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Carpe Diem — capítulo 2

El estridente pitido del despertador hizo gruñir a la joven, que se giró y cubrió la cabeza con el edredón, pero ni el ruido cesó, ni quedó amortiguado. Así que decidió cogerlo, tirarlo contra el suelo, lo que si funcionó, y volver a intentar dormirse.

    Unos suaves golpes en la puerta seguidos de unas palabras de ánimo dichas por Josh, hicieron que cerrase los ojos con fuerza.

    — ¡Me cago en…! — masculló cuando algo le aplastó la tripa, dejándola sin poder coger aire unos segundos.

    — Esas cosas no se dicen — riñó la aguda voz de Victoire, su medio hermana pequeña.

    Julie respiró hondo un par de veces para no decirle una barbaridad.

    — Pues no las digas. — La joven se incorporó. Tenía la melena rubia oscura, o castaña claro, alborotada y bajo los ojos unas grandes ojeras moradas, resultado de las horas que había estado dando vueltas en la cama, sin poder dormir.

    — Mamá dice que te levantes — canturreó  la pequeña, sin levantarse de encima de la joven. 

    — No puedo. — Julie sonrió, intentando alejar el mal humor mañanero combinado con la falta de sueño.

    — ¿Por qué? — Victoire la miró, abriendo mucho sus grandes ojos color avellana, el cabello castaño le caía desordenadamente a los lados de su carita de piel de porcelana. 

    — Porque tengo un bicho encima aplastándome la tripa — antes de acabar la frase, empezó hacerle cosquillas, y sus gritos agudos mezclados con la risa llenaron el silencio de la casa. 

    Julie, no supo cómo Victoire consiguió liberarse, aunque tal vez usó sus habilidades de monito escurridizo - escalador. La niña saltó de la cama y salió corriendo por el pasillo, cerrando la puerta para retrasar a su hermana.

     Pero la chica no siguió al pequeño monstruo, sino que se tumbó en la cama volviendo a cubrirse con el edredón. No supo cuanto tiempo estuvo así, cinco, ocho, diez tal vez quince minutos. Cuando creyó que ya había perdido mucho tiempo. Se desperezó y puso en pie. Entonces sintió que las extremidades le pesaban, como si le hubiesen atado pesas a los brazos, piernas y cabeza. Lo atribuyó a la falta de sueño, para la cual todavía no tenía una explicación plausible.

    Como una autómata, se puso el uniforme y peinó el cabello que le caía en ondas hasta un poco menos de la mitad de la espalda. Cogió una diadema del color de la falda y se la puso. No le disgustaba el uniforme (blusa blanca, falda granate y chaqueta azul) pero si pudiese elegir entre llevarlo y no llevarlo, sin duda elegiría la última opción. Terminó de calzarse y salió al pasillo.

    Las paredes de la casa estaban pintadas de colores cálidos, el pasillo de un suave naranja y el salón de amarillo muy claro. Su habitación era verde, pero también muy claro. Recorrió el pasillo con lentitud, pues la sensación de pesadez no abandonaba sus músculos. 

    Entró en una estancia muy grande, en la que estaban el salón y la cocina, divididas por la encimera de la última.  En la encimera, de madera, estaba dispuesto el desayuno. Victoire se estaba tomando la leche con cola cao, mientras que los gemelos , Tom y Alec, se peleaban con su madre por las galletas.  Josh, leía el periódico con el cejo fruncido.

    — Buenos días — saludó, sentándose al lado de Victoire y  cogiendo una taza.

    — Buenos días, cariño — su madre le dedicó una sonrisa. — ¿Qué tal has dormido? — inquirió, antes de volverse para regañar a Tom.

    — Bien — mintió encogiéndose de hombros. Su madre solía preocuparse por cualquier cosa y no quería darle una razón más para desquiciarse, para eso ya tenía a los monstruos hiperactivos.  Su madre, la miró y abrió la boca para decirle algo, pero cambió de opinión y empezó a tomarse el café.

    Los Taylor, vivían en un piso del centro de Londres, a unas tres manzanas del Saint Andrews (instituto de Julie).  Hacía unos diez  años que se habían mudado allí, cuando Catherine (la madre de Julie) y Derek (su padre) se habían divorciado, un años después su madre se había casado con Josh y habían nacido Victorie, de ocho años,  y los gemelos de cinco. Julie se apellidaba Ross, pues era el apellido de su padre.

    Apenas hubo terminado el desayuno, se levantó de la mesa y fue al baño, donde se lavó los dientes y la cara. Después se dirigió a su cuarto, colgó la pesada mochila al hombro y salió de la casa, tras comprobar que llevaba las llaves y el móvil.

    El camino de casa de los Gray al instituto no era largo, pero Cassie se empeñaba en llevar todos los días en coche a su hermana pequeña, Lily. La joven no se quejaba, pues le gustaba pasar tiempo con su hermana diez años mayor.

    Lily se parecía a su hermana, tenían los mismos ojos, el puente de la nariz salpicado de pequeñas pecas y la piel algo morena, además de la edad y la altura, solo las diferenciaba el cabello, Cassandra era pelirroja.

    — No vuelvas tarde hoy de casa de Elise. No vaya a ser que a tío Ben y a la abuela les dé un patatús imaginando lo que te ha podido ocurrir — Lily asintió distraída.

    Desde que sus padres habían muerto hacía catorce años en un accidente de coche (Lily contaba con dos y Cassandra con doce) vivían con su abuela, la señora Brooks, y con su tío Ben, hermano de su padre.

    — ¿Te pasa algo? — Cassandra giró el volante. — Pareces ausente. ¡Lily! — exclamó al ver que su hermana no le hacía caso.

    — ¿Qué? — la joven volvió a la realidad, sobresaltada. — Sí, estoy bien, no seas cansina — Cassandra negó con la cabeza, sin apartar la vista de la calzada repleta de coches. — Cassie, en serio, no es nada. Bueno, puede que sueño y depresión por culpa de física, pero nada más — hizo una pausa antes de cambiar de tema. — ¿Vas a quedar esta tarde con Adrian?  — la pelirroja asintió y sonrió.

    — Me ha dicho que tiene una sorpresa — con una pequeña  sonrisa, Lily, desvió la vista hacia la ventana.

    Había llovido por la noche y las calles estaban mojadas y salpicadas de charcos de diversos tamaños. El cielo, estaba cubierto por una espesa capa de nubes de un gris intenso, que indicaban que pronto volverían a descargar agua.

    — ¿Vais en serio? — se le ocurrió preguntar a la menor de las hermanas.

    — No, Lils — dijo Cassandra, irónicamente. — Llevamos saliendo tres años y no, no vamos en serio.

    — Vale, vale — rió la pequeña, divertida.

    Cassie sonrió, pero no dijo nada y empezó a tararear una canción que a Lily le sonaba demasiado. Justamente, era la canción que Chlöe le había mandado la tarde anterior, la de la nota.

    Había dormido mal pensando en la dichosa nota y en qué le diría a Jace el lunes o si le llamaba, esto último no podría hacerlo hasta el viernes, pues tenía que estudiar e iba fatal con física, las fórmulas no eran lo suyo.

    — ¿Seguro que el que estés así no tiene nada que ver con cierta notita? — Lily miró a su hermana sorprendida. ¿Cómo narices se había enterado? Cassie pareció leerle el pensamiento porque dijo:

    — Te oí ayer hablar con las chicas, cuando fui a avisarte para cenar. — Vale, su hermana era cotilla, no oráculo. — ¿Quién es Jace? — inquirió. Lily hizo una mueca, no estaba segura de querer contárselo a su hermana. Bastante tenía ya con las locas que seguramente le harían las preguntas que no había formulado la tarde anterior.

     — Un chico.

    — Me dejas más tranquila, ya empezaba a pensar que era un unicornio  — comentó, jocosa. Lily la fulminó con la mirada. — ¿Dónde os habéis conocido?

    — En la cafetería a la que voy por las tardes, trabaja allí. — Lily desvió la mirada de nuevo, esta vez al suelo, sus mejillas se había coloreado de un suave color rosa.

    — ¿Cuántos años tiene? — La pequeña, curvó los labios en una mueca. No tenía ni idea.

    — No más de veinte — aseguró. Si los tenía, no los aparentaba.

    Cassandra frunció el ceño, pero no dijo nada. No veía a Lily colaboradora y por la tarde lo estaría menos después de estudiar física, así que tendría que esperar un par de días antes de volver a abordar el tema.

    — Farola — dijo, dando comienzo al juego al que jugaban todas las mañanas.

    — Luz — contestó Lily, aliviada por el cambio de tema.

    — Sol.

    — Verano.

    — ¡Liam! ¡Martin! ¡Daos prisa! — gritó Rose. Si sus hermanos no se apresuraban llegarían tarde. — Y luego decís que yo tardo — bufó cuando Liam entró en el salón.

    — Es que tardas, pitufa, pero precisamente para ir a clase no. Para lo demás eres una tardona. — La joven, miró enfurecida a su hermano. No le gustaba que la tratasen como una niña pequeña, solo se llevaban un año así que la diferencia de edad no era tan grande.

    — ¡¡MARTIN CARTER!! — chilló, cabreada.  El chico no tardó ni tres segundos en aparecer. — ¡Por fin!

    El recién llegado le dedicó una arrogante sonrisa a su hermana, que bufó y le dio la espalda mientras murmuraba:

    — Os espero en el garaje. — Y salió de la casa dando un portazo.

    No esperó al ascensor, si no que bajó las escaleras trotando, con la mochila golpeándole en la espalda. Se había puestos los cascos y solo oía la voz de Ed Sheeran susurrándole al oído la canción por la que le había dado en aquel momento: The team A.  Una vez en el garaje, dejó la mochila en el suelo y apoyó la espalda y la cabeza en la dura y fría pared de hormigón. Cerró los ojos y se dejó llevar por la melodía.

    — White lips, pale face. Breathing in snowflakes — canturreó, medio dromida, caundo la canción empezó a sonar de nuevo.

    Estaba cansada, la noche anterior se había quedado hasta las tantas discutiendo con aquel imbécil integral y cuando su madre le había ordenado que dejase el ordenador, había seguido con la blackberry, la cual descansaba ahora en el bolsillo de su abrigo.

    A pesar de llevar los auriculares, oyó los pasos de sus hermanos y las risas de estos. ¿De qué se estarían riendo a esas horas? Los mellizos eran con los que más se peleaba, posiblemente porque eran a los que más aguantaba. Sin embargo era con Adrian, el mayor de todos (tenía 25 años), con el que mejor se llevaba. No se metía en su vida y la defendía de los posibles problemas que tenía, además ella era su bicho, como él la llamaba. Aunque las cosas habían cambiado un poco cuando él había empezado a salir con la hermana mayor de Lily.

    — ¿Vamos, enana? — preguntó Liam, que era el que conducía. Rose asintió y le siguió. Martin estaba detrás de ella. Se sentó en el asiento de detrás del conductor. — ¿Te cuento un secreto? — Rose se encogió de hombros, dándole a entender que le daba igual. — Aquí el señorito — con la cabeza, señaló a Martin, que jugueteaba con su móvil. — Se ha echado novia.

    — Bien por él — masculló, ya lo sabía. Había sido él el que había ido a preguntarle algunas cosas, solo que ambos habían llegado a un acuerdo: ninguno de los dos diría nada de aquellos consejos.  La joven miró a Martin, de cabello rubio algo largo y ojos azules, que ni se inmutó ante las palabras de Liam, de pelo castaño no muy oscuro y ojos verde mar.

    La muchacha sacó el móvil del bolsillo y metió por enésima vez la dirección del blog, y allí estaba, otra respuesta estúpida de ese imbécil.  Frunció los labios, evitando soltar una palabrota y con rapidez tecleó una respuesta que si madre llegase a leer se alarmaría, y con razón.

Are you, Are you

Coming to the tree

Where they strung up a man they say murdered three

Strange things did happen here

No stranger would it be

If we met up at midnight in the hanging tree

Canturreaba Chlöe, con voz suave, mientras removía el contenido de su tazón con la cuchara. La cocina estaba vacía a excepción del pequeño gato, de pelaje atigrado y ojos azules, que se restregaba contra sus piernas.

    — ¿No crees que es algo siniestro para cantar por las mañanas? — preguntó su padre, entrando en la cocina mientras se colocaba la corbata. La chica se encogió de hombros. El hombre llenó una taza de cerámica con el café que había dejado preparado su hija.

    — Me la enseñó ayer Sam, es de un libro que me prestó Lily — dijo mientras volvía a marear los cereales que flotaban como restos de un naufragio en la leche.

    — ¿Cuál? — se interesó su madre apareciendo para desayunar. Ambos iban elegantemente vestidos para trabajar.

    — Sinsajo. Chachito estate quieto — regañó al pequeño gato, el cual se sentó y le miró con ojos suplicantes para que le diese algo. Chlöe suspiró, se levantó para coger un cuenco y rellenarlo con leche. Segundos después, el gatito bebía con rapidez el líquido blanco con el que la joven había rellenado el cuenco.

    Chachito. El nombre había sido idea de Elise, la cual lo había sacado de una serie americana llamada The Big Bang Theory. El nombre no le había disgustado y las chicas le habían empezado a llamar Chachito (porque según Elise, era chachi) y el gato se había aprendido el nombre, así que se había quedado con ese nombre.

    — Me voy a clase — anunció, con una sonrisa, tras ver como Chachito casi se caía en el tazón, que era casi igual de grande que él. 

    Se echó la mochila al hombro y tras gritar un "hasta luego" cerró la puerta.  El aire frío de marzo la recibió. Se arrebulló en su abrigo y empezó a bajar las escaleras que separaban el chalet adosado de la acera. Justo en ese momento, Sam salía de casa.

    — ¡Espera! — Chlöe se detuvo y el joven saltó los cinco escalones de piedra cayendo con suavidad sobre el frío pavimento de hormigón prensado.  Al caer, se giró y le hizo una reverencia a la chica, la cual aplaudió.

    Aunque iban a institutos diferentes, podían tomar el mismo autobús, solo que ella se bajaba dos paradas antes, así que el recorrido en autobús lo solían hacer juntos.

    — ¿Sabes? Te envidio — confesó la joven, mientras emprendían la marcha a la parada más cercana, esquivando charcos de agua turbia.

    — ¿Por?  — inquirió Sam, mirándola, intentando descifrar su expresión.

    — Mírate, con vaqueros, una camiseta  y converse y yo con esto — Chlöe cogió el borde de la falda y volvió a mirar a Sam, que sonreía. Frunció el ceño, enfadada. — No es divertido, los leotardos pican.

    — Me lo imagino — intentó parecer serio, pero la carcajada que soltó al final de la frase consiguió el efecto contrario.

    — Ríete, ríete. Mi venganza llegará — advirtió, pero ella también se echó a reír.

     Sam le solía contagiar la risa, es tonta risa que no tenía ni pies ni cabeza, no tenía explicación y a Chlöe le encantaba. Le encantaba estar al lado de Sam, porque estar junto a él, era tan sencillo como respirar.

    — Señorita Reed, no conocía esa faceta vengativa.

    — Yo tampoco, señor  Beckett — se encogió de hombros. — Nunca nadie se conoce así mismo, podemos sorprendernos cada día con pequeñas cosas. — Llegaron a la parada del autobús, con la suerte de que había uno allí, con rapidez, pagaron el billete y se sentaron en unos asientos libres que encontraron. — La mente humana es compleja, Sammie, no lo olvides.

    — ¿Qué quieres decir con eso? — el joven miró a los ojos grises de la muchacha, ella sonrió y volvió a encogerse de hombros. — Estás esta mañana muy… ¿filosófica? ¿no? Chlöe.  

    Por respuesta, la joven, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y la movió, haciendo que la cascada de pelo castaño lanzase reflejos rojizos. La verdad es que ni ella misma sabía cómo estaba esa mañana. Pero le molestó, mucho, cuando una chica rubia, bastante guapa, se puso a hablar con Sam, SU mejor amigo, y este entabló conversación de buena gana con ella.

    Elise entró en el pabellón en el que estaban las clases de su curso. A primera hora les tocaba matemáticas. Se sentó en su pupitre y sacó un cuaderno cualquiera que abrió por una página al azar. Empezó a dibujar en él con lápiz, pero el dibujo no tenía ningún mérito, con trazos imprecisos e irregulares, nada  que ver con los de Lily, aunque claro, su amiga se limitaba a dibujar escenas mitológicas o griegas. Nunca a personas reales, que ella supiese.

    Abatida, arrancó el dibujo y lo hizo una bola, que dejó a un lado de la mesa para tirarla más tarde. 

    Decidió dejar sus cosas allí e ir a dar una vuelta, todavía faltaba un rato para que los alumnos invadiesen cada recoveco del centro. Su padre la solía dejar temprano antes de irse a trabajar, pues su madre trabajaba en la otra punta de la ciudad y no le daba tiempo y Jack tenía que ir a la universidad. 

    No se dirigió a la cancha de baloncesto, no, sus pies la guiaron hasta dirección. Esperaba que el centro administrativo del instituto estuviese vacío, exceptuando a las secretarias y al conserje, en cambio le sorprendió ver a un chico alto y de espalda ancha, de más o menos su edad, hablando con una de las secretarias.

    Llevaba el uniforme del instituto, la variante de los chicos, claro, pantalón azul, camisa blanca y chaqueta granate. 

    — Señorita Cooper — la llamó la mujer con la que hablaba el chico. Elise se acercó a ella. — ¿Le importaría llevar al señor Turner a su clase?

    — Claro, ven conmigo — le indicó al chico, con una sonrisa amistosa. El respondió con una tímida sonrisa.  — ¿Cómo te llamas? — preguntó, cuando salieron del edificio, encaminándose hacia su pabellón. El muchacho caminaba a su lado. El patio empezaba a llenarse de alumnos que hablaban animadamente, algunas chicas miraban curiosas al acompañante y, al parecer, recién llegado.

    — Cato. — El chico alzó sus ojos, azules grisáceos hacia el rostro de la joven, esperando lo que ocurría siempre.

    — Elise — se presentó ella. Le sonaba el nombre, pero no sabía decir de qué. Cato sonrió complacido.

    — Encantado, Elise. ¿Puedo llamarte Lise? — la joven asintió, con una nueva sonrisa. Al principio Cato parecía algo tímido, pero había resultado ser justamente lo contrario, amigable y simpático. Además era guapo, rubio con esos ojos grises azulados…


Hola!!

Estoy aquí, de nuevo cansineando, como siempre. 

Primera cosa, Cato se pronuncia Queito, al menos en esta historia. No pude resistirme a ponerlo después de ver la película de LJDH. 

Segunda cosa, gracias a las que comentasteis en el capítulo anterior y a los que habéis puesto la historia en favoritos. 

Tercera cosa, cambié el nombre y la portada, el anterior título no me terminaba de convencer, demasiado largo para mi gusto. Ambos, están basados en un cartel que vi esta tarde en desmotivaciones.es.

Y cuarta y última cosa, sé que en estos capítulos apenas está pasando nada, pero eso es porque son las presentaciones. Primero de las chicas y ahora más o menos de como son las familias. Pronto empezarán a pasar cosas. 

Espero que os guste, la verdad es que tardo en escribir los capítulos de esta historia mucho más que en las otras. 

bss

Nikki