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Tus ojos del color del mar — capítulo 2

La vieja Mags está ahí, cuando era chica yo pasaba más tiempo en su casa, en la aldea de los vencedores, que en la mía.

Me toma de las manos, las suyas están frías y son muy ásperas, pero me reconfortan.

También está otro joven, Finnick Odair, con su cabello del color de la arena y sus ojos azules.

Ambos nos invitan a sentarnos en una mesa repleta hasta el borde de alimentos, el alcalde nos dice que tan solo iremos nosotros cuatro al Capitolio, después de desearnos suerte baja del tren y nos quedamos solos.

-Así que... Los Juegos del Hambre, eh- Finnick intenta empezar una conversación.

-Si, supongo que sí- le dice Callidus encogiéndose de hombros

-Que bien, que bien.

-¿Bien?- le digo con incredulidad.

-Bueno, ustedes no hablan, solo quería ser cortés.

-Sigue intentando- respondo ya un poco más irritada.- que no lo haces muy bien.

Finick Odair, para mi gusto es un muchacho que se cree sex symbol tan solo por haber ganado Los Juegos tan joven.

Según lo que me he enterado pasa más tiempo en el Capitolio que en el Distrito 4, lo cual me enfada bastante, ¿qué el sitio que lo vio nacer ya no merece su grandeza?

-No te enfades, sirenita- me dice con una media sonrisa.

-No me vuelvas a llamar así.

-¿Te molesta, sirenita?

-Cállate.

-Jamás, sirenita.

-Contrólense los dos- Mags interviene y yo bajo la mirada avergonzada.

-Perdón.

-El viaje no será muy largo- continúa Mags- será mejor que coman algo y se den un baño.

Callidus y yo obedecemos, lo cierto es que la comida es deliciosa, en el Distrito 4 jamás tenemos tanta comida tan buena; generalmente nos conformamos con lo que sobre de pesca en el día, algunas raíces y un poco del pan verdoso que tanto detesto.

Finnick también come hasta reventar aunque Mags apenas prueba unos bocados.

Al terminar Callidus se despide de mí y se dirige al fondo del pasillo junto con Finnick, quién le enseñará su habitación.

Mags me acompaña al lado contrario y me invita a pasar al que será mi cuarto por las próximas horas, hay una gran cama y un baño.

Sobre una silla hay un vestido azul cielo y unos zapatos a juego, también un broche para el cabello en forma de estrella de mar.

Me dice como usar la regadera ya que con tantos botones me encuentro perdida.

-Todo estará bien- me susurra antes de salir de la habitación.

-Eso espero- le respondo mientras me sumerjo en el agua perfumada.

Tomo un baño largo y relajante, el agua siempre a sido mi salvación; finalmente me envuelvo en una toalla y seco mi cabello.

Me pongo la ropa que me han dejado, el vestido casi me llega a las rodillas y los zapatos no tienen tacón por lo que no tengo que preocuparme de caer.

Cepillo mi cabello negro y le pongo el broche naranja.

No se que debo hacer ahora así que me siento en la orilla de la cama y miro como los paisajes pasan rápidamente por la ventana.

Alguien toca la puerta y me sobresalto.

-Pase- digo en voz alta, la puerta se abre y entra Callidus, él lleva unos pantalones negros y una camisa azul como mi vestido.

Después de cerrar la puerta tras él, viene a sentarse a mi lado.

-¿Estás bien?- me pregunta con una sonrisa.

-¿Cómo se supone que debería de estar?- le contesto sinceramente- destrozada, aterrada, sin esperanzas.

-No digas eso- toma mi mano entre las suyas y me mira a los ojos- sé que es difícil, pero no podemos darnos por vencidos. Haré todo lo posible para que salgas con vida.

-No, no- digo quitando mi mano de las suyas- eso jamás, en cuanto pongamos un pie en la arena nos separaremos; no dejaré que te quedes conmigo, te matarán.

-Te matarán a ti si no lo hago.- me dice mientras vuelve a tomar mis manos

-Mejor ¿no?, así tendrás más posibilidades de ganar.

-No te dejaré morir.

-Piensa en tu madre, en Liny. Si mueres ellas no podrían sobrevivir.

-Claro que podrían- me dice con una mueca- no son tontas, mi madre a vivido como madre soltera desde que yo nací. Sabe cuidarse sola. Además tú debes de pensar en tu padre.

-¿En mi padre dices? ¡Já! Él estará mejor cuando yo muera, al menos tendrá una boca menos que alimentar.

-Sabes que no lo dijo en serio, en realidad él te quiere; tan solo estaba enfadado porque yo me interpuse cuando el iba...- se queda callado y un ligero rubor sube a sus mejillas.

-¿Cuándo él iba a golpearme?- le digo sonriéndole- No te preocupes por ello, estoy acostumbrada. Aunque de todas formas gracias, me salvaste de una buena.

-De nada- dice mientras se ruboriza aún más.

La puerta se vuelve a abrir y por ella entra Finnick Odair.

-No es tiempo de darse una escapada tortolitos- ahora me doy cuenta de  la imagen que debemos presentar: tomados de las manos, hablando en susurros y con un Callidus ligeramente avergonzado.

-¿Qué no te enseñaron a tocar?- le dije con enfado.

-¿Interrumpí algo, sirenita?

Solté a Callidus y me enfrente cara a cara con Finnick.

-Si me vuelves a decir así una vez más ­­no respondo.

-¿Qué vas a hacer? ¿Golpearme?- me dice con burla para luego agregar- sirenita.

Lo intento, mi mano extendida vuela con rapidez hasta su mejilla y definitivamente el golpe me duele más a mí que a él, que ni se inmuta.

Parece de roca.

-Sigue intentado- utiliza mi propia frase con una sonrisa mientras bajo mi mano adolorida.- que no lo haces muy bien.

Callidus se levanta a mi lado y me pone una mano sobre el hombro.

-Bueno, ¿venías a decirnos algo más o solo a que Annie te golpeara?

-Ya, ya. Mags me mandó a decirles que llegaremos antes del anochecer, aún así calculo que faltan unas cuatro horas.

-Gracias por el mensaje, lo tendremos en cuenta.

Finnick se encoge de hombros y sale de la habitación.

Callidus me voltea a ver mientras sigo moviendo con lentitud los dedos de mi mano; seguro que me rompí algo, aunque sé que no es así.

-¿Estás bien, Annie?- me dice.

Río bajito y le contesto.

-¿Te das cuenta que es la tercera vez en el día que me lo preguntas?

-No- Me responde también sonriendo- no me había dado cuenta.

-Gracias por preocuparte. Y si, creo que estaré bien.

-Entonces vamos afuera siempre me he preguntado como son los otros distritos.

-Vamos- les respondo mientras salimos de mi cuarto.

Abrimos una puerta que nos deja salir al exterior del tren, el sol aún está muy alto e ilumina todos los paisajes de una forma hermosa.

Campos, lagos, montañas, vemos de todo.

Nos quedamos ahí hasta que la temperatura empieza a bajar y nos empezamos a entumir, aunque se que todavía faltan días para Los Juegos estoy más nerviosa que nunca.