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Dulce Locura — capítulo 19
Llegamos a febrero y rápidamente pasó, incluido mi cumpleaños. Seguía teniendo miedo de la diferencia de edad entre María y yo, una diferencia de algo más de cinco años. Yo acababa de cumplir los diecisiete, y ella hacía casi un trimestre que había cumplido los veintidós.
Hacía tiempo que había querido decírselo… pero siempre tenía ese miedo que me provocó que tuviera esa fría pesadilla, y siempre me quedaba callado en el último momento.
Recuerdo que fue al final de un ensayo con la banda, pronto teníamos un pequeño concierto y debíamos ensayar, ahora que disponíamos de más tiempo libre. Ensayamos con público, además de ella, estaba mi hermana; Andrea, novia de Víctor; Diego, el hermano de Alejandro; César, el hermano de Valeria y la novia de éste, Marta. Ensayamos casi toda la tarde, ya que apenas fueron las siete, ya había oscurecido, además de que mis padres no querían que perdiese tiempo de estudiar, ni yo ni mi hermana, aunque yo me preocupaba más por ella que mi hermana en sí misma.
Cada uno teníamos un estilo más o menos propio, excepto Alejandro que era el batería y su voz mandaba más graznidos que otra cosa, pero por ejemplo, Valeria y Silvia solían cantar juntas, y destacaban en las canciones tipo salsa y algo movidas; Víctor prefería ir solo, su perfil se encaminaba sobre todo al estilo de Miguel Bosé, voz incluida; Miguel cantaba tanto solo como a dueto, al igual que yo, y no distinguía entre chico o chica, sólo dependiendo de la canción, aunque él prefería esas canciones que mucha gente conoce, singles que tienen mucho éxito y son pegadizos; mientras que yo, el que menos cantaba, me distinguía por las canciones melancólicas, con doble sentido y difíciles de interpretar. Solía escoger a Queen, Grégory Lemarchal, Mecano… y algún que otro éxito de Radiohead, Muse, Linkin Park…
Y una noche me preparé a conciencia para decírselo. Estaban todos recogiendo las cosas y charlando entre sí, yo le llamé la atención y vino hacia mí; sin previo aviso me abrazó y me besó tímidamente, aunque yo no tenía intenciones de mostrar afecto en ese momento. Ella se separó secamente de mí y entonces la miré a la cara.
-Necesito que sepas algo de mí -dije, secamente.
-¿Y qué es? -inquirió ella, y no supe distinguir si su gesto era de enfado, tristeza o… no lo sabía-. Porque nunca te comportas así…
-¿Qué pasaría si… si tuviéramos una diferencia de edad demasiado grande? -musité, intentando que mi voz fuera lo más neutral posible.
-¡Te refieres a eso! -María rió, me abrazó y me acarició la cara, donde la barba hacía su inminente aparición-. Sé lo que nos separa Rubén.
-¿Y… y no te importa?
-Sí… No… Sí… ¡Joder, no! -cerró los ojos unos instantes, desvió su mirada de mí y luego me imitó fríamente-. No, no me importa. Tú tienes diecisiete, y yo veintidós… apenas son cinco años…
Entonces la atrapé entre mis brazos y la atraje hacia mí, levantándola del suelo y dando un par de vueltas sobre mí mismo; ella sujetándose a mi cuello y jugueteando con mi largo cabello, y yo con la frente pegada a sus labios, donde depositó un largo beso al que siguió mi réplica exacta.
-María, yo… te quiero muchísimo, pero…
-Pero ¿qué? -me cortó ella inesperadamente.
-No creo que esto esté bien.
Antes de que pudiera terminar la frase, María me golpeó en la cara con todas sus fuerzas, dejándome la mejilla enrojecida y doliéndome, al poco tiempo me ardía tal como las ascuas del fuego que se apaga.
-¿Por qué todo es tan complicado para ti? -me espetó, cuando aún no le había vuelto la cara-. ¿Cuánto te cuesta entender que te quiero? ¿Tan niño eres?
-¿De verdad quieres saberlo? -mi mirada se volvió fría, siniestra y dolorosa. No tenía muestras de tristeza ni de arrepentimiento, sólo un azul grisáceo intenso e inquisidor-. Tú eres una mujer hecha y derecha, y yo sólo soy un niño sin formar. Tú tienes la cabeza muy bien amueblada y yo cometo locuras. Tú tienes tu vida resuelta y yo no sé que hacer con ella. ¿Lo entiendes?
-Sí, lo entiendo y te entiendo. Pero déjame cuidar de ti, criatura.
-¿Aunque sea un novato en todo esto?
Se puso de puntillas y me besó la mejilla que muy poco antes me había golpeado. Luego se acercó a mi oído y me susurró:
-Entiéndelo. Te quiero. Con todas sus letras. Sólo eso.
Al cabo del rato, cuando el silencio se hizo insoportable y pude recuperar mi voz, le respondí:
-Yo también te quiero, con todas sus letras.