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Por amor — capítulo 1

Paseamos tomados de la mano. Él con sus rubios y sedosos cabellos al viento, yo con mis castaños rizos ocultos por un gorro. Lo miro con ternura, él me devuelve la mirada. De repente, nuestros rostros comienzan a acercarse, poco a poco. Pensar que hicimos esto miles de veces, y aún me sigue pareciendo algo extraordinario. La cantidad de sacrificios que debimos hacer, de reglas que debimos romper, y todo valió la pena. Ahora podemos estar juntos. Sigue estando mal visto que nuestras razas se relacionen entre sí, y mucho más que se enamoren, pero no pudimos evitarlo, fue amor a primera vista.

Cuando nuestros labios se tocaron, sentí ese familiar y placentero cosquilleo que me recorre todo el cuerpo. Rodeo su cuello con mis brazos y lo atraigo más hacia mí. Nos besamos suavemente, pero ambos queremos más. Cuando nuestros labios presionan tanto que se abren, él me toma entre sus brazos y me levanta del suelo. Suelto una pequeña exclamación de sorpresa, pero sólo lo abrazo aún más fuerte y lo beso más apasionadamente. Me coloca sobre la gruesa baranda de cemento blanco del puente, sin dejar de besarme.

-Te amo- me susurra, entre besos.

-Yo también- respondo, pegada a sus labios.

Rodeo su cintura con mis piernas, al tiempo que él recorre la curva de mi clavícula con sus labios. Suelto una leve y tímida risa mientras me besa el cuello. A pesar de tener los ojos cerrados, sé que me he ruborizado. En realidad, nos hemos besado de esta manera muchísimas veces, pero no frente a tantas personas, es decir, estamos en un puente donde circulan un montón de peatones que, no necesito mirar, sé que nos están observando.

-Seb- susurro, con los labios rozando su oído- todos nos están viendo.

Abro lentamente los ojos. Tengo razón, varias miradas de curiosos espectadores nos vigilan. Más atrás, el río bañado de los colores de un atardecer nublado permanece estático y maravilloso, flanqueado por altos árboles y espesos arbustos verdes.

-No me importa- suelta una risita baja y suave- pero, si quieres, podemos ir a un lugar más íntimo.

Sonrío y asiento levemente. Me ayuda a bajar de la baranda y, juntos, volvemos a casa.

El edificio para subterráneos de Nueva York es un rectángulo de veinticinco plantas donde se alojan todas las criaturas que intentan dejar atrás sus antiguos clanes, grupos, o lo que sea. Todos tienen sus motivos: algunos fueron desterrados, otros se fueron por decisión propia para iniciar una nueva vida, otros porque no estaban de acuerdo con las reglas que debían seguir, etc. Los motivos pueden ser miles, pero todos terminamos aquí.

-Llegamos- anuncia Sebastián.

Entramos al ascensor y presionamos el botón que indica la planta número veinte. Salimos y entramos a nuestro departamento.

Es un lugar no muy grande, con pisos de madera y paredes blancas. Un enorme ventanal que ocupa toda la pared deja ver gran parte de la ciudad. La mesa redonda de madera está ubicada cerca de la puerta y, más para el lado del ventanal, hay un gran sofá negro frente a un televisor.

Suelto un suspiro.

-Hogar dulce hogar.

Lo miro con una sonrisa en el rostro, y él me la devuelve. Al fin pudimos conseguir aquello que tanto queríamos, y no vamos a desaprovecharlo.

-Eres tan perfecta- murmura.

Lo miro. No se lo reprocho, aunque antes no era así, es decir, antes de morir, claro. Cuando estaba viva, era una chica no muy delgada, pero no era gordita. No muy alta, pero baja no era, tampoco era demasiado linda, pero eso no quería decir que no tuviera lindos rasgos. Una noche, caminaba sola por ahí, vagando si un rumbo en concreto. Me gustaba salir a caminar, me ayudaba a pensar y aclarar mis ideas, pero esa vez fue diferente. Nunca llegué a casa.

-Hey, Liss, ¿te encuentras bien?- Me mira con preocupación. Me abstraje tanto en viejos recuerdos que de seguro parecía un zombie, con la mirada perdida y expresión ausente.

-Oh, em… sí, sí estoy… estoy bien- mi balbuceo sólo le provoca más preocupación, pero no insiste más. Sabe perfectamente que no sirve de nada preguntarme algo si no estoy dispuesta a contárselo.

He estado tanto tiempo intentando ocultar esos recuerdos, taparlos para que nunca vuelvan a salir a la luz, que no voy a permitir que me vuelvan a perseguirme ahora que soy feliz.

-Tal vez necesites descansar- sugiere Sebastián.

Es tan extraño que los de mi especie necesitemos descansar. Es decir, estamos muertos, ¿no?

-Mmm… y yo que tenía otros planes- rio levemente.

Es increíble que, viviendo juntos y todo, aún no lo hayamos hecho. Pero ambos estamos esperando el momento oportuno. Aún somos jóvenes, por eso entre nosotros no ha ocurrido nada más que besos y caricias.

Me toma por la cintura y me besa tiernamente. Le devuelvo el beso con más ferocidad de lo que pensaba. Cuando le rodeo el cuello con los brazos, lo beso con más energía, tanta que le muerdo el labio inferior.

-¿Me has mordido?- Me pregunta, sorprendido, entre besos.

Asiento tímidamente con la cabeza, sin dejar de besarlo. Me toma entre sus brazos y me conduce hasta nuestra habitación. Nos tumbamos en la gran y blanca cama, besándonos. Le recorro con las manos la espalda, palpando la suave camiseta que tiene, mientras él me acaricia el cabello. Comienzo a sentir un hambre que no he sentido desde que… desde hace mucho. Me pego más a él y lo abrazo con más fuerza. No es suficiente. Con movimientos vacilantes, acerco mis manos al borde de su camiseta y tiro de ella hacia arriba. Me ayuda a quitársela mientras nuestros labios siguen pegados. Acaricio su musculosa y bronceada espalda mientras él recorre con sus manos mi cintura.

Extrañamente ansiosa, siento cómo el hambre que se apoderó de mí no hace más que crecer, hasta el punto de no saciarse más. Con mis dedos, acaricio su fuerte torso, sus desarrollados abdominales y su cintura. Es tan perfecto que parece irreal. Tomo sus manos entre las mías y las condujo hasta mi cuello, hasta los botones superiores de mi blusa. Me mira con la duda escrita en sus ojos. Él está dispuesto a hacerlo si yo se lo permito, y voy a permitírselo. Muevo la cabeza afirmativamente, mientras sus dedos desabrochan hábilmente mi blusa blanca. Me la quita y la arroja al suelo mientras me besa con más pasión que nunca, atrayéndome aún más hacia él. Luego me coloca debajo de él, presionándome suavemente contra el colchón. Sonrío contra sus labios, y él me devuelve la sonrisa. Mi deseo no hace más que crecer con cada beso, con cada caricia. Presiono aún más mis labios contra los suyos y, sin ser totalmente conciente de mis acciones, me desabrocho los vaqueros. Me mira con más intensidad que nunca, el deseo arde en sus ojos, y no puedo evitar sentirme tan amada que podría gritar de felicidad. De repente, tomo conciencia que, entre nosotros, no hay más ropa que sus vaqueros y mi ropa interior, pero no me importa, sólo quiero unirme a él, fusionarnos en uno solo. Con mis labios, recorro a besos las comisuras de sus labios, su mejilla, su barbilla y bajo hasta su cuello. Me detengo allí, con los labios pegados a su piel, mientras aspiro el aroma a limón que emana de él. Lo siento suspirar, mientras me besa el cabello tiernamente. Sigue sin ser suficiente, entonces, con un chasquido, dejo mis colmillos al descubierto y lo muerdo.

La sangre explota en mi boca, apaciguando el hambre y el deseo que se apoderaron de mí. No puedo pensar con claridad, no puedo percibir nada más que el exquisito sabor de la sangre de un hombre lobo en mi boca. Lo cierto es que nunca había bebido la sangre de un licántropo, pero sabe incluso mejor que la de los humanos, más cálida, más dulce, más… viva.

-Liss, ¿qué demonios estás haciendo?- Su débil protesta se pierde cuanta más sangre bebo. Al principio, forcejea para librarse, pero sus fuerzas se desvanecen con cada trago que doy.

No me doy cuenta del tiempo que he estado bebiendo de él hasta que siento el peso de su cuerpo en mis brazos, y entonces sé que se ha desmayado. De repente, recupero el control de mí misma, me aparto de él y, horrorizada, pienso: < ¿Qué he hecho?>