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Never Coming Home. — capítulo 2
La vista se me nubló casi enseguida, sentí otros mordiscos en los brazos y perdí la conciencia. Conciencia que volvió casi al instante, sólo que negra, aplastante, era una burla de conciencia porque no podía hacer nada más que gritar, revolverme incesantemente y apretar los dientes.
Mentalmente le rogué a Dios terminar con el ardor, con el fuego que me quemaba la piel y la derretía lentamente, como tomándose su tiempo para penetrar en mi corazón y matarme de una vez por todas, pero cuando comprendí que rogarle a Dios, a los ángeles, a los santos, o a cualquier alma celestial que tuviera compasión de mi dolor, era inútil comencé a suplicarle al demonio.
Le dije que le vendería mi alma si calmaba el ardor, que sería su esclava, y cumpliría todo lo que su retorcido ser quisiese, sin embargo así como con Dios: hizo oídos sordos y nada cambió; las venas siguieron achicharrándose, mis órganos continuaban siendo aplastados, mis huesos molidos, la tortura no tenía fin.
De pronto, entre los gritos que no eran nada más que chillidos y gruñidos, escuché una voz decir: "…pobre perra, todavía grita. Que patético." Eso sirvió para que apretara con mayor fuerza la mandíbula y callara, aunque no pude evitar seguir retorciéndome, no volví a gritar hasta que hubo apaciguado el dolor.
No sé bien cuanto estuve quemándome, si fueron minutos, horas, o días. Sin embargo, y si bien era demasiado pequeño, sentí lentamente como de apoco me fortalecía y era capaz de aminorar los saltos abruptos de mis músculos, también retornaba la posibilidad de reflexionar con claridad, recordar porqué me estaba pudriendo en vida, y qué había sido de mí.
Eventualmente me hallé preparada para soportar el dolor agobiante; no era que ahora fuera menos abrazante o que las llamas del infierno me achicharran más despacio… simplemente me estaba acostumbrando a la tortura; ya no gritaba, no me movía -porque con la fuerza que fui ganando gradualmente, la usé para controlarme- ni tampoco rogaba a nada ni a nadie que me matara, que aminorara mi sufrimiento, llegué a la conclusión de que en cierta forma me lo merecía por no haber evitado la muerte de mamá, por no haberla cubierto con esa "capa" protectora de invisibilidad.
Así que cuando inicié a oír claramente los pasos sigilosos, el sonido de las ropas rozar contra los cuerpos de quienes fuera que merodeaban el lugar, y las respiraciones calmadas y espaciosas una de la otra, supe que pronto despertaría.
Recordaba las que en un tiempo creí inservibles películas vampíricas -que una amiga me forzó a mirar-, y entendí porqué se me destrozaba el cuerpo: era la llamada "ponzoña" vampira y que obviamente me estaba transformando.
-¿Cuánto más crees que siga así? -oí una voz femenina lejana. Probablemente se encontraba a varios metros, veinte para ser exactos, porque mi mente me daba una nítida idea de todo: las distancias era otro punto mejorado.
-Fíjate en ella. -respondió otra voz, pero masculina- Le queda poco.
-¿Por qué la habrán escogido? -continuó ella- Se ve tan…
-Débil. -concluyó él, con cierta suavidad.
-Dirás inútil. No entiendo a Aro. -dijo con un tono claro de reproche.
-Hermana, -suspiró él- Aro jamás hace las cosas sin un motivo.
-Lo sé, pero tenemos mejores cosas qué hacer.
-Vámonos. -contestó con tono seco- Después de todo aún le falta.
Escuché claramente sus pasos ágiles, rápidos, pero distintos. Aquellos suaves como de bailarina de ballet debían pertenecer a la mujer, y los pasos un poco más ruidosos, pero no por eso menos gráciles eran del hombre.
Permanecí otras semanas, o un mes no sé -nunca he sido buena contando el tiempo-, esperando que el dolor cesara, y entonces algo en mi corazón reventó. Todo el sufrimiento se triplicó, estalló fuerte en mi pecho reduciéndolo a pedazos.
Abrí los ojos bruscamente, los colores, las cosas, todas parecían nuevas y más definidas, hasta la brisa de la ventana se sentía distinta. Me bastó echar una mirada rápida a los costados para comprobar que estaba sola en un cuarto grande, con exquisita decoración y elegancia.
Estuve en pie casi en seguida, de pronto podía concentrarme en los pasos lejanos, en contemplar donde diablos me encontraba, y las imágenes bastante borrosas de mi pasado humano. Sin embargo, como creo que les mencioné, la única imagen realmente nítida que conservaba en mi mente fue la muerte de mi madre.
Oí el suave sonido de las sábanas blancas a mi espalda, se habían elevado cuando mi cuerpo lo hizo para ponerse en pie. No obstante, eso no fue lo único de lo que me percaté: escuché como unos pasos cambiaban de dirección, se acercaban peligrosamente hacia la puerta de mi cuarto, aun cuando sabía que debía estar demasiado lejos como para llegar en menos de unos minutos, y a diferencia de lo que hubiera experimentado siendo humana, no me agité ni atemoricé, sencillamente me dirigí hacia lo que parecía una capa negra en el respaldo de una silla tallada, y contemplé mi nueva figura en el espejo contiguo.
Perfecta: fue la única palabra que asaltó mi mente. Me veía tan perfecta y pulcra como ellos. Sus rostros nunca perdieron esa belleza sobrenatural, incluso cuando de sus bocas brotaban hilos de sangre, y sus ojos rojos brillaban. Quizás fueron exactamente esos detalles los que me desconcentraron lo suficiente para tropezar y ser descubierta.
Mi cabello negro lucía espectacular -incluso más de lo que estuvo en mi vida humana-, los músculos de mi brazos, piernas, abdomen, estaban firmes y tonificados, duros como el mármol, cincelados por el mejor artista. Todos los aspectos que tanto odié en mí se vieron mejorados durante la transformación, no había parte que no me pareciera distinta, más hermosa e increíble.
Lo siguiente que hice fue olisquear la mancha seca de sangre en mi blusa. La toqué con el dedo pulgar; estaba áspera, pero todavía podía ver escurrir la sangre de mi cuello hasta la mancha como si volviera a ser humana. Entonces sentí el ardor de mi garganta y estómago. Lo había ignorado completamente al estar absorta en mi figura.
Comprendí que a eso le llamaban sed, pero no iba a dejarme llevar por un impulso tan bajo… o eso creí.
Los pasos siguieron el ritmo sin cambiar en lo más mínimo, continuando en dirección a la habitación, y aunque no estaba completamente segura del riesgo, decidí asomarme por la única ventana de la pared occidental y a través de ella escapar: no permitiría que ningún condenado chupasangre me usara de esclava o algo así.
Mi cerebro gritaba peligroal acercarme a las cortinas, quizás -si tenía suerte- mi cuerpo se evaporizara en cuanto el sol misericordioso me tocara, pero al contrario de lo que pensé, la luz solar no me quemó -como hubiera deseado que lo hiciera. Debía admitirlo: deseaba suicidarme- sólo se reflejó en mi piel y la hizo brillar de todos los colores.
¿Cómo era eso posible?, ¿no se suponía que debía arder dolorosamente hasta hacerme cenizas?, todas las malditas películas eran una ¡mentira!
¡A la mierda! -bufé mentalmente al tiempo que tomaba la capa y saltaba sin medir la altura de la caída: porque todavía creía ingenuamente que al chocar contra el suelo moriría.
No obstante mi cuerpo no era el de un humano. Aun cuando la distancia no era mayor a la de un segundo piso, si mis manos y pies fueran como antes seguramente me hubiera fracturado el cuerpo, o golpeado mortalmente el cráneo como era mi intención.
En menos de un segundo estuve en tierra, agazapada como un gato. El instinto de sobrevivencia era más rápido que mis pensamientos.
Levanté el rostro, escuché finalmente el susurro mudo de las sábanas contra el suelo, y me sorprendí de la velocidad con que había estado observándome en el espejo, luego reflexionando calmadamente, y por último saltando; ¿cuánto duro todo eso?, ¿cuatro segundos?, ¿dos?
Repentinamente otros pasos se unieron a los primeros, juntos formaban una especie de baile delicado. Recordé haberlos oído anteriormente: ¡Por supuesto!, la mujer y el hombre.
No sé cómo, pero me tomó un parpadeo comenzar a correr. Mi cerebro seguía advirtiéndome que estuviera alerta a cada brisa, paso, respiración, ruido y color que cambiara sin razón.
Bum-bum, bum-bum, bum-bum… un corazón cerca, no… -medité en otra fracción de segundo- seis, diez, veinte, ¡cincuenta!
A medida que me alejaba de los suburbios, saltando techos, esquivando tendederos de ropa, cuidando que cada paso no sonara más fuerte que una hoja al chocar contra el suelo, caí en la cuenta de la ruta hacia donde me dirigía: estaba rastreando inconscientemente un exquisito olor a sangre.
Olía como el chocolate caliente para los humanos, delicioso, jugoso, tierno. El ardor regresó casi con la misma intensidad que tuvo durante la transformación, por una centésima de segundo creí que aun no despertaba del transe, pero cuando la parte inferior de la capa negra -muy útil a decir verdad, me ayudaba a mantenerme en las sombras sin ser detectada, además de cubrir mi piel brillante como diamante- chocó, sin hacer ruido realmente, contra el suelo descubrí lo que estaba a punto de hacer: allí en medio de un callejón, casi rogando para que lo matara, se encontraba un hermoso pequeño de no más de dos años.
El niño de ondas azabaches corría aprisa hacia mí, su sangre me golpeaba una y otra vez en la nariz, la garganta, el estómago, el dulce hedor a chocolate me imploraba que lo bebiese. No supe de mi conciencia hasta que tuve al pobre infante entre mis manos, firmemente agarrado de los brazos y silenciado con mis ojos diabólicos centelleantes…
Sangre… sangre… deliciosa…