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Tus ojos del color del mar — capítulo 4
Me lleva al nivel inferior del centro de renovación donde Callidus y su estilista ya nos esperan, mi compañero también lleva el cabello lleno de algas marinas, lo que le molesta e intenta apartar de su rostro sin mucho éxito.
Lleva un ceñido mono azul sin mangas con otros tantos peces en él, cada paso que da parece como si los animales estuviesen vivos.
-Esto es ridículo- me dice cuando estamos lo suficiente cerca para que nuestros estilistas no nos oigan.
-¿Y me lo dices a mí?- Le respondo jalando mi vestido para conseguirle un largo decente, la tela parece de látex y da la impresión que mientras más lo bajo regresa aún más arriba, así que desisto.
La ceremonia inaugural va a empezar y están subiendo a las parejas de tributos en unos carros tirados por grupos de cuatro caballos. Los nuestros, como no, son del color del mar y están tan bien entrenados que no necesitan ningún jinete que los guíe. Eliner y el estilista de Callidus nos ayudan a subir y arreglan unos cuantos detalles de nuestros trajes antes de apartarse para seguir chismorreando entre ellos.
Los nervios crecen más y más dentro de mí, me seco con cuidado el sudor de las manos en el vestido y aparto un par de algas que me han caído sobre la cara.
Mi compañero me voltea a ver con sus ojos avellana y me dedica una sonrisa, de repente empieza la música de apertura. No cuesta oírla, la ponen a todo volumen para que el Capitolio entero la pueda escuchar. Unas puertas enormes se abren a la calle repleta de gente y los carruajes comienzan a avanzar.
No tengo tiempo para prepararme cuando me doy cuenta que los tributos del Distrito 3 ya han salido.
-Suerte, sirenita- Volteo a tiempo para ver a Finnick quien con una sonrisa triunfal logra desconcentrarme lo suficiente para salir con cara de idiota a la ciudad. Por suerte logro recomponer mi rostro y Callidus me da una palmada en el hombro para que mire al frente.
La gente aclama y aplaude, me siento cohibida y un rubor empieza a subir por mis mejillas, <<Distrito 4>> los oigo gritar y noto que no soy la única apenada, Callidus está de un tono tan rojo que debo evitar esbozar una sonrisa.
Conforme avanzamos los gritos hacia nuestro distrito y hacia nosotros como tributos van disminuyendo, si bien, el Distrito 4 es considerado como un distrito de "profesionales", por ahora nuestros trajes no son tan sorprendentes como, por ejemplo, los del Distrito 2, así que nos olvidan fácilmente.
Los doce carros llegan al Círculo de la Ciudad, nuestros caballos nos llevan justo hasta la mansión del presidente Snow, y allí nos paramos, unos minutos después, cuando llegan los del Distrito 12, la música termina con notas largas.
El presidente nos da la bienvenida desde el balcón que tenemos en frente, su rostro siempre me ha atemorizado ya que me recuerda que él es el verdadero causante de todas las desgracias que ocurren en mi Distrito, y en todos los demás, supongo.
Las cámaras enfocan a cada pareja y veo mi rostro anonadado en una pantalla gigante, bajo la mirada y pasan a los siguientes tributos.
Empieza a sonar el himno de Panem y los carruajes dan una vuelta más al Círculo de la Ciudad antes de entrar al Centro de Entrenamiento.
En cuanto se cierran las puertas suspiro y me abrazo el cuerpo, jamás había estado ante tanta gente y los temblores del nerviosismo aún me atacaban.
-Los hiciste muy bien pequeña- Mags está a mi lado y me ofrece una sonrisa sin varios dientes, no puedo más que asentir una y otra vez.
-Mejor que bien- añade Finnick entusiasmado- ya he hablado con un par de patrocinadores que les han puesto los ojos encima.
Me dedica un guiño, probablemente esos patrocinadores estén más interesados en Finnick Odair, que en dos enclenques tributos que no parecen ni mortíferos ni adorables. Seres invisibles.
Entramos al edificio, que está diseñado exclusivamente para los tributos y su equipo. Cada distrito tiene una planta entera, sólo hay que subir a un ascensor y pulsar el número correspondiente al tuyo.
Las paredes del elevador están hechas de cristal, veo como la gente que está afuera comienza a empequeñecerse conforme subimos, por suerte no vamos hasta arriba ya que, sinceramente, odio las alturas.
Mi habitación es enorme, más de lo que siempre acostumbré. Después de varios intentos logro quitarme el ajustado vestido y aviento los zapatos a un rincón, entro en la ducha y tan solo con el agua froto mi rostro hasta que queda completamente libre de las capas de maquillaje.
Es sorprendente lo bien que me siento ahora, aquí bajo el agua es casi como estar en casa. Cuando era una niña pequeña no sabía nadar, recuerdo que me sentaba a la orilla de la playa o me recargaba en la barandilla del bote de mi padre, viendo con envidia a los demás chicos del distrito hundirse entre la espuma del mar. Un día con decisión me había aventado al agua, había sido una experiencia horrible de la que recuerdo poco; me movía mucho intentando respirar aunque por mi nariz y boca tan solo entraba agua, finalmente alguien me había sacado del mar y me había arrastrado hasta la orilla.
Desde ese momento la vieja Mags, que era más mi familia de lo que consideraba a mi propio padre, me enseñó a nadar; brazadas rítmicas y pausadas, respira por la boca Annie, sácalo por la nariz.
Poco a poco fui adquiriendo confianza hasta convertirme en una excelente nadadora, es curioso que Finnick me llame "sirenita" ya que era así como me llamaba Mags al ver como me movía dentro del agua... bien, tal vez no sea tan curioso, ya que es evidente que la vieja Mags es importante para él, también su única familia, parece.
Salgo de bañarme y me paro sobre un tapete que me seca con una suave brisa, me pongo un pantalón negro y un suéter blanco calentito. Eliner toca la puerta y me avisa sin mucho entusiasmo que ya es la hora de la cena.
Río entre dientes ya que verdaderamente ese no es el trabajo de los estilistas, sin embargo, desde que el Distrito 4 perdió a su acompañante el año anterior la vacante se ha mantenido vacía y los estilistas han tenido que tomar más de una tarea a su cargo.
La cena se desarrolla en silencio, como con avidez pensando que al menos debo de aprovechar las últimas comidas abundantes que me quedan.
Finnick no llega hasta que estamos terminando con el postre, una tarta de manzana cubierta de caramelo, es entonces cuando nos sentamos en una salita circular y en una gran pantalla nos disponemos a ver la repetición del desfile.
Es sencillamente sorprendente, cada carruaje trae una pareja de tributos que apantalla más que la anterior, nosotros no somos la excepción; nos vemos deslumbrantes con nuestros atuendo azules, aunque realmente no destacamos sobre los demás.
Como siempre los tributos del Distrito 1 y 2 se ven más preparados de lo normal, el chico del Distrito 1 sonríe a la cámara dejando ver una hilera de dientes filosos que no me parecen naturales.
La chica del distrito 7 me hace, literalmente, encogerme en mi asiento. Va cubierta por una especie de corteza de árbol; sus ojos son de un verde muy intenso, no son como los míos, tranquilos como el mar; brillan como las hojas en una tormenta. Por un momento me parece que me está viendo, que me ve directamente a mí, entonces se lleva un dedo a la garganta y lo desliza sobre ella.
-¿Estás bien, Annie? Te has puesto muy pálida- Callidus me pone una mano sobre la frente.
-Si... si... estoy bien.- le miento mientras los dos últimos tributos, muy delgados y vestidos con trajes de mineros, desaparecen de la pantalla.
-Mañana es el primer día de entrenamiento- Dice Mags apagando el televisor.
-Supongo que nos veremos temprano- dice Finnick encogiéndose de hombros y soltando un bostezo- mejor me voy a dormir.
-Temprano- repite Mags a la espalda de Finnick que se aleja hacia su habitación- será mejor que ustedes también duerman.
Cuando Callidus y yo nos despedimos a la puerta de mi habitación los ojos se me empiezan a nublar.
Me acuesto sobre la cama y me encojo abrazándome el cuerpo; no quiero morir, no ahora, no quiero entrar a la arena, tampoco quiero matar, no quiero que esto continúe.
La última imagen que me llega a la mente antes de caer dormida es el rostro de la chica del Distrito 7, viéndome fijamente con sus brillantes ojos y simulando una degollación sobre su propio cuello.