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Saldando Deudas — capítulo 7
Yeyyyyyyyy casi 1500 lecturas :D si coincidiera con los comentarios, comenzaría a lucrar Jajajajaj Un beso y espero que les guste
Disclaimers: Todas las cosas que reconocen, tanto escenarios como personajes pertenecen a J. K. Rowling, Si fueran míos ni Remus Lupin, Severus Snape, Albus Dumbledore, ni absolutamente nadie excepto Tom R. hubiese muerto, Hermione acabaría con Draco y el personaje de Ronald seria más interesante…
Luego de tantas criticas a Rowling quiero decirle que la amo y gracias por haberme cambiado LITERALMENTE la vida
Capitulo 7
Las luces de las cámaras la cegaron momentáneamente y cuando lograron salir fuera, Spiros estaba esperándoles con el coche y con las maletas que llevaba Draco.
Unos minutos más tarde, el coche se alejaba del aeropuerto internándose en la ciudad.
—¿Cómo estaba la costa? —preguntó Spiros.
—No te interesa —contestó Draco.
— Que educado… — murmuro Hermione para sus adentros. Se las ingenió para ocultar sus pensamientos y se puso a mirar por la ventanilla.
La mansión de Point**Piperno había cambiado, Hermione creyó que una vez casados se mudarían al mundo mágico, sin embargo Draco no había mencionado nada desde la boda.
Una vez adentro, el ama de llaves dijo que les había preparado algo de comer y se alejó hacia la cocina mientras Spiros subía el equipaje.
Draco miró a su esposa un momento y le dijo:
—Tengo que atender asuntos importantes. Pídele a Serafina que me prepare un café.
«Acabamos de llegar y ya esta hablando del trabajo», se dijo Hermione. Como esposa, su lugar debía estar en el dormitorio y siendo su compañera adecuada en los acontecimientos sociales; Que ironía porque ella nunca sería eso
Encogió los hombros fingiendo indiferencia.
—Subiré a abrir las maletas.
Comieron algo y tan pronto terminaron, Draco, que durante toda la comida se había mostrado muy preocupado, le dijo que tendría que salir
Cuando se fue y, viendo el mal tiempo que imperaba, Hermione decidió pasar la tarde escribiendo cartas a sus padres. Había pensado en escribirle a Harry pero no le pareció adecuado. Cuando tuviera tiempo ( y aunque no quisiera ) iría a visitar a sus amigos, contarles la verdad, y afrontar la mas probable y grande discusión de sus vidas. Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta, levantó la cabeza y vio entrar a Serafina con gesto preocupado.
—Ha habido un accidente...El señor Malfoy…—dijo jadeante e intentando hablar lo más rápido posible—. Spiros ya tiene el coche preparado.
Hermione sintió que un frío interno le recorría la espalda.
—¿Está herido?
Serafina movió la cabeza desconsolada.
—No puedo decírselo, lo ignoro.
—¿Cómo ha sucedido?
¡Oh, Dios! ¿estaría muriéndose?
—Spiros ha recibido una llamada telefónica hace unos instantes y no le han dado detalles. Lo siento.
—Iré por mi abrigo —le dijo Hermione. Subió a su habitación, se puso los zapatos y el abrigo, cogió un bolso y corrió hacia el coche que la esperaba
Al llegar al hospital de la ciudad, Hermione se estremeció mientras la conducían por un largo pasillo hasta la sala de espera. Geor se volvió cuando entró y se acercó a ella.
—Está en el quirófano y por lo menos, queda todavía una hora antes de que sepamos si la operación ha tenido éxito.
—¿Qué ha sucedido?
Su voz parecía calmada, pero no era así. ¡En ese momento ni siquiera sabía cómo se sentía!
Los rasgos del primo de Draco se ensombrecieron por la ira.
—Un loco armado entró esta tarde en la sala de reuniones. Los testigos dicen que disparó al azar y dos balas hirieron a Draco —le informó.
Hermione gimió en silencio.
—¿En dónde?
—En el hombro y el pecho. Yo no estaba allí, de ser así hubiese realizado algún conjuro; Pero ya es tarde, es una herida de superficie muggle y no puedo hacer nada, no ahora.
De pronto sintió la necesidad de sentarse.
—Están operándole dos de los mejores cirujanos de la ciudad. Me han asegurado que tiene posibilidades de salvarse.
—Dependerá de la gravedad de las heridas.
No se había dado cuenta de que había dicho esas palabras en voz alta, hasta que vio como el asentía.
La hora siguiente pareció transcurrir con desesperante lentitud. Georgius le trajo café y Hermione bebió unos sorbos sin percibir su sabor; charló con él pero después no pudo recordar lo que habían hablado. Perdió la cuenta de las veces que había mirado el reloj que estaba en la pared, frente a ella.
Siguieron pasando las horas y, cada vez que sonaba el teléfono o aparecía una enfermera, levantaba la mirada ansiosa. Al fin se abrieron las puertas del ascensor, salió un médico alto, vestido con ropa de operar y se dirigió hacia ellos.
Hermione vio que Georgius se acercaba al hombre y se levantó temerosa y expectante.
—El señor Malfoy está en la sala de recuperación. Hemos logrado extraerle las dos balas. Una ha dañado el hueso de la parte superior del brazo cerca del hombro. La otra entró en el pecho formando un ángulo, pero por fortuna, la lesión no ha sido tan grave como creíamos.
—Entonces, ¿está fuera de peligro? — El médico asintió con la cabeza.
—Necesita recuperarse de la operación, pero puedo asegurarles que después de una temporada de convalecencia no le quedarán secuelas.
Luego se detuvo, mirando primero a Hermione y después a Geor.
—Como medida preventiva, esta noche el señor Malfoy se quedará en la sala de cuidados intensivos.
—¿Podemos verlo?
—¿Esta noche? —preguntó el cirujano frunciendo el ceño—. Le mantendremos dormido con sedantes y dudo mucho de que se dé cuenta de su presencia. Si insisten, haré los arreglos necesarios para que la enfermera les permita pasar unos minutos. ¿Les parece bien a las ocho?
Hermione parecía haber perdido el habla y no protestó cuando Georgius la llevó hasta el ascensor y después al coche.
Lo arrancó y salieron del aparcamiento del hospital.
—Iremos a *DoubleBay—*comentó —. Allí podremos comer algo.
Pasaron varios minutos antes de que se diera cuenta de que se refería al restaurante y después apenas probó bocado, sin siquiera saber qué era lo que se llevaba a la boca.
El primo de Draco hizo varias llamadas telefónicas. Ella no supo con quién había hablado, aunque resultaba obvio que Narcisa estaría esperando las noticias. Llamó también a Spiros.
Eran las ocho en punto cuando siguieron a la enfermera que los llevó hasta la habitación donde estaba Draco.
Por un momento los horrorizados ojos de Hermione no pudieron relacionar al chico que vio, extrañamente tranquilo y lleno de tubos y cables por todas partes con Malfoy. Parecía tan inmóvil, sus rasgos pálidos y sin expresión... casi sin vida. Era como si se tratara de otra persona, pensó aturdida mientras salía de la habitación.
—Hablaré con los médicos mañana a primera hora y después te llamaré por teléfono, ¿te parece bien, Hermione?
La preocupación que sentía por ella, casi la hizo llorar y no pudo contestarle.
—Ya oíste al cirujano —continuó Georgius—. No debemos preocuparnos. Mañana, Draco ya se habrá recuperado de los efectos de la anestesia.
Calló unos instantes y luego comentó bromeando:
—Conociendo a mi primo como lo conozco, pronto se convertirá en el paciente más insoportable que haya tenido este hospital en mucho tiempo. Estarán tan ansiosos por librarse de él, que harán todo lo posible porque se recupere.
Ella permaneció mirando con fijeza por la ventanilla, observando la lluvia de otoño interrumpida por ráfagas de aire que soplaban a ratos.
—¿Han detenido al que le disparó?
—Sí.
El coche cruzó la verja de la entrada de la casa de Draco y se detuvo ante la puerta principal.
Hermione se volvió hacia Georgius y le preguntó:
—¿Por qué lo hizo?
Él pareció vacilar y contestó:
—¿Quien sabe? Pueden existir muchos motivos: en este momento Draco está mezclado en varios asuntos conflictivos. No tengo duda alguna de que se descubrirán sus causas.
Hermione se estremeció sin darse cuenta. El poder siempre estaba presente en los asuntos de la familia Malfoy. Sus grandes riquezas siempre aumentaban.
—Gracias por tu apoyo —le dijo con sinceridad, sonriéndole débilmente al abrirle la puerta del coche—. Llámame mañana por la mañana, buenas noches.
Una vez dentro Hermione rechazo la cena y subió las escaleras.
El dormitorio parecía ser el mismo de siempre, pero le resultaba, difícil reconocerlo sin la presencia de Draco. Avanzó hasta la cama y retiró la colcha, dirigiéndose después al baño. Se sentía inexplicablemente triste, pero, en ese instante, no quería pensar en lo que eso implicaba. Una ducha tibia la ayudaría a sacar parte de la tensión que la agobiaba y así, lograría dormir. Al menos, eso esperaba
Diez minutos más tarde, se deslizó entre las sábanas de la cama yapagó la luz, deseando que le llegara pronto el sueño para que desvaneciera el torbellino de emociones que experimentaba.
Sentía vacío el espacio que ocupaba Draco en la cama, como si éste se burlara de su soledad. Se cambió de posición varias veces, pero todo fue igual. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía ser sólo la conmoción que le había producido el atentado contra Draco. Cansada de dar vueltas se levantó; cogió una bata y se la puso. Quizá, si tomaba leche caliente, podría calmarse; el café sólo la mantendría despierta, se dijo mientras bajaba a la cocina. Encontró un recipiente para calentar la leche y lo colocó sobre el fogón.
Miró su reloj de pulsera y se dio cuenta de que casi era la una de la mañana. Cuando la leche estuvo caliente, la bebió a pequeños sorbos.
No tenía sueño y, con un suspiro, se dirigió al salón, cogió una revista, y se puso a hojearla en uno de los sillones.
—¡Señora Malfoy! ¡Hermione!
Sintió una voz lejana que pronunciaba su nombre y que una mano la sacudía con suavidad. Abrió los ojos y vio a Serafina, inclinada sobre ella.
—Oh, cielos —murmuró, intentando incorporarse—. ¿Qué hora ,es?
—Las siete y cuarto y el señor Georgius la llama por teléfono —dijo el ama de llaves.
Hermione se puso inmediatamente de pie.
—Gracias, Serafina —dijo dirigiéndose al teléfono y descolgando el auricular—. Hola, ¿cómo está Draco?
—Le han llevado a una habitación privada; me ha asegurado que había pasado la noche bastante bien.
—¿Has hablado con él? —le preguntó con incredulidad.
—Tiene un teléfono junto a la cama. Justo en el momento en que yo colgaba el teléfono, después de preguntar al médico por su estado, lo oí sonar y era el propio Draco quien me llamaba.
Hermione sonrió con ironía. Hacían falta muchas balas para mantener inmovilizado por mucho tiempo a una persona como Malfoy.
—¿Te han dicho en el hospital cuándo puede recibir visitas?
—Draco me ha dicho que fuera por ti a la una.
—Gracias —contestó agradecida—. Estaré lista.
Subió al dormitorio, se duchó y se cambió de ropa, antes de regresar a la cocina para desayunar.
Habló un momento con Sophie y volvió a la habitación para recoger algunas cosas que podría necesitar Draco. ¿Pijamas? Nunca usaba, pero, con toda seguridad, debería tener alguno. No encontró ninguno y, después de vacilar unos instantes, pidió a Spiros que la llevara al centro comercial cercano, y treinta minutos más tarde se bajaba del coche en Double**Bay.
Era agradable recorrer las tiendas, aunque el tener junto a ella a Spiros la inhibía un poco y evitó perder mucho tiempo haciendo las compras, a pesar de que él insistió en que estaba allí sólo para ayudarla.
Hermione pensó que también para protegerla, sin descartar la posibilidad de que Malfoy hubiera dado instrucciones de que no la permitieran salir sola. ¿Era una medida de seguridad o sólo una precaución, por si decidía escapar?.
Geor llegó puntual y, sin poder disimularlo, sus ojos destallaron de admiración, al observar a Hermione bajando por la escalera para recibirle.
Vestida con una ajustada falda gris y una blusa de seda gris clara a juego, botas negras de ante y un foulard, tenía un aspecto informal pero elegante, y sus movimientos poseían una elegancia natural. Llevaba un abrigo en el brazo y al llegar al pie de la escalera, la ayudó a ponérselo, saliendo juntos hacia el coche.
—Estás encantadora.
Hermione le miró al tiempo que se alejaban de la casa en el coche y sonrió.
—¡Gracias, eres magnífico para levantar la moral!
—¿Nerviosa?
Su mirada era muy penetrante y Hermione apartó los ojos de él, tratando de dar un tono de indiferencia a su voz.
—Un poco —reconoció—. Será un alivio ver a Draco. Anoche parecía tan...
Buscó la palabra adecuada para describirle y no la encontró.
—¿Indefenso? —terminó él por ella y Hermione asintió en silencio—. No creo que le guste saber que piensas eso de él.
A Hermione el hospital le pareció impresionante por sus dimensiones y cuando entró, se dirigió hacia el ascensor. En esa ocasión, llegaron a un piso distinto y sintió un extraño nerviosismo al entrar en la habitación de Draco.
Estaba sentado en la cama, reclinado sobre varias almohadas, con el aspecto de un enfermo dominante que no se parecía en nada al hombre pálido y aturdido por los sedantes que había visto dieciséis horas antes.
Aún tenía una botella de suero conectada a la vena y el brazo izquierdo y el hombro vendados.
Consciente de la presencia de Georgius, ella se acercó a la cama e, inclinándose, le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás? —le preguntó a Draco.
Sus ojos oscuros se clavaron en Hermione, quien, temblorosa, logró sonreír.
—Nos has dado un susto terrible —añadió después de una pausa.
—Ya lo imagino —el tono de cinismo en su voz, la hizo sonrojar.
—Todos hemos estado muy preocupados —añadió su primo, mirando, extrañado, a Draco.
—Te he traído algunas cosas —intervino Hermione en voz baja, mientras guardaba en el armario lo que había llevado.
—Mi queridísima esposa —murmuró divertido—. ¿Algún pijama?
—Los necesitarás cuando empieces a levantarte. — Si había intentado avergonzarla, lo había logrado.
—¡Qué esposa tan atenta! —exclamó burlándose. Pero decidida a no dejarse dominar, ella respondió:
—¿Deseas alguna otra cosa? Puedo traértela esta noche.
—Creo que ya lo tengo todo —respondió con ironía. Ella apartó la mirada, alegrándose cuando Georgius empezó a hablar con él de asuntos de negocios.
No se quedaron mucho tiempo y se sintió aliviada al salir.
—En ocasiones, se comporta como un desalmado. —Hermione miró a Geor, sin saber qué hacer: si aceptar su comentario o quedarse callada.
—Imagino que tiene muchos dolores —dijo al fin, recibiendo una mirada irónica.
—Te avasallará si se lo permites.
—No pienso permitírselo.
—Eres exactamente lo que necesita mi primo —rió.
—¿Alguien que se le enfrente?
—Sí, pero ten cuidado, puede hacerte daño.
Ya no tenía por qué temer eso, pero prefirió no decírselo.
La visita esa noche resultó un poco mejor, esta vez la acompañó Spiros, quien esperó en el pasillo después de preguntar por la salud de su jefe. Draco parecía cansado y en su rostro se dibujaba el dolor.
—¿Te duele mucho? —preguntó Hermione .
—¿Te importa?
Le miró asombrada y después comentó:
—Buscaré a la enfermera. Ella te dará algo para el dolor.
—Lo hacen cada veinticuatro horas.
—Estás actuando como un gruñón.
—¿De verdad? ¿Quieres ponerte en mi lugar?
Ella contuvo una cortante respuesta y le dijo con calma:
—Los hombres son unos pacientes terribles.
—¿Eres una experta? —preguntó él con cinismo. Hermione se levantó súbitamente.
—Creo que ya es hora de irme, te veré mañana.
—¿Una visita tan corta? Spiros se molestará.
—Tu primo llegará pronto —replicó, controlándose
—¿No vas a darme un beso?
—Creo que no te lo mereces.
—Oh, Granger—la regañó—. ¿Te cuesta tanto trabajo?
Sin decir una palabra, llegó hasta la cama e, inclinándose le dio un beso en la mejilla. Sin embargo, él se volvió y le besó los labios al tiempo que la sujetaba por la nuca, obligándola a permanecer así mientras su beso se hacía más profundo.
La sorpresa la dejó inmóvil y también el temor de que, si luchaba por liberarse, podría hacerle daño. Después la soltó y, haciendo un esfuerzo para que no viera en sus ojos el dolor que sentía, Hermione dio la vuelta y salió de la habitación, sin volverse a mirarle.
Draco ya llevaba tres semanas en el hospital y Hermione siguió visitándole todos los días, alternando las tardes y las noches con su primo y Narcisa para que siempre hubiera un miembro de la familia presente. Después de los primeros días, recibió muchas más visitas, hombres con los que estaba asociado en los negocios y mujeres cuya relación con Draco le pareció bastante discutible.
Hermione trató de convencerse de que no le importaba que fueran a verle otras mujeres, pero fueron varias, todas ellas muy atractivas y operadas. En comparación con ellas, Hermione se sentía joven y sin gracia.
Draco parecía disfrutar molestándola, aunque nadie se daba cuenta de ello. Cada vez que la miraba, le sonreía con afecto, sin embargo, podía ver la dureza de su mirada y hubo ocasiones en que sus besos fueron deliberadamente crueles.
Una tarde, días antes de que le dieran de alta, la acompañó Georgius y llegaron con retraso debido a que se les pinchó una rueda del coche.
Que el coche, del que su cuñado estaba tan orgulloso, tuviera un problema tan vulgar era algo que él no podía comprender y Hermione se burló sin misericordia.
Aún iba riendo ella cuando entraron en la habitación de Draco y quedó sin aliento al ver la mirada airada de éste. Inmediatamente cambió su expresión y Geor explicó por qué se habían retrasado. No ayudó en nada que Lana, la más hermosa visitante de Draco, además de bruja, se encontrara sentada en una silla junto a la cama, ya que sus hirientes indirectas hicieron que Hermione se pusiera furiosa.
—Vamos, querida —la amonestó Lana, sonriendo con dulzura—, debes permitir que te lleve a una de mis tiendas favoritas.
Recorrió de arriba abajo con la mirada a Hermione y luego se volvió hacia Draco.
—¿No estás de acuerdo?
Draco parecía aburrido y sonrió con cinismo.
—No me he casado con Hermione por su gusto en el vestir. — ¿Por qué se había puesto ropa tan informal esa noche? Sin embargo, trató de mantener la serenidad y sonrió a Lana con malicia.
—Por lo menos yo si vengo vestida
Más que oírla, casi adivinó la risa de Georgius. Lana se levantó despacio y, dirigiéndose hacia la cama, se inclinó para darle un prolongado beso a Draco.
—Tengo que irme —murmuró con aparente disgusto—. Cuídate, querido, tenemos que vernos cuando te sientas bien. Después se irguió y se volvió hacia Georgius
—Eres muy gentil al cuidar de Hermione; estoy segura de que Draco te lo agradece mucho.
—Te acompañaré, Lana—le sugirió—. ¿No crees que Draco merece estar solo con su esposa? —comentó mirando a Hermione y sonriéndole con afecto—. Te espero junto al ascensor.
El silencio pareció extenderse de forma interminable y tensa por la habitación.
—Es hermosa —dijo al fin.
—Cierto —asintió Draco con sarcasmo y Hermione buscó su mirada.
—Y muy elegante.
—Lo que no eres tú, ¿no es cierto?
Esas palabras la hirieron e intentó disimularlo, encogiéndose de hombros.
—Resulta obvio.
—Lana es una mariposa de sociedad que sólo desea tener a su lado a un hombre disponible.
—Y el matrimonio te ha puesto fuera de su alcance —agregó ella con desdén—. ¿O no?
—Ven aquí y repite eso.
—No.
—¿Estás celosa, Hermione?
—Para eso tendrías que...
—¿Gustarte? ¿O acaso sientes algo más profundo? —Contempló fijamente los ojos de su marido.
—¡Eres despreciable!
—Geor es mucho más agradable, ¿verdad?
—Al menos, es sincero —reconoció Hermione—, cualidad que tú no posees.
—Para ti soy un tirano sin sentimientos —sugirió con sarcasmo.
—Eres Draco Malfoy—replicó Hermione con amargura. Él arqueó una ceja.
—Lo dices como si me consideraras el propio Voldemort. —Quizá lo era. —¿No vas a ser una buena esposa y a preguntarme cómo me siento? —preguntó Draco con burla.
—Geor, tu madre y yo nos turnamos para llamar al hospital todas las mañanas —aclaró con tranquilidad—. El que lo hace avisa a los demás. Los médicos piensan que te has recuperado con mucha rapidez y que has tenido mucha suerte. El daño del brazo pudo ser más grave si la bala hubiera afectado la articulación del hombro. Sin embargo, sólo te dolerá durante algún tiempo.
—Sin duda estás desencantada —replicó Draco, arrastrando las palabras.
Al ver su mirada llena de incertidumbre, añadió:
—Si una de esas balas me hubiera matado, se habrían resuelto todos tus problemas.
El dolor que sintió la dejó enmudecida por un momento.
—Lo que dices es terrible —le reprochó estremeciéndose.
—Pero de cualquier forma es cierto.
Sabía que debía abandonar la habitación, alejarse de él para no perder el control, sin embargo, al intentar darse la vuelta, él extendió una mano y la asió por la muñeca, haciéndole daño cuando intentó liberarse.
—¡Suéltame!
Los ojos de Hermione lanzaban chispas de furia, mientras él la atraía hacia la cama.
—¡Cuánta indignación! —exclamó Draco al tiempo que se inclinaba hacia ella—. ¿Puedo abrigar la esperanza de que me prefieras vivo, después de todo?
—Déjame tranquila, Malfoy —le suplicó.
En el instante en que abría la boca para protestar, él se lo impidió y, sin poder remediarlo, sintió la profunda emoción que le producía su beso.
Cuando él apartó la cabeza, estaba pálida y temblorosa y tuvo que mantener la mirada fija en el suelo para que Draco no pudiera ver las lágrimas que estaban a punto de brotar de sus ojos.
—El recuerdo de lo que siento al tenerte en mis brazos me está volviendo loco —murmuró él.
Sin decir palabra, Hermione se dirigió hacia la puerta, sin vacilar un solo instante cuando le oyó llamarla y, después, maldecirla.
Georgius la vio salir de la habitación y cuando llegó donde estaba él, el ascensor les esperaba con las puertas abiertas. Al empezar a descender, Hermione pudo relajarse, consciente de la mirada de él fija en ella.
—¿Qué diablos ha sucedido? —le preguntó él. La joven cerró los ojos por un momento.
—Nada.
La maldición que él dejó escapar, no fue menos violenta que la de su primo.
—Eso significa que no me lo vas a decir.
Habían llegado al coche y cuando Geor abrió la puerta, ella se dejó caer en el asiento.
—¿Hermione?
—Por favor, llévame a casa.
—Voy a sacarle los ojos —murmuró, mientras la miraba de reojo cuando conducía en dirección a la casa.
Llegaron diez minutos después y Hermione bajó del coche.
—Gracias por traerme —dijo cerrando la puerta y dirigiéndose hacia la entrada.
Una vez dentro, fue al salón y cuando Serafina le trajo una taza de café, cogió una botella de brandy y añadió una pequeña cantidad, confiando que eso la ayudaría a calmar los nervios. Estaba tan furiosa que quería gritar.
¡Dios! ¡No podría seguir así! Sin embargo, ¿qué otra alternativa tenía? ¿Irse? Sintió deseos de reír; podría hacerlo, pero ¿cuánto tiempo tardaría Draco en encontrarla? Además, ya sabía cuáles serían las consecuencias.
Sonó el intercomunicador y se levantó para contestar.
—¿Sí?
—El señor Geor la llama por teléfono —informó Spiros—. ¿La pongo con él?
—Dile que estoy ocupada. Le llamaré más tarde. Encendió el televisor y fue cambiando de canales. Dos de ellos ponían programas para niños, otro un documental y se acurrucó en el sofá, con poco entusiasmo.
Media hora más tarde, Serafina le dijo que Draco la llamaba por teléfono y Hermione experimentó esa extraña sensación a la que ya estaba acostumbrada.
—Que te dé el mensaje —respondió sin interés. Dándose cuenta de la sorpresa de la mujer, añadió con una ligera sonrisa:
—Tal vez quiere que le lleve algo esta noche. — Unos minutos más tarde, regresó el ama de llaves.
—El señor Draco insiste en hablarle.
—No, puedes decirle que me niego a contestar.
—¿Cree que eso es sensato? —le preguntó Serafina. Hermione hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—Hemos tenido una... diferencia de opiniones —informó, cortante—. Puedes darle la excusa que quieras, que estoy bañándome... cualquier cosa. También puedes decirle la verdad, no me importa.
Serafina se dio la vuelta y salió.
Maldito Draco, maldito sea, se dijo Hermione irritada, haciendo un esfuerzo por mantener la atención fija en la pantalla.
Media hora después, se levantó y apagó el aparato, subió a su habitación para cambiarse y bajar a cenar, aunque, la verdad, no tenía apetito. Sin embargo, tomó la sopa y unos pequeños trozos de carne de ternera, aunque rechazóel postre.
La silenciosa desaprobación de Serafina no la ayudaba en nada y a las siete, Hermione regresó al salón para ver la televisión. Una hora más tarde ya no pudo soportar la tensión que la consumía, se dirigió al teléfono y marcó el número antes de cambiar de opinión.
La operadora del hospital pasó la llamada, pero no contesto nadie.
—Lo intentaré de nuevo.
No obtuvo respuesta y Hermione aceptó esperar cuando la joven se ofreció a averiguar qué sucedía. Pareció transcurrir una eternidad antes de oírla hablar de nuevo.
—El señor Malfoy se ha marchado.
¿Marcharse? ¡Era imposible! Se suponía que le iban a dar de alta el martes.
Hubo un breve silencio y después la operadora respondió:
—Tengo entendido que el señor ha presionado para que le dieran de alta de inmediato.
¡Oh, Dios! Con toda seguridad, en ese momento estaba de vuelta a casa.
—¿A qué hora se ha ido?
—Hace media hora.
Antes de colgar, Hermione le dio las gracias con un susurro.
¿Por qué? ¿Sería por lo de esa tarde? ¿O porque se había negado a contestar a su llamada? Imposible, era ridículo.
Las voces de Serafina, Spiros, Georgius y Draco la volvieron a la realidad. Por un momento dudó; después, reuniendo todo el valor que pudo, cruzó el salón, y al acercarse a la puerta, ésta se abrió, apareciendo su marido.
Le contempló y le dijo, nerviosa:
—Hace un minuto he llamado al hospital y me han dicho que te habías ido.
—¿De verdad?
—¿No te parece una tontería salir antes de tiempo? — Draco la miró fijamente.
—¿Por qué no contestaste cuando te llamé?
Hermione comprendió que su única salida era la sinceridad y levantó la cabeza, desafiante.
—Porque dudaba de que pudiera hablar contigo como una persona civilizada.
—Tienes un buen aliado en mi primo —comentó Draco con cinismo—. Me ha dicho con gran claridad, lo que opina de mí. También me ha comentado que habías estado llorando.
—¡Eran lágrimas de autocompasión, por tener que soportarte! — Los ojos de Draco brillaron con repentino humor y de nuevo se oscurecieron, volviéndose impenetrables.
—Nunca lo he dudado.
Ante la tensión que flotaba en el ambiente, Hermione sintió la necesidad de decir algo, cualquier cosa que rompiera el silencio.
—¿No deberías sentarte? Quizá deberías acostarte. Diré a Serafina que te prepare una de las habitaciones de huéspedes.
—No soy un inválido.
—Le hablaba a Geor, pensé que venía contigo —le dijo burlándose
—No, no ha querido quedarse —sonrió Draco con malicia.
Cuando Draco se encontraba de mal humor, podía ser insoportable y estaba segura de que Geor no lo era menos. En una batalla entre ellos, sería difícil elegir un ganador.
—Haré que Serafina te traiga café.
—No, eso sólo lograría mantenerme despierto.
Al mirarle, observó la tensión en su rostro y vio sus duros rasgos más pálidos que de costumbre. Tenía el brazo izquierdo escayolado y la chaqueta le colgaba suelta sobre el hombro.
—Deberías subir a descansar —sugirió Hermione, preocupada.
—¿Vas a llevarme a la cama para jugar a ser mi enfermera? — ¡Se estaba divirtiendo, maldito!
—Seré yo, Serafina o Spiros. Decídete.
—Tú, Hermione —se burló Draco—. Nadie más puede serlo.
—Entonces ya puedes marcharte —ordenó, sintiendo cómo se aceleraban los latidos de su corazón—. Has estado de pie durante los últimos diez minutos y si te desvaneces, no sé cómo voy a poder levantarte.
En el dormitorio, Draco se quitó la chaqueta y se desabrochó la camisa. Cuando puso la mano en el tinturen, ella apartó la mirada.
—Tendrás que ayudarme.
—Sí, por supuesto —accedió, acercándose mientras él se sentaba en la cama.
Se inclinó para quitarle los zapatos, los calcetines y los pantalones.
—¿Quieres más almohadas?
—Una, puedes traérmela mientras voy al baño.
Cuando volvió con ella, Draco ya estaba acostado sobre la cama.
—¿Quieres algo que te ayude a dormir? —le preguntó.
—Dos pastillas para el dolor, están en ese frasco. —Le trajo las pastillas y un vaso de agua.
—¿Algo más?
—Tú.
Le miró con los ojos muy abiertos.
—No puedes hablar en serio —susurró, temblorosa.
—Quizá no —dijo él sonriendo.
Necesitó mucho valor para mirarle a los ojos, pero lo hizo.
—Si ya tienes todo lo que necesitas, me acostaré.
—¿En dónde piensas que vas a dormir? —preguntó, con tono suave y ella le miró el brazo herido.
—En la habitación del otro lado del pasillo; dejaré las dos puertas abiertas por si acaso me llamas.
—¡Ni lo pienses!
—¿Qué has dicho?
—Lo que has oído —replicó con peligrosa suavidad—. La cama es lo suficientemente grande para los dos.
—¿Qué me dices de tu brazo?
—Es el brazo izquierdo, por lo tanto, usaré el lado izquierdo de la cama —contestó burlándose y encogiendo los hombros.
Hermione se dirigió al baño. Una ducha la ayudó a recuperar el control y tardó bastante rato deliberadamente, confiando en que cuando regresara, Malfoy ya estaría dormido.
Hermione entró en el dormitorio sin hacer ruido y se metió en la cama. Él había vuelto a mover las almohadas para estar más cómodo y yacía inmóvil, con los ojos cerrados.
Cuando extendió la mano para apagar la luz, Draco abrió los ojos y sonrió, con un gesto extrañamente afectuoso que suavizó los duros rasgos de su cara.
Despacio, levantó la mano derecha y le acarició el pelo, tirando un poco de él para obligarla a acercarse.
—Draco...
—Hueles muy bien —murmuró—.
Se encontraba tan cerca de él que se puso nerviosa. Deseaba que terminara en ese instante con aquella descarada seducción, antes de que fuera demasiado tarde.
—Debes dormir —le amonestó ella, tratando de escapar sin mucho éxito. Permanecer allí en esa situación era una locura.
Se dibujó una sarcástica sonrisa en los labios de Draco.
—De acuerdo, pero antes... quiero besarte.
Por unos segundos, trató de resistirse, sin embargo, cuando él la soltó se sintió invadida por una inexplicable tristeza. No podía apartar los ojos de Draco y sin pensarlo, se pasó la punta de la lengua por el labio inferior.
Los ojos de él se entrecerraron y cuando Hermione inclinó la cabeza y le dio un beso, le sintió respirar con fuerza.
—¿Qué es esto? ¿Una invitación?
Una expresión de dolor nubló su mirada y se estremeció mientras intentaba separarse de él.
—Por todos los cielos, no te pongas así —gruñó Draco con voz ronca, lanzando un juramento al ver las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos—. Ven aquí, pequeña tonta.
La obligó a bajar la cabeza, besándola apasionadamente.
—Ahora acuéstate y duerme, si es que puedes —añadió con ironía.
Hermione le contempló con los ojos resplandecientes al ver la intensidad de la emoción de aquella mirada oscura y melancólica. Apagó la luz y se volvió en la cama para conciliar el sueño apoyando su cabeza sobre el pecho de su fastidioso, pero hermoso esposo.