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Dulce Locura — capítulo 20

El frío nos dejó inesperadamente. El marzo más caluroso que recordaba hasta ese entonces hizo su aparición. Me resultaba raro estar en la calle casi a medianoche y seguir en manga corta, a pesar del frío que nos acompañó apenas cuatro meses antes.

Seguía siendo el chico normal que todos conocían, a veces frío y seco, a veces tierno y ardiente, a veces protector y cuidadoso, y a veces pasota e indiferente. Pero callado como el silencio en su estado álgido, peligroso como un animal hambriento, ágil como mi venerado Kirtash y tan frío como él.

El caso del chico aparecido herido de muerte y quemado completamente seguía en la mente de los vecinos, aún así muchos no mostraban su tristeza, tampoco su alegría, simplemente permanecían en un silencio inaudito. ¿Por qué? Yo no fui el único que sufrió los ataques y las burlas de la pseudomafia que nos rodeaba, sino gran parte de los vecinos, incluyendo niños, ancianos, mujeres y, en menor medida, hombres. Sentían la alegría de no volver a ser víctimas de su peligroso juego; pero también lo sentían por sus padres y su familia en general. Ésta se encontraba en una situación desesperada con su hijo, y no se sabía tampoco si ahora se sentían culpables, víctimas, verdugos o inocentes y libres de las acciones de su hijo.

Las pesquisas que seguía la policía apenas cubrían los quince-veinte kilómetros de la fosa donde fue encontrado. Seguían investigando, cada vez con menos pistas y cada vez más antiguas, dificultando, así, la búsqueda del culpable. Los efectivos encargados del caso llegaron a su mínimo, una pareja de policías me seguían el rastro. Así que tendría que utilizar otro método.

Me encontraba recostado en el suelo del piso de María, jugando con un pequeño balón de gomaespuma que tiraba hacia arriba, mientras ella y mi hermana estaban metidas en su mundo propio para buscarme un conservatorio lo bastante bueno como para permitirme estudiar música sin haber pasado el bachillerato musical. Aunque rápidamente pasaron de mi futuro y charlaban animadamente sobre todas esas idioteces que pululaban en las revistas del corazón y derivadas. Hasta que me harté de mi propio aburrimiento y comencé a tirarles pequeños trozos de papel de las octavillas que repartían casi a diario. No aguantaron más de un par de minutos. Y yo sonreí, satisfecho de mi éxito y del enfado de las dos mujeres de mi vida. Aunque también asustado, porque había comprobado lo bien que se compenetraban…

-¿Volvemos con esas, niño? -se quejó María.

-¿Y qué queréis que haga, si sólo perdéis el tiempo? -ambas me miraron muy enfadadas, pero yo me mantuve sereno-. Y tú, pequeña, deberías volver a casa.

Acabamos en una pelea desigual entre sexos, de la que salí perdiendo, como siempre que me atrevía a llevarles la contraria. Un par de rasguños en una mejilla fue el resultado de mi derrota. No me había dado cuenta de las heridas hasta que sentí un calor inmenso en esa parte del rostro, entonces, antes de que pudiera reaccionar, ya tenía una gasa limpiándome la parte herida y luego un apósito que me protegiera.

-Al menos, os compenetráis tan bien tanto para herirme como para curarme -bromeé, cuando salía, precedido por mi hermana, de la casa de mi chica.

De camino a casa, tuve que soportar los estúpidos comentarios de mi hermana pequeña, la mayoría de ellos encaminados a mi enorme vergüenza demostrada cada vez que María estaba cerca de mí. Así que cuando llegamos a casa, me sentí libre de mi silencio y mi enfado interno. Mis padres estaban a punto de cenar, y nosotros les acompañamos. Pero, de nuevo, tuve que soportar ciertos comentarios provocados por la perspicacia de mi madre y la inmadurez de mi padre por estos lares, lo que me incomodaba a la vez que me hacía sentir en casa, me enfadaba a la vez que me resultaba gracioso y callaba a la vez que millones de palabras salían a borbotones de mis labios.

Pero cuando estuvieron todos dormidos, volví a enfundarme en mi traje totalmente negro y mi engominado cabello hacia atrás; mis pasos me guiaron hasta la vieja casa abandonada donde la pseudomafia se reunía cuando no tenía nada mejor que hacer. Logré entrar en la casa por una ventana, armaban tanto ruido que apenas tuve que preocuparme por el ruido de la madera vieja al moverse. Hablaban entre gritos, palabrotas e insultos, todo encaminado a molestar a todos aquellos que veían más débiles que ellos. Subía y subía, hasta encaramarme en las vigas de la vieja casa. Desde allí, alcé mi voz y les grité:

-¿Qué es toda esta celebración, damas y caballeros? ¿No deberíais estar de luto por la pérdida de uno de vuestros miembros, no deberíais estar buscando venganza? -la oscuridad del alto piso me protegía, de todas formas, llevaba la máscara y los guantes, dejando al mínimo mi real presencia.

-¿Quién eres tú? -preguntó Julio, el padre, por decirlo de alguna forma, de todos ellos, ya que superaba la veintena con creces.

-¡Oh… aún no os habéis enterado! ¿Tan idiotas sois, caballeros? Yo, aquí presente… me presento: damas, caballeros, io avere il gondoliere fantasima.

Todo se sumió en un eterno silencio. Yo sonriendo y ellos atemorizados, el primero en reaccionar, Iván, comenzó a lanzarme todo objeto que tuviera a su alcance. Pero la mayoría acababan de vuelta al piso, o esquivados por mis rápidos movimientos.

-Os lo aviso… David fue el primero y único -como si fuese un ninja, hice un par de movimientos y me acerqué a ellos casi sin sujetarme a las vigas, exceptuando la fuerza de los pies-. Y luego vosotros, Julio, Iván, Elena, Cristina, Pablo, uno a uno, irá pereciendo… Pronto le haréis compañía, os lo juro…

Y desaparecí entre las sombras.