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Never Coming Home. — capítulo 1

Supongo que no soy muy buena contando historias, aunque bien podría omitirla y tragármela para siempre, pero verán, estos últimos instantes probablemente son los finales.

Era la primera vez que viajaba a Italia, el país maravilloso con el que soñé desde que tenía memoria, sin embargo nunca imaginé que tal horrible situación me iba a pasar a mí, justo a mí, quien nunca creyó ni uno solo de los estúpidos cuentos de hadas ni siquiera cuando era niña. Aunque claro: eso ya no tiene importancia. Estoy camino al castillo con órdenes de matar. Al fin podría acabar con esas bestias y vengarme, destrozar hasta la ínfima parte de sus cuerpos de mármol y quemarles en seguida -sonreí complacida-, lamentarían haberme transformado, me encargaría de eso.

Quisiera empezar diciendo mi nombre, dónde nací, con quién vivo, o qué es lo que más me gusta, pero ya no tengo nada, sólo un nombre de pila -que por lo demás es Borgny, lo sé bastante espeluznante. Mi madre desciende de una vieja línea noruega, es más, mi abuela solía decir que su tátara abuela era una noruega de renombre que nunca habló español. De allí pidió prestado el nombre, el cual significa ayuda, nuevo, o brillo, la verdad nuca lo tuve muy claro, ni mi familia tampoco.

Recuerdo un sol brillante, y el cálido viento de verano de Volterra en mi nuca. Mi madre y yo, luego de muchos esfuerzos, turnos extras, y propinas tacañas, habíamos logrado juntar lo suficiente para pasar una semana bajo el aire cosmopolita de Italia. En cierta forma era un sueño más suyo que propio, desde siempre ella estaba hablando sobre cierto viaje durante su adolescencia que marcó su vida y lo mucho que le encantaría repetirlo, además de que tal viaje marcara una diferencia en mí vida también, lo que se cumplió al pie de la letra: sí me cambió para toda la vida.

Ella lucía tan feliz mientras caminábamos bajo el sol abrazante, que no puedo recordar otro momento en el que haya estado más contenta, más radiante, más perfecta.

Estuvimos un par de días perdidas entre las calles de Volterra, pero ninguna le dio relevancia porque durante esas confusiones conocíamos aspectos del lugar que no salían en nuestra guía turística.

Sin embargo, irremediablemente el día fatal llegó. Fue el quinto día, un sábado a decir verdad, en el cual nos topamos con la procesión de la muerte, sólo unas horas más tarde supimos en lo que nos habíamos metido y para ese entonces los gritos desesperados y la sangre escurriendo de los cuerpos era una realidad fugaz, momentánea, y que dio paso al inicio del final.

Llevábamos dos horas casi exactas deambulando cuando mi madre divisó la figura grácil de Rebecca, la mujer conducía una pequeña masa -como ovejas al matadero- por las calles, sin reparar en nuestra presencia, ni siquiera cuando nos filtramos entre los turistas.

Desde allí todo se vuelve borroso, hasta el punto de sólo contar con un recuerdo nítido entre toda la laguna pantanosa de mi mente, y era precisamente el recuerdo que más quise olvidar este último tiempo y que predeciblemente me llevó a terminar asaltando la fortaleza por sorpresa.

Rebecca fue una mujer bellísima, de rasgos finos, cuerpo escultural, sonrisa brillante, y una calidez natural que brotaba de todos los poros de su piel nívea. *Ella fue la primera en pagar -*sonreí.

Hasta los días de hoy no sé claramente por dónde fue que vagamos durante la caminata, pero si hay algo de lo que siempre tuve certeza era que a medida que trascurría el tiempo los pobladores naturales de la zona se iban haciendo cada vez menos.

                                                *                   *                *

-¡AGUARDEN! -siseé lo más rápido y audible posible. Era hora de que los peones hicieran sutrabajo. Conociendo el prolijo sistema de seguridad de Eric para proteger a esa realeza apestosa, no tardarían más de unos minutos en acabar con las primeras líneas, claro que yo tenía más que unos pares de ases bajo la manga: ellos sólo eran el primer paso.

En cierta forma, aunque tratara de ignorarlo; aquellas bestias sacrificables me producen lástima, lástima por su vida efímera como neófito, lástima porque serían destrozados en cuanto rozaran las murallas del castillo -si es que llegaban tan lejos-, y compasión porque la mayoría de ellos fue sacado de una mierda de vida para ser arrastrados a una nueva y más miserable. Al menos-pensé- terminarán sus días felices, imaginando las promesas absurdas de Nikolai hacerse realidad.

                                                      *                *              *

La entrada era preciosa -o mejor dicho: todavía lo es-, unas puertas enormes al puro estilo feudal, tallada en madera maciza con incrustaciones de metal, las manijas brillantes como la plata con una bonita figura que acaba en espiral. Rebecca se detuvo unos segundos frente a la entrada; en aquel instante no lo noté, luego de noches y noches rememorando cada mísero detalle que aún conservara en el cerebro, me di cuenta de lo que estaba haciendo: avisaba su entrada.

Abrió las puertas de par en par, hizo un ademán para que la fila siguiera mientras ella se quedaba al último. Mi madre y yo  íbamos al final, conversando amenamente sobre algunas trivialidades insignificantes que no puedo recordar bien, ella cogió uno de los mechones rebeldes de mi cabello y lo reposicionó detrás de mi oreja, entonces con la dulce voz que he de recordar para toda la eternidad susurró: "Hija, me alegro mucho de que me hayas acompañado hasta ahora. Ya puedo estar tranquila…"

Rebecca nos observó con una sonrisa amplia, hizo una reverencia y un asentimiento con la cabeza que en su lenguaje significaba: "adelante", y cerró la puerta tras nosotras.

Oí un murmullo, demasiado bajo para comprender las palabras con mi oído humano, pero estoy casi segura que dijo: *"Buena suerte".*Perra malnacida, a veces quisiera que estuviera vivapara destrozarla una y otra vez.

Miré hacia al frente, fue tan rápido que casi no pude distinguir nada: tres figuras sentadas apaciblemente en sus tronos, dos figuras más en los costados, y bajo algunos pilares del salón otras figuras formando un círculo interrumpido sólo por la entrada. Pestañee y las figuran estaban frente algunas personas del rebaño, volví a cerrar los ojos y escuché los gritos, esas frases entrecortadas de auxilio, y luego a mi propia madre interponiéndose entre un cuerpo negro y yo.

-C-corre… -fue lo único que pudo proferir antes de que su garganta fuera desgarrada, y su vida succionada por aquel bastardo:de**él ya me encargué.

Me sentí desfallecer, sobre todo porque en cuanto pestañeara nuevamente seguiría yo en la fila de cuerpos inertes, ensangrentados, despedazados, y grotescamente mordidos.

Cerré los ojos rogando ser invisible como en el instituto, cuando nadie se percataba de mi presencia, donde debía avisar a mis amigas que estaba ahí, donde todos se asustaban horriblemente cada vez que hablaba porque "no me veían".

Esperé tal vez tres eternos segundos antes de abrir los parpados, confundida y atemorizada me pregunté por qué no me mordían aún, ¡a qué están esperando malditos chupasangres!

La masacre había concluido.

Todos estaban alimentándose, pero nadie reparaba en mí, nuevamente era totalmente ignorada… ¡hasta los vampiros me ignoran!

No sé cómo fui capaz de enfriar mi mente, incluso con los ojos pegados al cuerpo muerto de mi madre y la figura agachada sobre ella, tomé aire, despacio y poco, se me antojaba que cualquier mínimo ruido les haría notarme tal como siempre solía sucederme en el instituto -sólo un ruido torpe podía delatarme-, retrocedí los pocos pasos que había alcanzado a dar antes de paralizarme de terror y una vez pegada a la puerta me atreví a girar la manilla.

*¡MIERDA! -*bufé interiormente-, resbalé y caí de trasero chocando contra la puerta sin querer, había un maldito brazo unos centímetros antes de la manilla y lo había pisado con el nerviosismo y las ganas de sobrevivir -cómo si realmente me hubiera podido salvar… ahora me doy cuenta lo ingenua que era.

Ya sea que fue el ruido, o el hecho de que me corté la mano con la manija al intentar sujetarme de ella, mi presencia se vio desnuda ante ocho pares de ojos brillantes, rojos como la sangre derramada por los suelos y por sus bocas.

¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda!-sollocé mentalmente: la vida de mi madre fue arrebatada en vano, porque en mi último acto de estupidez humana me delaté a mí misma y me dejé a merced de las bestias.

Alec fue el primero en levantar su rostro hacia mí; inflexible, duro, perfecto. Aro movió los labios de forma tan sutil que creí que lo estaba imaginando, pero la mirada sagaz hacia Alec comprobó mi hipótesis. Velozmente Caius habló igual de inaudible, luego las miradas se intensificaron hacia mí cuando Aro respondió-si es que a eso se le puede llamar respuesta-, alguien se puso en pie en un segundo, en otro segundo lo vi peligrosamente cerca,y finalmente sentí el dolor en el cuello.

Una pequeña notita: eso escrito entre (*) es una especie de "flash" del futuro, es decir, de la chica en el presente, ya que ella está relatando su historia en pasado... espero que no sea tan complicado :S Gracias por leer :) ¡Saludos!