← The Hunger Games: El tributo de los vencedores · de
The Hunger Games: El tributo de los vencedores — capítulo 2
Buenas tardes! He aquí otro capítulo! Gracias a todos por los comentarios, las lecturas y los favoritos, que ustedes sean capaces de dejarme saber su opinión hace que pueda mejorar cada día como escritora (aunque es una palabra que me queda demasiado grande) Así que los invito a dejarme ver su opinión, si les gusta o no el fic, que debo cambiar o mejorar. Toda crítica es productiva si se hace con respeto! Gracias a todos :) Rose. Capítulo II: La Cosecha
Si alguien me hubiera dicho que toda la vida que conocía iba a cambiar en las siguientes cuarenta y ocho horas, seguramente habría acabado por tirarle un manzanazo por la cabeza. Aquello parecía ilógico, irreal. Nada tenía sentido en nuestras cabezas, solo queríamos desaparecer, los tres, buscar otro lugar para vivir. Moví mi cabeza, tenía a Hope acostada sobre mi clavícula, ¿Cómo podría dormir esa niña así de mal acomodada?; Cinna, un poco más alejado dormía a pata tendida sobre un colchón que la noche anterior había deslizado hasta mi cuarto. Es que así éramos los tres, hermanos al fin y al cabo, por lo que, cuando nos necesitábamos siempre acudíamos en el llamado. Anoche ninguno quiso dormir en sus habitaciones, el silencio irrompible hacía imposible la estadía de alguno en la casa, era visible como la noticia había impactado en todos los integrantes de la casa.
Mamá no reía, no sonreía, ni comía, ni bebía ni nada. Solamente se dejaba morir. Comenzaba a no poder perdonarle estas actitudes, no era ahora que la necesitaba débil, mi madre jamás ha sido débil desde que nosotros existimos, no puede comenzar a ahora a rememorar viejas épocas cuando todavía los días Oscuros estaban presentes y ella intentaba sobrellevar la muerte de tía Prim. Necesitamos que esté plenamente consciente de todas sus acciones que nos guié para atravesar el recorrido que nos espera. Si es que quedamos seleccionados, porque una parte muy pequeña de mí, todavía tiene esperanza que llamen a alguien más. Que sea el nombre de cualquier otro hijo de vecino pero no el mío o el de mis hermanos. Si ya se, que es un pensamiento bastante egoísta de mi parte, pero no puedo dejar de pensar en los míos y como protegerlos.
Hope apenas si tiene trece años, todavía es una niña que cuando te descuidas llora en las películas cuando los protagonistas discuten, si llega a las arenas que me comentó mamá es más que probable que sea la presa favorita de todo el mundo para aniquilar. Es hermosa, es una niña compasiva que no mataría ni a una mosca aunque, literalmente, la vida le pendiera de ello. No tiene, en este momento particular, la entereza para desafiar las arenas y salir con vida de ellas. Cinna, por otro lado, solo puedo rogar que nadie tome su nombre de esa maldita urna, porque no voy a poder protegerlo. Al menos con Hope, la decisión es fácil, tomaré su lugar. No hay segundas vueltas, ni tiempo para pensarlo. Los tres tenemos edad de ingresar en la cosecha, pero solo yo puedo sacrificarme por uno de mis hermanos. ¡Maldición esta niña duerme como un tronco!
-Rose…-escuché la voz de Cinna recién levantado. Mi hermano me observaba detenidamente con un ojo abierto, mientras el otro lo refregaba contra una sabana. Ahora parecía cualquier cosa, menos un cazador terrible
-Vuelve a la cama, quedan todavía como tres horas antes de la cosecha…-acomodé como mejor pude a Hope que ni aún en ese tremendo sueño que estaba teniendo se dio cuenta que me iba.
El único que se removió y se despertó fue, el pequeño perro que tenemos. Es enano, menos de medio metro de altura, todo negro y ruludo. Caniche, creo, que es la ascendencia, este sabrá el Capitolio de dónde vino, solo sé, que lo encontré un día en la puerta de la casa llorando muerto de frío y fue amor a primera vista. Es mi compañero de caza, y el más férreo compañero de mamá cuando no hay nadie en la casa. Así que todos amamos ese perro, pero la dueña soy yo, aunque mamá piense lo contrario.
Levantarse fue un trabajo arduo viendo que no quedaba espacio para movilizarme entre mi hermana, mi perro, mi cama y yo. A duras penas logré ponerme de pie y casi piso la cola del gato que tenemos. Maldije en voz baja, buscando hacia dónde había escapado el maldito gatuno, pero al ver que Cinna comenzaba a matarme con la mirada, decidí que lo mejor sería salir de la habitación. Haciendo gala de excelentes reflejos, me moví entre todos los objetos de mi habitación y acabé en el corredor. Inercia pura me llevo al baño, a cepillarme los dientes, el cabello. Me observé detenidamente ahora en el espejo. ¿Tenía madera de Vencedora? Nada podía indicar que No, mis padres son la única pareja que pudo ganar los Juegos. Entonces, ¿Seré capaz de matar a un ser humano para lograr mi supervivencia? ¿Arrancar de este mundo una vida que no me corresponde, jugar a ser un ser superior capaz de dictaminar las leyes de quién se queda y quién se va? Serán 26 personas en esa arena, 26 hijos de…; 26 hermanos de…; 26 novios/novias de…; personas de carne y hueso, con historia, con miedos, con expectativas, con sueños. Las piernas me flaquean mientras me sigo observando en el espejo. ¿Seré capaz de asesinar?
-¿Quién está en el baño?-la voz de mi padre inunda cada uno de mis sentidos.
Salí con los ojos enrojecidos de las lágrimas que sin saber ya se habían caído, me tiré a sus brazos, como si fueran el fuerte más seguro contra el dolor. Me agarré de su remera y descargué el llanto contenido que tenía, ahora adrede. Me di el lugar para llorar. Las defensas se habían quebrado, ya nada más podía detener las lágrimas. Tenía muchísimo miedo, miedo a todo, miedo a mí misma.
-Papá- le dije todavía aferrada a todo su cuerpo, como cuando tenía cinco años y me daba miedo la oscuridad, porque algunas noches cuando mamá tenía pesadillas gritaba y me despertaba. Papá tenía doble trabajo, dormir y tranquilizar a mamá con besos y caricias, para luego venir hasta mi cama y dormir todo doblado para entrar en mi cama hasta que me dejaba sumergir en el mundo de los sueños. Sin dudas mi padre era el mejor padre del mundo. Nadie lo podía negar.
-Pequeña…-solo lo dijo, abrazándome con tanta fuerza que solo quise que el mundo acabase ahí- vamos al bosque- asentí mientras cada uno fue a arreglarse.
Automatamente, caminé desde mi habitación con Lieb detrás de mí, Cinna que ante tanto llanto había acabado por despertarse y Hope, que se había removido entre sueños justo para percibir que estábamos yéndonos de la casa. Ni siquiera mamá había podido quedarse durmiendo, papá medio apropósito medio sin querer, con su pierna de lata termino haciendo demasiado lío y ruido como para que mamá no se despertase. Ahora todos caminábamos en silencio, mamá y papá iban en la delantera del grupo, nosotros caminábamos por detrás.
No había nadie en las calles, todavía quedaban mentes humanas que recordaban el horror que habían sido los Juegos, como para tomar esa mañana como cualquier otra. El mercado todavía no abría, la panadería había excusado de no tener pan caliente porque nadie se había levantado lo suficientemente temprano como para hornearlo. Las casas tenían las ventanas cerradas, así que en realidad, nadie se percataba que la Familia Mellark se encaminaba hacia la Veta y desde ahí al bosque. Siempre había sido un punto de reunión, un lugar donde podíamos ser nosotros mismos, sin tener que tener a cuestas los motes, de ser los hijos de "los trágicos amantes del 12" o ser los hijos del Sinsajo y el chico del pan, o los hijos de los desafiantes del Capitolio. Dentro de todo habíamos tenido una infancia normal, pero ahora, todas nuestras defensas caían, no teníamos como defendernos ante la posibilidad de los Juegos.
-¿Tendremos una reunión familiar?- la voz de Cinna me saco de mi ensimismamiento, tomé el arco y el cajac de flechas que estaban en el árbol hueco que mamá me había enseñado de pequeña
-Si los trajimos aquí, es porque queremos hablar algunas cosas con ustedes…-contestó Papá
-¿Están intentando hablar sin mi presencia?-la voz de Haymitch invadió el lugar, apestaba a alcohol, sin embargo, parecía bastante más sobrio que muchas otras veces.
La flecha que estaba en mi arco se disparo impactando con exactitud en el árbol que estaba a su lado. Pasó a centímetros de su cara ya teñida con muchas más arrugas, y el cabello que alguna vez fuera rubio evocando que pertenecía a la parte adinerada del distrito, ahora estaba coronado por una incipiente calvicie y los cabellos que le quedaban eran grises. Alcohólico, nunca se había podido salir de aquella adicción.
-¡Maldición Haymitch no te aparezcas de la nada!-le dije mientras me acercaba a quitar mi flecha del tronco del arco- la próxima vez te voy a apuntar directo al corazón
-Será mejor que guardes tu ganas de matar gente, para cuando estés en la Arena…-su mirada penetrante enmudeció mi voz. Sus ojos me observaban detenidamente escudriñando cada lugar de mi cara viendo el terror plasmado- Preciosa, vemos que por lo menos una de tus criaturas, sacó tu mala educación en cuanto a presentaciones se refiere- me ruboricé desde la punta de mis dedos hasta el último cabello rubio que quedaba en mi cabeza. Maldito Haymitch.
-Basta Haymitch…-papá, siempre papá para salvarme- deja la niña en paz
-Bien, muchachos…-ahora mamá tomaba la posta para hablarnos- sea lo que este día acontezca, hay cosas que no podemos dejar librados al azar.
-Si tienen la suerte de no ser elegidos…-agrego Haymitch, pero decidió quedarse callado cuando pudo dimensionar la mirada asesina que mi madre tenía reservada únicamente para él.
En nuestra casa Haymitch era el tío y el abuelo de todos. Una mezcla media extraña, ya que nuestra abuela, la única que nos quedaba vivía en el distrito nueve donde estaban levantando Otro hospital. Algunas veces viajábamos a verla, pero en mis diecisiete años esas ocasiones eran contadas. Estaba más que claro, que la abuela nunca se había podido recuperar de la pérdida de sus seres queridos, pero tampoco nunca había podido establecer una real conexión con mamá. Así que Haymitch, sin quererlo, ni proponérselo, se había transformado en nuestro tío y abuelo. Era parte de la familia, aunque él, todavía estaba reacio a pensarlo así. Sentía que si no tenía familia, no habría posibilidad de que alguien le pudiera quitar lo que más amaba. Igual que Johana. Igual que muchos que luego de la última guerra habían optado por permanecer sin familia.
-De cualquier forma- mamá luchaba por mantener la compostura ante la aparente caída de todas sus defensas- sea quién salga elegido como tributo, nosotros tendremos que ser sus mentores- señaló a Haymitch y ella- su padre se quedará hasta que los juegos hayan comenzado y luego partirá hacia el distrito trece, donde, como siempre, se cuece el golpe de estado para sacar a Swarten del poder
-Es decir, que sea como sea, si no salimos como tributos, ustedes no estarán en casa, lo que nos deja en ver dónde vamos a quedarnos- Cinna se había puesto de pie- por lo tanto, ¿dónde iremos a parar nosotros?
-Con su abuela…-contestó papá con el ceño fruncido. Veía más allá de la línea dónde todos nos encontrábamos.
En el medio del silencio de todos los presentes, un sinsajo comenzó a cantar. Sinsajos, últimamente en el Distrito 12 había más de los que podías contar. Parecía ser que se aglutinaban en la casa, solo para escuchar cantar a mamá.
-¿Qué harán si quedamos? - la pregunta se atragantaba en mi garganta
-No van a quedar…-contestó papá
-Vamos, ustedes saben perfectamente como nosotros, que tenemos muchas posibilidades de quedar- la flecha que tenía en el arco mientras hablaba impacto directo en uno de los tantos nudos que había en el tronco donde hasta hacía pocos instantes estaba apoyado Haymitch- las estadísticas no están en nuestro favor, somos los hijos de los trágicos amantes del 12, ¿Qué mejor para entretener con pan y circo al pueblo que poner a uno de los hijos de la pareja en la arena?- rabia, mucha rabia invadía mi cuerpo, otra flecha justo al lado de la anterior. Presa muerta en dos segundos, carne fresca en mi mesa para que mi madre cocine en estofado, a la plancha o asada con patatas
-Eso no va a suceder, los hijos de los vencedores tienen inmunidad-mi madre se había puesto de pie para observarme, no quería mirarle a los ojos.
Solo quería disparar eternamente flechas contra aquel árbol. Se acercó al árbol en cuestión, disparé una flecha más que ella agarró con la mano antes que se estrellara contra el tronco. Sus reflejos seguían siendo de lince. Disparé con más rapidez que la de sus reflejos otra flecha que se impactó a su lado, casi rozándola. Hope contuvo el aliento, Cinna retuvo el grito. Yo, le levanté la mirada observándola con aquella mirada que ella decía que ponía, cuando quería verle el alma a los demás. Sin embargo, solo quería que me dijera que no se iba a dejar caer si nosotros íbamos a la arena. Necesitaba que me dijera que Hope iba a quedar bien cuidada.
-Dijiste que los Juegos del Hambre nunca volverían, y aquí estamos, en media hora comienza una nueva cosecha…-contesté observándola frente a frente- Espero que tengan un plan brillante y que no te des el lujo de entrar en depresión
-Primrose Mellark- si mi padre utiliza mi nombre completo, significa que estoy en graves problemas- Baja inmediatamente ese arco y esa flecha. Te diré lo que vamos a hacer, dos muchachos serán en media hora escogidos como tributos para otra edición de estos malditos juegos, tendrán que sobrevivir hasta que los podamos rescatar, porque así lo haremos. Tendrán que sobrevivir a como dé lugar, y tu madre y Haymitch serán los encargados de generar esa supervivencia, así que no te pongas en papel de obstinada y superior, porque lo último que necesitamos es gente que estorbe, si quieres hacer algo positivo por todos estate lista para ayudarme a conseguir que la gente de los demás distritos se enfile para sacar a este mequetrefe del gobierno, mientras podamos salvar a un puñado de niños.
Silencio, mi padre, nunca se salía de sus casillas. Cinna, por detrás de mí, me quito el arco y el cajac, en señal que teníamos que rendirnos y ayudar en lo que pudiéramos. Papá tenía razón, en poco menos de una hora, tendríamos dos tributos que teníamos que salvar, si se podía antes que tuvieran que pisar la arena siquiera o lo más rápido posible para evitar más muertes de las necesarias. Suspiré, "acepto", exclamé en voz baja, en un susurro tan leve que solo Cinna fue capaz que captarlo.
Volvimos todos callados, Hope abrazando a mamá y Cinna hablando con papá. Yo quedé un poco más atrás en compañía de Haymitch. El tío/Abuelo, no hablaba ambos nos respetábamos el silencio. Olía a vodka barato y aguamiel rancia, pero aún así estaba más sobrio que muchas de las otras veces que lo habíamos necesitado para cosas importantes, obviamente, nada era tan importante como esto. En el silencio con Haymitch nos comprendíamos, necesitábamos estar en silencio para comprender que ambos teníamos miedo. Éramos familia desde cualquier punto de vista, la sola posibilidad de que cualquiera que nosotros tres pudiera ser tributo se apretujaba en la mente de los mayores con miedo de saber lo que podíamos llegar a vivir. En nuestras mentes y corazones, se apretuja el miedo a lo desconocido, a lo que no podemos concebir, a los peligros, a la muerte, a la capacidad de asesinar, porque ahora no solo es una posibilidad, no es como salir a cazar para llevar la comida a mi casa, no mato por necesidad ni siquiera por deporte, matar para vivir. Matar a otro ser humano para vivir, sobrevivir. Eso es lo más atemorizante, lo que se erizaba cada uno de los vellos en mi nuca y en mis brazos.
Pronto, demasiado pronto, las calles del pueblo nos envolvieron. Había todo cambiado desde que habíamos salido al bosque. Las casas no habían abierto las ventanas, ni siquiera habían descubierto las cortinas. Solo estaban ahí con las puertas abiertas, comencé a observar como los aerodeslizadores del Capitolio nos sobrevolaban para conseguir tomas aéreas del lugar. Un escalofrío recorrió todo el largo de mi espina dorsal. El edificio de justicia, ahora, tenía un gran escenario de madera, construido para ser de construido en cuestión de minutos. Intenté tragar con dificultad, tenía la garganta seca. Grandes pantallas gigantes mostraban como se preparaban las cámaras para captar el momento magistral en que Los Juegos del Hambre, volviesen a realizar su entrada triunfal, lo que significaba para nosotros la seria posibilidad de una muerte larga, agonizante, dolorosa y, encima de todo, como si todo aquello no fuera suficiente, televisada en cadena nacional para todos los distritos.
-Que la Suerte este siempre de su lado…-escuché a Haymitch decir mientras se desviaba de la columna de niños y niñas que nos acercábamos para ser carnada de un minotauro tan grande que no sabíamos cómo combatir.
Cinna tomó a Hope de la mano, se encaminaron hasta donde todos estaban haciendo fila. Un agente de paz estaba sentado detrás de un macizo escritorio de madera, pidiendo el nombre de cada niño y niña, mientras uno a su lado pinchaba el dedo para dejar una marca de sangre en un enorme libro que tenía las hojas amarillas. Parecían ser hojas de papiro, el grosor del libro me llenó de temores renovados, ¿Cuántos muchachos y muchachas podrían haber sobrevivido a los juegos? ¿Cuántas familias más habría en el Distrito 12? Comencé a observar las cabizbajas cabezas y miradas de todos los niños, de los padres, y de quienes se acercaban hasta la plaza principal. Muchos niños tenían la edad de Hope, algunos hasta eran más pequeños que ella. ¿Cómo podríamos dormir tranquilos si alguno de los más pequeños partía a esa arena?
Acabaron de tomar a los niños los hicieron acomodar en filas por edades. Hope estaba en la tercera fila, la podía ver entre los cientos de niños. Voltee la cabeza, Cinna estaba una fila delante de la mía, en el sector de los varones. Me dio una mirada esperanzadora. Quizás podríamos salir de aquí los tres juntos. Quizás, solo quizás.
-¡Buenos Días Distrito 12!- Effie Trinket, era la única que en veinte años no había cambiado ni siquiera un ápice.
Seguía utilizando una gruesa capa de base blanquecina, los labios pintados como una geisha en un tono fucsia violento, que combinaba a la perfección con la peluca, que parecía ser un nido de albatros más que una peluca, fucsia violento. Las manos las tenía enfundadas en largos guantes que se perdían en las mangas del saco de satén que llevaba. Seguía siendo tan esbelta como siempre, casi al extremo de un desorden alimenticio, que no dudaba que en algún momento de su vida lo hubiera sufrido. Tenía la voz quebrada, se le notaba que debajo de los miles de cientos que kilogramos de maquillaje había estado llorando. Sentí pena por ella, seguía siendo tan devota del Capitolio como siempre, incapaz de negarse a cualquier orden que le daba el presidente de turno.
-
¡Bienvenidos a los septuagésimos sextos Juegos del Hambre, que la suerte esté siempre de su lado!- muchos niños se removieron en sus lugares, padres carraspearon desde la lejanía, y la pantalla gigante le daba la primera plana. El show debía continuar debía seguir.- Antes que nada recibamos a nuestros ¡Mentores!- un sórdido aplauso casi quebró la quietud estática del lugar. Observé como mis padres, junto con Haymitch caminaban en silencio, ninguno sonreía, ninguno parecía divertido con aquella situación. Mamá siempre había estado en contra de tener que ser mentora para la muerte de alguien, ahora nos veía desde la parte superior del escenario solo pudiendo rogar que ninguno de los tres quedásemos seleccionados.
-
¿Habrá algún tributo este año?- Nadie alzó sus manos, nadie estaba tan loco o tenía tantas ganas de suicidarse- Entonces, ¡Primero las damas!- la cuenca de cristal donde Effie terminó metiendo la mano, hizo que no respirar por varios segundos. ¿Qué pasaría? Ya estaba todo decidido, Effie tenía un papel entre sus manos. Lo abrió con cuidado, por un instante siniestro me observó, estoy segura. Sentí como sus ojos se anclaron en los míos, musitando el nombre del tributo de este año: "Hope Mellark"
Silencio. Sin movimientos. ¿Hope? ¿Hope? ¡Mi hermana! ¡Mi única hermana era el tributo! Nadie se movía, unos agentes de paz, comenzaron a acercarse a ella. La siguiente secuencia de acciones se deslizaron entre mis dedos y no pensé nada en absoluto. Uno de los agentes estaba por acercarse a Hope y tomarla por lo hombres, me abalancé hacia ella, gritando desde lo más profundo de mi cuerpo, su nombre. Mis gritos desgarraban la calma anterior a la tormenta que se estaba por desatar. Ese hombre estaba a punto de ponerle una mano encima a mi hermana para llevarla hasta el escenario. Mis padres, saliendo del shock, se abalanzaron a bajar de tres en tres los escalones. Otro agente de paz quiso retenerme, le golpeé la zona baja de su cuerpo de un rodillazo, impulsado bestialmente sin saber de dónde. Me deshice del ligue de otro que me estaba por agarrar por un costado.
-¡Yo seré voluntaria! ¡Me ofrezco! ¡Soy el Tributo!- Caí de rodillas frente a mi hermana que estaba petrificada del terror- ¡Hope! ¡Hope!- la movía- vete de aquí, vete de una maldita vez- mi padre había logrado alcanzarnos. Tomó a mi hermana por los aires, me ayudó a levantar mientras las lágrimas caían como cascadas por las mejillas de mi hermana
-¡No! ¡Rose, Rose!-gritaba fuera de sí- ¡Te van a matar! ¡Te van a matar!
-Llévatela…-le supliqué a mi padre mientras contenía el llanto- ¡Papá llévatela de una vez!- Mi padre me miró solemnemente, antes que pudiera hacer algo, me había estrechado contra su pecho, en actitud de padre protector.- Sácame de aquí papá
-¡Rose te van a matar!-continuaba gritando Hope ahora sin esconder nada de sus emociones- ¡Sinsajo! ¡Sinsajo!
Mamá desde el escenario, era sostenida por Haymitch, porque si la soltaba, se iba a caer de cabeza a la plaza. Estaba tan pálida como nunca la habíamos visto. Alcé la vista, tenía el pánico pintado, me observaba fijamente con Effie y Haymitch, era el tributo femenino. No había vuelta atrás.
-Rose Mellark…-continúo Effie en voz baja- es la voluntaria por el Distrito 12- como ya había pasado una vez, entre los gritos de mi hermana, su llanto descontrolado, su ataque histérico.
Los demás me observaban. Los niños no hacían nada, solo observaban, desde la parte de atrás donde se encontraban los padres, la gente mayor que recordaba los últimos juegos, levantaron en silencio tres dedos de su mano izquierda los apoyaron contra sus labios, luego los alzaron al cielo. No pasó mucho tiempo, hasta que progresivamente desde atrás hasta la primera fila, donde podía ver los ojos de las niñas y los niños asustados, todos repitieran la misma seña. Llegué al escenario, me quedé sobre un costado, esquivando la mirada de mi madre, la mirada de Haymitch, la mirada de todos los presentes, todavía estaba recalculando la dimensión de la decisión impulsiva, pero no menos certera, que acababa de tomar-
-Ahora vamos a los muchachos- con mayor rapidez, sin hacer tanto espamento, introdujo nuevamente su mano en el recipiente de cristal. Sacó el primer papel que tomó y lo abrió con cuidado. Las piernas le flaquearon y cayó desmayada en el escenario. Mi madre tomó el papel y gritó desde lo más profundo de su ser. Me acerqué hasta el micrófono, que un chirrido había caído al suelo dejándonos a todos parcialmente sordos, observé el trozo de papel de pergamino, sin procesar aquel nombre, lo dije en un susurro ante el micrófono- Cinna Mellark
La reacción no se hizo esperar. Los llantos comenzaron a escucharse en la parte posterior de la plaza. Algunas personas lloraban por nuestro trágico destino. ¡Había tenido razón! Nos metieron en estos estúpidos juegos solo por ser sus hijos. Al pueblo pan y circo, mi vida y la vida de mi hermano en juego. Observé a Cinna caminar erguido hasta el escenario. Por detrás de él, Hope, quién se había zafado del agarre de mi padre, venía corriendo. Ningún agente de paz intentó hacer el amague para detenerla. Corrió y corrió hasta que llegó donde Cinna estaba, al pie del escenario. Su llanto desgarraba a todos en esa plaza. Solté el micrófono y me precipité hasta donde estaban mis hermanos abrazados. Hope se aferró a mi cuello, como si tuviera miedo de que me esfumara cuando ella parpadeara. Yo la abracé como si necesitara tatuarme su piel a fuego en la mía. Mojaba el escote de mi vestido con sus lágrimas, nada importaba, el agarre de Cinna nos mantenía juntos a los tres.
No supimos vislumbrar cuánto tiempo estuvimos así, solamente, sabíamos que necesitábamos estar juntos. Para cuando levantamos la mirada me di cuenta de la realidad. Intenté recomponer la compostura. Pocas veces he estado tan asustada en mi vida, y menos son las veces que he tenido que esconderlo a como dé lugar. La pantalla gigante que instantes atrás mostraba el rostro de Effie Trinket ahora muestra el rostro de los muchachos que reconozco a la perfección. Somos mi hermano y yo, Hope está escondida entre nosotros dos, y es ahora cuando caigo en la cuenta, nos vamos a tener que asesinar el uno al otro, en otra edición de "Los Juegos del Hambre"…