Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Never Coming Home. · de

Never Coming Home. — capítulo 3

*Aprovechando que ya tenía escrito el capítulo, lo subo antes mientras me inspiro ;) ¡Enjoy!

-Angelo, ora, dovehai preso?(Ángelo, vamos, ¿dónde te metiste?) Angelo, el niño con los ojos verdes húmedos por el terror: tragó saliva, pero no se movió ni un milímetro y siguió mirándome suplicante.

-¡Angelo, figlio mio!(¡Ángelo, hijo mío!)

Solté al niño inmediatamente, me alejé cinco metros de un salto y me di la vuelta. No quería que viera nuevamente el rostro de una bestia asesina. No importaba cuánto me ardiera el cuerpo, cuánto pidiera por la sangre bendita, no le arrebataría a una madre un hijo... no repetiría lo mismo que me hicieron a mí.

Trepé hasta una escalera de incendios, lo observé cuidadosamente hasta que la madre joven de piel trigueña y cabellos igual de oscuros y ondulados que el pequeño, lo tomó del brazo y se lo llevó literalmente arrastras maldiciendo en italiano. El niño no dejó de mirarme con los ojos lagrimosos, incluso cuando en su limitada visión humana no podría distinguir más allá de la sombra de la escalera de incendios.

Eché una rápida inspección al sitio antes de bajar un poco la guardia; no había nadie a diez metros a la redonda. Tomé mi rostro con las manos, me agaché como si en vez del estómago fuera el corazón que me doliera espantosamente, y respiré fuerte como si me ahogara. Por supuesto, no sentí ningún alivio al aspirar el aire tan desesperadamente, porque el aire ya no era vital. Siempre he pensado que si hubiera sido humana, cualquiera pensaría que estaba llorando violentamente, así que cuando oí un grupo de cinco penetrar el perímetro designado como "seguro" mis pies obedecieron en seguida llevándome de vuelta a los suburbios, pero esta vez del otro lado de la ciudad.

Recordaba vagamente esos lugares porque allí pasé mi última semana como humana. Por lo que me encaminé hacia el bosque del que casi no salimos vivas mamá y yo -mejor hubiera sido que nunca nos hubieran encontrado-, y dejé de correr sólo una vez que estuve segura, a varios kilómetros del centro de Volterra.

-¡Cálmate! -sisee en caso de no haber detectado a alguien más- Respira profundamente y piensa con racionalidad.

Primero que todo tenía que concentrarme en otra cosa que no fuera los endemoniados latidos de las miles de personas que residen en esta ciudad, tal vez el deseo de autodestrucción, o la repulsión a lo que soy, evitó que perdiera el juicio mientras me alejaba de aquel callejón.

Lamentablemente, no contaba con otra entretención aparte de observar minuciosamente los detalles del nuevo mundo.

Qué ciega había sido, incluso sin haber usado nunca lentes, estaba ciega. Me parecía que las imágenes llegaban a mis ojos humanos como fotos pixeladas, sin ángulo claro, borrosas, odiosamente imperfectas.

Fijé la mirada en unas hojas verdes que se mecían dulcemente con el viento, era ridículo, pero se me antojaba que podía captar cada una de las diferentes tonalidades de verdes que la conformaban, algo comparado a lo que sucede cuando una fotografía irritantemente pequeña y pixelada es arreglada en estos programas computacionales. Allí aumenta de tamaño y se ve tan nítida como el agua. Probablemente esa es la mejor forma de definir lo que mis ojos pueden ver.

Volví a respirar profundamente, estaba vez por inercia, y me recosté sobre la corteza de un árbol cercano. Qué ganas de echarme una siesta... -pensé- ¿será cierto que los vampiros duermen en el día?

Habría que intentarlo: y lo hice. Permanecí quieta, con los ojos cerrados tanto tiempo, que fue sólo cuando el jadeo de unos perros a un kilometro de distancia hizo eco en mi cerebro distinguí cómo los rayos del sol se habían movido unos veinte grados al oeste.

Los caninos -seis para ser exactos- se demoraron una media hora en llegar junto a mi cuerpo inmóvil. Todavía con los ojos cerrados sentí como tímidamente uno de los perros se acercaba para olisquearme, gimió casi enseguida, otro animal lo había atacado por la espalda.

La sangre no tardó en chorrearle así como mi cordura se vio bruscamente desplazada por la imperiosa necesidad de alimentarme. Abrí los ojos, me puse de pie, ataqué al pobre animal indefenso, y lo mordí, todo en lo que a mí me pareció un segundo.

Con la torpeza que caracteriza a un neonato, le rompí el cuello al penetrarlo con mi mandíbula, y no esperé beber alguna gota, tenía cinco presas más por terminar.

Acabé con ellos en menos de un minuto, él único que opuso resistencia lo eliminé de un manotazo que, a juzgar por el sonido, le quebré las costillas: siendo el primero al que sequé.

Proseguí lentamente a chupar la sangre del resto, y con cada sorbo sentía como la sequedad y el ardor se desvanecían; era la sensación más maravillosa y al mismo tiempo asquerosa que jamás he experimentado.

Limpié mi rostro, me saqué la capa toda salpicada por mis arrebatos de beber más rápido, y contemplé mi obra: no pude evitar lamerme hasta la última gotita de mis dedos cuando me percaté de los cuerpos destrozados. Los rompí todos, sus órganos estaban regados por doquier, los huesos blancos de las costillas asomando por los lomos desgarrados, el sudor y la saliva mezclada en las mordidas de sus cuellos, patas, y cabezas.

Suspiré, mentalmente me preocupaba el hecho de que pudieran volver a la vida, porque ¿no es a través de las mordidas que te transforman? Recogí las mangas de mi blusa, y comencé a cavar en diferentes lugares para enterrar los restos, siempre poniendo cuidado de no juntar las mismas partes del animal, sino de distribuirlos en secciones: las vísceras en un lado, los huesos al otro, lo que quedaba de extremidades en otro agujero. Y así como todo lo que había hecho hasta ahora, no me tomó más de diez minutos enterrar los resquicios de la "cena" en un área de dos kilómetros y medio, y cambiar mi posición a otros tres kilómetros de allí.

Siendo un vampiro -tragué saliva-, pude pensar más detenidamente entre intervalos, debido a que como nunca antes, todo se me antojaba divertido y todo lograba captar mi atención: ya parecía un niño de primaria con problemas de concentración.

Logré construir un plan, consistíabásicamente en escabullirme en la ciudad durante la noche, asaltar -sí asaltar... situaciones desesperadas, medidas desesperadas- a algún pobre humano y robarle todo el dinero y pertenencias útiles. De preferencia escogería una mujer; siendo una sé lo fácil que es atacarlas y reducirlas a un manojo de nervios. Después de todo no importa si tratara de gritar, soy el doble o el triple de veloz y la haré callar.

Cuando mentalicé cómo perpetuaría el hurto me di cuenta lo tranquila que estaba al imaginar la desesperación de una mujer -que al igual que yo- gritaría, lloraría, se desesperaría ante una clase de situación parecida. Días atrás, tal vez semanas atrás, yo hubiera quedado traumatizada por el resto de mi vida si una figura manchada de sangre, con los ojos rojos, y la sonrisa de un demonio intentara arrebatarme mis cosas, no obstante, ni siquiera recordar la masacre de aquellos pobres perros me remordía.

Asqueada del monstruo, tiré la capa negra a un lado con violencia. Esa capa me recordaba todo lo que odio y en lo que me convertí. Escondí el rostro entre mis piernas flectadas, parecía que finalmente la parte humana tomaba el control y me sentí horrible.

-Como sea. -me atreví a decir en un tono audible. Nuevamente me sorprendí como cuando detecté por primera vez mi velocidad: mi voz se escuchaba melodiosa, bella, podría opacar hasta a la mejor de las voces humanas. ¿Cuándo había adquirido semejante voz? Ah... -suspiré- es cierto, soy un vampiro. Todo en mí se supone que debe ser atrayente. No sería tan fácil cazar a un ser humano luciendo como un engendro de las alcantarillas.

Bien, si así estaban las cosas, posiblemente me inclinaría por un hombre y lo deslumbraría con mi belleza y voz al mismo tiempo que le extraería la billetera. Después me aseguraría de conseguir ropa decente, no estos trapos sucios que traigo puestos: ¿qué pensaría mi madre si viera su blusa arruinada, y los vaqueros nuevos rasgados?, me regañaría de seguro. Luego usaría el dinero para escapar de Volterra, tal vez volver a mi hogar al otro lado del continente, viajar a algún lugar tan frío y lluvioso que nadie reparara en mi piel de muerto, y sobre todo, conseguir unos lentes de contacto para mis ojos.

Por ahora ese era el plan.

-Hasta que ha aparecido. -se quejó una voz peligrosamente cerca, era casi tan perfecta o mucho más que la mía.

Sin detenerme a pensarlo, y confundida por el repiquete de la voz melodiosa en mis oídos, estuve agazapada, gruñendo y mostrando los dientes como perro rabioso.

Aquella voz soltó una pequeña carcajada semejante al sonido de unas campanillas, y salió de la oscuridad de uno de los árboles, se descubrió el rostro y pude distinguir el perfecto cabello claro de sus sienes. En aquel instante no tenía la menor idea de quién podía ser, perono tardé mucho en saberlo: *Jane,*tan hermosa y peligrosa al mismo tiempo que su belleza y cuerpo menudo crean la falsa ilusión de compasión, compasión que jamás ha tenido.

-Bien... -prosiguió con voz de sirena- tienes dos opciones: regresar o morir. -concluyó con una risita musical.

No entendí lo que dijo, tuve que detenerme a decodificar sus palabras cortantes. La niña perversa me observaba con un rostro serio, inescrutable. Mi mente procesó rápidamente el significado de la oración luego de percatarme de sus tres acompañantes. Jane no me intimidaba, la muerte era algo que venía anhelando desde que *desperté.*Pero sólo por precaución centré el campo principal de mi mente en sus labios carnosos, y sus ojos de ámbar intensos a la espera de una señal. Los otros dos tercios los dediqué a las tres figuras restante, y me quedé quieta, relajé la postura y me erguí aparentando orgullo.

Jane me hizo pagar caro el atrevimiento. Enfocó sus ojos en los míos y sin siquiera pestañear, inicié a sentir cada célula de mi cuerpo ser arrancada de cuajo. Un dolor inmensurable, comparado solamente a cien veces el fuego de la transformación o más.

Oí el débil gruñido de la chica, como si le enfureciera algo, entonces respondieron mi intriga:

-No es tan divertido. No se queja. -casi dijo entre dientes.

Me concentré en la mueca de su rostro, a pesar del terrible sufrimiento, todavía podía verla sólo que un poco más borroso.

Detente...