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Nada que decir — capítulo 2

Claro, ahora todo encajaba. Las ganas de hacer la recuperación a todos los terceros, cosa que no quería ningún profesor, era una venganza. Y volvió a decirse que era una maldita bruja. Él sabía que había sido un accidente, pero la mujer no daba la posibilidad de que se explicasen. No era gran cosa pero por lo visto Flor era muy vengativa. Ocurrió un día de marzo, a la salida del instituto. Se dirigían con unos chicos hacia las bicicletas. Unos níños pequeños jugaban al fútbol. El balón era duro, nuevo. Se les escapó la pelota y Sergio se la pasó. Entonces, uno de esos niños dio tal trallazo que rompió la luna del coche de la mujer... se fueron corriendo, quedando sólo Pablo y él. Flor, que en esos momentos también salía, los pilló "con las manos en la masa", por lo que ellos se fueron corriendo como viento que lleva el diablo. El resto es historia. Denuncias a la policía, una multa de 100 euros y unas cuantas regañinas. Sergio pensaba que ya fue suficiente con esas dos semanas de castigo, pero no. Por lo visto también quería arruinarle el verano. Pero no pensaba dejar abandonado aquel feliz "Hakuna Matata". No, se dijo, no me arruinará "mi" verano. Ni siquiera estudiando ecuaciones, álgebra, geometría, etc le iba a arruinar el verano. Pero aun así se dijo que el año siguiente tendría más cuidado jugando al fútbol.

Guardó sus cosas en la mochila, metiendo un euro en su bolsillo además de la llave del candado de la bici. Se puso la chaqueta también, tenía frío de repente. La mirada de Flor lo había paralizado, incluso más que saber que había suspendido. Había miradas que causaban ese efecto. La mirada que Ainoa le dirgió al verlo por primera vez fue parecida. Pero, él, había caído como muchos otros en su trampa. Y se dió cuenta de que esas miradas sólo las podían hacer las chicas.

Los demás chicos y chicas comenzaron a salir, felices por haber aprobado. Pero Sergio no lo estaba. En la sala quedaban los suspensos, mientras Flor subía a una tarima para apuntar en la pizarra los datos de la recuperación. Sergio se fijó en que cierta rubia también había suspendido mates. Sonrió, " por lo menos ella también se fastidia ".

Flor les dió una pequeña charla sobre las mates y consejos para estudiar, un cuadernillo de ejercicios y una hoja en la que ponía:

Recuperación matemáticas 3º E.S.O, día 8 de septiembre a las 8:30 am. Flor

" Vaya encima pone la recuperación a las ocho de la mañana. Pero que mujer más ruin, seguro que lo hace para fastidiarme", pensó un Sergio enfadado, que años más tarde no reconocería haber dicho esas palabras.

Pero ya nada tenía que hacer. Guardó la hoja y el cuadernillo de ejercicios en la mochila. Se levantó y se dirigió a la puerta para esperar a que sonase el esperado timbre.  Había quedado con su mejor amigo, Pablo, a la salida. El chico iba a otro tercero, pero él no tenía que hacer la recuperación.

El aclamado ruido del timbre penetró en los oídos de todos los jóvenes. Felices, la mayoría, aunque siempre quedaban algunas personas tristes porque era su último año en el instituto o simplemente porque no querían abandonar a sus amigos. El pasillo era un hervidero de gente, sumándole los gritos de la mayoría. Le costó abrirse un paso y llegar antes, no quería que su amigo esperase.

Lo vió, apoyado en la pared, manos en los bolsillos del pantalón y los ojos marrones mirando al horizonte. Lo saludó con un amistoso puñetazo en el hombro. Pablo ya no miraba al horizonte. Miraba el hombro de Sergio, en busca de un despiste de su amigo para devolverle el golpe. Sonrió. Sergio no era de ésos que se dejaban pegar por las buenas. Entonces, Sergio se relajó, y esta vez, si que le dió. Sonrieron los dos. Siempre se saludaban así. Y eso que se veían todos lo días, vivían prácticamente en la misma casa.

- Sepe, un día me partes el hombro. Pero tú sigue, así cobro una buena indemnización.

- Pablo, como me vuelvas a llamar así te juro que no te dan indemnización porque no reconocerían ni tu cuerpo.

- ¿Harías eso?- lo miró, con cara dramática y algo cómica al mismo tiempo.

- ¿Y quién sería mi cuñado entonces?- bromeó.- Además, no le podemos hacer esto a la pobre Rebeca...

- Esta vez te conviene a  ti tener un seguro de vida... - bromeó también cuando lo perseguía.

- Vale, ahora en serio. Vas a recoger las bicis, y  me esperas en la puerta del insti, ¿vale?

- Por supuesto, no quiero desatar la furia del gran Sepe...- respondió Pablo, con gran cuidado al pronunciar las últimas palabras.

Sergio le dió las llaves del candado y cruzó la carretera. Allí había una cabina telefónica. Insertó el euro que llevaba en el bolsillo, como mucho diez minutos de conversación. Sé claro. Marcó un número extranjero.

A su lado, había un Mini rojo aparcado. Una mujer de rasgos latinos ocupaba el asiento de co-piloto. Se estaba maquillando, y peinándose la cabellera, pelirroja. Su expresión era impaciente. Un hombre salió del super, con varias bolsas de plástico y vestido de Pedro del Hierro, zapatos de la misma marca, bigote y un reloj de Armani de oro. Sus rasgos eran americanos. Pero lo que más le sorprendió no fueron el anillo de rubíes de la mujer, ni el deslumbrante reloj de oro del hombre. Una chica, morena, de pelo marrón y unos bonitos ojos del mismo color, brillantes , se encontraba sentada en el asiento trasero. Se quedó absorto mirándola. Pero, el motor comenzó a rugir y el coche se alejaba. La chica le regaló una mirada que le levantó los animos. La matrícula era americana. Tuvo ganas de seguir al coche, por curiosidad, lo miró hasta que se perdió en la lejanía. Sin embargo, una voz suave sonó al otro lado del teléfono:

- ¿Hello?

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L.C.R para M.R.H