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Historia 96064 — capítulo 1

Un latido, dos latidos, tres.

Abrí los ojos somnolienta, aquel apacible y regular sonido me hacía querer dormir más, pero tenía cosas que hacer, acabar los trabajos para la facultad, fregar la montaña de platos que habíamos acumulado esa semana en el lavadero, intentar que la lavadora funcionase de una buena vez, y después de todo eso tenía turno de tarde en el bar hasta la diez.

-¡Di - diiiii, el desayunooo! - aquel grito, proveniente de su querida compañera de piso, casi la hizo caer al suelo cuando se estaba calzando las zapatillas.

-Ya voy - respondí a media voz mientras levantaba las persianas, dejando que la luz de la mañana entrase a raudales por esta, cegando mis ojos por unos instantes, y haciéndome trastabillar en busca de mi ropa, hasta que la encontré arrugada sobre el escritorio.

-¡Si no vienes iré por ti! - otro chillido de Flor, eso me dejaba como cinco minutos para salir del cuarto, pensé echándole un rápido vistazo a este.

Las paredes empapeladas de escritos, fotos y dibujos, el suelo forrado con aquella mullida alfombra roja, la papelera volcada en un rincón, los libros de clase amontonados en una inclinada torre junto al escritorio, los altavoces del estéreo prácticamente colgando por el borde de la mesita de noche, todos los discos de música esparcidos por doquier, y varios montones de ropa desperdigados por el suelo, solo había un lugar que se libraba de aquel increíble caos, y eran las dos estanterías pulcramente coladas en la zona donde menos sol daba, en las cuales reposaban mis amados libros.

Sonreí para mí, como Flor entrase en la habitación tendríamos nuestra típica riña sobre orden y desorden, y en esa discusión ni siquiera mi despreocupada forma de vestir estaba a salvo, aún recordaba la ocasión en que quise cenar la noche de mi cumpleaños en pijama, Flor casi me comió viva a base de riñas y gritos de incrédula indignación por mi ocurrencia. Pero a fin de cuentas, esa era una de las cosas divertidas y prácticas de vivir con ella, yo ponía límite a su fanatismo por el orden y la ropa, mientras que ella limitaba mi desorden.

Cuatro latidos, cinco latidos, seis.

Parpadeé, alzando mi vista al techo con curiosidad ante aquel rítmico repiqueteo, había pensado al levantarme que eran retazos de algún sueño, pero al parecer era algo más que eso, me dije girando sobre mis talones al escuchar los nítidos pasos de Flor recorriendo el pasillo con premeditada lentitud. Aquello quería decir que cuenta me traía salir ya si no quería problemas, y la verdad, aquella mañana no tenía ganas de meterme en líos, ni siquiera con mi lunática amiga Florencia.

-Ya, ya voy mujer, no hace falta que empieces con el pase de modelos en el pasillo - comenté divertida sacándome el pijama de un par de tirones y arrojándolo a la cama, para meterme en mis simples jeans y la última camisa que me quedaba limpia, culpa de nuestra ruinosa lavadora.

-Me comeré tu parte por graciosillaaa - canturreó Flor al otro lado de la puerta, haciendo que mis ojos se abriesen de par en par, y me calzase las deportivas a todo correr, para instantes después salir derrapando al pasillo detrás de ella.

-¡Si tocas mi comida mezclaré tu ropa de color con la blanca! - grité, haciendo que se parase en seco y me estrellase contra su espalda, lo que provoco que ambas acabásemos cayendo al suelo echas un nudo humano.

-Toca mi ropa y eres loca muerta - siseó conforme yo me quitaba de encima de ella, ignorando su amenaza y saltando los pocos metros que quedaban hasta nuestra pequeña cocina, donde agarré mi taza y dos tostadas

  • Maldita sea, no me ignores - se quejó entrando tras de mí, pero al parecer el enfado se le pasó al verme engullir las tostadas, pues se dejó caer en la silla más próxima muerta de risa.

Yo la ignoré, siempre reaccionaba igual cuando comía con tanto entusiasmo, según ella, ponía cara de niña pequeña y era imposible no reírse, así que para rematar la función le sonreí inocente antes de inflar los cachetes.

Siete latidos, ocho latidos, nueve.

Quedé quieta, ignorando la ruidosa risa de Flor para alzar de nuevo la cabeza hacia arriba, de nuevo aquel curioso sonido. ¿Pájaros en la azotea tal vez? Me pregunté llevándome la taza a los labios con el ceño fruncido, por alguna razón aquel sonido comenzaba a inquietarme.

-¡Di - di! - el llamado de Flor fue lo que me saco de mi inquietud, devolviéndome a la cocina - ¡Son las doce!

-Qué son las qué… - mascullé horrorizada posando mi vista en el reloj del microondas, que efectivamente, marcaba las doce y media de la mañana - ¡Joder! - solté entre dientes haciendo que Flor enarcase las cejas, mientras yo me bebía el resto de mi cola cao de un solo trago y saltaba hacia la pila, donde reposaba una enormísima torre de platos que comencé a lavar sin mediar palabra, dejando que ella recogiese lo que quedaba sucio del desayuno, y esparciese por la mini mesa del salón todos sus libros y apuntes.

Dos toneladas de platos sucios y cuarenta peleas con la lavadora después, pensé de malas pulgas saliendo de detrás de la susodicha máquina infernal y arrojando contra el sillón el maldito destornillador, sin prestarle atención alguna a Flor, que dormía tranquilamente en el sofá, con la mitad de sus papales tirados por el suelo y el libro de inglés reposando sobre su pecho. Bufé, ella durmiendo y yo peleando mano a mano con la lavadora, maldita fuese mi suerte, me dije echándole un vistazo a la hora solo para aterrarme una vez más. ¡Las tres y veinte! Mi turno empezaba en cuarenta minutos y yo mientras allí parada, con toda la ropa y la cara llena de grasa.

-Mal día - maldije para mí corriendo hacia al baño y lanzando mi ropa por los aires, para darme una ducha tan exprés que ni siquiera le dio tiempo al agua a calentarse cuando ya había salido, me había puesto la primera ropa que encontré, y corrido media avenida hasta atrapar el último autobús.

Diez latidos, once latidos, doce.

¿Pero qué? Miré a mi alrededor alarmada, buscando entre las personas del autobús, incluso revisé mis deportivas en busca de algo pegado en sus suelas que pudiese hacer el maldito ruidito, pero no había nada, y en el transporte apenas si había un par de personas de edad media mirando por la ventaba con aire aburrido. Dejé ir un suspiro, iba a tener razón Flor y a veces me imaginaba cosas, pero aquello no terminaba de dejarme tranquila, sentía una dolorosa presión en el pecho que me alertaba de la verdad, una que yo no quise escuchar cuando me bajé dos paradas más tarde, y corrí a toda velocidad hacia mi lugar de trabajo.

-Diana, ya pensaba que no llegabas - el comentario podía parecer amable, pero en boca de mi jefe era una clara advertencia, si volvía a pasar me iba a ver de patitas en la calle.

-Lo siento - contesté aquello sin más, sabía que al él no le gustaban las excusas, por lo que simplemente agarré mi delantal y me adentré en la cocina, donde ya me esperaba Beatriz, la hiperactiva cocinera que había espantado a sus quince anteriores ayudantes.

-Vamos, vamos, vamos, vamos. Tenemos muchas cosas que hacer antes de la noche, venga, muévete, pásame las patatas, empieza a cortar esas zanahorias. ¡Pero por todos los demonios, que no se te olvide lavarte esas manos! - dijo, moviéndose de arriba para abajo mientras yo me las secaba en el trapo más próximo, por eso trabajábamos bien juntas, yo ya iba un paso por delante de ella - oh, ya están limpias, entonces comienza, ¡Las zanahorias! ¡Y los champiñones! ¡Pizza, pizza, pizza! - pasé olímpicamente de su canto matutino y me puse a lo mío.

Corriendo de un lado a otro antes de que ella me pidiese las cosas, y dejando estas sobre su tabla de ingredientes, por suerte para mis oídos yo solo trabaja con ella la primera hora y media, que no tardó en pasarse, dejando entrar por la puerta a Frank, que rodó los ojos al ver la surrealista velocidad con la que hablaba hoy nuestra cocinera. Yo me encogí de hombros compasiva, pero salí de la cocina antes de que pudiese pedirme piedad. No soportaba que me suplicasen, y él se aprovechaba de eso cada vez que Beatricita tenía exceso de energías.

Trece latidos, catorce latidos, quince.

Mi mano se detuvo a medio camino de coger la bandeja para atender a unos recién llegados clientes, y mis piernas por pocas se doblan del frío que sentí recorrer mi cuerpo. Tragué duro, no era nada, nada de nada, me dije con firmeza permitiendo por un momento que mis ojos vagasen a su antojo, observando la sobria chimenea de piedras del rincón, las macizas mesas de madera y los fuertes ladrillos de las paredes, solo suavizados por las fotografías que colgaban de ellas, atestiguando el paso del tiempo que llevaba vivo el lugar. Tomé la bandeja con presteza, sintiéndome tan segura como las sólidas piedras sobre las que se levantaba el edificio, eché a caminar hacia los clientes, atendiéndoles con la eficiencia que me caracterizaba y que tanto complacía al jefe, que me observaba frotando unos vasos ya impolutos desde detrás de la barra.

Seguí trabajando, no me detuve para nada, ni siquiera descansé los diez minutos que el jefe solía darnos para que respirásemos un poco, al contrario, trabajé el doble, y cuando acabó mi turno no me despedí de nadie, lancé el delantal, tomé mi bolsa y eché a correr. Mi corazón rugía con fuerza, mi mente era un torbellino multicolor que no alcanzaba a entender, tan nerviosa estaba que cuando paré en la parada del autobús me removí una y otra vez, andando en torno al banco como Beatriz lo había hecho frente a mí en su cocina. Tenía miedo, y no recordaba haber sentido aquel tipo de miedo desde que mi madre fue atropellada.

Dieseis latidos, diecisiete latidos, dieciocho.

Salté dentro del autobús a toda velocidad, pasando mi tarjeta por el escáner y moviéndome por todo él sin parar, estaba aterrorizada, aquel trasto tenía que darse más prisa, más, más, más rápido maldita sea. Pero no iban a acelerar por mí, yo lo sabía, e igual que había saltado dentro salté fuera dos paradas antes de tiempo, corriendo una calle tras otra sin detenerme siquiera para respirar. Saqué de un tirón mis llaves de la bolsa, ignoré el ascensor abierto y pasé como un rayó frente a al vecino del tercero, que se quedó con la boca abierta en mitad de un mudo saludo que no escuché. Estaba demasiado ocupada subiendo los escalones de dos en dos con mis cortas piernas, demasiado ocupada escuchando los latidos de mi propio corazón en la garganta, latidos como esos que llevaba escuchando todo el día sobre mi cabeza.

Diecinueve latidos, veinte latidos, veintiuno.

Deberían haberse opacado por la desesperación de los míos, pero no lo hicieron, aquellos otros sonaban lentos, opacos, tristes, débiles. Una lágrima bajó por mi mejilla, pasé de largo la puerta de mi casa y seguí subiendo las escaleras. La azotea estaba abierta, nunca estaba abierta, nadie subía a ese lugar excepto Flor y yo, ¿Cuántas noches habíamos pasado allí arriba entre risas y llantos, guardando silencio y viendo la noche pasar, con la esperanza de que el día no nos alcanzase jamás? Más lágrimas escaparon de su encierro mientras irrumpía temerosa en la azotea, a pasos tambaleantes y erráticos.

Veintidós latidos, veintitrés latidos, veinticuatro.

La lucha de un corazón humano por seguir bombeando sangre a todos los músculos, por seguir vivo, latiendo.

Veinticinco latidos, veintiséis, veintisiete.

Pisé el viscoso charco mucho antes de verlo, de ser consciente de qué era, porque no fue su visión lo que me hizo pedazos, fue lo que había más adelante. Acurrucada abrazando el cojín donde yo solía apoyar la cabeza, con un cuchillo junto a ella y el cuello manando sangre a pequeños pero veloces borbotones.

-Flor… ¡Flor! - me lancé sobre ella, tratando de tapar la herida con mis manos mientras sus ojos negros, opacados por la pérdida de sangre, buscaban los míos desesperadamente - Mi Flor...

-Corre - una sola palabra, solo eso alcanzó a murmurar antes de que su mirada perdiese todo rastro de inteligencia, y la vida escapase de sus labios en un último suspiro que quemo mi piel de la forma más dolorosa.

Que corriese, que saliese corriendo, que huyese. Quité mis manos de su cuello, me levanté con tanta lentitud que yo misma dudé de mis facultades mentales en ese instante, pero enseguida comprendí que me importaban una mierda mis facultades mentales en ese momento.

Un latido, dos latidos, tres.

Sonreí de medio lado, giré sobre mis gastadas deportivas, provocando un desagradable ruido de succión al despegarse estas de la sangre del suelo, que hizo temblar mi ser por dentro, mientras que por fuera seguía impasible.

-¿Es el turno de mi cuenta atrás? Uno, dos, tres - me sorprendí a misma cantando eso de forma tan siniestra - vamos, sal, muéstrate. ¿Me vas a matar de todas formas verdad? Déjame ver la cara que maldeciré hasta con el último aliento de mi vida.

-Coraje, entereza, la furia de un defensor de los suyos - su voz sonaba hueca, pero lejos de asustarme me hizo sentir más furia, más dolor en el pecho.

-Me la has quitado - susurré, cerrando mis manos en goteantes puños de color carmín.

Cuatro latidos, cinco latidos, seis.

Temblores mezcla de furia, tristeza y ansiedad, me sabía muerta en poco tiempo, y sin embargo me daba exactamente igual. Cerré los ojos un segundo, despejándolos de la marea de llanto en la que me habría gustado poder sumirme.

-Ella sabía tan dulce, y fue tan ingenua, me siguió cual cordero hasta el cuchillo que la degolló.

Me estaba doliendo, no lo admitiría, di dos pasos en dirección a su voz, siguiendo el vacío de esta sin detenerme a pensar en las consecuencias, sin saber que me iba a encontrar si lo hacía.

Siete latidos, ocho latidos, nueve.

-Pero no es la suya la muerte que quiero disfrutar, lo sabes, ¿Verdad que lo sabes? Quiero disfrutar la tuya, notar tu tibia sangre correr por mi garganta, te he observado, te he anhelado. Tu muerte será mía.

Diez latidos, once latidos, doce.

No contesté, no parpadeé, no dejé de caminar hacia delante, rodeando el depósito de agua hasta vislumbrar la sombra de su figura en una esquina, aflojé los puños solo para volver a apretarlos, tenía que golpearlo, tenía que hacerlo, aunque fuese mi última acción, aunque no supiera quién o qué era. Iba a hacerlo, le daría el mejor golpe de mi vida.

Trece latidos, catorce latidos, quince.

Mis piernas tomaron solas el impulso hacia delante, y la tensión en mi brazo izquierdo me indico que estaba más que listo para lograr aquella hazaña, lanzándose hacia delante sin esperar mi consentimiento, atravesó limpiamente la negrura de aquella presencia, quedando azul, congelado e inservible. Volví a girar, buscando con mis sentidos la gelidez que delataba su posición, y le seguí, dispuesta a empeñar mi vida por un solo golpe en su asesina cara.

Dieciséis latidos, diecisiete, dieciocho.

No tardé en detectarlo, no tardé en lanzar otro golpe con el brazo que me quedaba sano, y este no tardó en quedar congelado, tan inservible como el otro, pero igual que con el otro, ignoré el dato y seguí tras él. Aún me quedaban dos piernas con las que golpear.

-Oh, cuanto espíritu, cuanta vitalidad, vas a ser mi mejor comida. Me volverás tan poderoso, sigue, sigue, demuéstrame hasta dónde me vas a hacer llegar cuando te devoré - rio, quedando parado junto al cuerpo de Flor, de mi Flor.

La rabia ardió por mis venas, casi pude sentirla quemándome por dentro, cuando para mi propia sorpresa mi brazo izquierdo reaccionó, volando hacia delante e impactando contra su rostro, que descubrí por fin frente a mí de un pálido y malsano color azul.

Diecinueve, veinte, veintiuno.

Ya no era solo mi cuenta atrás la que sentía deslizarse en aquellos vacilantes latidos, una sonrisa tembló en mi rostro, lancé de nuevo mi brazo hacia su cara, lo lancé una y otra vez, lo pateé, lo golpeé. Seguí así sin parar un solo instante, mientras aquel ser intentaba en vano esquivarme, no lo iba a lograr, iba a llevármelo conmigo.

Veintidós, veintitrés, veinticuatro.

Mi respiración se aceleraba, me sentía arder con una fuerza que me dolía, como si de verdad me estuviese quemando, pero lejos de preocuparme por ello solté otro golpe, y otro más, y uno más, hasta que su frio cuerpo azul cayó sobre la sangre que encharcaba el suelo.

-Te lo mostraré… - soné ronca, cansada, acabada. Fui consciente de ello, pero eso no detuvo mis manos cuando se apretaron por instinto contra su pecho, haciendo que este humease, y un sobrenatural grito se elevase en el ambiente, uno tan agudo que sentí una explosión dentro de mis oídos, y el líquido comenzar a fluir desde ellos, justo en el instante que mis ojos veían fundirse en agua la ropa y la piel que apretaban mis manos - te llevaré… al infierno.

Solté el aire contenido, por una décima de segundo fui incapaz de moverme, hasta que vacilante, sintiendo ya la muerte de aquella cosa, me levanté. O más bien me arrastré, dirigiendo mis agotados pasos a lo quedaba de mi amiga, de mi hermana.

Veinticinco… veintiséis… veintisiete…

Caí hondo, profundo a través de una inmensa espiral de humeante fuego, mientras mi cerebro procesaba un último roce, una última imagen, el último sonido que escucharía.

-La Flor de Fuego…. aquella que solo florece una vez

  • un apagado susurro, una tenue caricia en mi cabello, antes de que no sintiese nada más.

Y fueron las manos de él las que sostuvieron su ya vació cuerpo, alzándolo en el aire conforme sus verdes ojos se elevaban al cielo, observando el principio de una poderosa tormenta, que borró los rastros de su presencia, y también los de aquella muchacha ya sin vida, que se llevó pegada contra su pecho.