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Historia 102767 — capítulo 1
Reinaba un gran silencio en la Mansión Malfoy. Lucius se había quedado en la residencia con su tercer nieto, Scorpius, mientras su esposa Narcisa, su único hijo Draco, su nuera Astoria y sus nietas gemelas Sharon y Katherine fueron a pasear al Callejón Diagon.
Scorpius era un precioso niño de sólo dos años de edad: tenía cabello rubio platinado y ojos color verde grisáceo. Era pequeño de estatura y de carácter tranquilo, caprichoso y muy risueño. Sabía hablar muy bien pero era a la vez muy callado, todo le causaba gracia y casi nunca lloraba, sólo cuando no conseguía lo que quería. En aquel momento estaba sentado en el sillón mirando a su abuelo escribir en un pergamino. El anciano terminó de escribir, dejó la pluma junto al tintero y miró a su nieto. Éste lo miraba con una sonrisa, y cuando Lucius le devolvió la sonrisa y se puso de pie, Scorpius rió. El hombre mayor rió también al ver que su nieto le tendía los brazos para que lo alzara. Lucius cumplió con el deseo de su nieto y se dirigió hacia el exterior de su mansión.
Scorpius reía a carcajadas por la altura a la que se encontraba, sentado en el hombro derecho de su abuelo. Éste lo llevó a dar un paseo por todo el perímetro de la mansión, bordeando el lago que pasaba por el terreno de ésta.
-Algún día todo esto será tuyo, querido. -decía Lucius mientras estiraba su mano para revolver el lacio cabello de su hermoso nieto.
El niño rió y en ese momento se escuchó una fuerte explosión como a lo lejos, detrás de ellos. Los Malfoy voltearon, y Lucius abrió sus ojos con terror. Pero antes de poder hacer algo, tuvo como última visión una luz roja y después todo se volvió oscuro.
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-¿Cómo te llamas? -preguntó la voz escalofriante.
-Scorpius. -respondió la infantil voz del rubiecito.
El hombre asintió y le ordenó que practicara dos palabras. Scorpius las pronunciaba y pronunciaba, sin parar. El mago se sentó en una butaca junto a una chimenea encendida y lo observó por diez minutos repitiendo aquel conjuro que él tan bien conocía.
Cuando al fin no hubo equivocación alguna, el mago se levantó y Scorpius lo miró. Caminó junto él en la oscuridad de aquel lugar, guiados por la luz que salía de la varita. Subieron unos escalones que hacían gran ruido al ser pisados y entraron en una enorme sala. Allí estaba Lucius, amordazado y sentado en un sillón, al que lo habían atado. Cientos de personas enmascaradas y encapuchadas lo miraban, le decía cosas y reían. Cuando llegó Scorpius con el mago que lo controlaba, se callaron. Ninguno había visto al niño.
-Lucius. -pronunció aquella inquietante voz.
La aterrorizada expresión en el rostro de Malfoy se transformó en evidente sorpresa. Miró a su nieto sin poder creerlo, sin entender… Apenas pudiendo notar su rostro en aquel lugar totalmente a oscuras. Una mujer dio un extraño chillido al ver a Scorpius, como de alegría, y se acercó al bebé haciendo el ademán de quitarse la máscara, pero el mago que estaba junto a él la miró amenazadoramente y ésta cedió con sus deseos de acercarse al niño, que entornaba sus ojos claros intentando ver mejor en aquel lugar en penumbra.
-Tu nieto se volverá uno de nosotros cuando crezca, Lucius. -dijo el mago, y su voz hizo que el vello en la nuca del aludido se erizara y que un escalofrío espantoso recorriera todo su cuerpo. -Hoy se cumplen 10 años desde que tu familia me traicionó, y ahora pagarás con la muerte.
Lucius gemía con la mordaza en la boca, y el mago lo apuntó con su varita. La mordaza cayó en su regazo y Lucius gritó:
-¡No se metan con Scorpius!
-¿Y qué puedes hacer sentado ahí, Lucius? -le preguntó la mujer que estaba cada vez más cerca del bebé que seguía apuntando al aludido. -Después de que mueras, grabaremos a fuego en su bracito… la Marca Tenebrosa.
-¡No! -bramó Lucius. -¡Sólo yo tengo la culpa de lo sucedido… hace una década! ¡No metan al resto de mi familia en esto!
Y después de decir eso, el anciano rubio luchó con las cadenas que ataban sus muñecas y tobillos, pero era totalmente inútil.
-Bueno, es hora… -dijo el mago que estaba parado junto a él.
El niño lo miró sorprendido cuando vio que aquel desconocido le daba su vieja varita. Scorpius iluminó la cara de su abuelo y rió al reconocerlo, contento. El mago se puso de cuclillas para estar más o menos a la altura del niño y ambos tomaron la varita.
**-Digamos juntos, Scor:**Avada Kedavra!
Un cegador destello de luz verde iluminó la escena, y un rayo del mismo color surgió de la punta de la varita que el sorprendido bebé sostenía e impactó en la cara de Lucius antes de que éste pudiera gritar o decir algo. La cabeza se le movió bruscamente hacia atrás y así se quedó. El risueño rostro del niño dudó por un momento, pues no entendía qué había pasado.
-Buen chico. -le dijo el mago, revolviendo el cabello del bebé. -Ahora…
Todos rodearon a Scorpius, al mago que se encontraba junto a él y al cadáver de Lucius y sacaron sus varitas. Acto seguido, se arremangaron dejando al descubierto su antebrazo izquierdo, en el que todos tenían un tatuaje negro de un siniestro cráneo de cuya boca salía una serpiente a modo de lengua. Apoyaron sus respectivas varitas en el centro del pequeño tatuaje y las clavaron con delicadeza. Entonces el mago que había asesinado a Lucius junto con Scorpius, sin incorporarse, le pedía su propia varita. Cuando el bebé lo hizo, confundido, le arremangó la manga izquierda de la pequeña túnica, le tomó el bracito con firmeza y posó la punta de su arma mágica en su antebrazo.
-Morsmordre Threicae!
Un extraño humo verde oscuro (casi negro) comenzó a salir, cegando la vista de todos los presentes. Unos segundos después, éste se disipó. Sólo una persona se había atrevido a no continuar con el ritual de iniciación para acercarse y observar el antebrazo de Scorpius, que se frotaba con fuerza sus hermosos ojos, berrinchudo. La mujer se sacó la máscara y se secó las lágrimas de orgullo.
Scorpius la miró: era alta y delgada, de brillante y sedoso cabello negro y grandes ojos marrón oscuro. Su rostro le resultaba familiar, y el niño dejó de secarse las falsas lágrimas y rió.
-¡Qué niño más precioso! -exclamó la mujer, feliz. -¡Por fin un Malfoy que será un verdadero Mortífago!
-Lo llevaré a su casa. -decidió el mago que se encontraba junto a Scorpius, tomándole la mano.
Aquello no pareció agradarle al niño porque lo miró con reproche, aunque sin decir nada. Miró a aquel individuo alto, carente de cabello, de piel blanca y espantosos ojos rojos, de manos muy grandes y dedos demasiado largos, y que tenía rendijas en vez de orificios nasales, igual que las serpientes.
-Tú vas a ser mi nuevo Mortífago más fiel, ahora que Bartemius Crouch Junior ya no está. Crecerás y me harás sentir orgulloso, algo que ni tu fallecido abuelo ni tu padre lograron. -le dijo Tom Riddle.