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Por amor — capítulo 3

Enfadada con Sebastián por recordarme aquellos tiempos, y con migo por ser tan débil, corro sin un rumbo concreto por la acera. La gente me mira extrañada, algunos hasta me preguntaron si me encontraba bien y por qué tenía sangre en la cara. Obviamente, me inventé una historia de que estaba pintando y la pintura roja cayó en mi cara, o algo por el estilo. No todos me creyeron, y algunos me dijeron que me iban ayudar, pero que debía decirles la verdad, pero yo sólo me limitaba a decirles que estaba bien y volvía a huir.

Siguiendo el camino que mis pies trazaban, llego a una calle que me resulta vagamente familiar. La recorro lentamente, observando cada edificio y cada casa, mirando los ladrillos de las paredes que hay a mi alrededor e intentando recordar dónde había visto esto antes. Entonces veo el callejón.

Un espacio entre dos grandes edificios de ladrillos forma una pequeña y estrecha calle oscura y sucia, con algunos cubos de basura y ratas corriendo sigilosamente entre estos. Me acerco hacia el lugar y lo observo detenidamente. Recuerdo haberlo visto antes pero… ¿Cuándo?

Sigo caminando y doblo la esquina. Y es entonces cuando recuerdo.

La calle desierta, la luz tenue de las farolas es la única iluminación que hay por las noches, en especial las que no tienen estrellas. Las casas, blancas y con techos de tejas, tienen pequeños jardines delante de ellas, y los árboles son altos y colmados de hojas.

< Aquí morí> pienso, horrorizada.

Hecho a correr, dejando atrás la casa que vi momentos antes de morir, el jardín que dejé manchado de sangre, la acera donde yació mi frío cadáver. Dejo atrás todos esos malos recuerdos que vuelven a acosarme, dejo atrás la peor noche de toda mi existencia y, justo cuando pienso que ya nada puede ser peor, llego a mi casa.

Aquella casita blanca con techos de teja y puertas de madera, aquella casita con ventanas de vidrio en cada habitación y muebles de roble, aquella casita con un gran parque trasero donde jugaba de niña. Aquella casita donde viví toda mi vida y a la que nunca llegué esa noche.

Trago saliva con fuerza y tomo una gran bocanada de aire, por más que no lo necesite. Es la primera vez que la veo desde que aquella noche. Tanto tiempo intentando tapar esos recuerdos, ocultar aquellos días, para volver al lugar donde ocurrió todo.

Sé que no hay nadie. No lo ha habido desde mi muerte.

Sacudo la cabeza, intentando despejarla de esos pensamientos. Junto todo el valor que puedo, que es muy poco, y doy un paso adelante. El césped sigue igual de mullido que antes, algo que me resulta un poco extraño, luego de tanto tiempo, pero no le doy importancia.

Un paso más. Y otro. Otro más. Ya casi llego a la puerta de entrada. Obligo a mi reacio pie a moverse unos pocos centímetros. Listo, tengo la puerta de madera frente a mí, a unos cinco centímetros de distancia. Algo dentro de mí me obliga a colocar la mano en el picaporte dorado, pero entonces recuerdo que no tengo la llave.

Doy media vuelta, medio aliviada y medio decepcionada, cuando la veo. La pequeña maceta que contiene a las margaritas violetas que tanto le gustaban a mamá. Me agacho y la elevo del suelo, notando que la planta se encuentra totalmente seca, y allí está: la pequeña llave de bronce.

La tomo entre mis pálidas manos y la introduzco en la cerradura. La puerta se abre y, luego de tanto tiempo fuera, vuelvo a ver el interior.

Sigue exactamente igual a como era antes, a excepción de que los muebles están tapados con sábanas blancas. El pequeño salón que tengo ante mí sigue manteniendo los sillones individuales beige de antes, sólo que cubiertos por esas mantas. En el centro del círculo de sillones, está la mesa ratona de vidrio con patas de madera, también cubierta. Una gran cantidad de polvo flota en el ambiente, pero sigo avanzando. Derecho por el salón, llego al pasillo que tiene las puertas de las habitaciones. Entro en la primera, la que da a la calle. Antes de terminar de abrir la puerta, sé que estoy en la antigua habitación de mis padres. Las paredes blancas, las estanterías y bibliotecas de madera, la cama matrimonial con el juego de sábanas azules y celestes y la ventana con cortinas azul marino. Todo sigue igual, pero también cubierto por aquellas extrañas mantas. Parece como si estuvieran fumigando la casa.

Salgo de allí rápido y cierro la puerta tras de mí con un chasquido. Intento calmar mi acelerada respiración, bloqueando esos recuerdos de cuando era pequeña, de cuando aún estaba viva… Sacudo la cabeza, alejando esos recuerdos de mí, expulsándolos lejos. <Son parte del pasado- me digo- ya pasó>

Avanzo hasta la otra habitación, pero me detengo delante de la puerta, incapaz de abrirla. <No puedes quitar aquellos días de tu memoria si sigues aquí. Vete, si te queda algo de sensatez. > Hago caso omiso a esa sabia voz que aparece en mi cabeza cuando no sé qué hacer. Es una voz inteligente, intuitiva, pero la mayoría de las veces la ignoro, y esta vez no va a ser la excepción.

Decidida, abro la puerta, pero lo que veo me parte el alma.

Los muebles siguen en el mismo lugar de antes: la cama contra la ventana abierta, las cortinas violetas, el enorme escritorio repleto de libros con una computadora, el otro estante con más libros, el ropero de madera con pósters y el pizarrón donde escribían mis antiguos amigos. Sin embargo, lo que provoca que se me caiga el alma a los pies, son las paredes lilas, que ahora están repletas de recortes de diarios, con fotos mías y datos. Un cartel que dice "BUSCADA" en letras mayúsculas rojas con una foto mía y un poco de información debajo provoca que se me llenen los ojos de lágrimas rojas, pero no lloro, no me lo permito.

Me dirijo hacia la pared y leo una noticia de un periódico de hace dos años:

"LISSA JONES, LA JOVEN DESAPARECIDA EL DÍA 30 DE MAYO, SIGUE PERDIDA Y NADIE CONOCE SU PARADERO. SE LA VIO POR ÚLTIMA VEZ EN SU CASA, A LAS 11:00 HS. SALIÓ A CAMINAR, PERO NUNCA VOLVIÓ. SE HALLARON RESTOS DE SANGRE FRENTE A UNA CASA DE SU VECINDARIO, Y LOS ESTUDIOS CIENTÍFICOS AFIRMAN QUE PERTENECE A ELLA. CADA VEZ HAY MENOS ESPERANZAS DE ENCONTRARLA CONVIDA, PERO LOS PADRES QUIEREN UN ENTIERRO DIGNO PARA EL CUERPO".

La noticia es del día 15 de junio, un día antes de mi cumpleaños número dieciocho.

Demasiado tarde, tomo conciencia de las cálidas lágrimas de sangre que ruedan por mi rostro. <Genial, si sigo así terminaré por desangrarme>

Me enjugo las lágrimas y salgo de la habitación, incapaz de seguir ahí dentro. Una vez fuera, me dirijo al baño, que está al lado del cuarto, y me lavo la cara.

Por primera vez en varias horas me miro en el espejo. Mi reflejo, tenue y borroso en el contorno de mi cuerpo, da a entender que parezco una sin techo. Con los dedos, me arreglo un poco el cabello y me lo recojo en una cola alta. Es lo más que puedo hacer, ya que no hay nada de las cremas y maquillajes que había cuando la casa estaba habitada.

Cansada, me encamino hacia la sala, no sin antes pasar por la cocina, que también está cubierta por las sábanas. Cuando llego, una oleada de tristeza y añoranza recorre todo mi cuerpo. Ver los pisos de madera, los sillones de roble, la televisión sobre la mesa ratona de pino y las plantas encerrando la pequeña fuente iluminada por los enormes ventanales de vidrio me recuerdan a las horas que pasé aquí leyendo, jugando, estudiando y hablando con amigas. Me recuerdan los viejos tiempos, tiempos que deberían quedar olvidados, tiempos que me arrebataron, y que ya nunca recuperaré.

Me siento sobre el gran sofá cubierto con una manta blanca, y allí me quedo, pensando, soñando, recordando…

Corro por el bosque. El clan y yo organizado una carrera hasta el río, a unos setenta kilómetros de allí. Yo voy ganando, les llevo varios metros de ventaja a mis compañeros. Detrás de mí, Alec trata de alcanzarme. Es el más próximo a mí, y también es rápido, pero no permitiré que me alcance.

Tomo más velocidad, dejando atrás a mis competidores, cuando saltan los lobos.

Sobresaltada, giro bruscamente a la izquierda, escapando de aquella amenaza. Oigo gritos y sonidos como de golpes y cosas que se rompen. No paro. Si algo respecto a la supervivencia me enseñaron los vampiros, es que, en una situación crítica como lo es esta, debo correr y esconderme. Nunca debo luchar si estoy sola, porque soy más vulnerable, en especial siendo una novata en adiestramiento.

Sigo corriendo, dejando atrás los gritos, alaridos y gruñidos, dejando atrás a la batalla entre vampiros y lobos.

Cuando creo que estoy a salvo, que me encuentro a una distancia prudente de la pelea, escucho un gruñido. Es un sonido débil y lastimero, como el de un animal herido. Haciendo acopio de valor, avanzo un poco más por el bosque, manteniéndome oculta entre los árboles.

Cuando creo que sólo fue mi imaginación, que allí no hay nada, lo veo: un gran lobo de pelaje dorado brillante, bañado por la luz de la luna. Está tendido en el frío suelo de tierra, gimiendo débilmente. No comprendo lo que le sucede hasta que veo la enorme y profunda herida que recorre una de sus patas traseras.

Incapaz de seguir observando aquella atrocidad- estoy segura que llega hasta el hueso- salgo de mi escondite y, con voz suave y tranquilizadora, le digo:

-¿Qué te sucedió?- El lobo me gruñe, enseñándome todos sus afilados dientes, claramente sorprendido de verme allí-. Tranquilo, no voy a hacerte daño.

Sé que es lo más estúpido que le podría decir a un licántropo cuando sus compañeros están luchando contra los de mi especie, pero digo la verdad.

El lobo, dudoso de si le digo la verdad o no, no tiene más opción que creerme, ya que con una herida así podría desangrarse rápidamente.

Me quito el pañuelo negro que adorna mi cuello y comienzo a atárselo en la pata. Lo oigo gemir de vez en cuando, pero aún así termino de vendarle la herida.

-Tendrás que limpiarla y vendarla lo más pronto posible. Esto detendrá el sangrad, pero no por mucho tiempo.

El lobo me mira, y veo en sus amarillentos ojos la gratitud que siente. Lo que acabo de hacer no es lo normal, y podría haber aprovechado la oportunidad de matarlo mientras no registraba mi presencia, aún más estando malherido, pero no me importa, no voy a matar a aquella criatura, tan perfecta que me cuesta creer que sean nuestros enemigos.

Me alejo sin decir nada pero, cuando sé que estoy fuera del campo visual del lobo, vuelvo la mirada y lo observo una última vez: pelaje dorado, casi brillante, enormes ojos amarillos verdosos, músculos fuertes y resistentes, gran tamaño… un perfecto lobo joven.

Me incorporo del sofá. pienso, aún soñolienta. Miro mi reloj de pulsera: las 6.30. He dormido demasiado, cuando llegué aquí era mediodía, y ahora está oscureciendo.

Cansada, pienso en lo que debería hacer ahora. Si vuelvo al departamento, me encontraré con Sebastián, pero no puedo pasar la noche en esta casa, sencillamente me trae demasiados recuerdos, así que acomodo la sábana blanca del sofá y me dispongo a irme cuando recuerdo algo.

Corro hacia mi antigua habitación y levanto la manta que cubre mi escritorio. Entre todos los libros, encuentro lo que estaba buscando: mi diario, el que escribía cuando era niña. Tomo otro libro de los estantes- uno de mis favoritos: "Los juegos del hambre"- y vuelvo a colocar la manta en su lugar. Del armario, saco una mochilita y guardo lo que me estoy llevando, pero entonces recuerdo algo más: un perro de peluche que me regalaron mis padres cuando nací. Cuando era niña, lo llevaba a todos lados, así que también lo tomo del interior de un baúl y lo guardo en la mochila.

Listo, ahora sí me voy.

Casi llego al edificio cuando lo veo: una figura alta y de tez bronceada, cabellos rubios y fuertes músculos. Tiene un aire ensimismado, como si tuviera la mente en cualquier otro lugar.

Lleva una camiseta negra de manga corta, que deja apreciar sus fuertes brazos. La brisa le alborota el cabello, y la tenue luz crepuscular lo hace parecer más bello de lo que es.

Tomo aire, aunque no lo necesite, y me acerco a él. Pero cuando voy a abrir la boca, él me interrumpe.

-Lamento haberte hablado así, Liss. Estaba enfadado, y no pensaba con claridad. Soy conciente de que nunca quisiste hacer eso que te dije, que sólo te estaban manipulando, convirtiéndote en algo que no eras, pero me dejé llevar por las palabras y te pido perdón.

No sé que decir. Algo en mí se rompe al oír el tono desesperado y herido de su voz. Extrañamente, me recuerda a la primera vez que lo vi, herido en su forma de lobo.

Me obligo a hablar, a darle una respuesta adulta y seria, pero me falla la voz, y lo único que puedo hacer es arrojarme a sus brazos y acurrucarme en su fuerte pecho. Y eso es lo que hago.

Me abraza fuertemente, susurrándome miles de disculpas en el oído, sus labios haciéndome cosquillas.

-Liss, lo lamento, nunca debí haberte hablado así.

-Sebastián, cállate- le digo, tomándole el rostro entre mis manos, y entonces lo beso.

Es un beso dulce y tierno, un beso prolongado y puro. Me abraza por la cintura, y yo le rodeo su cuello con mis brazos. Abro un poco los ojos y veo, extrañada, que no hay nadie en la calle. Ya es de noche, pero generalmente las calles siguen muy circuladas sin importar la hora.

Hago caso omiso de mis pensamientos y vuelvo a cerrar los ojos, disfrutando del sabor de los labios de Sebastián, pero entonces, algo tira de mí hacia atrás.

Lanzo un grito e intento zafarme, pero sea lo que sea que me tiene agarrada es fuerte… muy fuerte.

-¡SEBASTIÁN!- Chillo, histérica. Pero caigo en la cuenta de que a él también lo tienen, y que también intenta soltarse en vano.

-Cállate, Lissa- me espeta una aterradora voz.

Conozco a quien me está hablando, aunque no pueda verlo. Me paralizo, incapaz de mover ni un solo músculo. Todo mi cuerpo me dice que corra, que hulla lo más lejos que pueda de allí, pero no puedo moverme, no puedo pensar con claridad, sólo sé que ellos volvieron, y que esta vez no dejarán que nos salgamos con la nuestra.

Los vampiros y los lobos han regresado, y no permitirán que Sebastián y yo sigamos juntos.