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Saldando Deudas — capítulo 8
Holaaa perdon la tardanza. Respecto a algunos comentarios que recibí, les cuento que Draco no se anda besando con cualquiera! que horror! si fuera asi Hermione le tiraba un Cruciatus... NO SE DIERON UN BESO EN LA BOCA con Lana... En fin, espero que les guste este capítulo. No marca un graaan avance en la trama, pero es necesario para poder continuar con lo que sigue...
Capítulo 8
Draco tuvo una corta convalecencia. Unos días después de salir del hospital se puso de nuevo al frente de sus negocios y, a pesar de los consejos de los médicos, comenzó a encerrarse en el estudio durante varias horas todos los días.
Rebecca se convirtió en una visitante asidua de la casa, llegando cada mañana antes de las nueve para recoger las cintas del dictado. Al principio sus visitas eran breves, pero al acercarse el fin de semana trataba de encontrar motivos para prolongar su estancia. Hermione sintió que eso la molestaba. Tanto, que el viernes por la mañana a la hora del desayuno le dijo a Draco:
—¿No es mejor que Spiros deje las cintas en la oficina todos los días?
Él terminó de tomarse el café y dejó la taza sobre el plato.
—Podría hacerlo, sin embargo, Rebecca pasa por aquí todas las mañanas cuando se dirige a la oficina. Le resulta más sencillo —la dijo con fingida inocencia—. ¿Por qué Hermione?
¡Porque se le hace agua la boca cada vez que te mira! quiso gritar. Por supuesto, no lo hizo y en su lugar sugirió con fingida tranquilidad:
—¿Puedo ayudarte de alguna manera? — Él sonrió.
—Ya lo estás haciendo —murmuró con voz suave. El significado de sus palabras era muy evidente, por lo que sus ojos lanzaron destellos de indignación.
—Cada una para una cosa distinta, ¿no es cierto, Malfoy?
—Nunca ha existido la menor duda sobre tu papel en particular.
—No —le dijo con frialdad, odiando su cinismo.
—Sírveme otra taza de café y compórtate como una buena chica. Rebecca llegará pronto.
—¡Sírvela tú! —Dijo levantándose, indignada—.¡No eres un inválido!.
Si no salía pronto de ese lugar, perdería los estribos.
—Vaya, vaya —comentó Draco arrastrando las palabras—. ¡Esta mañana te has convertido en una verdadera leona! Me pregunto por qué.
No se atrevió a decirle la verdad; aún no quería confesarle nada, por lo menos hasta que hubiera consultado a un médico y aun cuando éste lo confirmara, se aseguraría de que Draco fuera el último en saberlo.
—Porque no haces caso de lo que te dice el médico —dijo contestando lo primero que le vino a la mente—. Tienes un equipo de personas que deberían ser lo bastante hábiles para hacer frente a los problemas en tu ausencia, y sin embargo, te esfuerzas sin descanso insistiendo en hacerlo todo personalmente. ¡Es ridículo!
—¡Qué mujer tan considerada! —comentó, sarcástico—. No puedo creer que le des tanta importancia a mi bienestar.
—Todos están preocupados —replicó indignada—. Spiros, Serafina, tu madre, Geor...
—Ah, sí, Georgius. Pareces compartir una afinidad natural con mi primo —le dijo con sequedad.
—Es un hombre muy agradable —respondió Hermione.
—Y yo no, ¿verdad?
No era posible describirle como un hombre desagradable, se dijo con ironía. Draco era muy poderoso e impresionante para resultar tan sólo agradable. Provocaba emociones extremas, algunas de las cuales no eran nada envidiables.
En ese momento, llamaron a la puerta y entró Spiros.
—La señorita Rebecca Collins acaba de llegar. ¿La llevo al estudio? —le preguntó a Draco.
—Sí. Y pídele a Serafina que nos sirva café.
—¿Para dos?
Draco hizo un breve movimiento afirmativo con la cabeza y se levantó.
Cogió a Hermione de la muñeca provocándole un poco de daño y ella no tuvo otra alternativa más que acompañarle.
Se detuvieron ante la puerta abierta del estudio y ella se dio cuenta de sus intenciones cuando fue demasiado tarde. Su beso fue cruel y posesivo y si lo que pretendía era humillarla, lo había logrado. Sintió un deseo irrefrenable de vengarse, pero, frente a la intrigada mirada de Rebecca, era poco lo que podía hacer. Hermione no tuvo más remedio que sonreír y fingir. Y, acariciando la barbilla de Draco, le dijo:
—No trabajes mucho, querido. Voy a llamar a Sophie para pedirle que me acompañe a la ciudad. Hoy tengo deseos de volverme loca comprando. No te importa, ¿verdad?
—De ninguna manera. Te puede llevar Spiros —dijo cogiéndole la mano, y besándosela—. Siempre y cuando él regrese a las diez y media; tengo que estar en la sesión de fisioterapia a las once.
—Por supuesto.
Sintió que se le aceleraba el pulso y no dudó de que él se hubiera dado cuenta. ¿Cómo era posible que no lo supiera si le estaba acariciando el brazo de forma tan deliberada? Tragó saliva con dificultad y después le dijo, fingiendo tranquilidad:
—Cogeré un taxi para volver a casa cuando termine. — Sus ojos grises se siguieron burlando de ella en silencio.
—¿No habrás olvidado que esta noche vamos a cenar con mi madre?
—No —respondió, intentando rescatar su mano.
Pero Draco la detuvo e hizo un gran esfuerzo para no lanzar un gemido de dolor cuando él le mordió la palma de la mano en una sensual caricia que la hizo enfurecer.
—Que disfrutes del día —le dijo al despedirse.
Ella subió corriendo por la escalera, ansiosa por alejarse de su marido.
Cuando llamó a Sophie, ésta le dijo que ya tenía planes para ese día, pero estaba decidida a no permanecer encerrada en casa y, como no le importaba ir sola a la ciudad, avisó por el intercomunicador a Spiros para que tuviera listo el coche en media hora.
Hermione utilizó la tarjeta de crédito de Draco sin recelo. En realidad, como venganza resultaba muy poco importante, pues dudaba de que las compras que había hecho provocaran la menor inquietud en él, cuando recibiera las cuentas pero lo intentaría.
—¿Hermione, qué haces aquí?
Se dio la vuelta al oír esa profunda voz masculina y sonrió con agrado al ver el rostro de Georgius
—He venido de compras —le dijo enseñándole la gran cantidad de bolsas que llevaba en cada mano.
—¿Sola?
—Le pedí a Sophie que me acompañara, pero no pudo —explicó, encogiéndose de hombros—. Sin embargo, decidí venir aunque no me acompañara nadie.
La sonrisa de él se acentuó cuando la hizo apartarse en la acera para permitir el paso a un grupo de peatones.
—¿Cómo está mi querido primo?
—En lugar de descansar, está trabajando —respondió haciendo una mueca de disgusto.
—Aún te resulta imposible dominarle, ¿no es cierto? —el brillo en sus ojos hizo que le resultara difícil no reír—. ¿Ya has comido? —Hermione hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No, iba a buscar en este momento una cafetería.
—Come conmigo —sugirió él—. Conozco un pequeño restaurante cerca de aquí, donde la comida es excelente. —¿Qué había de malo en comer con su digamos, cuñado?
—Me encantaría —aceptó agradecida.
El restaurante era mucho mejor de lo que había esperado. Después de la comida pidió un vaso de agua mineral en vez de tomar café solo como Geor.
—¿A dónde vas ahora? —le preguntó, mientras Hermione dejaba el vaso sobre la mesa.
—A ningún lugar en especial —contestó con sinceridad—. Pensaba ver algunos escaparates y después coger un taxi para regresar a casa.
—¿Lo de hoy ha sido una pequeña huida?
Era muy perspicaz y, sonriendo, ella arrugó la nariz.
—¿Cómo lo has adivinado?
—Conozco bien a Draco. En estos momentos debe estar comportándose como un oso encadenado.
—¡Georgy! ¡Qué sorpresa verte aquí!
Hermione observó cómo él fruncía el ceño antes de levantarse y sintió un extraño presentimiento al volverse para ver quién era la persona que había hablado.
—Lana —George la saludó e hizo un gesto hacia Hermione—. ¿Ya conoces a la mujer de Draco?
—Sí, por supuesto, querido. Nos conocimos en el hospital, ¿recuerdas? —Comentó recorriéndoles a ambos con la mirada, sin disimular su curiosidad—. Nunca pensé encontraros juntos.
—En realidad, estábamos comiendo —aclaró Hermione, mientras se ponía de pie—. ¿Me disculpan?, debo irme. — Luego se volvió hacia Georgius.
—Gracias por compadecerte de mí, Draco te lo agradecerá.
—Yo también tengo que irme —le dijo Geor, mirando el reloj de pulsera y Lana dejó escapar un gemido de protesta.
—Acabo de llegar, ¿no tienes tiempo para compartir una copa conmigo antes de irte?
—En otra ocasión —contestó él cortante.
Sin decir nada más, pagó la cuenta y salió con Hermione.
—¿Estás segura de que no vas a tener problemas para llegar a casa? —le preguntó al detenerse en la acera.
Ella le miró, sorprendida por la pregunta.
—Por supuesto.
—Nos veremos esta noche. Voy a cenar yo también a casa de mi tía.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando consiguió un taxi.
Estuvo dos horas escogiendo un vestido y zapatos que hicieran juego, aunque se sentía contenta con lo que había conseguido. También se compró un perfume de una exquisita fragancia y se sintió complacida por la forma en que había pasado el día, aunque no era de su costumbre el realizar este tipo de "superciabilidades" como las llamaba, todavía no asumía su permanencia allí. Hermione continuaba creyendo en su subconsciente que se trataban de unas extrañas vacaciones y ya comenzaba a extrañar y como consecuencia querer volver
Encontrarse con Georgius había sido una agradable sorpresa, aunque no podía decir lo mismo respecto a Lana.
Tan pronto como se detuvo el taxi frente a la puerta, Spiros salió para ayudarla, cogiendo la mayor parte de los paquetes mientras ella pagaba al conductor.
—¿En dónde está Draco? —le preguntó.
—Creo que está arriba. Haré que Serafina suba estas bolsas
—No hay prisa, Spiros, sólo necesito algunas cosas. Buscó con rapidez la bolsa en la que estaban los zapatos, el vestido y el perfume y dijo:
—Me llevaré esto, lo demás se puede quedar aquí hasta mañana.
Una vez arriba, entró en el dormitorio y sacó el vestido, colgándolo con cuidado. Lo observó con agrado; ese tono de verde era su favorito, un color esmeralda vivo que realzaba el tono de su piel.
Cuando estaba escogiendo la ropa interior que se iba a poner, se abrió la puerta del baño y entró Draco, envuelto en una toalla.
—¿Ya has regresado? —le preguntó con frialdad.
—Eso es obvio, de lo contrario no estaría aquí.
—Espero que hayas disfrutado de la comida —comentó, atravesándola con la mirada.
Hermione se sobresaltó y suspiró con resignación.
—Lana no ha perdido el tiempo. Imagino que correría al teléfono más cercano tan pronto como Geor y yo salimos del restaurante.
—¿Así que no niegas haberte encontrado con él?
—¿Qué es esto? —le preguntó—. ¿Un interrogatorio?
—Me disgusta que mi esposa sea objeto de habladurías —contestó Draco con brusquedad.
Ella le miró sin poder creer lo que oía.
—Encontré a tu primo por casualidad al mediodía y me preguntó si ya había comido. Cuando le dije que no, sugirió que lo hiciéramos juntos. Nunca pensé que eso te pudiera molestar —comentó indignada.
—¿Se supone que yo no debía saberlo?
—Ni siquiera me has dado la oportunidad de decírtelo —respondió con calma—. Ahora, si me disculpas, me gustaría darme un baño y cambiarme.
Él se acercó y la sujetó por la barbilla, obligándola a levantar la cabeza.
—¿Es esa la verdad?
—¡Sí, maldición! —exclamó.
Se hizo más intensa la presión de su mano y ella dejó escapar un gemido.
—¡Me estás haciendo daño!
—Te haré aún más si me entero de que estás utilizando a Georgius para vengarte de mí de alguna forma —la amenazó incapaz de dominar su ira.
—¡Suéltame! —exclamó Hermione furiosa.
Él inclinó la cabeza y le besó despiadadamente. Hermione se sintió mareada por la dureza de esos labios que la castigaban con crueldad.
La sujetó con una mano por la nuca y enredó los dedos en su pelo, sin importar si le hacía daño. Ella, derrotada, abrió la boca para permitir que su lengua la invadiera.
Cuando Draco la soltó con un gesto de disgusto, lo único que pudo hacer Hermione fue quedarse allí, de pie, inmóvil, con los ojos llenos de dolor.
—Tenemos que irnos dentro de media hora —le comentó.
¿Como podría salir con él esa noche y fingir que nada había sucedido, que eran una pareja feliz y enamorada de nuevo? Se fue hacia el baño, se quitó la ropa y se metió debajo de la ducha.
Se vistió despacio, y tardó más tiempo del acostumbrado para maquillarse. Cuando terminó se miró en el espejo, segura de que nadie podría adivinar el torbellino de emociones en que estaba envuelta.
—¿Lista?
Levantó los ojos y se encontró con la mirada de Draco, llevaba un traje oscuro con chaleco y camisa blanca de lino. Estaba muy atractivo.
—¿No deberías llevar el brazo en cabestrillo? — La miró con ironía y le dijo:
—Hablas como una esposa irritante.
Hermione encogió los hombros y no hizo ningún comentario. Cogió el bolso de noche piel y se dirigió hacia la puerta, sin importarle si él la seguía o no.
Ya en el coche, no habló una sola palabra mientras Spiros recorría la corta distancia que había hasta Vaucluse. Se quedó absorta mirando por la ventana, fingiendo interesarse por el paisaje, aunque, en verdad, se preparaba mentalmente para la noche que la esperaba.
Una vez tomado el traslador, encontrándose en Malfoy Manor. Draco estaba en uno de sus mejores momentos de cinismo; condujo la conversación hacia temas seguros e intrascendentes mientras tomaban una copa antes de la cena y, durante el transcurso de ésta, no hubo ninguna señal que pudiera indicar su anterior discusión. Estando presente Geor y la señora Malfoy sentada a la cabeza de la mesa, aquello tenía el aspecto de una agradable reunión familiar.
—Estás pálida, querida —comentó la madre de Draco cuando se dirigían al salón a tomar el café después de la cena.
Draco le dirigió una rápida mirada y después, con una sonrisa irónica, le dijo a su madre:
—Sabes bien que no soy muy buen enfermo, mamá. Creo que he protestado y refunfuñado mucho durante estos días.
—Debería darte vergüenza —le reprendió—. Es una niña muy dulce y agradable para que desahogues en ella tu malhumor. — Él asintió con la cabeza, divertido.
—Acepto mi culpa.
Miró a su esposa y acercándose, le rozó la sien con los labios.
—¿Me perdonas, querida?
¡ Draco representaba su papel al pie de la letra! Si hubieran estado solos le habría gustado darle una bofetada como en tercer año. Pero en vez de hacerlo, se volvió y, mirándole a los ojos, le dijo con dulzura:
—Lo pensaré.
—¡Hermione te ha derrotado—exclamó George, mientras reía a carcajadas. —¡Muy bien hecho! ¡Hace años que no veía a alguien que pusiera a mi primo en su lugar!
Los dientes de Draco brillaron al sonreír.
—Oh, lo hace todo el tiempo —comentó arrastrando las palabras—. Con más frecuencia de lo que me gustaría, tengo que aceptar mi derrota.
—Tonterías —negó Hermione—. Hasta ahora, no he ganado muchas discusiones.
Los ojos de su marido brillaron con malicia mientras le acariciaba la mejilla.
—Ah, ¿pero no es deliciosa la reconciliación?
Sintió cómo se sonrojaba y bajó la mirada para que no pudiera ver el odio que había en ella. Era un cínico y no pretendía permanecer allí, soportando sus burlas.
—Creo que ya es hora de irnos —dijo en voz alta—. Draco necesita descansar y si no insisto, después se vuelve más irritable.
—Yo los acompaño, vamos en mi coche —dijo Georgius—. Voy en esa dirección y así no tendrán que molestar a Spiros.
Hermione se levantó, despidiéndose, y se inclino para darle un beso en la mejilla a la Señora Malfoy.
—Ha sido una cena deliciosa, muchas gracias.
—Vuelve pronto, querida. Disfruto mucho de tu compañía.
En el reducido espacio del asiento trasero del coche deportivo de su cuñado, Hermione reclinó la cabeza y cerró los ojos, abriéndolos de nuevo cuando éste se detuvo delante de la casa.
Él rehusó bajar a tomar algo y, tan pronto como Draco abrió la puerta principal, se alejó con rapidez.
Ya dentro, Hermione subió por la escalera, sintiéndose extrañamente cansada y una vez en el dormitorio, se quitó la ropa, colocándola con cuidado antes de ponerse su camisón.
—Déjame verte.
Dio media vuelta al oír el tono brusco de la voz de Draco, se miraron a los ojos, pero no pudo descifrar la expresión de los de él.
—Estoy cansada —murmuró.
Él se había quitado casi toda la ropa y ante la suave luz de la lámpara de la mesita de noche su cuerpo parecía lleno de vitalidad.
Draco se acercó despacio y Hermione permaneció inmóvil. Le cogió la cara entre las manos, obligándola a levantarla y ella apartó la mirada.
—Mírame, Hermione —le ordenó.
Ella oprimió los labios, pero no le obedeció.
—Loque pienses hacer, hazlo de una vez, para terminar —susurró.
Estaba a punto de llorar y se sentía tan fatigada, que casi le resultaba imposible permanecer de pie. Parecía una estupida víctima esperando su sentencia, y odiaba eso.
Las manos de Draco descendieron por su cuello, se deslizaron por los hombros y le bajó los tirantes del camisón, que cayó al suelo. Después sus manos le recorrieron el cuerpo, acariciándola con ternura.
—Abre la boca —le pidió Draco en voz baja.
Ella hizo un movimiento negativo con la cabeza, pero, de pronto, lanzó un gemido cuando los labios de él rozaron su cuello, descendiendo hasta los senos y recorriendo sus suaves contornos.
Suspiró y apoyó la cabeza en su pecho y ya no pudo luchar contra la profunda emoción que la embargaba. La boca de Draco se dirigió hacia la cadera, deteniéndose en el vientre.
—¿Estás embarazada?
Su ronca voz penetró en la mente de Hermione y se estremeció, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto de protección. Quería gritar, suplicarle que dejara en paz ese cuerpo que la traicionaba y comenzó a temblar.
Deseaba ardientemente negar su posible embarazo y, por un momento, casi lo hizo. Pero después el sentido común la obligó a reconocer que, de una forma u otra, pronto se enteraría.
—¡Maldito seas, Draco! —murmuró, tratando de soltarse—. ¿Te satisface saber que han salido tus cálculos?
—¿Has consultado a un médico?
Movió negativamente la *cabeza,*sin darse cuenta de que la llevaba hacia la cama, hasta que él se sentó en el borde, para luego recostarse haciéndola acostarse a su lado. La besó con una dulzura tan increíble, que casi la hizo llorar.
Poco a poco, comenzó a encenderse la pasión en su interior y por primera vez, hicieron el amor de una forma tan tierna y dulce que pudo disfrutar por completo de la realización del acto.
La misma semana que Draco regresó a la oficina, Hermione recibió la confirmación de su embarazo. Aunque nunca había tenido dudas, salió del consultorio sin saber si debería estar triste o complacida.
Quizá dentro de unas semanas será distinta la situación, se dijo con ironía, mientras Spiros la traía de regreso a casa. Ahora, sólo podía pensar que Draco, una vez más, había ganado. Todo había sido tan calculado, tan frío, que le resultaba imposible sentirse profundamente resentida.
—¿Cuándo? —le preguntó Draco cuando llegó a casa. Hermione no pudo resistir la tentación de burlarse.
—¿Hace falta que te lo digan?
—No actúes como una niña enfurruñada —replicó, tolerante, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse.
—En marzo, exactamente nueve meses y dos días a partir de la fecha en que nos casamos —contestó irritada y se puso más furiosa cuando él cruzó la habitación y le dio un beso en la boca.
—Tengo algo para ti —dijo él sacando del bolsillo un estuche.
Hermione lo cogió, con pocos deseos de ver su contenido. Si quería obsequiarle con algo, no era ese el mejor momento, se dijo en silencio.
—Ábrelo.
—No estoy segura de querer hacerlo.
Sin decir una palabra, Draco abrió el estuche y sacó un hermoso brazalete de oro, con cada eslabón cubierto de diamantes. Le cogió la muñeca, se lo puso y se llevó la mano a los labios.
—¿Qué es esto, Draco? —le preguntó con tono irónico—. ¿Agradecimiento o una recompensa por hacerme pasar estos meses de sufrimiento?
Se dio cuenta de que había ido muy lejos al ver el gesto de disgusto que se dibujó en su rostro.
—¡Puedes sentirte afortunada de que no te dé las maldiciones que mereces!
Quiso disculparse pero no pudo emitir una palabra, se dio la vuelta y corrió hasta la habitación. Cerró la puerta y se quedó esperando a que en cualquier momento, él la abriera y descargara en ella su furia.
Pero, en vez de ello, la dejó en paz y una hora más tarde, Serafina subió con una bandeja, haciéndola sentir, por la preocupación que le demostró, que se había comportado mal.
Draco inventó la excusa de un fuerte dolor de cabeza para explicar su ausencia esa noche durante la cena.
Más tarde, Hermione se duchó y se acostó, reclinándose cómodamente en las almohadas. Esa mañana había entrado en una librería de la ciudad y había comprado algunos libros. Al menos, alguno tendría que resultar interesante en esos momentos y pensó que con la lectura le vendría antes el sueño.
Dos horas más tarde, aún estaba despierta. ¡Maldición!
Se levantó, se puso una bata y bajó por la escalera. El estudio y el salón estaban vacíos y pensó que Draco habría decidido dormir en uno de los dormitorios para los huéspedes.
Luego se acordó del estudio del sótano.
Bajó con cuidado por la escalera de caracol y vio que el estudio estaba vacío, aunque la luz del baño-sauna estaba encendida; unos instantes después, se abrió la puerta y salió Draco.
Llevaba una toalla en la mano, pero no hizo el menor intento por cubrirse y ella no pudo apartar los ojos de su musculoso cuerpo.
—¿Sucede algo? —le preguntó.
Hermione hizo un movimiento negativo con la cabeza y él la miró, preocupado.
—Ya es tarde, deberías estar durmiendo.
—No podía dormir —le dijo vacilante, luchando por encontrar las palabras adecuadas. De forma inconsciente, sus ojos se fijaron en la amplia cicatriz que tenía en el pecho y que le llegaba hasta el hombro,
—¿Te da repugnancia? —preguntó Draco.
—No —murmuró, alzando los ojos para encontrarse con los suyos—. No me has dicho cuándo se iniciará el juicio. Tendrás que ir como testigo, ¿no es cierto?
—Me resulta difícil creer que eso es lo que te ha impedido dormir o que hiciera que vinieras a buscarme a esta hora —contestó con un ligero tono sarcástico.
—He venido a decirte que lo siento.
En la boca de Draco se dibujó una sonrisa desdeñosa.
—¿De verdad lo sientes?
—Sí. Es un brazalete hermoso y me he comportado muy mal.
—Pareces una niña arrepentida —se burló divertido—. ¿Qué viene después? ¿Vas a besarme para disculparte?
Se sobresaltó y sintió que se aceleraban los latidos de su corazón.
—Si tú quieres, sí.
—Ve a acostarte. Yo subiré tan pronto como cierre todo.
Se dio la vuelta despacio y subió por la escalera hasta la planta alta; entró después en el dormitorio y se sentó en la cama.
Cinco minutos más tarde, se abrió la puerta y apareció Draco.
Le miró con los ojos muy abiertos, mientras se acercaba a la cama. Con frecuencia, era más cruel que bondadoso y, en ocasiones, despiadado.
Sin embargo, tenía el poder de lograr que ella le respondiera de una forma que nunca habría imaginado. Jamás había intentado descubrir el motivo, segura de que se sentiría destrozada al reconocer que estaba enamorada de un hombre como Draco.
—¿Necesitas tanto valor para besarme?
Hermione pensó que mucho más del que imaginaba.
—Lo siento.
Hermione se acercó a él y rozó sus labios con los suyos.
—¿Lamentas haberme besado? —preguntó con ironía.
—No me estás facilitando las cosas —replicó, temblorosa.
—¿Sugieres que debo hacerlo?
—En ocasiones pienso que me pones las cosas más difíciles deliberadamente.
—Eso no es cierto —negó con voz baja—. Eres tú la que te complicas la vida al negarte a aceptar lo que es tan obvio.
¿Qué era obvio? Hermione estaba tan aturdida y envuelta en sus emociones, que le resultó imposible pensar con claridad.
—Creo que me voy a acostar —le dijo temblorosa y él sonrió.
—¿Prefieres escapar, Hermione?
Le miró sorprendida y vio el brillo burlón de sus ojos.
—¿Acaso supones que eso que acabas de darme, se puede considerar un beso? —continuó él, hiriente.
—No juegues conmigo, Draco. Sé que no puedo competir contigo en estos temas.
—Créeme, sólo deseo tu bienestar y de ningún modo quiero hacerte daño.
Sin decir una palabra, Hermione le pasó los brazos alrededor del cuello y abrió la boca sin dudar cuando él rozó la suya. Luego, los fuertes brazos de él rodearon su cintura y la acercaron hacia su cuerpo, haciendo que no le quedara la menor duda de su excitación. Entonces ella le abrió la bata, dejando al descubierto el pecho y el hombro y, con mucho cuidado, besó la cicatriz.
Su ronco gemido la desconcertó por un momento y se quedó inmóvil, observando su ardiente mirada.
—No te detengas —murmuró él.
Como envuelta en un sueño, le quitó la bata.
—Eres una amante ardiente, mi dulce Hermione —dijo Draco con ternura, besándole el cuello—. Hazme sentir placer, como yo te lo he dado.
Y así lo hizo, dudando al principio, hasta que el placer de Draco se convirtió en el suyo y juntos remontaron las alturas de la pasión, disfrutando sus cuerpos antes de encontrarse el alivio de la posesión total.
A punto de quedarse dormido, Draco la atrajo hacia sí y le murmuró al oído.
—Tengo que estar ausente durante varias semanas. Iré a Melbourne, Adelaida, Brisbane y Cairns, en el este.
—¿Cuándo te vas? —preguntó ella, sintiéndose adormecida.
—Pasado mañana.
—Prométeme que te cuidarás —le susurró Hermione.
—Tienes mi palabra de honor —aseguró él, sonriendo con satisfacción.