengo un príncipe mejor que el de cualquier cuento
-Tú crees?
-Por supuesto. Porque es real…
-Te quiero, Hermione
-Y yo Ron. Soy feliz… y es más de lo que podría pedir nunca
Enternecido, acarició el rostro frágil y angelical de su mujer. Acercó sus labios para probar una vez más el sabor del amor eterno. Y quedó impregnado de ese sabor, incluso después de que hubiesen apagado las luces, y se hubiesen abrazado. A él le gustaba sentir la respiración acompasada que compartía con su hija, y a ella le gustaba sentir latir con fuerza el corazón de su marido. No sabían ni cómo ni por qué, pero estaban juntos, el destino lo había querido así, y eran felices. Muy felices.
Algunos relámpagos más sonaron a lo largo de la noche. Ron tenía el sueño delicado desde siempre, y esa noche, entre los relámpagos y la tos de su hija, prefirió estar desvelado. Después de mucho aguantar, insistir y controlar sus impulsos, la pequeña Rose terminó por llorar, presa del pánico, al ver que su tos no iba disminuyendo. El pelirrojo, al ver que su mujer no reaccionaba, se levantó él. 'Está completamente dormida', pensó. Avanzó por el pasillo, iluminado por las ventanas que daban vista a la calle y sus farolas. Se acercó a la puerta, con las letras de madera colgadas en colores rosados y líneas doradas. Abrió la puerta, y vio a su hija sentada en la cama, con las piernas tapadas, agarrada a su conejito de peluches, el señor Whiskies, y con la cara sonrojada de tanto llorar.
-Hey, pequeña… no llores, princesa
-Papi… me duele
-Qué te duele, cielo?
La pequeña pelirroja se dejó arropar por su padre, mientras señalaba su garganta. Ron recordó las maniobras de su madre, y palpó el cuello de su hija suavemente. Tenía las amígdalas hinchadas. Besó la frente de la pequeña, y con una enternecedora sonrisa, bajó a la cocina a buscar su jarabe. Regresó minutos después, armado con la botella y una cuchara. La pequeña, olvidó por unos minutos sus pucheritos y sonrió al ver cómo su padre se deshacía en atenciones para ella.
-Papi?
-Dime
-Porqué no vino mami?
-Porque está dormida y hay que dejarla descansar
-Ahh…
Inconscientemente, la pequeña bostezó. Su padre sonrió al ver que se encontraba mejor. La tumbó en la cama, arropándola.
-Si te sigues encontrando mal, llámame, y veremos si hay que ir al médico
-Si… te quiero papi
-Y yo a ti, mi princesa
Se despidieron con un largo beso en la frente y otro en la mejilla del orgulloso padre. Éste, regresó a su refugio matrimonial. Se acurrucó junto a su esposa, que seguía dormida. La acogió de nuevo en sus brazos, pero, sintió que algo extraño ocurría. Pero no dio más importancia y enseguida se durmió.
La mañana siguiente, los rayos del suave y tenue Sol atravesaban las espesas nubes, a través de las dulces gotas de lluvia. Ron abrió sus ojos, al sentir que a pesar de ser aún de noche, el Sol pronto empezaría a brillar en todo su esplendor. Miró a su dulce Hermione, que seguía completamente dormida. 'Bueno, después de levantarme anoche, creo que es hora de despertarla'.
-Hey, dormilona… despierta. Hay que levantarse
La castaña seguía allí, inmóvil. Ron acarició su cara dulcemente. Aún mantenía su sonrisa que permanecía al despertarse y verla cada mañana.
-Hermione, cariño… creo que ya te dejé dormir bastante. Tienes trabajo y yo también… Hermione?
El pelirrojo fue borrando lentamente su sonrisa. Tocó el brazo de su mujer, que estaba frío. Sujetó su cabeza, examinando su rostro como si lo viese por primera vez. Y en ese preciso instante, reparó en qué fallaba: su respiración no era acompasada, ni lenta ni rápida. Su respiración ya no existía. Se alarmó estrepitosamente. Acogió el cuerpo de la joven en sus brazos. Miró por un segundo cómo sus brazos, sus piernas y su cabeza colgaban a merced de la gravedad, sin que ella pudiese controlarlo. Fue a lo largo del pasillo: tenía que llamar a una ambulancia. Pero su hija, salió al paso, agarrando a su peluche, con sus simpáticas coletas y frotando sus ojos aún dormida. El pelirrojo regresó en sus pasos hasta su habitación. Cerró la puerta con llave, y tras unos minutos, escuchó la voz infantil llamarle.
-Papi? Donde está mami? Papá! Y mami? Quiero verla…
Pero su padre estaba muy lejos. Y a la vez muy cerca. Sostenía el cuerpo inerte de su mujer entre sus brazos. La acercaba a su corazón, el que a ella tanto le gustaba. Sus lágrimas empañaban el rostro pétreo de la chica, que ya no podría sentir la humedad de sus lágrimas. Ya no. Y los gritos de su hija continuaban. Ahora, la pequeña de cuatro años lloraba, quería ver a su madre, quería saber qué pasaba allí. Derrumbado en el suelo, sentía cómo su corazón se partía lentamente. Abrió los ojos. Y contempló una vez más el rostro de Hermione: incluso así, se veía hermosa, tan angelical, tan dulce…
En un departamento de policía, una joven de veinticuatro años, estaba sentada en un cómodo sillón. Un hombre la observa, con parsimonia y a la vez, un poco de angustia.
-Y eso es todo lo que recuerda?
-Creo que sí. Sólo tenía cuatro años…
-Finalmente, descubrió porqué su madre había fallecido?
-Una aneurisma, por lo que dijeron los forenses…
-Sabe que al principio…
-Al principio creían que fue mi padre, lo sé
-Pero, usted está segura de que no fue así?
-Lo estoy
-Cómo? Sólo era una niña
-Sabe? Hay cosas que tan solo los niños pueden percibir. Mi padre jamás habría querido a otra persona tal y como quiso a mi madre. Eso lo sé, lo sabía incluso con cuatro años. Era algo demasiado clarividente. Fue egoísta lo que hizo, pero sé, que si no lo hubiera hecho esa noche… lo habría hecho cualquier otra… llevándome a mí con él…
Sin responder a más preguntas, abandonó la gerencia de policía. Rose llegó a su apartamento. No era la primera vez que la interrogaban. Y de cada vez, repetía ese pequeño ritual. Se acercó a su armario, y en el fondo de uno de los cajones, sacó una pequeña cajita, donde durante años había guardado las cartas que su abuela le había entregado: las cartas de sus padres. Y especialmente, la última que escribió su padre.
'Queridísima y amada Rose:
Esto es absurdo. Tú estás al otro lado de la puerta, llorando, gritándome que te deje ver a tu mamá. Pero no puedo dejar que lo hagas. No podría llevarme esa imagen a la tumba.
Tan solo quiero que sepas, que nunca hemos amado a nadie como tú, mi pequeña. Pero, espero que algún día llegues a comprender, y que sientas, un amor tan fuerte como el que yo siento por tu madre. Hasta el punto en que ya no tengas más vida que esa persona. Por eso, quiero que me perdones, es injusto que te dejemos así. Pero yo no puedo vivir en un mundo sin Hermione. Y tú, sé que estarás mejor en un mundo sin hombre como yo, que no sabe guiarse sin una mujer como tu madre. Sin Hermione. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Pero sé, que si no lo hago ahora, en este instante, esta noche… lo haré cualquier otra… y te llevaría conmigo… porque no soportaría dejarte aquí. Sé que cuidarán de ti. Y si algún día, decides no perdonarme, sabré entenderlo.
Tu padre, el que te ama… Ronald Weasley'
Y ella lo sabía. Sabía que había perdonado a su padre. Sabía cuánto amaba a su madre. Y por eso, desde que era una niña, rezaba todas las noches por sus padres, para que estuviesen juntos allá donde quisieran que estuvieran.