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Saldando Deudas — capítulo 9
Pido perdon antes de subir el capitulo y de paso les comento que va a ser un toque dramatico, si no es mucho. Se que no les va a gustar pero es necesario.
Ahora si las dejo y espero que por muy feo que sea haya algo que les guste
Capítulo 9
Había mucha gente en el aeropuerto y Hermione se quedó junto a Draco, mientras esperaba que anunciaran su vuelo. —¡Draco! Lamento llegar tarde. — Hermione se sintió dominada por la incredulidad al ver que Rebecca se acercaba hacia ellos.
—El taxi ha quedado atrapado en un embotellamiento de tráfico que ha durado una enormidad —se disculpó y se volvió a Hermione, saludándola cortésmente—. Buenos días.
—¿Usted va a acompañar a Draco? —¿Por qué tenía que preguntar algo tan obvio? Sin embargo necesitaba que se lo confirmaran.
—Sólo hasta Melbourne —intervino Draco cortante—. Rebecca es una secretaria eficiente.
«Apuesto cualquier cosa a que lo es», pensó Hermione, sintiendo un intenso dolor en el pecho al pensar que iban a estar juntos. En ese momento anunciaron el vuelo y Draco se inclinó hacia ella dándole un beso casi indiferente.
—Piensa en mí —le dijo antes de dirigirse hacia la salida.
Tan pronto como desaparecieron, Hermione se volvió hacia Spiros y le indicó que ya podían regresar.
Durante el viaje a la casa, no pronunció una sola palabra y al llegar, miró sorprendida a Spiros cuando éste le dijo que le acompañara a la cocina. Una vez allí, la llevó a un rincón donde oyó un lastimero gemido que provenía de un camastro cerca de la puerta.
—Es para usted, señorita Hermione —le dijo Spiros, sonriente—. El señor Draco ha pensado que le serviría de compañía en su ausencia.
Sentado en una pila de mantas, un hermoso cachorro Shar - pei les miraba con enormes ojos marrones y tristes, sacudiendo sus largas orejas y sin saber a cuál de los dos dirigirse en busca de cariño.
—¡Es precioso! —exclamó Hermione, anodinándose para cogerlo. Hundió el rostro en su sedosa y arrugada piel y después lo acarició.
—¿No tiene nombre aún? —miró a Spiros interrogante.
—El señor Malfoy quiso que se lo pusiera usted.
—Lo llamaré Rufus —repuso, muy complacida.
El cachorro era encantador y la seguía a todas partes. Incluso, un día saltó a la piscina en un esfuerzo por estar cerca de ella y, desde entonces nadaba un rato todos los días.
La primera semana pasó rápidamente y le resultó fácil ocupar todas las horas del día. Por la noche era cuando se sentía sola y cuando añoraba el calor del cuerpo de Draco.
Cada dos días, iba a visitar a la señora Malfoy. Almorzaba con ella en algunas ocasiones y le parecía muy agradable.
Draco la llamó por teléfono un par de veces y al escuchar su voz se desató en su interior una mezcla de emociones... En una ocasión quiso preguntarle por Rebecca, pero comprendió
Que hacerlo sería infantil y, por consiguiente se contuvo; pero esa noche permaneció despierta hasta más tarde de lo normal, viendo la televisión y tratando de engañarse al fingir interés por el programa.
A la mañana siguiente, Hermione despertó sintiéndose como si hubiera dormido sólo unas horas, aunque ya eran más de las ocho. Percibió un extraño cansancio en las extremidades y un fuerte dolor en la espalda al que no prestó atención, pensando que se debía a una mala postura al dormir.
Se duchó y se vistió con un cómodo vestido de algodón, se cepilló el cabello y se hizo un moño. Después regresó al dormitorio.
Era la tercera mañana consecutiva en que despertaba sin experimentar las náuseas que siempre la hacían salir corriendo al cuarto de baño. El té y los bizcochos que tomaba antes de levantarse la ayudaban, pero ya se había resignado a los cambios que el bebé estaba ocasionando en su interior.
Había ensanchado un poco de cintura, pero por lo demás, seguía tan esbelta como antes.
—Buenos días, Serafina —le dijo alegre, cruzando la cocina y sentándose a la mesa. Ya le había preparado su acostumbrado vaso de zumo de naranjas, así como la mantequilla y la mermelada para el pan tostado.
—Es un día hermoso —comentó la buena mujer, después de devolverle el saludo—. ¿Ha visto cómo brilla el sol?
—Sí y lo que es más, pienso nadar en la piscina y empezar a tomar el sol para ponerme morena ya que no puedo hacer nada útil. Creo que Draco estará de acuerdo ¿no te parece?
Serafina hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y luego preguntó:
—¿No tiene planes para hoy?
—No, me quedaré en casa a descansar.
Se puso un sombrero, se tumbó en el césped de la piscina y se puso a leer; también dormitó un rato y más tarde se metió en la piscina para nadar. Sintió el agua fresca, acariciándole la piel. Se sentía relajada y nadó un buen rato.
Fue al salir de la piscina cuando se sintió mal, siendo presa de un intenso dolor en las entrañas. Permaneció de pie durante varios segundos, inmovilizada por el dolor, pero desapareció con la misma rapidez con la que había llegado.
Quizá se había excedido al nadar, aunque no era posible. Tampoco podía deberse a algo que hubiera comido; sólo quedaba una alternativa lógica y el corazón comenzó a latirle acelerado por el temor.
¿Un aborto? ¿A los tres meses? Su ginecólogo parecía estar encantado con el progreso del embarazo.
Por Dios, pensó asustada, mientras recogía la toalla y se secaba. Sin duda habría alguna explicación sencilla para lo que le pasaba. De todas formas, al día siguiente debía acudir a su cita para la revisión mensual.
Una vez en la casa subió a la planta alta y se vistió para bajar a comer.
Cuando estaba al pie de la escalera, sintió de nuevo el dolor, esta vez con más intensidad, se aferró a la barandilla y tuvo que sentarse después en un escalón, rodeándose las rodillas con los brazos.
—¡Serafina! —gritó, angustiada.
Se sintió más calmada al oír los presurosos pasos de la mujer y fue poco lo que tuvo que explicarle para que saliera a buscar a Spiros.
Lo que sucedió después, lo recordaba como en sueños, pues perdió la noción del tiempo.
Spiros llamó por teléfono al médico y pocos minutos después la llevaban al hospital en una ambulancia. Al llegar, la llevaron a la sala de emergencia con rapidez. Estuvieron un rato con ella varios médicos y luego, las enfermeras se turnaban para tomarle el pulso, la tensión, o sólo para hacerle preguntas.
Volvió a ir luego un médico, la examinó, habló con la enfermera jefe y más tarde anunció que el aborto era inminente. Se apoderó de Hermione un extraño aturdimiento, impidiéndole pensar. Quería gritar, decirle que no era cierto lo que estaba sucediendo, pero al sentir otra dolorosa punzada en el vientre, supo que era una tontería no aceptar la realidad.
Los dolores se presentaban con más frecuencia, aumentando en intensidad, al tiempo que el útero se dilataba para expulsar el feto.
A las cinco, dos celadores la llevaron en una camilla hasta el ascensor, dejándola en una habitación aislada por una cortina donde, después de más estudios y comprobaciones, la dejaron sola.
Horas más tarde vio que entraba Draco, y se acercaba a la cama.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella en tono casi acusador.
—Me llamó Spiros y he venido en cuanto pude.
—No hay nada que puedas hacer.
—Puedo permanecer aquí, contigo.
Un intenso dolor le recorrió el cuerpo y dejó escapar un gemido de dolor.
—¿Por qué? ¿Ni siquiera puedo tener intimidad para hacer esto sola? ¡aahh!
Nunca la había herido nada tanto como aquello. Draco lanzó una maldición, entre dientes.
—¿En dónde demonios están las enfermeras y los médicos? —Oprimió el timbre con insistencia hasta que llegaron los auxiliares.
—¿No le pueden dar algo para aliviarle el dolor?
Poco después entró un hombre vestido con una bata blanca y le puso una inyección en el brazo que pronto la hizo sentirse adormecida. El dolor continuaba, pero no con la intensidad de antes. Le introdujeron una aguja en el brazo para ponerle suero y todo lo que pasó después lo recordaba como entre brumas.
Debió quedarse dormida, pues, cuando despertó se encontraba de nuevo en su cuarto. Las cortinas de las ventanas estaban corridas y ya no tenía dolor, sólo sentía un vacío. Despacio, recorrió con los ojos la habitación y se sobresaltó al ver a Malfoy sentado en una silla cerca de la cama.
No estaba dormido, pero parecía tener la mente en algún otro lugar, por lo que pudo contemplarle durante largo rato sin que él se diera cuenta. Notó el cansancio que se adivinaba en sus ojeras y la expresión sombría de su rostro. El miró hacia la cama y sus ojos se encontraron.
Durante un momento, no pudo hablar pero al fin logró preguntarle:
—Ya ha terminado todo ¿no es cierto?
Él vaciló y después movió afirmativamente la cabeza.
—Sí.
Hermione cerró los ojos, preguntándose si él podría culparla por lo ocurrido y sintió un horrible nudo en la garganta.
—¿Es muy tarde?
—Son más de las once.
—Vete a casa, Draco —le dijo, cansada.
Hundió el rostro en la almohada y las lágrimas que había reprimido comenzaron a brotar de sus ojos.
Sintió que él le rozaba la mejilla con un pañuelo, secando las lágrimas que corrían sin parar; pero eso fue más de lo que podía soportar.
—Quisiera estar sola —susurró.
Draco profirió una maldición en voz baja y después se levantó.
—Le diré a la enfermera que te dé algo para dormir.
Cuando oyó a la enfermera que hablaba en voz muy baja, vio que Draco estaba sentado de nuevo en la silla, junto a la cama.
Aún no había amanecido, cuando los primeros ruidos del día hicieron a Hermione salir de su sueño.
Las cinco de la mañana era una hora desagradable para despertar y, durante largo tiempo, siguió debatiéndose entre la vigilia y el sueño, hasta que una enfermera insistió en que se levantara a darse una ducha.
Después de la hora de la comida comenzaron a llegar enormes ramos de flores. El mensaje que venía en la tarjeta que las acompañaba era breve y no pudo decidir si era un gesto sincero o si sólo cumplía con lo que se esperaba de un marido. En tinta negra había escrito: Con amor, Draco.
Por la tarde, a la hora de las visitas, llegó Sophie y su trato cariñoso fue como un bálsamo para el dolor de Hermione.
Más tarde recibió otro ramo de flores que la hizo llorar, al ver que lo habían enviado Serafina y Spiros.
Draco apareció a las siete. Hermione sintió que se ponía tensa. Él se acercó a la cama e, inclinándose, le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor —logró responder.
Después, reuniendo suficiente valor, se atrevió a decirle:
—Gracias por las flores.
—¿Necesitas algo?
¿Necesitar? Necesitaba lo que acababa de perder. Deseaba gritarle que deseaba a su hijo, al hijo de Draco. Al asimilar sus pensamientos, se sorprendió. Hasta ese momento, había tratado de no pensar en ello.
Observó los duros rasgos de su rostro, y con un suspiro, contestó:
—No.
—El médico dice que podrás volver a casa pasado mañana. —Ya se lo había dicho también a ella. ¿Qué podía responder? —Hermione...
—No, Draco, por favor. No soportaría que me reprendieras ahora. Draco la cogió por la barbilla, obligándola a levantar la cabeza.
—¿Qué te hace pensar que quiero hacerlo? —Ella no contestó y después de un rato, Draco dejó escapar un suspiro, irritado.—Lo que ha sucedido ha sido obra de Merlín o del destino. ¿Quién lo sabe? Ahora, lo único importante es que te recuperes.
—La esperanza de tener un hijo no se ha perdido para siempre —le consoló Hermione, con tristeza—. El médico me ha dicho que, a pesar de todo, hay posibilidades de que me quede embarazada. Incluso, me ha sugerido que lo hiciera cuanto antes.
Draco se levantó y fue hacia la ventana. Durante largo rato, estuvo observando la escena que se veía abajo, hasta que después se dio la vuelta lentamente y comentó:
— Mamá lamenta no poder visitarte, pero me ha obligado a darle mi palabra de honor de que, cuando salgamos del hospital y regresemos a casa, pasaremos por la suya un momento para que te vea. Georgius te envía saludos y me dijo que tal vez te visite mañana por la noche.
—Todos me han enviado flores; por favor, dales las gracias en mi nombre.
—Te han tomado mucho cariño.
«¿Y tú?», quiso gritar, «¿Me has tomado cariño o todo sigue siendo un lamentable fracaso?»
Él, algunas veces era tierno y muy afectuoso, pero sólo para convertirse al momento en un tirano e inmisericorde. Tratar de descifrar sus propias emociones era ya bastante difícil, y mucho más tener que intentar comprender las de él.
—¿Cómo está Rufus?
—Te echa de menos.
Le creyó; el adorable perrito era cariñoso y leal.
—¿Qué me dices de tu viaje de negocios? Creía que volverías mañana.
La miró con violencia e irritación.
—Mi mujer, enferma en el hospital, es más importante que cualquier asunto de negocios.
Al cabo de un rato, Draco se fue y Hermione no le pidió que se quedara. Su abrumador atractivo parecía llenar la habitación y su poderosa fuerza la hacía sentirse increíblemente indefensa.
Durmió toda la noche y se despertó llena de vigor. Esa tarde fue a verla Sophie y después Serafina.
Hermione comió bien y se atrevió a andar por el pasillo para hacer un poco de ejercicio. Después de cenar, se dio una ducha y tuvo que hacer un gran esfuerzo para maquillarse y cepillarse el pelo. Poco después de las siete, entró Georgius, sonriente y ella sonrió a su vez, contenta.
—¡Georgius! ¡Me alegro tanto de verte!
—¡Vaya, ésta sí que es una bienvenida!
Fue hasta la cama y le dio un beso en la mejilla, después se sentó en el borde y se quedó contemplándola.
—Vaya, ésta sí que es una forma de llamar la atención —comentó refiriéndose a la gran cantidad de flores que había en la habitación—. Apenas hay espacio para andar.
A Hermione le brillaron los ojos y rió débilmente.
—Lo sé, todos fueron muy buenos conmigo.
—¿Todos?
—Sí —dijo poniéndose seria.
—Draco me ha dicho que volverás a casa mañana.
—No es necesario que permanezca aquí más tiempo.
Los bondadosos ojos castaños de Georgius la miraron con fijeza.
—Cuídate, pequeña cuñada —le sugirió con afecto—. Ese primo mío, en ocasiones es un verdadero salvaje.
—¿No lo son todos los hombres? —contestó, fingiendo indiferencia y haciéndole sonreír con ironía.
—Pero cierto rubio lo es con más frecuencia de lo que te atreves a reconocer, ¿no es cierto?
—Creo que será mejor que cambiemos de tema —respondió Hermione, con calma.
—Eres muy leal.
—¿No se supone que debo serlo?
Él extendió una mano y le acarició la mejilla.
—Eres una joven muy dulce, Hermione. Cuidas a los débiles y a los poco afortunados, a los niños y los animales —sonrió con cierta tristeza—. Es una lástima que Draco te viera primero.
—Sin embargo, así ha sido —intervino una voz profunda, desde la puerta.
Georgius sonrió, mientras que Hermione corrió la vista como si estuviera frente a un peligroso enemigo.
—Ah, ya has llegado —le saludó Georgius con frialdad. Draco le miró fijamente, antes de acercarse a la cama.
Hermione le observaba con los ojos muy abiertos y no pudo evitar el temblor de sus labios cuando la besó, de forma posesiva.
Al levantar la cabeza, vio la mirada de Draco, tenía una expresión sombría e insondable.
—Pareces muy mejorada.
—Sí…
Se sintió aliviada cuando terminó el horario de visitas. Georgius fue el primero en marcharse, sonriendo con ironía, lo cual indicó con claridad, que les daba tiempo para estar juntos. ¿Para hacer qué? quiso preguntarle mientras, en su interior, le suplicaba en silencio que se quedara. Comprendía que era ridículo sentirse así. Tarde o temprano tendría que enfrentarse a solas con Draco.
—Vendré a buscarte mañana a las diez —le comentó Draco, sentándose en el borde de la cama.
Su cercanía le preocupaba y sintió el latir acelerado de su pulso. Confundida, se volvió a mirarle, interrogante.
—Es posible que te den de alta sobre las diez o las once —le recordó él y Hermione se sonrojó.
—Puede venir Spiros a por mí —respondió.
—¿Hay algún motivo para que no te lleve yo a casa? —inquirió Draco, molesto.
Había un tono de arrogancia en su voz.
—No, claro que no —contestó seria inmediatamente—. Lo que pasa es que no quería molestarte.
La respiración de Draco era agitada y en sus ojos vio un destello amenazador.
—Piensas demasiado.
—Draco...
—Cállate —replicó tenso, mientras se inclinaba y la besaba con extraña ternura, buscando su boca con la punta de la lengua.
El beso le recordaba otras ocasiones, pero, al mismo tiempo, no le hacía exigencia alguna y después del primer momento, en que, por instinto, había tratado de rechazarle, comenzó a relajarse, sintiendo que Draco, en esta ocasión, estaba de buen humor.
Cuando él se irguió, experimentó una extraña sensación de pérdida y su sonrisa le hacía perder el control.
—Tengo que irme. Que duermas bien, te veré mañana por la mañana.
Cuando se fue, rechazó un sedante que le traía la enfermera.
El día siguiente amaneció brillante y claro y los rayos del sol lo iluminaban todo. Al pensar en regresar al lujo de la casa de Draco en Poínt Piper, sintió una mezcla de alegría y preocupación.
Cuando su marido entró en la habitación, acompañado por la enfermera y un médico, Hermione ya estaba lista.
Diez minutos después se encontraba sentada en el coche que conducía Draco en dirección al trasportador hacia M. Manor
—Iremos a comer, pero la he prevenido de que no nos quedaremos mucho tiempo.
¿Cómo podía haberlo olvidado? La señora Malfoy era una mujer que no carecía de tacto. Sophie estaba segura de que sería muy cariñosa con ella.
Y así fue. Habló poco, pero con sus palabras hizo saber exactamente lo que pensaba. Cuando llegó, la señora Malfoy la recibió con un abrazo breve, pero efusivo.
Narcisa estuvo alerta todo el tiempo, atendiendo sus deseos y ya eran casi las doce cuando Draco comentó que debían retirarse. Cinco minutos más tarde se encontraban en casa y Hermione tranquilizó a Serafina, asegurándole que se sentía bien.
Rufus parecía feliz, demostrando con sus ladridos que estaba encantado de verla de nuevo, tanto que Draco tuvo que sacarlo del salón para que se calmara.
—Ahora descansa un rato antes de comer —insistió él al observar la palidez de su rostro.
A pesar de sus protestas, la subió en brazos al dormitorio, la depositó en la cama y le quitó los zapatos.
Estaba peligrosamente cerca y para apartar de su mente su imagen, Hermione cerró los ojos.
—¿Deseas alguna otra cosa?
Ella quiso gritar que la abrazara, pero después de un momento de duda, hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—Vendré a buscarte a la una.
—No soy una inválida —contestó.
—¿He dicho en algún momento que lo fueras? ¿Por qué negarse a recibir un poco de amabilidad de un Malfoy?
—Imagino que habrás tomado el día libre en la oficina.
—Sí.
—Gracias
—¿Por qué? —le preguntó, tenso—. ¿Por demostrar que prefiero estar con mí esposa?
—¿De verdad? ¿Quiero decir, deseas estar conmigo?
—¡HERMIONE, por todos los cielos! —murmuró con vehemencia—. ¡Debería hacer que me pidieras perdón por lo que dices!
Le temblaban los labios y él, a su vez, hizo un evidente esfuerzo para controlarse. Ahogando una ronca maldición, se dio la vuelta y salió de la habitación.
La comida no fue, precisamente, un acontecimiento tranquilo. Aunque Draco pareció mantener una conversación normal las respuestas de Hermione fueron sólo monosílabos. Además, la presencia de Serafina al servir hizo imposible que se relajara el ambiente.
Esa tarde, Hermione trató de ver la televisión, miró algunas revistas e incluso durmió en el sofá durante un rato.
A las seis se dio una ducha y se vistió con un vestido estampado de seda, de colores suaves, complementando con zapatos de tacón bajo.
Cuando terminó, se miró en el espejo. Era la primera vez que Observaba su imagen completa desde que había entrado en el hospital y comprendió que su silueta era tan esbelta como siempre y sólo la mirada más perspicaz hubiera podido adivinar una ligera tristeza en su expresión.
Logró cenar algo, aunque casi no tenía apetito. Después tomó té, mientras Draco pedía, como siempre, café solo.
—¿Quieres ver la televisión?
Hermione alzó los ojos al oír la voz de Draco sorprendida, ella sabía que él no veía televisión y solo la había comprado para que ella no se aburriera. Asintió en silencio. Eso significaba que no tendrían que hablar y, aunque comprendía que alguna vez tendrían que hacerlo, prefería retrasar todo lo posible el enfrentamiento.
A las nueve se levantó expresándole su deseo de retirarse y Draco hizo lo mismo.
—Te acompañaré arriba.
—Noes necesario.
—Permítemelo —insistió.
—Lo mío ha sido sólo un aborto.
—Hermione, algo que casi siempre conlleva un trauma emocional.
—¿Qué pretendes, Draco? —preguntó con amargura—. ¿Consolarme?
—No soy tan inhumano para no darme cuenta de lo que estás sintiendo —le aclaró—. También era mi hijo.
Sintió que las lágrimas inundaban sus ojos y, al pensar que él la podría ver, se dio la vuelta y trató de huir. Sin embargo, tan sólo había dado dos pasos cuando la sujetaron los fuertes brazos de Draco y, sin esfuerzo alguno, la levantó.
—¡Bájame! —gritó.
—¡Quédate quieta, eres muy caprichosa!
En el dormitorio la estrechó contra sí. Era como si quisiera comunicarle una parte de su fuerza y después de varios segundos ella ocultó la cara en el pecho de Draco y dejó correr las lágrimas.
El rítmico latido de su corazón tuvo un efecto tranquilizador y después de un rato, se apartó de él.
—Acuéstate —le ordenó Draco—. Bajaré a apagar las luces.
Hermione comenzó a quitarse la ropa y entró en el cuarto de baño. Estaba muy cansada.
Cuando Draco se acostó, ella estaba empezando a quedarse dormida y no ofreció resistencia cuando él la rodeó con los brazos, colocándole la cabeza sobre su hombro, en un gesto cariñoso y protector.
Quiero que sepan que toda esta situación del bebé sirvió para el acercamiento entre Draco y Hermione, de todas maneras por supuesto que van a encontrar paz y por ahí tener otro hijo