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Los amantes de Hogwarts — capítulo 6

¡Nuevo capítulo! El punto más interesante está a punto de llegar.--------------------Si digo "Mi vida en Beauxbatons no fue mala", estoy diciendo una mentira. Lloraba mucho y no hablaba con nadie. No era que echase de menos a mi familia o a mis amigas o... Solamente que no quería pasar más tiempo sin él. Sin su sonrisa.Había intentado escapar, pero me habían encontrado. Después de que me pillasen por tercera vez consecutiva, me tumbé a mi cama y me eché a llorar. Mis compañeras me intentaban consolar —¡A mí! A la chica que no hablaba con ellas ni siquiera cuándo coincidía con una para hacer las tareas de la casa — pero las despedí de la mejor manera que pude.

Intentaba tapar mis sollozos y mis llantos con la cara escondida en la almohada. Pero no lo conseguía demasiado bien.

Evidentemente, esto preocupaba a mi familia pero yo estaba de esta manera porque no quería tener amigos. Ya tenía a Scorpius. ¡De amigas tampoco quería! Ya tenía mis amigas de Hogwarts, si seguíamos siendo amiga, claro. No había hablado con ellas desde hacía quién sabe cuánto tiempo, no había hablado con ellas desde el verano, antes de irme aquí.

Pensé en él, y me hice una idea mental de cómo era. Con una sonrisa mezclado de lágrimas pude comprobar que aún tenía la memoria visual intacta. ¿Cómo se lo debería pasar? Hacía tiempo que no recibía ninguna carta suya. Cállate, Rose pensé ahora estás a la otra banda del mar. ¿Cómo quieres que tus cartas le lleguen deprisa?

¡Como lo echaba de menos! No podía más porque mi mente me bombardeaba cada noche con sueños de momentos que había pasado con él. Unos ratos que me gustaría volver a revivir, y que no fueran con recuerdos. Pero ahora estaba pagando las consecuencias de decir a los padres que me gustaba Scorpius o de nacer en aquella familia, nunca lo sabría.

No puedo más. Ni siquiera volveré a casa por Navidad —¡antes muerta!—, así que no lo vería hasta... Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que esperar más de medio maldito año para volver a verlo? Ya no tenía ganas de volver intentarme escapar, porqué si esta vez tampoco lo conseguía mi vida tendría que terminar.

¡No puedo más! O lo veo y hablo con él cara a cara —ya no me bastaba con las cartas que nos enviábamos mutuamente— o haría alguna locura de las grandes; sí, una locura de la cuál mi familia se arrepentiría haber decidido enviarme a la maldita Beauxbatons cuándo les dice que estaba enamorada de Scorpius.

Estaba destrozada. ¿Cómo había conseguido sobrevivir tres meses? Tenía ganas de volver a Inglaterra y... volver a verlo. Esto era lo único que me mantenía con vida. Volvía a pensar en él. ¿Dónde estaría? No me lo decía.

¿Por qué? ¿Por no hacerme sufrir si lo pasaba mal? ¡Merlín! Que estuviera bien, por favor.

Estaba segura que si alguien alguna vez —aunque fuese raro— me pidiese cuál fue el castigo más severo que me había puesto mi familia, se lo diría sin dudarlo. Este castigo, separarme de la persona que amaba con locura.

Solamente de una cosa estaba segura: a mis hijos no los castigaría con aquello. Los traumas de la adolescencia me lo privarían, estaba segurísima. Ah, y si tenía hijos, claro, porqué nunca se sabe...

Al cabo de un rato volvieron las compañeras de habitación —para dormir— y fingí que ya estaba dormida por no tener que hablar con ellas. Siempre lo hacía. Me acostaba antes o después que ellas, pero nunca con ellas.

Pasé las peores fiestas de Navidad posibles. Unas fiestas que me hubiera gustado que me hubieran hecho el hechizo "Obliterar" encima de ellas y no tener que sufrirlas. Pero nadie lo hizo.

Con el buen tiempo me revive un poco y, tras tantos meses, me empezó a gustar estar en esta escuela. Claro está que jamás superaría a la mi querida Hogwarts. Volví a tener otras amigas —acepté a las compañeras de habitación, que se mostraron muy amables conmigo— y me lo volví a pasar bien.

Las notas subieron y en el segundo trimestre conseguí sacar las mismas notas que hacía en Hogwarts. Incluso conseguí perdonar a mi familia porqué ya no veía tanto todo esto como un castigo —a Scorpius lo vería cuándo volviese en el verano y luego NADA me separaría de él— si no como una auténtica oportunidad.

En mi calendario se iban tachando los días y cada vez más se acercaba aquél 31 de Junio en el cuál volvería a pisar mi querida Inglaterra. Las cartas de Scorpius parecían más animadas y no eran más que un puente entre lo que sucedió y lo que sucedería en dos meses y medio, cuando fuese el 31 de Junio.

En mi autentica felicidad, aunque mi vida tuviese muchos planes de futuro, sucedió algo que me cambió la vida tal y como yo la conocía: la muerte.