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Never Coming Home. — capítulo 4

Detente... -rogué mentalmente y por fin fui escuchada.

Jane sonrió altiva, algo enfurecida, pero ese era un detalle que sólo yo podía percibir estando tan acostumbrada a la máscara de mi madre cuando fingía no estar enojada sólo para ponerme los pelos de punta.

-Decide. -espetó- No tengo todo el día.

-Jane... -surgió la segunda figura. Su rostro perfecto, la réplica de ella en versión masculina, su voz musical y apacible-Tenle paciencia, Aro se enfadará si... -siseo tan despacio como el ruido que hace un libro al ser puesto sobre una mesa.

-Lo sé. -remarcó ella con su tono siempre frío tomando su mano cuando Alec la hubo extendido.

¿Y bien? -dijeron sus ojos helados. Reflexioné una centésima de segundo mi respuesta: cogí la capa -siempre manteniendo los ojos en alguno de sus movimientos, y de los dos que continuaban en la oscuridad- di un paso hacia adelante y les inquirí con la mirada "¿Hacia dónde?"

Del mismo árbol emergieron los otros dos individuos, quienes inmediatamente repararon en mí. Les ignoré olímpicamente, me limité a seguir la figura menuda de Jane, y dejar que los otros me rodearan como cazadores tras su presa.

Se preguntarán por qué demonios decidí irme con una mujer diabólica, el inexpresivo de su hermano, la mole gigantona de nombre Félix, yel imbécil de Demetri, pues es muy simple: venganza. No sabía cuándo ni cómo, pero recordaba sus caras entre los asesinos, y no dejaría pasar una oportunidad así. Sería un perro fiel, hasta el momento en el que tuvieran un sólo desliz, allí encontrarían la muerte a pedazos. Sonreí sin poder evitarlo.

Demetri pensó que iba a atacar a Jane por la espalda, en menos de una milésima de segundo me paró en seco murmurando un "señorita…", pero fui más veloz y supe esquivarlo saltando enérgicamente por encima. Desde ahí en adelante procuré ocultar toda emoción ante él, quien jamás ha bajado la guardia.

Ni Jane ni Alec se tomaron la molestia de detenerse, por el contrario, aumentaron la velocidad lo que para mi asombro significó pasar de un trote liviano a uno un poco más activo. Felix y Demetri, se mantuvieron a los costados como antes, miré de soslayo la piel pálida olivácea de ambos, los músculos de Felix que lucían tan desproporcionados comparándolos con el cuerpo de Demetri. No cabía duda, no importaba lo diferente que fueran sus facciones, todos parecían aplastar con una solo dedo toda la belleza de los modelos, ellos son algo así como dioses -gruñí interiormente: mi condición de "agraciada" fue relegada a un "poco favorecida".

Llegamos a un callejón oscuro, que conforme avanzábamos se estrechaba en algunas curvas. Seguimos hasta el fondo de él en picada y cuando una pared de ladrillos nos cerró el paso, vi desaparecer a Jane en lo que parecía una alcantarilla. Al estar enfrente vacilé.

-La damas primero. -fue la primera vez que oí el tono burlesco de Felix.

Descendí lentamente por el agujero, cayendo con precisión sobre mis pies. Nadie paró, siguieron en descenso por varios túneles, unos más amplios que otros, y finalmente desembocamos en un pasillo alargado color hueso, desde allí se produjo una sucesión exasperante de pasillos y más pasillos; lo que indudablemente me llevó a preguntarme cómo diablos habíamos llegado -cuando era humana- hasta el salón.

Hastiada de la oscuridad y los interminables laberintos, bufé sonoramente. Escuché una risa ahogarse aparentemente con una mano, eran las carcajadas de Felix que no perdía pista de mis gestos. Me bastó girar levemente la cabeza para mirarle por sobre el hombro, y fulminarlo a falta de mejor arma: de todas formas Demetri curvó una comisura de su boca formando -muy pequeña- pero al fin y al cabo una mueca. Suspiré suavemente, él es como un maldito detector.

Para cuando estuvimos en frente de la misma puerta maciza, mi cabeza reprodujo a una velocidad vertiginosa la masacre, apreté ligeramente los puños y endurecí la mandíbula, en el peor de los casos podría terminar mis días en este mismo instante.

-No dialogues, si no te hablan. -esta vez Demetri se dirigió a mí.

Fruncí el seño, ¿le parecía que era de las chicas conversadoras? Claro, como he estado platicando todo este tiempo-ironicé mentalmente.

Entrar esta vez no tuvo el mismo efecto que la vez anterior. Sorprendida, es verdad, pero no maravillada.

-Jane, querida, excelente trabajo. -su voz hizo eco en mis oídos como un suspiro matizado de expectación.

Levanté la vista del piso, encontré unos ojos burdeos quietos sobre mí, me escrutaban con una sonrisa ansiosa desmenuzando cada uno de los detalles perceptibles: mis gestos, mi postura aparentemente relajada.

Aro hizo una pausa para concentrarse en el rostro de Jane, tomarlo entre las manos níveas y besarle cual padre. Fijé los ojos en el suelo, siempre atenta a las reacciones: tranquilos, ninguno de ellos atacaría ahora.

El anciano de piel traslúcida, como la capa de una cebolla, flotó hasta mí sin perder la ansiedad escrita en su cara antojándoseme que su mirada no era otra que la de un niño encaprichado.

-Bienvenida a casa. -suspiró mientras extendía las manos en señal de recibimiento.

No pude hacer otra cosa que mirarle y asentir respetuosamente. Demetri me ordenó callar, y eso era exactamente lo que pensaba hacer.

-Pequeña… -prosiguió revoloteando a mí alrededor- qué confundida debes sentirte, mí pequeña.

Jane torció el gesto al escuchar decir a Aro "mí pequeña", aunque desde luego no fue la única: tampoco me agradaba el timbre de sus palabras; como si fuera de su propiedad, ¡JÁ!

-… yo, ¿podría? -dijo acercando una mano.

Mis instintos fueron mucho más rápidos que la lógica, no hubo acabado de estirar el brazo cuando retrocedí de una zancada tres metros emitiendo un sonido gutural bajo, casi inaudible, con los labios entreabiertos y los ojos atentos. Estaba lista para morder y desgarrar.

-Grr… -fue un ruido grupal. Lo oí al instante de haberme alejado, todos en la habitación cambiaron su postura a una de ataque, me tenían rodeada en un círculo de seis metros de radio.

-Paz. -dijo Aro alzando la mano izquierda. Los ánimos retornaron a la calma, sin embargo, la tensión permaneció en el aire, la podía respirar fácilmente, y cuando él me pidió nuevamente lo dejase tocarme me vi obligada a ceder. Tal vez si hubiera conocido en ese momento el poder de Aro para "oír" cada uno de los pensamientos que haya podido tener, habría dejado que me aniquilasen en seguida y de paso me ahorraría ese jueguito truculento. Después de todo: "Los Vulturis, no damos segundas oportunidades."

Extendí la mano resignada, él la tomó entra las suyas y enfocó sus ojos en un punto vacío, mantuvo sus palmas tibias unos segundos y las soltó con un repentino semblante duro, severo, reprobando alguna cosa que "escuchó".

-¿Qué…? -susurré con mi voz musical movida por la fuerte curiosidad.

-El maestro, tiene la capacidad de escuchar cada pensamiento que hayas tenido con sólo tocarte. -informó alguien a mi espalda, probablemente Alec.

Tragué saliva: estaba frita. Demasiado como para osar intentar matar a Aro y escapar en la conmoción del momento, incluso si esa conmoción duraba un segundo, y me permitíallegar hasta la salida todavía fresca en mi memoria.

-Impresionante… -caviló otro poco- pero muy decepcionante. -agregó con un tono apenado- Aún no conoces a tu familia, y ya piensas en traicionarla.

Aro lucía realmente triste, concentrado en lo que fuera que estuviese tramando. Súbitamente alguien siseó un "señor…", a lo que el interpelado hizo una seña de "no molestar" dando terminado así el pequeño monólogo.

El anciano giró y rehízo sus pasos, apoyando ligeramente los dedos alargados sobre su mentón: Aro deliberaba consigo mismo qué hacer.

-Pero dudas… -musitó luego de un rato- ¿dudas? -repitió esperando una contestación.

Mordí mi labio inferior, era un mal hábito de la infancia que sólo florecía cuando me encontraba en situaciones de mucha presión o duda. Sin embargo, esa fracción de tiempo que usé para morderme el labio le bastó como respuesta.

-¡Maravilloso! -dijo con júbilo- Santiago… -chasqueó los dedos y alguien surgió velozmente de mi izquierda- traed a mis hermanos. Deben estar presentes.

Él sonrió mientras sus ojos brillaron moviéndose de un lado a otro: algo me decía que Aro había tenido una idea excelente, o que deliberadamente se enamoró de las piedras grisáceas bajo sus pies.

-¡Hermanos! -hubo dicho cuando éstos cruzaron el umbral de la puerta gigante.

Ambos vampiros entraron como si flotaran, con sus ropas oscuras y finas y su presencia imponente de magnificencia y poder.

-¿A qué viene esto? -dijo Caius una vez sentado en su silla.

-Caius, Marcus… -respondió Aro acercándose.

En toda mi vida había visto un sujeto tan desinteresado y aburrido como Marcus; se limitó a tomar asiento en el otro extremo dejando libre el asiento de al medio.

-Hay que matarla, Aro. Nos traicionará en cuento le demos la espalda. -pronunció las palabras con voz melodiosa, reposada, y calmada.

-No deberíamos experimentar. -reprobó el anciano de cabello largo y rubio.

-No lo hará Marcus. -se limitó a decir- ¿verdad que no? - me inquirió.

Negué tímidamente con la cabeza. Mis planes estaban siendo destrozados.

-¿Lo ven?, díganme si no es todo un prodigio.

Por primera vez los vampiros de esa misma piel de cebolla dirigieron sus miradas hacia mí, pero no duró más que un par de segundos.

-Si he consentido semejante aberración, sólo ha sido porque es necesario. Pero no me importunes con pequeñeces.

Obviamente Caius me odiaba tanto como Jane. No… ella me odia aún más, basta con contemplarla con cuidado.

-Ya lo verán, mis hermanos. -dijo sin que la dicha abandonara el tono de su voz- Lo verán…

¿Ver qué?-me pregunté- ¿A qué diablos se refieren?

-Felix. -nuevamente chasqueó los dedos.

-Que comience el juego.