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Alma de invierno. — capítulo 1
Movía sus piernas despacio, siguiendo el son de la fría brisa que golpeaba su desprotegida piel, mientras sus descalzos pies derretían la escarcha del sendero y sus ojos vagaban por entre los altos pinos que la rodeaban: tenía los labios cortados, su ropa estaba rasgada, y su mirada parecía estar tan helada como el invernal bosque que recorría.
-Se dulce amado invierno
- canturreaba ella en voz baja, mientras iniciaba una grácil danza en torno a aquel tortuoso camino, que enseguida comenzó a mancharse con la roja sangre que se desprendía de sus desnudos pies - Besa mis labios con tu escarcha, sopla con tu viento mi piel desnuda - el canto se hizo más firme, su danza más rápida y segura.
Llevándola cada más y más lejos, hasta que comenzó a resbalar con el frío hielo de un estanque congelado, pero ni allí se detuvo la nívea muchacha, sino que con gracia y alegría comenzó a deslizar su baile sobre los hielos, como si a eso se hubiese dedicado toda su vida, como si para eso hubiesen nacido sus delicadas piernas.
-Destruye cruelmente el cuerpo que me da cobijo - cantó girando en torno a si misma, de forma que sus oscuros cabellos la siguieron en aquel enigmático baile, creando a su alrededor una brisa que parecía seguir su ritmo.
Y siguió bailando, adentrándose más entre aquella brisa, avanzando más sobre las aguas heladas, mientras su suave voz tatareaba el ritmo de la canción aún no terminada, provocando que juguetones zarcillos de blanca niebla rozasen su rostro con cariño, mientras ella se desprendía de la poca ropa con la que iba vestida, dejándola volar mientras se deslizaba aún más rápido, y su blanca piel comenzaba a tornarse de un amoratado tono azul.
Se detuvo, cesó todo movimiento, permaneció quieta allí, con una de sus temblorosas piernas alzadas en el aire, y sus brazos extendidos hacia los lados, mientras su vista se fijaba en las tristes nubes que recorrían los cielos, augurando lo que ella sabía sería una gran tormenta, la más grande de las tormentas, quería ver su inicio, quería sentirlo, quería vivirlo, gritar con los vientos, caer con la nieve, helar ella misma el corazón de todos aquellos que alguna vez se atrevieron a mirarla con desprecio y asco.
-Para que ya libre de las ataduras - susurró en precario canto debido a los temblores que la recorrían - bailé a tu son entre los cristales de nieve, y respiré de tus eternos glaciales…
La niebla se dispersó, un rayo de sol se coló valiente entre las nubes de tormenta, y cayó sobre la helada figura de la muchacha, adornando su azulada piel con la ternura de aquel calor que no deseaba, mientras el estruendo de su deseo se hacía real, y las manos del letal invierno envolvían su ser, hundiéndola en las aguas del estanque hasta que llegó al mismísimo fondo. Siguió mirando hacia arriba, contemplando el lejano cielo, hasta que el hielo se cerró sobre ella, la rodeó y asfixió, enlazando su alma con la suya.