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Nada que decir — capítulo 3

- ¿Hello? Hotel Rospick Las Vegas. You talk****english?Sie sprechen Deutsch? Vousparlez français? ¿Usted habla español? -  decía una voz de mujer, sin duda.

- Buenas, sí, hablo español.

- Buena elección. ¿Quiere una reserva? La noche en la suite normal vale mil euros, en la presidencial vale dosmil euros. - dijo con un acento claramente inglés - Contamos con jacuzzi, servicio de habitaciones, casino y zona para bodas. Admás de visitas guiadas a los casinos más famosos. En nuestro hotel se ha hospedado gente como Julia Roberts, Hugh Jackman... - se interrumpió, por que Sergio cortó el discurso.

- No, no quiero pedir reserva, sólo quiero...

- ¿ Si no quieres reserva, para que llamas?

- Déjeme terminar si no le importa , señorita, ...

- Helen Smith, jefa de dirección y chica de las llamadas, como ves, en tiempos libres. - esto último consiguió arrancar una sonrisa a Sergio.

- Bien, Helen, busco a una mujer, se llama Ana González. Trabaja allí, si no me equivoco desde hace un mes. Me parece que de asistenta.

- Veré que puedo hacer, ¿algo más?

- Sí, si puedes, llámala rápido porque estoy en una cabina telefónica. - miró el contador. Quedaban unos escasos siete minutos.

- Está bien, pero dejaré el teléfono sólo un momento y puede que alguien cuelgue.

- Asumiré el riesgo.

Ya no volvió a responder, se había ido en busca de Ana, la que todos conocían como " la espagnola". Sí, espagnola. Sus compañeros eran todos americanos. Algunos sabían hablar un poco de castellano, pero la eñe no la sabían pronunciar. Asi que así se quedó el mote.

Helen recorrió el pasillo en busca de la chica. Sus tacones producían un común sonido sobre el suelo de mármol. Aquel hotel estaba "currado", suelos y columnas de mármol, alfombras de ricos materiales, tapices en las paredes con bonitos bordados, uniformes de Armani (proporcionados por el mismo jefe, James Rospick), cocina de cinco estrellas,... en fin, un lugar donde a todos nos gustaría ir de vacaciones, pero estar más de cuatro horas nos arruinaría.

El hotel era inmenso, le costaría horas encontrarla sin ayuda. Se dirigió a un pequeño micrófono y dijo:

- Ana González, you have one call, go to the phone number 16. Ana Gonzalez, tienes una llamada, ve al teléfono número 16.

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Un hombre, calvo, con chaqueta de cuero, vaqueros negros y zapatos negros, vió la escena. Su mirada, en algunos aspectos tenebrosa, se posaba en la muchacha que respondía al teléfono. Pensó, tiene que ser él. Nada más ver que la mujer ser marchaba, haciendo un sonido común con los tacones, se acercó al teléfono. Lo hizo con normalidad, el número de la cabina era el 16.

- Estás ahí. - No escuchó respuesta. - vale, eres tú. - afirmó con voz grave- Tengo preparado todo, mis hombres no tardarán en llegar al hotel. Él ya ha llegado. La ha traído, que es lo mejor. No creo que haga mucha necesidad de ejem, ya sabes. Espero tu llamada, te necesitamos aquí.

En ese momento vió a una mujer, vestida de uniforme, con el pelo largo negro cayéndole por los hombros y acercándose cada vez más al teléfono.

Y entonces, colgó.

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Sergio estaba algo extrañado, seguramente era un turista que se habría equivocado de teléfono. Él mismo dijo que asumiría el riesgo. Las vueltas eran cincuenta céntimos, suficiente para cinco minutos, o menos. Probó suerte y volvió a llamar. Y, sí, esta vez la voz que respondía le era conocida.

- ¿Hola? Ana González, encargada de limpieza del Hotel Rospick, Las Vegas.

- Hola, Sergio Pérez, encargado de felicitar a su madre por su cumpleaños.

- ¿ Eres tú? Hace mucho que no me llamabas...

- Ya, pero no te preocupes, que no volverá a ocurrir, mamá.

- ¿Qué tal por allí? Tu padre, tu hermana, Rex, la Noa... ¿estáis bien?

- Por lo que se ve, mejor que tú.

- ¿Y eso?

- Ya sabes, rodeada de gente que ni entiendes, algunas mujeres demasiado listillas y hombres de voz más grave que una caída de cien metros... ¿ No te ha llamado mi queridísima hermana?- preguntó, remarcando la palabra "hermana".

- Bueno, los que trabajan conmigo si que son un poco raros, ya sabes, sus costumbres... Por cierto, ya que me lo has dicho, dile a Rebeca que me llame, y tú, listillo, ¿qué tal las mates?

- Es que, mamá, no te quiero dar un disgusto.

- Cómo lo sabía. Es que te mato. La madre que te trajo... va déjalo, que si no me enfado más.

- No te preocupes, que si no con Rebeca te da un jamacuco. - miró el contador, un minuto.

- Hijo, te tengo que decir una cosa.

- ¿Dime?

- Vuelvo el 27 de julio.

- ¿Sí? ¡Qué bien, ya verás que contentos se ponen todos! Mamá, me tengo que ir...

- Vale, cuídate

- Adios.

- Adios.

Los dos intentaron sonreír. Sabían que a Miguel, el padre de Sergio, no le sentaría nada bien. Pero no se podía hacer nada.

Pablo lo esperaba en la otra acera, con las bicis, mientras hablaba con unas chicas, Victoria y Lucía, que vivían en una urbanización cercana a su casa; que estaba en el campo; y cuyas preferencias eran Emo.

- No, no, no, Lucía, ¡te mato! ¡ Como has podido! ¡ Por qué te has comprado el disco de Tokio Hotel sin mí! ¡ Encima me dices que hay imágenes inéditas de los Kaulitz sin camiseta! ¡ Te mato, no primero te saco los ojos!- sentenció Victoria, mientras corría tras su amiga.

Sergio las miró algo extrañado. Las conocía, eran amigas del vecindario, pero cada día lo impresionaban más.

- Pero que....

- Déjalo...

Sergio sacó los refrescos de su bolsillo y le tendió uno a Pablo. Era de gas, por lo que al abrilo sonó "crash". Sabían a donde iban. Montaron en sus bicicletas y comenzaron a pedalear.

A la salida de la ciudad, una carretera conducía a sus casas, pero no iban allí. La carretera, en sus primeros tramos, estaba rodeada de fábricas. Allí, Salva tenía su casa.

Se internaron en el laberinto de frábicas. Olía a madera recién cortada, a ladrillo, a plástico, etc

La de Salva, estaba delante de ellos. Vivían en la mitad del segundo piso de la fábrica, era una residencia de buen gusto. Ataron sus bicis a la valla y abrieron la puerta, que como de costumbre, estaba abierta.

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L.C.R para M.R.E