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Nada que decir — capítulo 4
El patio , estaba lleno de serrín y máquinas de serrar. Además, había un rótulo en el que se leía Domínguez S.A. Claro, era una fábrica de maderas.
Era un edificio de ladrillos y pilares de madera. La entrada pricipal tenía tres metros de altura y cuatro de ancho, para la entrada de su camión, el gran "Rocky", por su puesto.
¿Quién no había montado nunca en el gran "Rocky"? Pues nadie. Era un camión grande, de cinco metros de largo y con parte trasera para carga y descarga. Estaba decorado, claramente. La de horas que habrían pasado montados en él, jugando a pistolas de agua, ladrones,... habían dejado sus marcas en aquel camión. Cuando tenían cinco años, mojaron sus manos en pintura acrílica y dejaron sus huellas, además de poner sus nombres y hacer dibujos de "bosques", "balones", "pistolas de emergencia",... por supuesto, eso sólo era en su imaginación, por que cuatro pegotes de pintura negra no se parecen demasiado a "una pistola de emergencia". Todavía recordaban la regañina que les había echado aquel día Manolo Domínguez, es día en que por primera vez escucharon el verdadero nombre de Salva. Manolo, en aquellos momentos de aquel amargo día, estaba caminando hacia el gran camión, cuando los vió con sus botes de pintura buena. Corrío detrás de ellos, chillando, mientras decía:
- ¡José Salvador Constantino de los Santos Rosarios de los Sábados por la tarde Domínguez!- su cara estaba roja debido al carrerón que se estaba pegando. - ¡Te juro que ni tu madre te salva de esta! ¡ Esta noche duermes encima del tablón de madera más alto, te lo prometo!
Y, al final, no consiguió atraparlos. Ese día durmieron en la casa de Pablo, al igual que los días siguientes, tras correr unos cinco kilómetros sin para debido al miedo. Nunca lo volvieron a ver tan enfadado, por lo demás, era un hombre muy simpático y agradable. Pese a aquel gran enfado que nunca olvidarían de sus memorias, el hombre le había cogido cariño a aquellos dibujos, y en algunas ocasiones los llamaba "pinturas rupestres".
En fin, ésa era la puerta principal que tantos recuerdos les había logrado traer. No, pero por ahí no se entraba a la casa de Salva.
Rodearon la casa, en la parte trasera se encontraba su objetivo. La puerta, de madera de arce, tenía una campanita en su parte alta.
- ¿Campanita, eh?- bromeó Pablo, al tiempo que hacía sonar la campana.
- Sí, no hace falta que ni le des, que ya eres suficiente Jorobado de Notre-Dame.
- No más chistes de campanas... ¿Ok?
- Lo que tú digas, Quasimodo... ¿o debería decir Quasi?
- Déjalo.- lo miró con cara suplicante, con ojitos de perrito.
- Vale, pero deja de mirarme así.
- Guau, guau.- ladró, mientras imitaba los movimientos de las patas de un perro.
De repente, una mujer que les era muy, muy familiar, les abrió la puerta.
- Entrad, os está esperando arriba.
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Subieron la pequeña escalera de caracol, de madera, que subía al segundo piso y que intentaba asemejar una de mármol de película.
El segundo piso estaba formado por el almacén de la fábrica, al que se accedía sólo desde la fábrica. La parte de la vivienda, que ocupaba unos cien metros cuadrados del segundo piso, contenía: tres habitaciones, dos baños, una cocina y un gran salón, que tenía aproximádamente treinta metros cuadrados.
Sus ocupantes, eran Manolo y Nuria, los padres, además de Salva y Jorge, su hermano.
La habitación, al fondo del pasillo, tenía la puerta cerrada. Se oían acordes de guitarra eléctrica. Era Sweet Child O´Mine, de Guns and Roses. No cantaba, pero la música era reconocible. Casi podían sentir el Oh Oh Oh Oooooh, que cantaba Axel Roses. Era el efecto que solía producir Salva, con cualquier cosa que tocaba, guitarra acústica o eléctrica, batería, teclado,... La voz se la guardaba para él mismo. Cantaba bien, pero le gustaba más dar saltos por un escenario con su guitarra eléctrica a todo volumen. Como solía decir Phineas de su hermano Ferb, era chico de acción.
Esperaron a que terminase. No querían interrumpirle, la estaba tocando genial. Hasta se pusieron a bailar en el pasillo. Hasta que Jorge, el hermano pequeño de Salva, salió de su habitación. Llevaba puesta una camiseta de Pokémon, metida en sus pantalones y unos mocasines. Extraña apariencia, sumándole los tirantes, que solía llevar. Llevaba su Ds, con un videojuego de Pokémon. Se les quedó mirando. Y pensó, vaya, por lo menos mi hermano tiene amigos más raros que yo. Y, por si fuera poco, se fue hacia ellos, abrió estrepitosamente la puerta de la habitación, molestando a Salva, y le dijo:
- Tienes visita.
Y se fué. Entró en el salón y no lo volvieron a ver hasta un rato más tarde.
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- Bien tocado, Salva.- halagó Pablo- pero yo creo que lo haría mejor. SI supiera tocar la guitarra, o cualquier cosa de esas.
- Pablo, a ti lo único que se te da bien es parecer un idiota. O tampoco hace falta, con tu cara sobra. Pero, también se te da bien parecer como una batería.
- ¿Y eso?- preguntó Sergio, un tanto extrañado.
- Verás, las personas en cierto modo se parecen en forma de ser, de tratarlos, de llamarlos… mira, si tú tienes una guitarra, al principio, no sabes tocarla. Pero tienes que aprender si quieres llegar a tocar como una superestrella. Eso es lo que pasa con las personas, al principio, no sabes como hablarles, contarles cosas, sus gustos y todo. Pero si te esfuerzas en intentar conocerla, puede ser tu mejor amigo o amiga.
- Vaya, Sergio. Contestó Pablo tocándole el hombro al chico- Nos ha salido filósofo, ¿qué te parece?
- Sí, Pablo, todo lo que tú digas es lo que es…
- ¿Y, entonces, por qué el animal este es una batería?- preguntó Sergio, intrigado.
- Por que, como te habrás dado cuenta, le gusta hacer ruido y llamar la atención- la mirada de Pablo se clavó siniestramente en sus ojos, Salva se tensó un poco- Pero, sin él, el concierto está vacío.
- Precioso, Salva- contestó el rubio con lágrimas de cocodrilo. Y, señalando a Sergio, dijo- ¿Y él, qué sería?
- El sería una guitarra acústica. O un piano.
- ¿Por?
- Eso no lo digo, tendrás que adivinarlo.
- Dímelo.
- No.
- ¡Por favor! A él le has dicho ruidoso, ¿tanto me molestaría a mí?
- No, pero así es más divertido.
Para suerte de Salva, la llamada de su madre a la comida interrumpió la conversación.
Salieron de la habitación, dirigiéndose al salón, donde había una gran mesa con muchas sillas y tele y varios sofás. Además de numerosas estanterías de madera, por supuesto.
La comida consistía en macarrones y diversos entrantes, aunque no era demasiada ya que sólo comían cuatro. Se sirvieron y hablaron del instituto, de fútbol y del partido de voley a orillas del río que jugaron el fin de semana anterior. Pero, tal vez incomprendido entre ellos, o por ganas de llamar la atención, Jorge dijo:
- Pues yo voy a jugar a Pokémon. La convención es la semana que viene, en el centro comercial y tengo que subir a mi Articuno al nivel cien. Y la pena es que no me quedan más carameloraros, pero tal vez por Wi-Fi me los pasen.
Y se levantó, yéndose a su habitación. Los demás se quedaron algo sorprendidos.
- Bueno, ¿qué ha pasado ahora mismo?
- Da igual, Pablo.
- ¿Qué hacemos esta tarde?
- ¿Alguna piscina abierta?
- Mañana abren la del "Riachuelo".
- Tú lo has dicho, mañana.
- Vamos al río. ¿Votos a favor?
- Vale.
- Por mí, está bien.- dijo Sergio- Voy a llamar a Rebeca y a tu hermana, Pablo. Les digo que nos lleven los bañadores y las toallas, pero vosotros id recogiendo.
Sus amigos le hicieron caso. Sergio sacó su escacharrado móvil del bolsillo y buscó la guía de contactos. Se leía en la pantalla "Rebeca". Marcó y esperó.
Mientras tanto, Rebeca y Alejandra se bañaban en una pequeña piscina de plástico, llenada por el agua de la manguera, en un intento de aislarse del calor. Y entonces, sonó el teléfono.
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L.C.R para J.C.V