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Carpe Diem — capítulo 1
Lily iba de lunes a jueves a aquella cafetería. El local, estaba en una calle pequeña de Londres, haciendo esquina.
Las paredes, eran verdes y oscuras y de ellas colgaban fotos, enmarcadas, de gente que había tocado allí, pues una vez a la semana, normalmente los viernes por la tarde - noche, había música en directo. A mano derecha, había una barra que ocupaba todo el local d manera paralela a la pared. Detrás de la barra había estanterías adornadas de botellas de colores, muchas estaban vacías pero las mantenían allí por decoración. A mano izquierda, había unos banquitos con mesas, mientras que el centro de la estancia estaba ocupado por mesas redondas de madera oscura, compañeras a la barra y al resto de los muebles, y rallada como muestra de su edad.
La joven, solía sentarse en unos de esos banquitos mullidos, dejaba a su izquierda la mochila y sobre la mesa dejaba los cuadernos y los libros con los que estudiaba y si no tenía deberes, sacaba un cuaderno de tapas azules y duras en el que escribía y dibujaba. O a veces leía, era devoradora de libros.
En invierno, solía pedir chocolate y en verano coca cola, para que le permitiesen quedarse allí.
Se concentraba mucho más allí, con el ruido que sola en su cuarto. El silencio le gustaba, pero no le ayudaba a concentrarse, aunque el ruido, en exceso, tampoco lo conseguía.
Aquel 11 de marzo de 2012, no era la excepción. Esa cafetería, era su lugar, solo una de sus cuatro mejores amigas sabía de ella. Era una rutina el ir allí todos los días, pocas veces en dos años había faltado a esa cita que tenía consigo misma y sus deberes.
Suspiró y se sentó en el banquito, que cedió un poco bajo su peso. Cerró los ojos verdes y apoyó la cabeza en el respaldo, dejando que la melena color chocolate cayese por el otro lado del respaldo.
Respiró hondo, disfrutando del olor a café molido, chocolate caliente y bollos que impregnaba el aire. Esbozó una pequeña sonrisa, antes de volver a abrirlos. Lo que encontró en frente suya hizo que diese un ligero bote.
Un chico, joven, de unos diecisiete años, uno más que ella, estaba dejando una humeante taza delante de ella. Enarcó una ceja y le miró a la cara. Sus ojos, eran del mismo color que el espeso contenido de la taza. Entre sus manos sujetaba una bandeja redonda de metal. Vestía camisa azul oscura de manga corta y vaqueros. Nada que ver con el caro uniforme de ella, que consistía en una falda granate, blusa blanca y chaqueta azul oscura.
— Lo de siempre — dijo el chico con voz suave. Ella le dedicó una amplia sonrisa.
— Gracias — murmuró. Lily solía ser amable con todo el mundo.
Conocía aquel chico. No de hablar con él, si no de vista, el joven trabajaba allí por las tardes y era, en esos ratos, cuando se veían. A Lily, le hubiese gustado decir que el chico le resultaba indiferente, pero más de una vez se había sorprendido así misma mirándole y viceversa.
De piel morena, no parecía ser inglés, o, al menos, no sus dos progenitores, más bien parecía de la costa del mediterráneo, español, italiano o griego. Llevaba el pelo castaño claro corto. Se había dado la vuelta y se dirigía de nuevo a la barra, pero Lily no iba a desaprovechar la oportunidad. Por una vez que hablaban, al menos le preguntaría eso.
— Oye — con esto captó su atención y el joven se giró para mirarla. Los dedos de Lily jugueteaban con un boli azul, que había sacado del estuche. — ¿Cómo te llamas?
— Jace. Jace Smith. También me conocen como el Agente Cero Cero Dos — bromeó, esbozando una nueva sonrisa.
— Encantada, Agente Cero Cero Dos. — dijo, ella, antes de volver a sus libros y cuadernos.
Rose fijó sus ojos color cielo en la pantalla del ordenador. Con rapidez, tecleó la contraseña de su email. Sus dedos estaban más que acostumbrados a las teclas, por no decir que el teclado del ordenador era una continuación de su persona.
Mientras esperaba a que se cargase su correo, enganchó un mechón de pelo castaño claro, casi rubio, detrás de la oreja. Impacientemente movió el pie. Unos segundos después, se cargaba la bandeja de entrada. Un par de mensajes con canciones enviadas por Chlöe, unas fotos de Julie, que había hecho hacía un par de horas y poco más.
Revisó la lista de conectados, en la que una, de sus cuatro mejores amigas, aparecía. Chlöe. También estaba conectado John, su amigo medio francés que no sabía francés, y Adam. Saludó a todos con un corto hola.
Entre que respondían o no, decidió buscar el nuevo modelo de ipod en google. Su padre había prometido comprarle uno por su cumple, para el cual solo faltaban dos semanas. Internet, para ella, no tenía misterios, era como preguntarle a Lily por mitología o literatura, a Chlöe de música, a Elise de baloncesto y demás deportes o a Julie de fotografía. Cada una tenía un hobbie, una afición, que hacía que todas fuesen diferentes entre ellas pero que fuesen amigas. Cada una aprendía de las otras y esa era una de las cosas de la amistad.
Deslizó los dedos por las teclas. A veces, cuando se aburría mucho o no tenía nada mejor que hacer, echaba carreras con la pantalla, para ver quién escribía más rápido. Solía ganar ella.
Encontró un blog, en el que exponían los pros y los contras del nuevo producto de Apple, comparándolo con el antiguo. Frunció el ceño al ver una falsa afirmación hecha por un usuario, cuyo nombre le resultaba conocido de otras disputas. Como era usuaria del foro solo tuvo que meter la contraseña antes de dejarle un agradable comentario a ese imbécil.
— ¡¡Rose!! — la joven, hizo un mohín al oír a uno de sus cinco hermanos mayores llamarla.
Ella, era la única chica de seis, lo que le había adjudicado el papel de princesita de papá, además del de hermana pequeña sobreprotegida.
— ¿Qué? — se limitó a gritar, sin apartar los ojos de la pantalla.
— ¿Me prestas tus cascos? — Era tan tentador decir no…
— Ven a por ellos. — no quería tener problemas con sus hermanos, dos de los cuales, parecía que la espiaban en el instituto para ver si salía con alguien.
— Ya no los quiero. — La joven puso los ojos en blanco y siguió a su rollo.
Elise se dobló en dos con la respiración entrecortada por la carrera. Tenía buena resistencia, pero llevaba dos horas corriendo, así que era de esperar que estuviese cansada, jadeante y acalorada a pesar del frío. Descansando las manos en la cadera. Estaba agotada. Había retrasado el momento de descansar, porque sabía que después no podría seguir con el mismo ritmo.
Cerró los ojos, le latía la cabeza y tenía calor. Cuando abrió los ojos, castaños, su respiración ya era regular.
En el momento en el que empezó a andar, la joven se dio cuenta de lo cansada que estaba, la idea de una ducha caliente se le hizo la gloria.
Con impresionantes reflejos consiguió coger la pelota que el entrenador le tiró en su dirección.
— ¿Te encuentras bien? ¿Quieres un descanso? — preguntó a la joven, ella negó con la cabeza haciendo que el pelo castaño con reflejos más claros, recogido en una coleta, se balancease.
El entrenador, un joven de unos 24 años llamado Nate, frunció el ceño.
— En serio — le aseguró, al ver que no se lo creía, y sin esperar respuesta volvió a la cancha para seguir jugando.
Elise agitó un poco los brazos para llamar la atención de Emily, una de sus compañeras de equipo, que hizo un pase picado haciendo que la pelota acabase en las manos de la joven, la cual empezó a correr, botando la pelota, hacia la canasta del equipo contrario esquivando a las que ahora hacían de sus contrincantes, pero que en el partido de verdad serían sus compañeras. Tiró a canasta y encestó como había hecho otras veces a lo largo del entretenimiento.
— Fiera — le alabó Kelly. — ¿Me dices que te chutas? Que yo quiero un poco — bromeó. Elise rió y sus ojos vagaron del alegre y enrojecido, por el esfuerzo, rostro de la pelirroja a Nate, que la seguía mirando con el cejo fruncido y los ojos, azul hielo, ligeramente entrecerrados. Sacudió ligeramente la cabeza y apartó una idea que había pasado fugazmente por mente, una tontería en realidad.
Elise salió del vestuario y entró en el gimnasio que consistía en un enorme espacio rectangular con las cuatro paredes llenas de gradas, salvo la esquina superior izquierda que daba a los pasillos de resto del polideportivo y las entradas a los vestuarios que eran dos puertas colocadas en el lado derecho y en el izquierdo. A un metro y poco había unos banquitos de madera que hacían de banquillo.
Se sorprendió mucho al verlo sentado en uno de ellos, leyendo concentrado algo y mordiendo un boli. Dudó entre decirle lo que le tenía que decir o irse, pero antes de tomar la decisión, alzó la vista de los papeles y la miró. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, dejó los papeles a un lado y se levantó hacia ella.
Tenía el pelo largo, para ser un chico, y negro. Alto, a Elise le sacaba casi dos cabezas, aunque ella tampoco era de las más altas del equipo. Vestía una camiseta roja y los pantalones del chándal del equipo, azules con dos rayas rojas a los lados.
— ¿Te vas ya? — preguntó, mientras se acercaba a ella. La joven asintió, haciendo, de nuevo, que su coleta se balancease.
Se había dado una ducha rápido y ahora vestía vaqueros azules, converse negras y una camisa blanca ancha de tirantes, a pesar de que en el exterior haría frío, pero confiaba en que su hermano le trajese el abrigo o una chaqueta. La ropa que había utilizado en el entrenamiento, estaba guardada en la bolsa de deporte que colgaba de su hombro izquierdo.
— Venía a decirte que no puedo venir ni mañana ni pasado — anunció, mirándolo a la cara.
— Valep, ahora voy a apuntarlo. Estaba rellenando la convocatoria para el partido del viernes. ¿Podrás venir? Es por convocarte, pero si no puedes…
— No, claro que puedo — se apresuró a contestar la joven. — No me pierdo ningún partido. — aquello hizo que Elise sonriese, pues con lo que había dicho Nate, la tarde de los dos días siguientes no sería tan gris al tener que ayudar a Lily con física si estaba iluminada por el rayito de luz que significaba jugar en el partido del viernes. — Gracias — dijo, realmente agradecida. Nate respondió con una sincera sonrisa a la deslumbrante que le brindaba ella.
— ¿Por qué las das? No hay razón, te lo has ganado con el entrenamiento de hoy. — Aquellas palabras hicieron que la sonrisa se hiciese más ancha y que sus mejillas se tiñesen de rosa. Nate sonrió divertido. — Ah, quería preguntarte algo.
— Pregunta.
— ¿Está todo bien? Digo, ¿tienes problemas en casa o con las amigas? Hoy parecías más centrada en el entrenamiento que otros días.
— Solo quería disfrutar ya que mañana y pasado tendré que ayudar a Lily con física y es algo desesperante. — Nate rió. Conocía a las amigas de Elise. Iban a todos los partidos y solían sumarse a las celebraciones que hacían después.
— ¡Lise! — llamó, apremiante, una voz masculina desde la puerta del gimnasio. Sostenía una chaqueta en la mano y hacía gestos a la joven para que fuese hacia él.
— Me tengo que ir. Nos vemos el viernes — se despidió, de su entrenador. Fue corriendo hacia el otro chico y cuando llegó a su lado le dio un abrazo, lo que hizo que Nate sintiese una punzada en el pecho, a la altura del corazón.
<> pensó, lo que hizo que el dolor se agudizara.
Chlöe dejó la mochila en el suelo. Las clases habían terminado hacía horas, pero se había entretenido demasiado en la biblioteca, chateando con Rose, y en la tienda de música. Mucho, era quedarse corto. Menos mal que solo tenía unos ejercicios de mates.
Apenas había cambiado el uniforme por unos vaqueros y una sudadera gris cuando se oyeron un par de golpecitos en la cristalera que daba a un pequeño balcón. En vez de sobresaltarse, se giró, pues le estaba dando la espalda, y apartó los visillos blancos para dejar ver, al otro lado del cristal, el familiar rostro de Sam. Su mejor amigo desde que tenía memoria.
— ¿Me abres? — la voz del joven le llegó algo amortiguada. Chlöe hizo como que se lo pensaba. Sam, se arrodilló en el suelo y juntó las manos. — Aquí fuera hace demasiado frío _ suplicó. La joven sonrió y le abrió. — Eres cruel — le recriminó, aunque en sus ojos verdes no había rastro de rencor o enfado. — Señorita Clave de Sol, haga el favor de enseñarnos la elección musical de hoy — lo dijo con una voz tan similar a la de un presentador de tele tienda que hizo que Chlöe soltase una carcajada. El apodo se lo había ganado por su afición: la música.
— Bien, señor Beckett. Hoy tenemos un grupo inglés muy famoso llamado One direction.
— Oh, señorita Clave de Sol, eso suena realmente interesante — y al decir lo último miró al espejo que en aquel momento hacía de cámara. Lo decía de tal forma que parecía que realmente estaban en la tele tienda. — Por favor, podría enseñarnos una de sus canciones.
— A eso voy. Quiero enseñarte a ti y a nuestros espectadores una canción que puede ser muy conocida por sus fans, también llamadas directioners, pero no para el resto de amantes de la música. — De la mochila, la joven sacó una bolsa blanca que tenía impreso en naranja el nombre de la tienda. De la mochila extrajo una cajita cuadrada de plástico y de esta, a su vez, un CD que metió en el equipo de música que tenía sobre una de las estanterías blancas. Apenas unos diez segundos después, empezó a sonar la primera canción, la cual Chlöe pasó. Pulsó un par de veces el botón de siguiente antes de dar con la canción que quería.
— ¿No le va a decir, señorita Clave de Sol, a nuestros espectadores como se llama la canción? — la joven negó con la cabeza y su pelo castaño con reflejos pelirrojos le acompañó en el movimiento. — Venga ya, primero me tienes horas ahí fuera esperando y ahora no me lo dices. Ahora vuelves a ser malvada. — Sam se cruzó de brazos enfurruñado, pero en vez de darle pena a su amiga consiguió que soltase una carcajada y volviese a ignorarle. Adoraba la "bipolaridad" de su amigo.
He takes your hand.I die a little
I watch your eyes
And I'm in little
Why can't you look at me like that
Al escuchar los primeros versos, Sam se quedó de piedra. Chlöe no se dio cuenta, estaba demasiado ocupada leyendo la letra, pues todavía no había echado mano de su buena memoria y no había podido aprendérsela.
When you walk byI try to say it But then I freezeAnd never do itMy tongue gets tightThe words can't tradeI hear the beat of my heart getting louderWhenever I'm near you
Cuanto más avanzaba la canción, mas se sentía identificado con ella. Lo que cantaban aquellos cinco desconocidos parecía que iba para él, y solo para él. Le daba la sensación que habían escrito la letra raíz de eso. Con la única diferencia que Chlöe no salía con nadie, que é supiese.
— ¿Eso es que te gusta? — inquirió la joven al levantar sus ojos grises de la cajetilla y mirar a los suyos verdes. Sam se encogió de hombros. ¿Gustarle? No sabría decir si sí o si no, el caso es que se sentía identificado con ella y no, ese sentimiento no le gustaba, pero nada, nada de nada.
— ¿Eh? — la mano de la chica, pasando por delante de sus ojos le trajo a la realidad. — Sí, la verdad es que sí — susurró.
Chlöe frunció el ceño y le miró detenidamente. Al final suspiró y se resignó. Algo le pasaba a Sam, pero no iba a presionarle. Ya se lo contaría cuando el quisiese.
Julie miró por el objetivo, realmente le gustaba esa imagen que le ofrecía la naturaleza. El bosque, en paz, sereno y la puesta de sol por detrás. Lo mejor de todo es que el astro rey no estaba cubierto por nubes. Sonrió antes de apretar el botoncito y que la imagen que tenía ante sí, se quedase grabada para siempre. Sin alteraciones, sin cambio, como si hubiese congelado el tiempo. Eso era lo que le gustaba de la fotografía, tenía la sensación de poder pararlo e inmortalizarlo, de tal manera que ningún momento de su vida cayese en el olvido.
A la vez que sonaba el flash de su cámara, oyó otro. A su derecha. Apenas hizo la foto, apartó sus ojos azul verdoso del objetivo para mirar al o la que había hecho ese sonido.
— ¿Se puede saber que haces? — le preguntó molesta a un joven que le apuntaba con una cámara profesional, como la suya. No podía ver sus ojos, pues los tapaba la cámara, pero su pelo era rubio oscuro.
— Me gusta fotografiar a las cosas bonitas —respondió, encogiéndose de hombros. Julie, no sabía si sentirse alagada o molesta porque un extraño la fotografiase. Antes de que pudiese decir nada más, otro click, la inmortalizó. — De las más bonitas que he visto en mucho tiempo.
Ya sabía cómo sentirse. Molesta, mucho. Ese chico era un machista. ¿Tratarla a ella como un objeto? Tararí que te vi. Se dio la vuelta y decidió ignorar a ese molesto sujeto.
Con un nuevo disparo, esta vez de su cámara, capturó a un pájaro alzando el vuelo y también a un pequeño conejo corriendo para esconderse en su madriguera. El truco estaba en quedarse quieta y en silencio un rato. Intentando pasar desapercibida y que los animales apareciesen, entonces ella capturaba esas pequeñas y rápidas carreras o vuelos, o escenas verdaderamente tiernas. Un nuevo disparo, no procedente de su cámara hizo que se girase molesta hacia el sujeto.
Esta vez pudo ver sus ojos, de un bonito color miel, que la miraban divertido ante su molestia.
— ¿Podrías dejarme en paz? — inquirió, enfadándose.
— ¿Podrías dejar de ser tan guapa? — no se acercó a pegarle un bofetón porque su móvil sonó distrayéndola. Ignorando al joven lo cogió. — ¿SÍ? […] Vale, voy para allá, no tardaré. […] Hasta luego.
— ¿Tu novio? — cuestionó alzando una ceja, antes de volverle a hacer una nueva fotografía.
— No, mi… — entonces cayó en la cuenta de que no tenía que darle ninguna explicación aquel desconocido. Y pisando fuerte se fue hacia su coche, que estaba aparcado a las afueras del bosque, a unos 600 metros, pues ella no solía adentrarse mucho.
— Will. — gritó el chico, pues Julie ya estaba a una distancia considerable. La joven de cabello castaño claro se giró.
— ¿Qué? — preguntó seca.
— Ese es mi nombre. ¿Y el tuyo, guapa? — Julie bufó algo que Will no llegó a entender y desapareció entre la espesura verde que separaba el pequeño claro en el que se encontraban del aparcamiento.
— No llego tarde ¿verdad? — dijo Lily nada más encender la web cam. Rose, sacudió la cabeza.
La pantalla del ordenador estaba dividida en cuatro pequeños recuadros en los que aparecían sus amigas. En el instituto habían quedado para conectarse a las 20:30.
— Todavía me gustaría saber dónde te metes todas las tardes — pensó Chlöe en voz alta.
— No seas cotilla — le reprendió Elise, defendiendo a su amiga.
— Claro, como tú lo sabes. — rió Julie.
— Dejad de decir tonterías, es como si yo le pregunto a Julie donde hace esas fotos tan bonitas, nunca me lo dirá — intervino Lily.
— D´accord— Julie habló en francés, que era su segunda lengua, pues de pequeña había vivido en Francia en España. —Lilu — así era como había apodado a la de ojos verdes. — tiene su lugar secreto y yo tengo el mío. Punto y final.
— ¿Qué deberes hay para mañana? — preguntó Rose, que había estado muy callada.
— ¿Y a ti que te pasa? No estás muy habladora. — observó Elise.
— Nada, estoy manteniendo una discusión en un foro con un tal "James.C.Potter". Ya ves que nombre más original. — la joven hizo una mueca.
— ¿Y sobre qué discutís? — se interesó Chlöe.
— Del nuevo ipod. Ese tío es imbécil y su nombre sigue siendo ridículo — de nuevo, su boca se curvó en una mueca.
— Mejor que Rosie Posie - murmuró Lily, ganándose una mirada envenenada por parte de su amiga.
— ¿Alguien me quiere decir los malditos deberes? — preguntó alzando un poco la voz. Las chicas captaron que Rose no estaba de humor para aguantar conversaciones chorras sobre el tema del tal "James.C.Potter" y de su nombre de usuario en el blog.
— Yop. — se ofreció Lily, que desapareció unos instantes y cuando volvió sujetaba un pequeño cuaderno de espiral, su agenda, que abrió y ojeó. — Mates: pag 184 ejs 34, 35 y 36 — leyó. Iba a cerrar la agenda, cuando un papelito de borde irregular, posiblemente arrancado de una hoja de mayor tamaño, resbaló y cayó sobre su regazo. Con curiosidad lo cogió y lo leyó. Abrió mucho la boca sorprendida. No reaccionó hasta que Julie habló:
— ¿Qué pasa? — articuló, poniendo en palabras lo que las demás pensaban. Lily les enseñó el papelito en el que estaba escrito lo siguiente:
Hey, I just meet you.
And this is crazy.
But here´s my number.
So call me, maybe.
Seguido de un número de teléfono.
— Nuestra Lils se hace mayor — Elise fue la única que dijo algo.
- Eso es de una canción. - murmuró Chlöe pensativa y anonadada.
Hola!
Espero que os haya gustado, son 3.483 palabras, creo que un récord para mi, pero es la primera historia original que cuelgo aquí en potterfics y no sé si gustará. Espero que sí.
Aprovecho la ocasión para dedicar el capítulo a Leah Ying y NessieSh por su apoyo y por ser simplemente ellas. Ainara, los nombres de los chicos van en parte por ti.
Se despide.
Nikki