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Dulce Locura — capítulo 18
Había pasado un mes desde la pesadilla y el colapso. Todas las vacaciones de Navidad me las pasé ingresado en el hospital, pues al parecer, el refuerzo que cubría la cara interna de la aurícula se había desgastado demasiado, y era conveniente cambiarla.
Llegué el 27 de diciembre al hospital, me hicieron las pruebas y al poco tiempo me ingresaron. A la mañana siguiente, en la primera operación, llegó mi turno.
Lo poco que recuerdo me hizo evocar cuando era pequeño. Tenía miedo, ya que se trataba de un órgano tan vital como el corazón; pero me consolaba el saber que ya no corría tanto peligro como en el pasado. Ya tenía diecisiete años, prácticamente, y el órgano a operar no era tan pequeño ni tan frágil. Un par de enfermeros, al contrario que los cinco que ayudaron en la primera intervención, ayudaban al doctor que me operaría, Andrés Mateos. Sólo me obligó a abrir la boca y respirar el aire de la mascarilla, dejándome completamente dormido e inconsciente.
Desperté ya por la tarde, mi padre y mi madre estaban conmigo. Aún me sentía medio dormido, y me costaba respirar, cada bocanada de aire era un golpe al pecho.
Pude ver que mi madre se abalanzaba sobre mí y me cubría de besos, mi padre se limitó a apartarme el flequillo de la frente y que así lo pudiera ver con claridad. Me preguntaron por mi estado, dolorido pero a salvo, y me pusieron al corriente sobre cómo se lo había tomado el resto de la familia.
Uno a uno, fueron visitándome, desde mi abuelo Manuel hasta mis dos primos pequeños, de apenas dos años de edad, Miguel y Ángel; además de Álvaro y Eva, por supuesto, Adán, Pedro, Thomas y Adriana; y ya los últimos, a causa de sus actuaciones de fin de año, los chicos de la banda: Víctor, Alejandro, Miguel, Valeria y Silvia.
Mentiría si dijera que no me hizo feliz sus visitas, pero algo dentro de mí me decía que me encontraba vacío. Me faltaba algo… y me faltaba alguien. Me faltaba María y su sonrisa; me faltaba María y su enfado por hacer algo inapropiado; me faltaba María y su preocupación; me faltaba María y su abrazo; me faltaba María y su beso. Necesitaba tenerla cerca cuando me quedaba solo, cosa que ocurrió más de una vez, y la compañía de mis libretos no era suficiente, ni la de los médicos, ni la de los enfermeros que se quedaban pasmados cuando veían algunos de mis dibujos terminados.
Me quedaba poco para marcharme, un solo día, cuando desperté a causa del sol que entraba por la ventana, y la persiana no llegaba a evitar. Abrí los ojos lentamente, cansado de esa odiosa habitación blanca, con tres sillones para las visitas, el mío vacío normalmente; la cortina de mi vecino echada, era demasiado suyo como para compartir un par de palabras; siempre el mismo patio, los mismos enfermos dando sus paseos; cansado de la pequeñísima cama que captaba el odioso olor a desinfectante… cansado y hastiado de todo lo que me rodeaba, cuando la vi, mirándome directamente, con un gesto de tristeza, miedo, enfado, comprensión y dolor al mismo tiempo. Antes de que me diese cuenta, se abrazó a mí, sin darme tiempo a levantarme. Me dejó poco a poco, cuando le pasé los brazos por la espalda y la atraje hacia mí, cerrando los ojos y alejando todo pensamiento de mi mente. En la posición en la que estábamos, me dejaba su cuello y su clavícula muy cerca de mis labios; desistí resistirme y comencé a besarla lenta y suavemente, desde casi el hombro hasta el cuello, muy cerca del pequeño espacio entre la mandíbula y el lóbulo de la oreja.
-¿Sabes el tiempo que he estado esperándote? -le susurré cuando llegué a mi ansiado destino.
-Te había perdido -respondió ella-. Apenas tengo cosas de ti, pero Paula…
-¿Mi hermana? -le corté, luego susurrando después de una llamada de atención de mi vecino-. ¿Mi hermana te conoce?
-Tu hermana nos vio, Rubén -me explicó, sentándose junto a mí en la estrecha cama-. Nos vio en el balcón el día que nos conocimos, abrazados y medio dormidos, si no mal recuerdas. Poco después, cuando salía, me chistó y me pidió explicaciones -iba a rechistar, pero un dedo en mis labios me hizo callar-. No pienses de mala manera. Sólo quería saber quién era yo y qué relación tenía contigo, nada más.
-¿Y qué respondiste? -quise saber, mirándola, sin darme cuenta, con mi inquisitiva y fría mirada.
-La verdad. Que te había visto de noche, que me diste tu chaqueta, me cantaste una canción, y que por el frío nos fuimos a mi casa, te quedaste dormido y luego me hiciste un dibujo. Nada más.
-Cuando llegue a casa la mato… la mato -estaba algo enfadado con mi hermana, me había estado ocultando lo que había visto. Aunque, por otro lado, yo también le había ocultado lo que hacía de noche. ¡Cómo aprendía la condenada! Mi técnica quid pro quo estaba siendo sutilmente utilizada. Propio de ella, por supuesto.
-No hagas eso hombre… que gracias a ella he dado contigo -me dijo, antes de atrapar levemente mi rostro y besarme lentamente, un corto baile de nuestras lenguas y una sonrisa compartida por ambos.
Le expliqué todo lo que me llevó a esa situación, exceptuando una explicacióndel sueño, mi problema cardíaco y la anterior operación.
Poco después del mediodía, mi padre y mi hermana vinieron por mí cuando me dieron el alta. María seguía conmigo, ocultando tras de mí nuestras manos entrelazadas. Aunque mi padre no se diese cuenta, a pesar de tener una vista muy desarrollada a causa de su trabajo como arqueólogo, era un patoso total cuando se trataba de muestras de afecto; sin embargo, Paula se dio rápidamente cuenta, y llegó hasta nosotros con una curiosa sonrisita y un guiño dirigido hacia María. Abrí los brazos para aupar a mi hermana, y pude oírlas hablar en susurros.
-Muchas gracias, pequeña -dijo María.
-De nada -respondió mi hermana.
Mi padre llegó, con un gesto de no entender absolutamente nada. Se extrañó de la presencia de María, ella se presentó como una amiga mía y mi padre la saludó. Poco después, nos marchamos: Paula y yo a casa con padre, y María a la facultad de Derecho donde estudiaba.