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Nada que decir — capítulo 1
Suspiró. No, no era un suspiro de alivio, si no que en él reflejaba todo su aburrimiento, enfado y rabia. Se encontraba en un pupitre, rodeado de varias docenas de más alumnos con problemas y en una sala medio abandonada del último piso. Sí, era aquella sala de la que hablaban los más pequeños cuando castigaban a alguien. "¡Oh, no, se lo han llevado a la 304! Olía a desván, era espaciosa, con techos altos, llena de polvo y las ventanas estaban tapadas por cartones, por los que entraban reflejos de luz a través de pequeños agujeros en los que los insectos depositaban sus nidos. Por lo que, no era nada luminosa, además de los cartones, de los únicos tres focos que emitían un poco de luz, uno estaba colgando del techo y hasta en ocasiones salía alguna que otra chispa de él. Tampoco estaba muy decorada, las paredes, eran de hormigón y había una pila de muebles y máquinas almacenados mas viejos que su abuelo. Seguro que a su hermana le encantaría ir allí y destrozar todo lo que tuviera en sus mismas narices. Pero claro, por eso iba a otro instituto, donde su padre, con plaza de conserje podía tenerla un poco vigilada. Un poco. A la pelirroja que le había tocado de hermana (Dios sabe por qué, pensaba) le encantaba salirse con la suya con una gran facilidad y montones de veces.
Miró a su alrededor. Desde su pupitre, situado en la misma esquina izquierda trasera de la sala, no se veía gran cosa, salvo la rota pizarra y el escritorio de la profesora, que se erguía sobre un altillo. Quedaba no más de una hora para salir. Era una de las cosas que más deseaba, a parte de ir al baño. Sólo tenía que aprobar ese maldito examen de matemáticas y todo el verano sería suyo. Ojalá esa profesora, Flor, que estaba corrigiendo los exámenes con aire de suficiencia, terminase su trabajo. Mientras, la habitación, en sumo silencio, esperaba para salir. Cogió un lápiz y empezó a golpear suavemente la mesa. Algunos, empezaron a mirarle, algo irritados. A él le daba lo mismo. Las chicas cercanas lo miraban, algo asombradas. Sabía que eso era, en clase de Flor, una gran estupidez, ya que por menos de eso la profesora había expulsado a alguno que otro. Sus ojos, azules, se quedaron observando una melena rubia que se encontraba unos pupitres más adelante. Por culpa de esa chica ahora era un mono de circo para sus amigas. Pero eso era lo que quería y necesitaba olvidar. Ainoa, que así se llamaba, volvió la cabeza y miró atrás. Instantáneamente, Sergio, apartó la mirada. Le había sentado muy mal lo que le hizo ésa, y no quería que ella pensase que la seguía queriendo.
Otra vez, su mirada se concetró en algo. No era ninguna cabellera dorada con mechas, ni nada por el estilo. Era un estuche, negro como su mochila. Abrió la cremallera y sacó lentamente un bolígrafo. Sabía que lo que iba a hacer era una estupidez, pero, todo por perder tiempo. Lo miró, detenidamente, y lo partió en dos. La tinta, roja, comenzó a resbalarse por su brazo. Llamó a su profesora, que, inmersa en su trabajo, no le escuchó. Sergio, esta vez, chilló. La mujer, extrañada, miró a ambos lados. Pero reparó en la presencia de su odiado alumno, Sergio, a quien no perdonaba el estropicio que le hizo en el coche cuando jugaba al fútbol con sus amigos. No contestó. Pero Sergio, atento al enfado de la aficionada a programas y revistas de corazón, de una vez, habló.
**- ¿Puedo ir al baño? -**Su voz era normal, pero, aunque él no lo admitiese, tenía una voz preciosa al cantar. Pese a ello, la mujer no respondió, asi que insistió - ¿Puedo ir al baño?
- ¿Qué ocurre ahora?
- Un accidente algo aparatoso con un bolígrafo. - se oían al gunas risas, que se acallaron con la siniestra mirada de la mujer.
- Haz lo que quieras, así tengo un alumno molesto menos.
- Lo que usted diga, señora- contestó, remarcando la palabra señora con un tono sarcástico, acompañado por un saludo militar, lo que generó más risas todavía. La mujer, intentando quedar bien, no hizo caso. La verdad era que no caía muy bien al personal y muy pocos se atrevían a desafiarla debido a su genio.
Se levantó, procurando no hacer mucho ruido. Al salir del aula, aspiró con todas sus fuerzas, feliz de dejar atrás ese pútrido olor a desván y goteras. Siguió el pasillo, en dirección contraria al baño. Las paredes estaban decoradas con orlas de antiguos alumnos y diplomas. Al final del pasillo, había una puerta y encima de ella un reloj algo roto. El secundero no estaba y milagrosamente, el minutero se movía, claro que, para alante y luego para atrás. También había una máquina de refrescos de pésima calidad. Pero a él le encantaban. No sabía si por la enorme cantidad de burbujas o el bajo precio. Las dos cosas, suponía. Insertó un euro y compró dos refrescos de cola. Los guardó en el bolsillo de sus sudadera y miró el reloj. Las dos y diez, quedaban veinte minutos. Esta vez, si que se dirigió al baño. La puerta era de madera, algo abollada debido a los golpes y el símbolo de un retrete. Agarró el pomo, girándolo rápidamente. Había dos lavabos y varios retretes pegados en la pared, yendo hacia ellos primero. Intentó quitarse como pudo la tinta, ya seca.
Cuando entró, la clase seguía en sumo silencio y Sergio pudo adivinar como en la cara de Flor se dibujaba una sonrisa de resignación.
Se sentó en su pupitre y sacó de su mochila una chaqueta blanca, acorde con sus zapatillas y pantalones cortos. Se puso la chaqueta y miró el reloj de la clase. Las dos y cuarto. Pensó que por qué el tiempo pasaba tan despacio y sin embargo el verano era una chispa. Deseaba con todas sus fuerzas salir de una maldita vez, bañarse en el río, jugar al fútbol todo el día, no tener exámenes, asustar a los niños pequeños... Quería ser libre. Libre de responsabilidades, libre de preocupaciones. Hakuna Matata, se dijo, eso solo pasa en El Rey León. Pero sobretodo quería olvidar a cierta rubia. Quería olvidar el daño que le había hecho. Mil y una veces había intentado explicarse el por qué, pero no quería aceptarlo, no quería aceptar que sólo quería estar con él para darle celos al gorila de John, el inglés. Nadie es tan cruel, se consolaba, sólo las chicas.
Con gran estrépito, Flor se levantó. Comenzó a repartir exámenes mientras los cateados esperaban su nota ansiosamente. Se oían maldiciones, algunos llantos, pero sobretodo, chillidos de alegría. Él no había estudiado demasiado, pero aun así no esperaba mala nota. Pero , Flor, le dirigió una mirada que lo atravesó. Algo va mal, se dijo.
- Nos vemos este verano, Sergio - la mujer le dedicó una mirada de indiferencia acompañada de una sonrisa un tanto siniestra.
No la miró más y le didicó una mirada a la nota del examen, esta maldita bruja, pensó, ya que su nota era un 4,8.
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L.C.R, para M.E.E